La mujer que le puso puertas al abismo

La mujer que le puso puertas al abismo  

En una esquina donde la noche deja cicatrices, Gloria García abre su tienda al amanecer para sostener a su familia en el corazón del barrio Sucre, la temida “olla” de Cali.

Por: Alex Ospitia y Jhonier Bravo

Facultad de Humanidades y Artes

A las seis de la mañana, cuando la carrera 12 con calle 18 en el barrio Sucre de Cali todavía bosteza entre botellas vacías y pasos errantes, Gloria García se despierta, levanta la reja de su tienda como quien abre un pequeño acto de fe. Lo primero que hace es poner el agua para el café, limpiar las vitrinas mientras Majo y Sebas, sus sobrinos, desayunan para irse al colegio.   

La casa que hoy es tienda no siempre fue refugio: empezó como un terreno comprado por exesposo (padre de Alex) para irse a vivir con Gloria cuando apenas eran novios y ella tenía 19 años, ladrillo a ladrillo levantaron con esfuerzos su hogar.   

Afuera, la calle empieza a armar su rutina: el murmullo áspero, las miradas perdidas, el rebusque torcido.

Porque vivir en el barrio Sucre de Cali no es simplemente habitar un lugar. Es negociar todos los días con el abismo. “Hay momentos en la vida que tener dinero o no tener dinero da igual, se trata de sobrevivir”, cuenta ‘Gabo’ un consumidor que vive del reciclaje y hace 5 años llegó a la cuadra de Gloria, donde merca con lo que le pagan por lo producido a la vuelta de esta cuadra.   

Según diagnósticos urbanos de Cali, el barrio Sucre cuenta con una proyección de población limitada, pero se encuentra en la Comuna 9, que en su conjunto alberga aproximadamente a 47,830 habitantes. Donde se concentran altos niveles de informalidad laboral y presencia de habitantes de calle.  

El barrio Sucre se asienta en el corazón de Cali como una cicatriz de la guerra que no se ha podido cerrar. Incrustado en el centro, a pocos metros de la institucionalidad de los juzgados, los talleres de repuestos, la comercialización informal de autopartes robadas y el flujo incesante de la Calle 15, el barrio se despliega como un laberinto donde la urgencia y el abandono caminan de la mano.   

Históricamente, este sector ha sido un punto de llegada para población vulnerable y desplazada, lo que explica, en parte, la densidad social y la fragilidad económica que hoy lo caracteriza.  

El panorama es crítico: las chatarrerías y el rastro del reciclaje marcan unas calles dominadas por el estigma de la “olla”. En sus aceras, el ambiente es pesado, saturado por el deambular de quienes han perdido el rumbo entre el consumo y las interminables olas de humo que mezclados tienen los olores más fuertes y penetrantes, opacando cualquier tipo de olor proveniente de los talleres o chatarrerías donde las concentraciones de basuras son los olores más sanos.   

Las imágenes que se han vuelto paraíso y normalizado por quienes transitan, viven y trabajan en la zona no dejan de parecer sacadas de películas, además del lamentable estado de las vías que realmente por el maltrato hoy parecen trochas llenas de hueco, rocas, arena, adornadas también por mucha basura que se arroja a las mismas calles donde habitantes de calle y consumidores usan para improvisar campamentos para el consumo y descanso.  

Por otra parte, como si de otro mundo se tratara en la casa que es tienda, y de cierto modo, también es trinchera, Gloria ha criado a su hijo, Alex de 27 años, ya sus sobrinos Sebas de 7 y Majo de 6, a quienes cuida mientras su hermana trabaja. No con discursos, sino con algo más difícil, constancia.  

Mientras los sobrinos estudian y Alex trabaja en la zona de Acopi, Yumbo como operario de producción en una empresa de comestibles, donde va a cumplir 5 años de antigüedad. 

Gloria atiende y hace los oficios de la casa al mismo tiempo. Afuera el dinero fácil se ofrece como un atajo seductor, “son lo último que escucho antes de dormir y los escucho todo el día gritando de todo desde muy temprano” refiriéndose a los campaneros, quienes se hacen al lado de su casa ya que es una de las esquinas donde vigilan la llegada de los policías.    

Pero ese proyecto de familia tuvo una grieta, el padre de Alex, camionero de oficio, quien por su trabajo se ausentaba por varios días, se separó de Gloria cuando Alex apenas tenía 10 años. Desde la distancia siempre envió el dinero de Alex hasta que cumplió 17 años. “Al principio de la separación pensé en vender la casa para irme, pero en este barrio crecí yo y tengo mi familia cerca, por eso no me fui y ahora después de tantos años tampoco lo planeo” cuenta Gloria,   

Ella ha insistido en el camino largo, ese que casi nadie aplaude. “Aquí hablamos de dinero fácil referencia a la droga y al robo, pero aquí nadie viene a preguntar que le falta a uno, por eso hay que salir a camellar (robar retrovisores o microtráfico) y si alguno se pone de guapo ya sabe, porque al final es la suya o la mía”. Dice ‘Lágrima’, uno de los campaneros más respetados del sector, cuando cuenta lo que tiene que hacer para tener vida, (ganar dinero).   

Pero Gloria siempre lo tuvo claro frente al panorama de los que están en la calle: “lo único que eso trae como consecuencias son la muerte, cárcel y desgracias familiares”. Y por eso sigue la misma rutina desde hace 30 años que tiene la tienda. Lo trabajador se lo ha inculcado a Alex, quien teniendo en cuenta lo aprendido en casa decidió montar su estudio en su casa para producir videos cuando sale de trabajar y en tiempos libres.  

