Doña Patricia, la historia de la mujer que sostiene un legado que nadie más continuará
En un kiosco del parque de El Carmelo, en Candelaria, Doña Patricia ha dedicado más de 45 años a preparar fritos que no solo alimentan.
Por: Laura Nicole Aparicio Escobar y María Camila Culma Beitia
Facultad de Humanidades y Artes
Es sábado a la 1:00 de la tarde en El Carmelo, en el parque principal donde, a un costado, se encuentra el kiosco de Doña Patricia. A esa hora, el lugar aún está en silencio. El parque respira con calma: algunas personas cruzan sin detenerse, una moto pasa a lo lejos y las conversaciones siguen siendo dispersas, sin quedarse. Todo parece suspendido, como si el espacio estuviera esperando a que algo empiece.
Doña Patricia llega. No llega con las manos vacías: trae ollas, recipientes y bolsas con todo adelantado desde casa, papas cocinadas, guiso preparado, maduros listos, salsas, ají y picadillo. A su lado está su ayudante, que también se llama Patricia. Entre las dos descargan y organizan en silencio; cada cosa encuentra su lugar: el fritador al centro, las ollas cerca, los toppers alineados y las tres mesas plásticas listas para recibir a la gente. El kiosco es pequeño, pero suficiente: no sobra nada, no falta nada.
Doña Patricia no se detiene. Apenas termina de acomodar, empieza a trabajar…
Sus manos, pequeñas y marcadas por los años, se mueven con una calma precisa. Toma la masa, agrega el relleno, cierra la empanada. Repite el gesto. Una, otra, otra más. No hay prisa, pero tampoco hay pausa. Es un ritmo aprendido, incorporado, que no necesita ser pensado. El aceite comienza a calentarse, al principio apenas se escucha, como un murmullo leve que anuncia lo que vendrá. Poco a poco, el sonido crece.
A ratos aparece su nieto y se queda cerca, observando, moviéndose con familiaridad entre los utensilios. “A veces le decimos que descanse, pero esto es lo que ella ama. No sabe quedarse quieta”, comenta su nieto Dilan. Un perro descansa en una esquina, tranquilo, como si también hiciera parte de la rutina. El tiempo avanza sin ser nombrado.
Mientras arma otra empanada, el pasado se asoma en lo que hace. No como un recuerdo contado, sino como algo que habita en el gesto: “Yo aprendí mirando. Mi abuela no me enseñaba con palabras, era con el ejemplo. Uno aquí aprende haciendo”, dice Patricia sin dejar de cerrar la masa.
Desde muy niña ha estado en esto. “Era otro tiempo”, dice, “cuando Cavasa todavía era un aeropuerto”.
Nada de eso se explica de manera directa, está en sus manos. El movimiento es el mismo: cerrar la masa, ajustar el relleno, llevarlo al aceite. Más de 45 años haciendo lo mismo, pero quedarse no fue casualidad. Hubo un momento en el que su vida tomó otro rumbo. Trabajaba en la aduana, tenía un camino distinto, más estable, más lejos del calor del aceite y las jornadas largas. Fue su mamá quien le pidió que no dejara acabar lo que venía de atrás, que no soltara el legado. Y ella decidió volver no porque lo necesitara para vivir, sino porque entendió que lo que estaba en juego no era solo un trabajo. Era algo que había pasado de generación en generación, algo que la había acompañado desde niña y que ahora dependía de ella. Este negocio no le dio todo lo que tiene, pero sí le dio algo que no se compra: una historia que sostener.
Las primeras empanadas entran al fritador, luego las papas rellenas. El aceite empieza a sonar con más fuerza, constante. El olor aparece poco a poco: guiso caliente, masa frita, maduro, ají. Se mezcla con el aire del parque y empieza a quedarse. Algunas personas pasan y saludan “Patricia, mi amor”. Ella responde sin dejar de trabajar “Hola, mijo”. Todavía nadie se queda, solo pocas personas compran bofe para su almuerzo con rapidez.
A las 4:00 de la tarde el ritmo cambia, el lugar apenas empieza a activarse.
