Cuando la política se vuelve un termómetro emocional

Cuando la política se vuelve un termómetro emocional

Autor:  Pedro Pablo Aguilera

La política colombiana tiene algo de clima tropical: cambia con rapidez, a veces sin aviso, y deja a todos mirando al cielo para adivinar si viene tormenta o un raro día despejado. Así amaneció Colombia este 12 de marzo de 2026. Hace apenas una semana, el relato dominante parecía escrito con tinta gruesa: un duelo entre polos, casi una versión electoral de los viejos westerns. De un lado, Iván Cepeda y el proyecto del Pacto Histórico; del otro, la irrupción ruidosa —y mediáticamente eficaz— de Abelardo de la Espriella.

Pero la política, como los ríos de montaña, tiene la costumbre de cambiar de cauce cuando menos se espera.

La confirmación de la fórmula Paloma Valencia – Juan Daniel Oviedo ha alterado el tablero con una precisión quirúrgica. No fue un estallido espectacular; más bien un movimiento silencioso, casi administrativo. Sin embargo, sus efectos han sido sísmicos. La llamada Gran Consulta por Colombia se cerró y, de repente, la derecha tradicional dejó de sonar únicamente a discurso ideológico para empezar a hablar —al menos en apariencia— el idioma de las cifras, los datos y las planillas de Excel.

El fenómeno Oviedo: cuando las estadísticas entran a la campaña

Hay números que parecen fríos, pero a veces arden políticamente.
1.255.510 votos.

Ese fue el capital político con el que Juan Daniel Oviedo llegó a la mesa de negociación con el uribismo. No es poca cosa. En un país donde la abstención suele ser la sombra constante de cada elección, reunir más de un millón de votos sin maquinaria tradicional es como encontrar agua en medio del desierto electoral.

Oviedo representa algo peculiar: la tecnocracia convertida en figura pública. Un exdirector del DANE que habla de datos con la naturalidad de quien comenta el clima. Y esa imagen —mitad estadístico, mitad administrador pragmático— se ha convertido en el puente que el Centro Democrático necesitaba para cruzar el ancho río del antiuribismo.

En ciudades como Cali ese efecto se percibe con claridad. En el sur y en ciertos sectores empresariales, donde el voto suele refugiarse en el blanco o en la abstención cuando la polarización se vuelve insoportable, la figura de Oviedo actúa como una especie de válvula emocional de descompresión.

Paloma Valencia aporta la narrativa de autoridad; Oviedo, la calculadora.
Uno habla de firmeza; el otro de indicadores.

Es una combinación curiosa: mano firme y hoja de cálculo. Una antítesis que, precisamente por eso, empieza a funcionar.

Las primeras mediciones sitúan la fórmula entre 18% y 21% de intención de voto, con una proyección ascendente que ya inquieta a sus competidores. No es todavía una avalancha, pero sí un deshielo que podría alimentar un río mayor.

La maquinaria silenciosa: la política que no sale en TikTok

Mientras tanto, lejos de los focos, se mueve otro engranaje menos visible pero históricamente decisivo: las maquinarias regionales.

En Colombia, las elecciones no se ganan únicamente en debates televisados ni en redes sociales. También se ganan —o se pierden— en reuniones discretas, en oficinas de gobernaciones, en llamadas telefónicas que nunca aparecen en titulares. Allí donde la política se parece menos a un espectáculo y más a una negociación permanente.

En ese territorio se mueve la influencia de figuras como Roy Barreras y de partidos tradicionales —La U, sectores liberales y conservadores— que poseen algo que las campañas digitales suelen olvidar: estructura territorial.

Según varios análisis, ese voto no responde tanto a ideologías como a expectativas de estabilidad económica. Dicho sin rodeos: busca el puerto que parezca más seguro para los negocios y la gobernabilidad.

Durante semanas, no se creyó en ese bloque. Ahora, es una realidad y comienza a ganar fuerza y a inclinarse hacia la fórmula Valencia–Oviedo. No por entusiasmo ideológico, sino por cálculo político.

Una paradoja clásica de la democracia colombiana: la pasión decide el discurso; el pragmatismo decide las alianzas.

Si ese movimiento se consolida, la dupla podría acercarse al 30% de intención de voto, lo suficiente para desplazar a De la Espriella hacia un tercer lugar incómodo.

Cepeda y De la Espriella: los extremos frente al espejo

Mientras tanto, los dos polos que dominaron la narrativa inicial enfrentan desafíos distintos.

Iván Cepeda sigue siendo el puntero en muchos escenarios. Su discurso de paz, memoria histórica y justicia restaurativa resuena con fuerza en sectores populares y rurales, así como en regiones que ven en su proyecto una continuidad del cambio político iniciado años atrás.

Pero liderar no siempre significa ganar sin obstáculos. Su principal barrera sigue siendo el temor al salto demasiado brusco. En una parte del electorado urbano persiste la pregunta —a veces explícita, a veces apenas susurrada— sobre hasta dónde llegarían las transformaciones propuestas.