Alex recuerda que cuando sus amigos en la niñez le contaban como sus padres llevaban a casa la remesa, inocentes del entorno donde crecían y lo que eso significaba, le decían: “mi papá salía a trabajar (refiriéndose al hurto) y traía bastante plata, me decía: ‘tenga mi hijo para que juegue peleítas donde Gloria’ refiriéndose a las maquinitas que tenía en la tienda”, son algunas de las cosas que a la fecha Alex recuerda y fue entendiendo el verdadero “trabajo” que algunos vecinos tenían.    

Así se heredan ciertas ideas, no como teoría sino como ejemplo. Por eso, en esa casa, la enseñanza fue distinta. Más aburrida y dura a la de sus amigos. “A mí me tocaba trabajar y abrir la tienda”, dice Alex al recordar su infancia.  

“En el barrio no es una elección fácil, a veces el dinero no alcanza, a veces el cansancio pesa, y conseguir un empleo siempre es más difícil cuando vives aquí, siempre te discriminan a la hora de llevar hojas de vida”, expresa Gloria. Por ese motivo decidió surtir su propia tienda cuando tenía 20 años. Y esta le ha dado el sustento hasta la fecha.  

Esa discriminación no es una percepción aislada: estudios sobre empleo en Cali hechos por el DANE en el primer semestre del año, han evidenciado cómo el lugar de residencia influye en las oportunidades laborales, especialmente para quienes provienen de sectores estigmatizados del centro. 

En medio de ese pulso ella tuvo que educar a Alex, enseñándole a diferenciar lo bueno y lo malo con ejemplos vivos y cercanos, de un lado, con sus vecinos quienes viven de la inmediata del dinero que aparece y desaparece como magia y del otro, la paciencia de su madre, que todos los días abre la tienda como quien insiste en una verdad que no siempre se ve.   

Hoy, gracias al esfuerzo de muchos años, él construye imágenes, graba, edita y cuenta historias. No deja de ser irónico: en una esquina donde tantas vidas desencajan, alguien decide encuadrarlas.  

Llega el mediodía y Gloria lo sabe porque nota como campaneros y jíbaros corren de un lado a otro ocultando bolsas ziploc en las piedras del piso, mientras gritan desesperadamente: ¡AGUAS!, pues cuenta Gloria que: “todos los días a mediodía los policías del cuadrante tienen cambio de turno y lo primero que hacen es dar la ronda por la cuadra”.  

La llegada de la tarde también la nota por el fuerte sol que se siente mucho más intenso por el calor que generan los techos de láminas.  

Poco tiempo después Gloria recibe a los sobrinos, quienes en su camino de regreso a casa ven las escenas más crudas, como el tráfico de drogas, las jovencitas que con vestidos cortos se paran en las esquinas a tratar de seducir a la suerte, consumidores cumpliendo el “ciclo de la traba” pues los pueden ver en las aceras introduciéndose jeringas o inhalando profundamente, hasta que la sustancia ya se ha apoderado de sus sistemas y se vuelven cadáveres en las aceras que tienen que esquivar a los niños en su travesía de regreso a casa, que dentro de su inocencia lo ven siempre como una aventura diferente ya que regresan junto a algunos niños que viven a la vuelta.  

Cuando llegan, Gloria les da el almuerzo mientras ella sigue ordenando la tienda y atendiendo a los clientes y proveedores que al igual que ella, ya han normalizado las riñas entre habitantes de la calle que se amenazan con los cuchillos que son lo único que, junto a la pipa, no sueltan.   

“Las tardes son donde más se suele vender, y creo que ellos también venden más en las tardes”, menciona Gloria. Debido a que en las tardes los talleres cercanos tienen más flujo, ella también recibe más clientes como vehículos de transporte de mercancías, comerciantes, personas que trabajan en los almacenes y oficinas del centro, pues todos pasan por la tienda de Gloria, ya que la calle 18 es una de las vías alternativas para llegar al centro, del mismo modo los jíbaros reciben más clientes en las tardes.  

Van cayendo las puertas metálicas de los talleres cercanos y con ellas cae el sol también, ya pesar de que la 12 con 18 sea reconocida por lo malo, también hay gente buena, pues como todo buen barrio caleño, en las noches el ambiente se siente festivo, las familias se reúnen afuera de sus casas y en sillas rimax de color blanco, como si lo hubieran acordado, ponen música en bocinas y comparten entre ellos mientras los niños hacen sus tareas de colegio en los antejardines.  

Ese suele ser el panorama cuando cae el sol, a medida que los adultos van llegando de los trabajos y los niños de los colegios de la jornada de las tardes, se suele compartir, y apoyan a los que se la rebuscan vendiendo fritangas en el barrio.  

El rebusque es lo que se rige en las pocas familias que, como Gloria, sueñan con cambiar ese destino que parece inevitable al nacer en el barrio Sucre, que sigue siendo un territorio duro, pero en La 12 con 18 se siembran semillas que no solo riega Gloria.   

“El rebusque es trabajar… no mantenerse quieto”, dice Diego quien vende arepas con queso en las noches en la 12 con 18. Y como él, el rebusque sigue marcando el ritmo: fritangas, carretas de reciclaje, tiendas pequeñas, intentos grandes.  

Quienes viven en modo de supervivencia afirman que también hay otra lucha, más silenciosa, que no siempre se nombra: “la de no caer”. No caer en la desesperación de la necesidad de ensuciarse las manos, “no vale la pena”, afirma Gloria mientras barre el frente de su tienda viendo las consecuencias de las peores decisiones que se pueden tomar bajo la ansiedad.   

Y aunque Gloria vive en una cuadra donde todo el día escucha gritos como “helados, tableros, rocas” siendo las palabras que usan los jíbaros para vender sus productos, en la noche esos gritos se mezclan con la música y las risas de los niños, pues es normal ver cómo se pasan la pelota entre niños y jíbaros cuando por accidente se les escapa la redonda.   

Sin embargo, en la noche Gloria suele estar más pendiente al grito de la cuadra, porque es cuando “Maicol” pasa a hacer las rondas, y aún estando el cielo despejado se escucha la palabra “AGUAS” en grito de alerta.   