El aceite ya suena lleno, sin pausas. Sobre él flotan empanadas, aborrajados, masitas con queso, papa rellena. Todo adquiere ese tono dorado que no depende del reloj, sino de la experiencia. El kiosco deja de ser un punto silencioso. Se llena de sonidos: conversaciones, música de los negocios cercanos, niños jugando en el parque. El aire se vuelve más denso, cargado de olores.
Un niño de unos siete años se acerca con un billete de dos mil pesos en la mano, sonríe antes de hablar “Una empanada, por favor”. Doña Patricia toma una y se la entrega, el niño se queda un segundo, mirando el movimiento, y luego se va.
Es el primero.
Después empiezan a llegar más personas. Ya no solo saludan, se detienen, preguntan y se quedan. “¿Cómo ha estado?”. Algunos se sientan en las mesas, otros permanecen de pie, apoyados cerca. La cercanía no se construye: ya existe.
Doña Patricia sigue trabajando sin levantar mucho la mirada. No lo necesita. Sabe cuándo algo está listo, cuándo alguien espera, cuándo el aceite pide otra tanda.
El tiempo se mide en fritos que salen, no en minutos que pasan.
Hay momentos breves en los que el flujo disminuye. El aceite espera unos segundos más antes de recibir algo nuevo, pero nunca se ha apagado, no han tenido días sin venta. Puede haber pausas, pero siempre vuelve el movimiento.
A medida que avanza la tarde, el lugar se transforma. Llegan parejas, vecinos, conocidos. Algunos solo pasan a saludar; otros se quedan más tiempo. Las conversaciones se alargan, se cruzan, se mezclan con las risas.
Las manos de Doña Patricia no se detienen. Mientras cocina, habla. Mientras atiende, sonríe. Cualquier comentario puede convertirse en motivo de risa; Doña Patricia ya no necesita preguntar qué quiere cada quien, lo sabe. Reconoce a sus clientes, recuerda lo que piden, anticipa los gustos. A muchos los vio llegar de niños, de la mano de sus padres, y ahora vuelven siendo adultos, a veces con sus propios hijos. Su forma de llamarles no cambia: “mijo”. Ahí hay confianza. No es solo la comida lo que los hace volver. Es la forma en la que son recibidos, la sensación de estar en un lugar donde ya son conocidos.
A las seis de la tarde, la fila empieza a formarse. En un solo día pueden pasar más de cuarenta personas. Algunos llegan rápido, compran y se van. Pero muchos se quedan. Se apoyan en las mesas, conversan entre ellos, hablan con ella, se reconocen. El espacio se vuelve pequeño para todo lo que pasa ahí, peronunca incómodo. No es solo un lugar de venta, sino es un punto donde la gente coincide.
Las personas esperan su turno, pero no en silencio. Conversan entre ellas, se reconocen, se llaman por nombre o por sobrenombres. “¿Y usted qué, Carmen? Hace rato no la veía”. Muchos llevan décadas viniendo. Desde que eran niños, desde que llegaban con sus padres a comprar lo mismo que hoy siguen pidiendo.
Doña Carmen, su fiel cliente recuerda que estudió con Patricia desde pequeña: “Nosotras nos conocemos desde niñas. Cuando tocaba llevar para compartir, lo hacíamos juntas y de una íbamos para donde Patricia”.
Tambien Doña marleny cuenta que su familia siempre ha comprado ahí: “Cuando era más niña venía con mi mamá a comprar. En ese tiempo atendía la abuela de Pati y la costumbre quedó, como la sazón”. Aquí todos se conocen, aquí todos vuelven.
Paola Posso es de las que no fallan. Cuando el tiempo no alcanza para cocinar, el camino siempre la lleva al puesto de doña Patricia: “A veces no tengo tiempo para preparar el almuerzo, entonces vamos y compramos bofe. Y cuando a los niños les da hambre, les compro aborrajados”. Para ella, es un lugar al que siempre puede volver.
El señor Hernán Alfonso, árbitro de la comunidad, tiene su propio ritual. Después de cada partido termina frente al mismo puesto: “Siempre voy por una papa rellena”. Lo que empezó como algo ocasional, hoy es tradición.
