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Bajo el suelo de Cali: las huellas del Cañaveralejo tras el terremoto
Bajo el suelo de Cali: las huellas del Cañaveralejo tras el terremoto
El terremoto del 10 de agosto dejó graves daños en Cuarto de Legua y abrió una pregunta sobre el territorio: ¿pudo el antiguo recorrido del río Cañaveralejo influir en la respuesta del suelo y las edificaciones?
Por: David Guillermo Betancourt Obando y Evelin Eliana Ayala Trujillo
Facultad de Humanidades y Artes
En Cuarto de Legua, el miedo todavía permanece. Aunque el suelo dejó de moverse, hay edificios cerrados, familias que no han podido regresar a sus viviendas, estructuras en demolición y otras esperando para serlo. Para quienes estuvieron allí, el terremoto del 10 de agosto no terminó cuando cesó el movimiento.
Carmen lo recuerda desde el interior de un ascensor: subía hacia el noveno piso del edificio Atalanta, donde funciona la oficina de abogados en la que trabaja, cuando comenzó a sentir el balanceo. Al llegar al noveno piso, el ascensor se detuvo, pero las puertas no se abrieron. “Yo me llené de muchísimo miedo, de pánico, pensar que me iba a quedar ahí atrapada o que el ascensor se iba a desplomar”, recuerda. Fueron segundos que para ella parecieron interminables: “Me pareció una eternidad, la verdad. No sé cuánto tiempo estuve allí sin que la puerta abriera, pero fue horrible, fueron unos segundos muy, muy traumáticos para mí”.
Cuando finalmente pudo salir, el edificio todavía se movía. Las paredes comenzaron a desprenderse y caer, mientras el agua salía de algunas oficinas y apartamentos. Carmen empezó a gritar y, junto con su compañera María Isabel, terminó bajando por las escaleras entre los escombros. Afuera, desde el Parador de la Quinta, pudo observar parte de la destrucción. Lo vivido, sin embargo, continuó después de abandonar el lugar. “Después de este terremoto, después de esto que yo viví, la verdad, yo he quedado como con susto”, cuenta. “La verdad, el susto como tal a mí no me ha pasado vivo, a veces como con sobresaltos”.
En otros puntos del sector, el terremoto significó perder una vivienda, esperar una demolición o enfrentarse a la incertidumbre de no saber cuándo será posible regresar. Estefanía García Ospina estaba dentro de su apartamento, en el conjunto residencial Ariguaní, junto con su hermana, cuando una de las dos torres gemelas del conjunto colapsó. Las dos lograron salir con vida. “Yo me encontraba dentro de mi apartamento, junto con mi hermana. En el momento en que la torre se vino abajo, no habíamos logrado salir del apartamento. Logramos salir después de que pasó el terremoto”, relata.
Ahora Estefanía no puede regresar a la vivienda en la que apenas llevaba alrededor de 40 días. La torre que permanece en pie deberá ser demolida, según la información que ha recibido. Lo más difícil, dice, ha sido volver a empezar: “Volver a empezar de cero es lo más difícil”. A pesar de todo, encuentra una razón para continuar en aquello que logró conservar: su vida. “Encuentro motivación cada día en haber logrado salir de ahí, salir con vida y estar aquí”.
Las historias de Carmen y Estefanía muestran que los daños no se limitaron a las estructuras que colapsaron. También quedaron personas que tuvieron que abandonar sus viviendas y habitantes que continúan sintiendo miedo después del movimiento. Pero esas diferencias abrieron otra pregunta: ¿por qué algunas edificaciones resultaron gravemente afectadas mientras otras permanecieron en pie? Para entenderlo hay que mirar no solamente lo que estaba construido sobre la superficie, sino también aquello que permanecía debajo.
Algunos tipos de suelo, como los arcillosos o con lodo, pueden amplificar las ondas sísmicas y hacer que el movimiento sea más fuerte en ese lugar…
Lo que quedó debajo de la ciudad
Mucho antes de que Cuarto de Legua estuviera rodeado de edificios, vías y conjuntos residenciales, por este territorio pasaba el río Cañaveralejo. Su recorrido urbano fue transformado durante las obras de infraestructura hidráulica que acompañaron el crecimiento de Cali. El trabajo de grado Sobre el comportamiento sísmico de los depósitos de suelos del área de Cañaveralejo, Cali, Colombia, elaborado en 2001 por Cristina Isabel Rosales Climent, de la Universidad del Valle, bajo la dirección del geofísico Hansjürgen Meyer y con la asesoría de Andrés Velásquez, entonces director del OSSO, documenta parte de esta transformación. El documento registra las obras de infraestructura hidráulica realizadas entre 1964 y 1971, entre ellas el Interceptor Oriental I y II, el Colector Cañaveralejo, su estación de bombeo y los canales para aguas lluvias Puente Palma y Cañaveralejo.