Y aunque ella sabe que no debe nada, sabe que tiene que estar más alerta a estos códigos debido a que Gloria ha tenido que vivir momentos de angustia en varios enfrentamientos entre policías y carteles en la zona. Pero debido a la antigüedad de la tienda de Gloria incluso los policías llegan a tomar gaseosas mientras hacen las rutinas de vigilancia en el sector.  

“Donde vivimos nosotros no todo es malo”, insiste Gloria con una voz casi como de resistencia. Y tal vez ahí esté la clave porque en medio del ruido, del vicio y de las promesas rotas, hay una mujer que decidió levantar una frontera invisible entre su casa y la calle. No para negar lo que ocurre afuera, sino para que no lo devore todo.  

Echa un último vistazo a la calle verificando que no haya algún habitante de calle durmiendo en su entrada mientras baja la cortina de su tienda a las 10 de la noche, pues después de esa hora Gloria dice que: “vienen más consumidores y drogados suelen ponerse más violentos entre ellos y tampoco se vende”, debido a la soledad y silencio que recorre los talleres y los comercios del barrio.    

Como una orquídea que crece en el fango, esa familia ha aprendido a sostenerse sin dejarse arrastrar. No porque el barro desaparezca, sino porque alguien decidió que no iba a ser destino. Y en esa decisión, repetida cada mañana al subir una reja y abrir una tienda, hay algo que el barrio no ha podido arrebatar: la posibilidad de elegir.  

 

En lugares donde la rutina está atravesada por el riesgo, la valentía deja de ser un acto extraordinario y se vuelve costumbre.

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Doña Patricia, la historia de la mujer que sostiene un legado que nadie más continuará

Doña Patricia, la historia de la mujer que sostiene un legado que nadie más continuará 

En un kiosco del parque de El Carmelo, en Candelaria, Doña Patricia ha dedicado más de 45 años a preparar fritos que no solo alimentan.

Por: Laura Nicole Aparicio Escobar y María Camila Culma Beitia

Facultad de Humanidades y Artes

Es sábado a la 1:00 de la tarde en El Carmelo, en el parque principal donde, a un costado, se encuentra el kiosco de Doña Patricia. A esa hora, el lugar aún está en silencio. El parque respira con calma: algunas personas cruzan sin detenerse, una moto pasa a lo lejos y las conversaciones siguen siendo dispersas, sin quedarse. Todo parece suspendido, como si el espacio estuviera esperando a que algo empiece. 

Doña Patricia llega. No llega con las manos vacías: trae ollas, recipientes y bolsas con todo adelantado desde casa, papas cocinadas, guiso preparado, maduros listos, salsas, ají y picadillo. A su lado está su ayudante, que también se llama Patricia. Entre las dos descargan y organizan en silencio; cada cosa encuentra su lugar: el fritador al centro, las ollas cerca, los toppers alineados y las tres mesas plásticas listas para recibir a la gente. El kiosco es pequeño, pero suficiente: no sobra nada, no falta nada. 

Doña Patricia no se detiene. Apenas termina de acomodar, empieza a trabajar… 

Sus manos, pequeñas y marcadas por los años, se mueven con una calma precisa. Toma la masa, agrega el relleno, cierra la empanada. Repite el gesto. Una, otra, otra más. No hay prisa, pero tampoco hay pausa. Es un ritmo aprendido, incorporado, que no necesita ser pensado. El aceite comienza a calentarse, al principio apenas se escucha, como un murmullo leve que anuncia lo que vendrá. Poco a poco, el sonido crece. 

A ratos aparece su nieto y se queda cerca, observando, moviéndose con familiaridad entre los utensilios. “A veces le decimos que descanse, pero esto es lo que ella ama. No sabe quedarse quieta”, comenta su nieto Dilan. Un perro descansa en una esquina, tranquilo, como si también hiciera parte de la rutina. El tiempo avanza sin ser nombrado. 

Mientras arma otra empanada, el pasado se asoma en lo que hace. No como un recuerdo contado, sino como algo que habita en el gesto: “Yo aprendí mirando. Mi abuela no me enseñaba con palabras, era con el ejemplo. Uno aquí aprende haciendo”, dice Patricia sin dejar de cerrar la masa. 

Desde muy niña ha estado en esto. “Era otro tiempo”, dice, “cuando Cavasa todavía era un aeropuerto”. 

Nada de eso se explica de manera directa, está en sus manos. El movimiento es el mismo: cerrar la masa, ajustar el relleno, llevarlo al aceite. Más de 45 años haciendo lo mismo, pero quedarse no fue casualidad. Hubo un momento en el que su vida tomó otro rumbo. Trabajaba en la aduana, tenía un camino distinto, más estable, más lejos del calor del aceite y las jornadas largas. Fue su mamá quien le pidió que no dejara acabar lo que venía de atrás, que no soltara el legado. Y ella decidió volver no porque lo necesitara para vivir, sino porque entendió que lo que estaba en juego no era solo un trabajo. Era algo que había pasado de generación en generación, algo que la había acompañado desde niña y que ahora dependía de ella. Este negocio no le dio todo lo que tiene, pero sí le dio algo que no se compra: una historia que sostener. 

Las primeras empanadas entran al fritador, luego las papas rellenas. El aceite empieza a sonar con más fuerza, constante. El olor aparece poco a poco: guiso caliente, masa frita, maduro, ají. Se mezcla con el aire del parque y empieza a quedarse. Algunas personas pasan y saludan “Patricia, mi amor”. Ella responde sin dejar de trabajar “Hola, mijo”. Todavía nadie se queda, solo pocas personas compran bofe para su almuerzo con rapidez.  

A las 4:00 de la tarde el ritmo cambia, el lugar apenas empieza a activarse. 