César Tulio, exvigilante de Cavasa, recuerda las noches largas de trabajo: “Cuando me tocaba trasnochar, iba y me compraba una papa rellena; eso me ayudaba a pasar el turno”. Ahora, cada domingo compra bofe, esta vez para que su esposa descanse.
Consuelo lo dice con naturalidad: “Siempre termino comprando en el puesto de doña Patricia”. A veces por antojo, otras por costumbre, pero siempre vuelve.
Algunos clientes, al verla ocupada, se ayudan entre ellos. Se sirven, esperan, organizan. No hay molestia, hay costumbre.
El Carmelo no es solo un parque de paso. Es un punto de encuentro para quienes han crecido en el barrio, un lugar donde los negocios pequeños, como el de Doña Patricia, sostienen dinámicas que van más allá de la comida: aquí se construye comunidad. “Han sido tres reconstrucciones y aquí seguimos”, dice Patricia.
Patricia, su ayudante se mueve con rapidez y precisión. Atiende, cobra, organiza pedidos. Entre las dos no hay interrupciones, han aprendido a trabajar juntas sin estorbarse.
La variedad es amplia. Más de diez productos, todos frescos, todos hechos en el momento. Empanadas, papas rellenas, hojaldras, maduro aborrajado, bofe, corazón, chicharrón, papas aborrajadas y masitas con queso, todos preparados en el instante. Los precios se mantienen en un rango accesible: desde los dos mil hasta los quince mil pesos, dependiendo de lo que se pida.
El parque sigue activo: más personas llegan, más voces se suman. El cansancio empieza a notarse en el cuerpo de Doña Patricia y su ayudante. “Patricia me enseñó a cogerle amor a esto, por eso el cansancio es lo de menos”, dice su ayudante.
La muerte de su abuela aparece como una ausencia que no se nombra demasiado, pero que está presente. Fue lo más duro. Desde entonces, el negocio dejó de ser solo trabajo; es un legado.
“Doña Patricia en su kiosco, donde mantiene viva una tradición de más de cuatro décadas en el parque El Carmelo”.
“Empanadas recién hechas, preparadas al momento con recetas que Doña Patricia ha conservado durante años”.
“Esto termina el día que yo no pueda continuar”, dice. No hay quien siga. Sus hijas eligieron otros caminos, y ella no insiste. El negocio no está en riesgo hoy, pero sí en el futuro. Lo dice sin dramatismo, como una certeza. Sus hijas no seguirán con el negocio cada una tiene su camino, ella lo sabe. Pero mientras pueda, sigue.
Doña Patricia es la tercera generación, tiene dos hijas; una tiene una papelería, la otra trabaja en una empresa. Crecieron viendo este mismo movimiento, pero nunca se interesaron realmente por continuar. No es rechazo, es elección. Tienen otros sueños, otros gustos, otras formas de construir su vida. Y ella lo entiende. No insiste, no obliga. Sabe que cada quien sigue su camino. Por eso tiene claro que es la última. El legado, el mismo que su mamá le pidió sostener, termina con ella.
Más de una vez han llegado a ofrecerle comprar el negocio, pero siempre responde lo mismo: “No”. Porque venderlo sería vender lo único que queda de su abuela, sería soltar algo que no siente como un puesto, sino como una memoria viva. Aquí no solo se cocina. “Aquí permanece lo que ya no está, y eso no tiene precio”, dice doña Patricia.
A las 9:30 de la noche, el ritmo comienza a bajar.
La fila desaparece, el aceite ya no suena, lo que había para vender se ha terminado.
Doña Patricia empieza a guardar. Despacio, con el mismo orden con el que empezó. Las ollas, los recipientes, los utensilios, todo vuelve a su lugar. Algunas personas se quedan cerca, despidiéndose.
El kiosco se vacía poco a poco. No es un final, es solo el cierre del día. Porque al día siguiente, cuando el reloj marque de nuevo la 1:00 de la tarde en El Carmelo, ella volverá.
Y mientras sus manos sigan cerrando empanadas, el legado todavía no habrá terminado.
“
En medio de los cambios constantes que atraviesan los pueblos y sus dinámicas, hay oficios que resisten sin hacer ruido”.

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