Otra fuente, el trabajo de grado Elementos históricos y urbanos en la generación de desastres por inundaciones y deslizamientos en Cali, 1950-2000, elaborado por Nayibe Jiménez Pérez en 2005 en el Programa de Historia de la Universidad del Valle, documenta cómo estas intervenciones modificaron el recorrido urbano del Cañaveralejo. Según el estudio, el cauce fue desviado por la actual Carrera 50 hasta entregar sus aguas en el Canal CVC Sur, aproximadamente 1,5 kilómetros al sur de su curso original, a través del barrio El Guabal. Las tierras dejadas por el antiguo cauce fueron posteriormente ocupadas por la expansión urbana.
Pero conocer esa historia no basta para explicar lo ocurrido el 10 de agosto. La pregunta es qué características tienen actualmente esos terrenos y cómo pueden responder frente a un movimiento sísmico. Para Cristopher Angola Ararat, Ingeniero Civil de la Universidad del Valle, una variable fundamental es el suelo. “Esto se relaciona con los efectos de sitio”, explica. “Algunos tipos de suelo, como los arcillosos o con lodo, pueden amplificar las ondas sísmicas y hacer que el movimiento sea más fuerte en ese lugar”.
La relación entre el terreno y la respuesta sísmica de Cañaveralejo tampoco es una pregunta nueva. En 2001, Cristina Isabel Rosales Climent estudió los depósitos de suelo de esta zona e identificó un comportamiento sísmico singular sobre los depósitos aluviales de Cañaveralejo. La investigación analizó sus características geológicas e hidrológicas, las condiciones de los terrenos antes de la urbanización y los perfiles geotécnicos disponibles. Sus mediciones encontraron características compatibles con materiales de arcillas saturadas y plantearon una relación entre el efecto de sitio y una capa de más de 28 metros de espesor conformada principalmente por arcillas saturadas y con baja velocidad de propagación de las ondas S, las cuales hacen que el suelo se mueva de lado a lado o hacia arriba y abajo, de manera perpendicular a la dirección de propagación.
El antiguo recorrido del Cañaveralejo vuelve entonces a cobrar importancia, pero no como una explicación única de los daños. Valeria Jiménez Rivera, Ingeniera Topográfica de la Universidad del Valle, explica que “el comportamiento del suelo depende de factores como el tipo de material, qué tan duro o blando es, qué tan compacto está y cuánta agua contiene”. En un antiguo cauce pueden permanecer materiales con diferentes características de compactación y humedad, por lo que dos lugares cercanos pueden responder de manera distinta ante un mismo terremoto.
Existe además un antecedente técnico. El informe El sismo de Pizarro (Bajo Baudó, Chocó) del 15 de noviembre de 2004: parámetros de la fuente, movimiento fuerte y daños, elaborado por INGEOMINAS, incluye observaciones sobre Cali y utiliza información de microzonificación sísmica para caracterizar los depósitos del abanico de Cañaveralejo. El documento no estudió el terremoto de 2026, sino el sismo de Pizarro de 2004, y recoge la importancia de las condiciones del subsuelo en la respuesta sísmica de Cali.
La microzonificación permite acercarse a esa relación. Según Cristopher Angola Ararat, para determinar qué ocurrió sería necesario cruzar “el mapa de microzonificación sísmica, las características del suelo del sector y las características del sismo, especialmente su período o frecuencia”, además de estudiar las estructuras que presentaron daños y sus períodos naturales. Valeria Jiménez Rivera plantea identificar el antiguo cauce mediante “mapas antiguos, fotografías aéreas, imágenes satelitales y modelos del terreno” y cruzar esa información con la ubicación de los daños mediante un Sistema de Información Geográfica, SIG.
La pregunta, por ahora, permanece abierta. No está demostrado que el antiguo cauce del Cañaveralejo haya causado los daños ocurridos el 10 de agosto. Lo que existe es una relación territorial e histórica que puede investigarse a partir de la historia del territorio, las características del suelo, la distribución de las afectaciones y las condiciones particulares de cada edificación.