El aceite ya suena lleno, sin pausas. Sobre él flotan empanadas, aborrajados, masitas con queso, papa rellena. Todo adquiere ese tono dorado que no depende del reloj, sino de la experiencia. El kiosco deja de ser un punto silencioso. Se llena de sonidos: conversaciones, música de los negocios cercanos, niños jugando en el parque. El aire se vuelve más denso, cargado de olores. 

Un niño de unos siete años se acerca con un billete de dos mil pesos en la mano, sonríe antes de hablar “Una empanada, por favor”. Doña Patricia toma una y se la entrega, el niño se queda un segundo, mirando el movimiento, y luego se va. 

Es el primero. 

Después empiezan a llegar más personas. Ya no solo saludan, se detienen, preguntan y se quedan. “¿Cómo ha estado?”. Algunos se sientan en las mesas, otros permanecen de pie, apoyados cerca. La cercanía no se construye: ya existe. 

Doña Patricia sigue trabajando sin levantar mucho la mirada. No lo necesita. Sabe cuándo algo está listo, cuándo alguien espera, cuándo el aceite pide otra tanda. 

El tiempo se mide en fritos que salen, no en minutos que pasan. 

Hay momentos breves en los que el flujo disminuye. El aceite espera unos segundos más antes de recibir algo nuevo, pero nunca se ha apagado, no han tenido días sin venta. Puede haber pausas, pero siempre vuelve el movimiento. 

A medida que avanza la tarde, el lugar se transforma. Llegan parejas, vecinos, conocidos. Algunos solo pasan a saludar; otros se quedan más tiempo. Las conversaciones se alargan, se cruzan, se mezclan con las risas. 

Las manos de Doña Patricia no se detienen. Mientras cocina, habla. Mientras atiende, sonríe. Cualquier comentario puede convertirse en motivo de risa; Doña Patricia ya no necesita preguntar qué quiere cada quien, lo sabe. Reconoce a sus clientes, recuerda lo que piden, anticipa los gustos. A muchos los vio llegar de niños, de la mano de sus padres, y ahora vuelven siendo adultos, a veces con sus propios hijos. Su forma de llamarles no cambia: “mijo”. Ahí hay confianza. No es solo la comida lo que los hace volver. Es la forma en la que son recibidos, la sensación de estar en un lugar donde ya son conocidos. 

A las seis de la tarde, la fila empieza a formarse. En un solo día pueden pasar más de cuarenta personas. Algunos llegan rápido, compran y se van. Pero muchos se quedan. Se apoyan en las mesas, conversan entre ellos, hablan con ella, se reconocen. El espacio se vuelve pequeño para todo lo que pasa ahí, peronunca incómodo. No es solo un lugar de venta, sino es un punto donde la gente coincide. 

Las personas esperan su turno, pero no en silencio. Conversan entre ellas, se reconocen, se llaman por nombre o por sobrenombres. “¿Y usted qué, Carmen? Hace rato no la veía”. Muchos llevan décadas viniendo. Desde que eran niños, desde que llegaban con sus padres a comprar lo mismo que hoy siguen pidiendo. 

Doña Carmen, su fiel cliente recuerda que estudió con Patricia desde pequeña: “Nosotras nos conocemos desde niñas. Cuando tocaba llevar para compartir, lo hacíamos juntas y de una íbamos para donde Patricia”. 

Tambien Doña marleny cuenta que su familia siempre ha comprado ahí: “Cuando era más niña venía con mi mamá a comprar. En ese tiempo atendía la abuela de Pati y la costumbre quedó, como la sazón”. Aquí todos se conocen, aquí todos vuelven. 

Paola Posso es de las que no fallan. Cuando el tiempo no alcanza para cocinar, el camino siempre la lleva al puesto de doña Patricia: “A veces no tengo tiempo para preparar el almuerzo, entonces vamos y compramos bofe. Y cuando a los niños les da hambre, les compro aborrajados”. Para ella, es un lugar al que siempre puede volver. 

El señor Hernán Alfonso, árbitro de la comunidad, tiene su propio ritual. Después de cada partido termina frente al mismo puesto: “Siempre voy por una papa rellena”. Lo que empezó como algo ocasional, hoy es tradición. 

César Tulio, exvigilante de Cavasa, recuerda las noches largas de trabajo: “Cuando me tocaba trasnochar, iba y me compraba una papa rellena; eso me ayudaba a pasar el turno”. Ahora, cada domingo compra bofe, esta vez para que su esposa descanse. 

Consuelo lo dice con naturalidad: “Siempre termino comprando en el puesto de doña Patricia”. A veces por antojo, otras por costumbre, pero siempre vuelve. 

Algunos clientes, al verla ocupada, se ayudan entre ellos. Se sirven, esperan, organizan. No hay molestia, hay costumbre. 

El Carmelo no es solo un parque de paso. Es un punto de encuentro para quienes han crecido en el barrio, un lugar donde los negocios pequeños, como el de Doña Patricia, sostienen dinámicas que van más allá de la comida: aquí se construye comunidad. “Han sido tres reconstrucciones y aquí seguimos”, dice Patricia. 

Patricia, su ayudante se mueve con rapidez y precisión. Atiende, cobra, organiza pedidos. Entre las dos no hay interrupciones, han aprendido a trabajar juntas sin estorbarse.  

La variedad es amplia. Más de diez productos, todos frescos, todos hechos en el momento. Empanadas, papas rellenas, hojaldras, maduro aborrajado, bofe, corazón, chicharrón, papas aborrajadas y masitas con queso, todos preparados en el instante. Los precios se mantienen en un rango accesible: desde los dos mil hasta los quince mil pesos, dependiendo de lo que se pida. 

El parque sigue activo: más personas llegan, más voces se suman. El cansancio empieza a notarse en el cuerpo de Doña Patricia y su ayudante. “Patricia me enseñó a cogerle amor a esto, por eso el cansancio es lo de menos”, dice su ayudante. 

La muerte de su abuela aparece como una ausencia que no se nombra demasiado, pero que está presente. Fue lo más duro. Desde entonces, el negocio dejó de ser solo trabajo; es un legado. 

 

“Esto termina el día que yo no pueda continuar”, dice. No hay quien siga. Sus hijas eligieron otros caminos, y ella no insiste. El negocio no está en riesgo hoy, pero sí en el futuro. Lo dice sin dramatismo, como una certeza. Sus hijas no seguirán con el negocio cada una tiene su camino, ella lo sabe. Pero mientras pueda, sigue. 

Doña Patricia es la tercera generación, tiene dos hijas; una tiene una papelería, la otra trabaja en una empresa. Crecieron viendo este mismo movimiento, pero nunca se interesaron realmente por continuar. No es rechazo, es elección. Tienen otros sueños, otros gustos, otras formas de construir su vida. Y ella lo entiende. No insiste, no obliga. Sabe que cada quien sigue su camino. Por eso tiene claro que es la última. El legado, el mismo que su mamá le pidió sostener, termina con ella. 

Más de una vez han llegado a ofrecerle comprar el negocio, pero siempre responde lo mismo: “No”. Porque venderlo sería vender lo único que queda de su abuela, sería soltar algo que no siente como un puesto, sino como una memoria viva. Aquí no solo se cocina. “Aquí permanece lo que ya no está, y eso no tiene precio”, dice doña Patricia.  

A las 9:30 de la noche, el ritmo comienza a bajar. 

La fila desaparece, el aceite ya no suena, lo que había para vender se ha terminado.  

Doña Patricia empieza a guardar. Despacio, con el mismo orden con el que empezó. Las ollas, los recipientes, los utensilios, todo vuelve a su lugar. Algunas personas se quedan cerca, despidiéndose. 

El kiosco se vacía poco a poco. No es un final, es solo el cierre del día. Porque al día siguiente, cuando el reloj marque de nuevo la 1:00 de la tarde en El Carmelo, ella volverá. 

Y mientras sus manos sigan cerrando empanadas, el legado todavía no habrá terminado.

En medio de los cambios constantes que atraviesan los pueblos y sus dinámicas, hay oficios que resisten sin hacer ruido”.

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Compañera de Calle: la historia de Diego y Niña 

Compañera de Calle: la historia
de Diego y Niña

Sin techo, pero con compañía. Diego, habitante de calle, ha encontrado en Niña una razón para levantarse cada día. 

Autora: Lizeth Dayana Rojas Valencia

Facultad de Humanidades y Artes

Entre cartones, botellas y miradas indiferentes, Diego y su perrita Niña comparten algo más que la calle, un refugio mutuo contra la soledad. 

En la carrera 36 con calle 5B3, justo frente al Estadio Pascual Guerrero, hay un pequeño local de comidas llamado El Placer del Paladar. En un rincón, bajo la sombra de una de las carpas del local, entre bolsas de reciclaje, Diego Delgado pasa sus días junto a su perrita Niña, una mestiza, pequeña, pelo corto blanco con manchas negras, de ojos dulces que se ha convertido en su familia, su refugio y su razón para seguir. 

Diego tiene 63 años. Habla pausado, con la voz de quien ha aprendido a resistir. 

Logré terminar el bachillerato en el Colegio Santa Librada, pero se me quemó la pieza donde vivía; se me fueron los diplomas del Sena, los papeles, las cositas de niña, todo”, recuerda.

Nació en Buga, pero se crió en Cali, en el barrio Obrero. “Allá aprendí el arte del zapato, guarnecedor, cortador, de todo un poco. Pero la vida cambió y me tocó salir a reciclar para poder comer”. 

Niña llegó a su vida hace años. Diego solía andar con dos perritas la madre de Niña y ella, hasta que hace tres años, en un accidente, un carro atropelló a la madre y la pequeña quedó sola. Desde entonces, los dos no se separan. 

“Ella me calma la soledad. Ya tengo en quién pensar y estar pendiente. Donde yo voy, ella va. No me deja un metro solo”, dice mientras acaricia su lomo con cuidado. 

La rutina de ambos empieza temprano. Diego recoge botellas y cartones por los alrededores del Pascual Guerrero, mientras Niña camina a su lado, vigilándolo.  También ayuda a llevar bolsas o cargar cosas pesadas de los vecinos. Al mediodía, en el Placer del Paladar, Maricel Collazos, la dueña, les guarda un poco de comida. 

Maricel los ve todos los días. A veces con paciencia, otras con exasperación, pero siempre con compasión. “Él es grosero, a veces se altera. Pero yo entiendo, eso es por el consumo. Igual le doy una sopita o un café. La verdad, lo hago más por la perrita. Ese animalito es el ángel de él”, dice. 

Diego comenta, “la dueña del local me guarda los pedazos de carne que quedan de las personas para Niña o nos pasa comida”. Normalmente él come lo que a niña casi no le gusta. 

Y aunque su vida es difícil, él tiene claras sus prioridades. “Primero come ella. Yo me reparto, pero su arroz solo no puede faltarle”. 

Diego inspira ternura, pero Niña abre los corazones. Muchos vecinos piensan igual. “Por ella lo ayudan. Si fuera solo él, de pronto no tanto. Pero como está la perrita, la gente se acerca”, comenta Maricel, quien incluso ha participado en una colecta para ayudarle a comprar un nuevo carrito de reciclaje, luego de que le robaran el anterior. 

Aunque vive en la calle, Diego procura mantener a Niña sana. “La tengo vacunada, desparasitada cada tres meses. En San Bosco hubo una jornada de veterinaria y la llevé. Le hicieron cirugía para que no la cojan los perros en calor. Ella siempre está gordita, más gorda que el dueño”, dice riendo. 