El suelo no cuenta toda la historia
Si el terreno es una parte de la explicación, las edificaciones constituyen otra. Diego Fernando Dorado, arquitecto, explica que antes de construir una estructura es fundamental conocer las condiciones del lugar. “Cuando uno va a construir un proyecto, lo primero que debe hacer después de los diseños arquitectónicos es poder realizar un estudio de suelos”. Ese estudio permite determinar si el terreno es blando, firme o arcilloso y, a partir de esa información, definir las condiciones de la cimentación.
En una edificación también existen elementos estructurales y no estructurales. Entre los primeros están la cimentación, las columnas, las vigas, las losas y las escaleras; entre los segundos, ventanas, mampostería, cielos falsos, cubiertas e instalaciones. Los daños visibles no necesariamente significan que toda la estructura haya fallado. Además, las características de construcción pueden aumentar la vulnerabilidad. “Hay gente que construye cinco pisos, pero resulta que las columnas las hacen de sección muy pequeñas. Entonces, por eso fallan los edificios porque no se diseñan bien estructuralmente”, explica Dorado.
En Colombia, la primera normativa nacional de construcción sismo resistente fue expedida en 1984 mediante el Decreto 1400. Posteriormente se expidieron reglamentos como la NSR-98 y la NSR-10, vigente desde 2010. Por eso, cuando se habla de edificaciones antiguas es necesario conocer bajo qué reglamento fueron diseñadas, cómo fueron construidas y si tuvieron modificaciones posteriores.
La experiencia de Estefanía García Ospina muestra que esta discusión también tiene una dimensión para quienes hoy no saben qué ocurrirá con sus viviendas. Según la información que recibió, la torre que permanece en pie deberá ser demolida y el conjunto no cumplía con determinadas normas de diferentes épocas. Establecer técnicamente qué normas cumplía una edificación, cómo fue construida y qué factores influyeron en su comportamiento corresponde, sin embargo, a estudios estructurales.
Para Erik Gaviria, director de Arquitectura de la Universidad Autónoma de Occidente, esa evaluación no puede reducirse a una sola causa. “Es imposible tratar de determinar un factor específico en el marco de un desastre natural”, afirma. Su explicación parte de la combinación de condiciones que rodean una edificación: el suelo, el diseño, la construcción, los estudios realizados, el cumplimiento de las normas y las modificaciones que los propietarios hayan podido hacer con el tiempo. Por eso considera necesario que los colapsos sean estudiados mediante investigaciones y peritajes especializados.
La discusión vuelve entonces al territorio. Para Gaviria, comprender la diversidad de suelos y la riqueza hídrica de Cali es fundamental antes de proyectar nuevas edificaciones. “La arquitectura tiene una responsabilidad civil enorme y por tanto nosotros tenemos casi que un ejercicio de arqueología sobre el territorio y debemos investigar e indagar sobre las huellas que hay en el territorio antes de proyectar”. Su reflexión tampoco se limita al Cañaveralejo: “Tener digamos esta preocupación sobre un solo río es genuina, pero yo creo que también es un poco un llamado a que se expanda no sólo el río Cañaveralejo”, plantea, al referirse también a los ríos Pance, Lili y Meléndez.
Hay otra variable que Cristopher Angola Ararat, Ingeniero Civil considera necesaria: la resonancia. “Los sismos no solamente se diferencian por su magnitud, sino también por su período o frecuencia”. Si el período del movimiento sísmico coincide con el período natural de una estructura, esta puede entrar en resonancia y vibrar con mayor intensidad. Por eso, para comprender por qué edificaciones cercanas respondieron de manera diferente, es necesario comparar las características del movimiento con las condiciones estructurales de cada edificio.
A estas investigaciones se suma un análisis realizado después del terremoto de 2026. La Pontificia Universidad Javeriana Cali publicó el 16 de agosto el documento Cali sobre su propio suelo, elaborado por los profesores Harold Medina Garzón y Carlos Duarte. El estudio analiza la distribución de los daños ocasionados por el sismo del 10 de agosto y plantea observar conjuntamente las características del suelo y las edificaciones. De acuerdo con la información publicada sobre el estudio, una parte importante de los daños se concentró en sectores asociados al abanico aluvial del río Cañaveralejo, con diferencias incluso entre edificaciones ubicadas en los mismos barrios.