No todos entienden su vínculo. Algunos peatones cuestionan que una persona sin techo tenga mascota. Diego responde sin dudar, “Si no les gusta tener un animal al lado, es mejor que no lo tengan. Pero si uno lo cuida, si lo alimenta, eso es lo que vale. Es una responsabilidad”. 

Maricel lo respalda, aunque con matices. “Las personas dicen que le pega, pero yo no he visto eso. Yo digo que no. Ese animal lo protege, lo humaniza. Si la perra hablara, diría que él es lo único que tiene”. 

Para muchos residentes del sector, como Diego Mauricio Oliveros, lo que se ve entre Diego y Niña va más allá de un simple acompañamiento. “Aquí podemos ver la verdadera definición de una compañía sincera e interesada por parte de ambos. No importa ni el lugar, ni la hora, ni las condiciones. Están juntos, cuidándose mutuamente”, comenta el vecino. 

Esa compañía, que algunos juzgan, para otros representa un ejemplo de lealtad sin condiciones. “A veces tenemos el estigma de que los habitantes de calle no cuidan bien a los animales”, explica Diego Samudio. “Pero no se necesita ser millonario ni tener un doctorado para amar y cuidar. Es tener buen corazón. Yo he visto animales de la calle más cuidados y felices que muchos que viven bajo techo”. 

Desde una perspectiva de la medicina veterinaria, Angeli Sanabria, estudiante de la Universidad Santiago de Cali, reflexiona: “El vínculo entre las personas en situación de calle y sus animales es complejo y diverso. En muchos casos, representa una relación de afecto, compañía y supervivencia compartida, donde ambos se sostienen emocionalmente frente a la exclusión social”. 

Explica que estos animales pueden ser una fuente de estabilidad emocional, ayudando a reducir la ansiedad, la depresión y las crisis emocionales de sus dueños.

Cuando cae la noche y el bullicio del Pascual se apaga, Diego acomoda su “camarote” entre cartones y cobijas. Niña se acurruca a su lado. Él la cubre con un trapo viejo y dice “Ella me calma la soledad, señorita”. 

En esa esquina donde el cemento es cama y el ruido reemplaza al silencio, un hombre y su perra se acompañan sin promesas, solo con presencia. En medio de la indiferencia urbana, el amor de Diego y Niña recuerda que incluso en la calle puede haber ternura, fidelidad y hogar. 

Angeli concluye con una reflexión que resume la esencia de esta historia: “No se trata de idealizar ni de condenar, sino de entender las causas de fondo. Cuando una sociedad falla en garantizar oportunidades, el problema no es el vínculo entre el ser humano y el animal, sino el abandono institucional que los envuelve a ambos”. 

El vínculo entre las personas en situación de calle y sus animales es complejo y diverso. En muchos casos, representa una relación de afecto, compañía y supervivencia compartida, donde ambos se sostienen emocionalmente frente a la exclusión social”

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Las Limitaciones Están en la Mente

Las Limitaciones Están en la Mente

El paratleta vallecaucano y campeón nacional Luis Fernando Lara Rodallega, figura clave de la velocidad colombiana, compite esta semana en Ibagué. Su meta: los Juegos Paralímpicos de Los Ángeles 2028.

Por: Maria Camila Culma Beitia

Facultad de Humanidades y Artes

Con el firme propósito de alzarse con 3 medallas de oro en las Interligas de Ibagué, esta semana, Luis Fernando Lara Rodallega, aspira a darle nuevas alegría al Valle del Cauca en paratletismo.

Este joven de 25 años, originario del corregimiento El Carmelo, Candelaria, competirá en las pruebas de 100, 200 y 400 metros planos. “Mis logros son romper marcas personales y obtener las tres medallas de oro.”

Esta ambición es una prueba palpable de que el espíritu humano se niega a ser doblegado por la adversidad, pues su historia es una de esas que demuestran que la vida puede cambiar en un instante, pero el espíritu no se doblega.

Su vida cambió drásticamente a los 17 años. “Tuve un accidente eléctrico a los 17 años, en el cual perdí mis dos miembros inferiores”. Sin embargo, aquel suceso traumático fue también el punto de partida para una nueva vida, una que, contra todo pronóstico, estaba destinada a la velocidad y la gloria deportiva.

Antes de las pistas de atletismo, el sueño de Fernando era con el fútbol, ​​corriendo por sus venas ese sueño de ser selección de Colombia. Al ser primo del reconocido goleador Hugo Rodallega, su sueño natural desde los cuatro años era seguir la tradición familiar y convertirse en futbolista profesional. Ese “congénito” por el balón era el motor de su vida deportiva.

Sin embargo, la pérdida de sus miembros superiores hizo que el camino del fútbol profesional fuera inviable, dejando un vacío en su vida deportiva. Pero la vida, caprichosa, le había reservado otro camino. Tras el accidente y la pérdida física, Luis Fernando sintió la necesidad de canalizar su energía competitiva y su ambición deportiva

Sus logros han superado los límites nacionales, llevándolo a competir en los circuitos más exigentes del paratletismo mundial…

Esa energía competitiva lo llevó a buscar alternativas. Fue así como el destino lo guió a la pista: El atletismo llegó a su vida el mismo año del accidente, 2017. En ese difícil proceso de transición y sanación, Fernando destaca el papel crucial de sus mentores, quienes fueron la fuerza catalizadora de su amor por este deporte.

“Entré en el paratletismo en el mismo año 2017, gracias a la guía de los profesores Patricia Rivas, Alonso Mina y Dora. Ellos fueron los que construyeron ese amor que llevo ahorita, ser un paratleta de alto rendimiento. Siempre me han dado esa potencia de decir que usted puede”.

Como atleta, Lara compite con éxito en la categoría T46 (para atletas con deficiencias físicas en un miembro superior) en las pruebas de velocidad de 100 metros, 200 metros y 400 metros planos, donde el atleta corre en luna recta o en curva, llevando su cuerpo al máximo límite en distancias cortas.

Sus resultados no dejan lugar a dudas sobre su nivel de élite. “A nivel nacional, soy campeón de los 400 metros planos. Pues, se entrena siempre para eso. En este año obtuve dos medallas de oro que fueron 200 metros planos y 400 metros planos, y obtuve una medalla de plata en los 100 metros planos”.

Sus logros han superado los límites nacionales, llevándolo a competir en los circuitos más exigentes del paratletismo mundial. Luis Fernando no solo es una figura destacada en Colombia, sino que se ha consolidado como un atleta que representa al país en instancias decisivas a nivel internacional.

“A nivel internacional, gracias a Dios tengo una medalla internacional que fue aquí en Cali, donde obtuve una medalla de oro en los 400 metros planos y en los 100 metros planos obtuve una medalla de plata”.

A pesar de su primera experiencia en unos Juegos Paralímpicos en París 2024, no es final de su ambición; es solo una estación en un camino más largo.

“Hoy quiero seguir cumpliendo ese sueño de estar en los otros juegos que van a ser en Los Ángeles 2028. Ese es otro sueño que voy a dar toda otra vez y con el objetivo de poder mirar y para eso estoy entrenando para obtener una medalla”.

El deporte no solo le ha brindado triunfos y un nuevo propósito, sino también una visión de futuro más allá de la pista.

“Me ha dejado muchas enseñanzas a través del tiempo, de los momentos que he vivido en el deporte. También me ha dejado ese legado de poder entrar a estudiar, que voy a entrar a estudiar el otro año con la ayuda de Dios en la Escuela Nacional del Deporte. El deporte no es toda la vida, sino que tiene un límite de tiempo y, pues, a darle cuando entre a la universidad y salga, darle esa enseñanza que me han dejado mis profesores a los demás atletas que lleguen”.

Cuando la carrera se hace dura, el motor que lo impulsa siempre es el mismo. “Siempre lo que yo digo es mi familia. Pienso en mi familia, ellos son mi motor en querer seguir cumpliendo mis sueños. Siempre tengo muchos sueños más a través de cada competencia. Siempre digo: ‘quiero romper mis propios límites’. Pienso en mi familia, en romper mis límites y ser esa persona que deja el país en alto y mi departamento”.

Todo lo que ha vivido y aprendido, desde el accidente hasta la medalla de oro, se condensa en una filosofía de una vida inquebrantable, una frase que, si se plasmara en un libro, llevaría su título: “Las limitaciones no están en la mente. Muy claro lo tengo, es un legado que siempre digo y que llevo conmigo”.

Esta convicción es también el mensaje que le quiere dejar a todos: “Que no le preste atención a las personas que le dicen que no puede, que siempre tengan en mente que sí van a poder, que sí van a luchar por sus propios sueños. Que no se apaguen con esa mentalidad. Las limitaciones están en tu mente, solo tú te puedes apagar y no te apagues. Antes, date mucha más fuerza para salir adelante, para cumplir tus sueños, cumplir tus metas y hazlo con mucho amor.”

Hoy, Luis Fernando se siente inmensamente feliz con su camino, un camino que no imaginó, pero que lo ha llenado de orgullo. Al despedirnos, le preguntó cómo se sentía, con la perspectiva de haber cumplido ese primer sueño de niño de ser Selección Colombia en una disciplina diferente.

“Me siento muy contento por todo lo que he hecho, claramente está reflejado en todo lo que hago, que lo hago con mucho amor. Siempre soñaba con el fútbol, ​​pero ahorita que lo estoy viviendo con este rol del paratletismo es una felicidad que tengo de cumplir cada uno de mis sueños que quería con el fútbol: que era ser selección Colombia, y que gracias a Dios lo hice y lo que he forjado con mucho amor. Voy a seguir dejando el país en alto”.

Y la enseñanza más profunda que le deja esta vida es, quizá, la lección más vital que puede ofrecer a cualquier persona, la conclusión de su inspiradora carrera: “Siempre persevera. El que persevera alcanza, persiste, no te rindas, hay muchos propósitos, muchos sueños más. Y un legado que siempre quiero dejar: que las limitaciones están en la mente. Es algo que digo en mi vida y que trato de inculcar también a los demás. Que no se limiten, sigan viviendo, disfruten, pásenla bien ya disfruten esto que es la vida. Obviamente hay problemas, pero hay que seguir adelante”.

Pienso en mi familia, ellos son mi motor en querer seguir cumpliendo mis sueños. Siempre tengo muchos sueños más a través de cada competencia .

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Una promesa de Cali: Jay Torres y su camino entre versos y valentía

Una promesa de Cali: Jay Torres y su camino entre versos y valentía

Por: Sebastián Lucumí

Facultad de Humanidades y Artes

A sus 21 años, Jay Torres se ha convertido en una de las voces emergentes más prometedoras de la escena urbana en Cali. En medio de pérdidas personales, estafas y sacrificios, ha logrado mantener viva una pasión que nació en un concurso escolar y hoy resuena en tarimas importantes de la ciudad.

Jay Torres recuerda con exactitud el momento en que entendió que la música podía ser parte fundamental de su vida. “Fue en un concurso del colegio. Fui sin esperanzas, se me olvidó la letra, pero igual pasé. De 100, quedé entre los 30. Ahí dije: quiero esto”.

Después del colegio, se dedicó de lleno a la música. El camino no fue fácil. “Muchas personas me prometieron cielo y tierra, pero solo querían sacar plata. Hasta que un amigo me conectó con un productor de verdad. Ahí empezaron a abrirse puertas”.