Así, la condición del terreno no puede analizarse separada de las características de las construcciones. El suelo puede influir, pero también lo hacen la edad del edificio, los materiales, el diseño, la forma de construcción, el mantenimiento, las modificaciones posteriores y las características del movimiento sísmico. Determinar cuál de esos elementos tuvo mayor peso en cada caso requiere estudios específicos.
Después del movimiento
El terremoto dejó preguntas técnicas, pero también consecuencias que no aparecen en los mapas ni en los estudios de suelo. Para quienes perdieron sus viviendas o presenciaron los colapsos, el movimiento de la tierra se convirtió en una experiencia que continúa después de que las calles recuperan su actividad.
Luz Adriana García llegó a una de las zonas afectadas después de que su hija sobreviviera al colapso de una edificación mientras pasaba en motocicleta. “Le cayó una roca en la moto, en la punta de la moto, la elevó de la moto, ella cayó acostada y vio cuando el edificio caía y todas las personas estaban gritando”. Después, ella y su esposo permanecieron varios días apoyando las labores y llevando alimentos y ayudas. “Nosotros no dormimos bien. Nosotros salimos de acá a doce, una de la mañana y entramos temprano”. El impacto también llegó a su vida cotidiana: “En las noches yo llego, yo me pego mis lloradas”. Sus hijas y nietos, cuenta, también han sentido las consecuencias. “Psicológicamente estamos afectados”, afirma.
Melvi Muñoz, profesora del sector, ha observado una situación parecida desde el entorno educativo. Para ella, el terremoto fue una experiencia nueva y difícil de asimilar: “Estar atento al celular, a la alarma que suene, estar muy pendiente de la familia, de los amigos y colaborar en lo que más se puede, es fundamental para mí como persona”. Las imágenes y los testimonios posteriores también hicieron más difícil procesar lo ocurrido. “Ver las redes sociales, ver los videos, ver las cosas, conocer personas que están cercanas a uno, que se les cayeron las casas, que se murieron familiares, es durísimo”. Como docente, además, ha tenido que acompañar a estudiantes afectados y considera que la recuperación emocional será un proceso gradual.
Para quienes estuvieron allí, el terremoto sigue presente en la memoria. En Carmen aparece en los sobresaltos y el miedo ante una alarma; en Luz Adriana García, en las noches sin dormir y las imágenes de los escombros; en Melvi Muñoz, en sus estudiantes y en la necesidad de acompañarlos; y en Estefanía García Ospina, en tener que comenzar nuevamente después de haber perdido el lugar que acababa de convertir en su hogar.
El terremoto dejó preguntas que todavía no tienen una respuesta definitiva. No está demostrado que el antiguo cauce del Cañaveralejo haya causado los daños de Cuarto de Legua, ni que el suelo, por sí solo, explique el colapso de determinadas edificaciones. Lo que existe es una coincidencia territorial que merece ser estudiada: una concentración de afectaciones en sectores asociados al abanico de Cañaveralejo y un territorio cuya historia geológica y urbana está relacionada con antiguos cauces y depósitos sedimentarios.
Responder qué ocurrió requiere revisar estudios de suelo, registros sísmicos, normas de construcción, características estructurales y mapas que permitan reconstruir cómo cambió Cali. También implica mirar el territorio antes de pensar únicamente en volver a construir.
Cali ha crecido sobre un territorio que no comenzó con sus edificios. Debajo de las calles, los conjuntos residenciales y las avenidas permanecen las huellas de los ríos, los sedimentos y las transformaciones que durante décadas acompañaron el crecimiento de la ciudad. Las investigaciones realizadas antes del terremoto ya habían advertido que los depósitos de Cañaveralejo presentan características particulares y que su comportamiento sísmico merece ser estudiado. El terremoto del 10 de agosto volvió a poner esas condiciones frente a los ojos de la ciudad.
El río forma parte de la historia de Cali. Recordar por dónde pasó, qué dejó en el territorio y cómo la ciudad fue construyendo sobre esos terrenos puede ayudar a comprender mejor lo ocurrido y, sobre todo, a pensar cómo construir lo que viene después.
“
Estar atento al celular, a la alarma que suene, estar muy pendiente de la familia, de los amigos y colaborar en lo que más se puede, es fundamental para mí como persona”.

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