Después de la muerte de mi papá, ella fue mi todo. Es mi admiración. Siempre ha creído en mí…

Una de las pérdidas más duras de su vida fue la de su padre, ocurrida un 15 de junio. En conmemoración, Jay escribió una canción cargada de emoción. “La grabé entre lágrimas. La historia que cuento ahí es todo lo que viví con él. Ese tema tiene alma, y la gente lo ha sentido”.

Jay es empírico. Nunca ha tomado clases de técnica vocal, y sin embargo, su estilo conecta con el público. Aunque se inspira en artistas como Duki o Thiago PZK, no busca copiar géneros. “Más que imitarlos, me inspira su historia: no tener nada y llegar a tenerlo todo”.

La ciudad de Cali ha sido clave en su proceso. Aunque muchos artistas migran a Medellín, Jay decidió quedarse. “Cali está creciendo musicalmente. Hay un movimiento melo. Además, esta es mi casa, mi cultura”.

Desde hace un tiempo, Jay estudia publicidad. Una decisión estratégica. “Todo se conecta. Me ha servido mucho para impulsar mi proyecto. No me quita tiempo, yo organizo todo para cumplir con la música y con la universidad”.

El apoyo de su mamá ha sido vital. “Después de la muerte de mi papá, ella fue mi todo. Es mi admiración. Siempre ha creído en mí. Está en cada paso que doy”.

Su primer gran show fue en una discoteca reconocida de Cali, 128. “Me había ido a Bogotá por un contrato que no se cumplió, volví frustrado. Pero tenía ese show y lo di todo. Era el mismo escenario donde se montaban artistas duros. Fue una emoción tremenda”. 

Hoy, Jay se rodea de un equipo en el que confía. Amigos que creen en su proyecto, productores que suman. “Hay gente que no tiene nada que ver con la música, pero me han ayudado más que muchos de la industria. Una amiga va a todos mis shows, se sabe mis canciones. Eso vale oro”.

Su objetivo es claro: dejar huella. “Quiero que la gente se identifique con mis letras. Que alguien diga: esta canción me salvó. Porque detrás de cada tema hay una historia real”.

A los jóvenes que tienen sueños pero no se atreven, les dice sin rodeos: “El miedo siempre está. Pero es mejor intentar y fracasar que vivir preguntándose qué hubiera pasado. Las críticas siempre van a estar, así seas el mejor. Hay que hacer lo que te hace feliz”.

Mirando hacia adelante, sueña con ser conocido como un representante de su ciudad y de Colombia. “El ciclo de los artistas grandes cambia, y uno tiene que estar preparado para ser el siguiente”.

Jay Torres no solo canta: transforma su vida en canciones. En cada verso, una batalla; en cada show, una victoria. Y aunque el camino apenas comienza, ya se perfila como una de las nuevas voces que marcarán el rumbo de la escena urbana caleña.

El miedo siempre está. Pero es mejor intentar y fracasar que vivir preguntándose qué hubiera pasado. Las críticas siempre van a estar, así seas el mejor. Hay que hacer lo que te hace feliz”.

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Un Viaje de Adaptación y Sueños desde el Deportivo Cali a La Equidad

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Juan Carlos, un joven futbolista que pasó del Deportivo Cali a La Equidad, comparte los desafíos de su transición.

Por: Anderson Jara

Facultad de Humanidades y Artes

Juan Carlos Grisales, nacido en 2006 en el barrio Mariano Ramos, una zona peligrosa de Cali, es un apasionado del fútbol e hijo de un policía y una Madre ama de casa, que lo han apoyado incondicionalmente en su camino, graduado del colegio Cristóbal Colon, quien decidió dejar sus estudios universitarios a un lado para ir tras su sueño.

Juan Carlos Grisales, un joven futbolista que pasó siete años de su carrera en el Deportivo Cali, enfrentó un cambio significativo al unirse a La Equidad. En una entrevista, describió esta transición como “muy difícil”, no solo por dejar atrás su ciudad natal, donde estaba rodeado de familia y amigos, sino también por salir de su zona de confort. “Fue algo difícil de tomar porque venía a un lugar nuevo con nuevas personas que no conocía”, explicó, destacando cómo la adaptación inicial fue un reto emocional y personal. 

Juan Carlos sigue enfrentando la soledad al estar lejos de su familia y amigos, a quienes extraña profundamente

El proceso de adaptación no ha sido exclusivo al ámbito futbolístico; También ha impactado su vida personal. Después de seis meses, Juan Carlos sigue enfrentando la soledad al estar lejos de su familia y amigos, a quienes extraña profundamente. “Yo era una persona que no me quedó acostada todo el día como me lo quedo acá”, confesó, señalando que asumir esta nueva vida es complicado, pero necesario para cumplir su sueño de ser futbolista profesional.

A pesar de estos desafíos, el recibo en La Equidad ha sido positivo. Desde el primer día, sus compañeros lo acogieron bien, y la directiva, junto con los profesores, le ofrecieron apoyo constante. “Ahora estoy como si fuera en familia”, afirmó, destacando cómo la confianza con sus nuevos compañeros ha facilitado su integración.

En términos futbolísticos, Juan Carlos no percibió grandes diferencias en el estilo de juego o ritmo entre el Cali y La Equidad, ya que ambos compiten en la misma liga colombiana. Sin embargo, la altitud fue el mayor obstáculo, un factor que aún le cuesta superar. “El cambio se sintió más que todo por el tema de altura”, señaló, añadiendo que, aunque se adaptó fácilmente a la idea de juego, este aspecto físico sigue siendo un desafío.

Mirando hacia el futuro, Juan Carlos tiene aspiraciones claras. “Dios mediante, espero consolidarme en el fútbol profesional de acá de Colombia y, en un futuro, por qué no en un equipo de Europa y en la Selección Colombia”, expresó, reflejando el sueño típico de cualquier niño que se dedica al fútbol. Su determinación y el apoyo recibido lo posicionan como un jugador con potencial para alcanzar grandes alturas en su carrera. 

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