Abelardo de la Espriella, por su parte, enfrenta un problema diferente. Su estilo frontal, casi teatral, le permitió conquistar rápidamente la atención pública. En redes sociales —especialmente en TikTok— su presencia es dominante. Allí la política se mueve al ritmo del algoritmo, como si la democracia fuera una pista de baile digital.

Pero las redes sociales, por influyentes que sean, no sustituyen una estructura territorial. Y mientras De la Espriella domina el espectáculo, otros candidatos avanzan en terrenos menos visibles: gremios, notarías, juntas de acción comunal.

Es la vieja antítesis entre ruido y organización.

Valle del Cauca: un espejo del país

Pocas regiones sintetizan mejor estas tensiones que el Valle del Cauca.

Cali, en particular, parece un mapa político dividido en capas emocionales. En el norte y en sectores del sur urbano crece la simpatía por la narrativa de eficiencia administrativa que encarna Oviedo. En contraste, la ladera y el oriente mantienen una identificación fuerte con el discurso de resistencia social representado por Cepeda.

Es casi como observar dos relojes que marcan horas distintas dentro de la misma ciudad.

Uno mide la ansiedad por estabilidad económica. El otro, la demanda persistente de transformación social.

Ambos laten al mismo tiempo.

¿El regreso de la tecnocracia?

El mensaje político de marzo empieza a perfilarse con cierta claridad. Después de años dominados por discursos intensamente ideológicos, la tecnocracia parece intentar su regreso al escenario electoral colombiano.

Pero no lo hace sola. Llega acompañada de una derecha que, consciente de sus límites, ha decidido suavizar su tono para ampliar su base. Como un hierro que se templa al enfriarse, el discurso busca ahora parecer más técnico que confrontacional.

La gran incógnita es si ese equilibrio podrá sostenerse.

Si la fórmula Paloma–Oviedo logra mantener cohesionada la consulta y absorber el pragmatismo de las maquinarias tradicionales, la segunda vuelta de 2026 podría no ser un referendo sobre el pasado —como tantas elecciones colombianas— sino una disputa sobre algo más difícil de prometer: la previsibilidad del futuro.

Copyright: © 2026 Facultad de Humanidades y Artes | USC – Grupo Análisis de Medios (GHUN) Coordinación: Pedro Pablo Aguilera.

Pero la política, como los ríos de montaña, tiene la costumbre de cambiar de cauce cuando menos se espera.”

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2026: la batalla por el alma visual de Colombia. Una mirada desde el análisis de medios

Derecho a la pereza

Autor:  Pedro Pablo Aguilera

En 2026, la contienda presidencial colombiana no se libra únicamente en debates ni en plazas públicas. Se disputa, sobre todo, en el terreno invisible pero decisivo de los símbolos. Las campañas de Iván Cepeda, Sergio Fajardo y Abelardo De La Espriella han comprendido algo que Maquiavelo habría celebrado con una sonrisa discreta: antes que gobernar un país, hay que imaginarlo. Y para imaginarlo, nada más eficaz que una narrativa visual coherente.

IVÁN CEPEDA: LA POLÍTICA COMO REVELACIÓN MORAL

En la pieza titulada El Poder de la Verdad, Cepeda aparece iluminado por una luz cenital que cae sobre su rostro como si descendiera de una cúpula invisible. La escena no es casual. La iluminación vertical evoca revelación, casi epifanía. No se trata de un candidato que debate: es un candidato que “descubre”.

El uso de tipografía manuscrita para la palabra “Verdad” funciona como firma, como testamento. En un país acostumbrado a promesas impresas en tipografía industrial —idénticas entre sí como recibos de supermercado—, la escritura que parece hecha a mano sugiere autenticidad, incluso sacrificio personal. La verdad no como eslogan, sino como herida abierta.

El púrpura y el naranja, colores de transformación y energía, refuerzan esa idea de tránsito: del pasado al porvenir, del silencio a la palabra. Cepeda construye una estética de esperanza ética. El suyo es el arquetipo del Sabio —o del Mago político— que promete convertir la memoria en justicia.

Hay, sin embargo, una ironía sutil: la política latinoamericana ha invocado tantas veces la “verdad” que el término corre el riesgo de vaciarse. Pero Cepeda apuesta precisamente a lo contrario: saturarlo de significado moral hasta hacerlo irresistible.

 

SERGIO FAJARDO: LA PEDAGOGÍA COMO MÉTODO DE GOBIERNO

Si Cepeda mira hacia lo alto, Fajardo mira a los ojos. En “Conversemos”, el micrófono no es accesorio, es protagonista. No está guardado ni en reposo: está activo. Es una democracia en funcionamiento.

El flujo visual es horizontal. No hay pedestal ni gesto solemne. La cámara se sitúa a la misma altura que el espectador, anulando jerarquías. La semiótica es clara: aquí no hay redentor ni comandante; hay facilitador. Fajardo encarna el arquetipo del Maestro.

Sus colores —azules institucionales combinados con púrpura— evocan estabilidad y sensatez. Frente a la épica moral de la izquierda y la marcialidad de la derecha, el centro ofrece método. Si Cepeda promete una transformación, Fajardo promete procedimiento. Puede sonar menos heroico, pero quizá más gobernable.

La antítesis es evidente: mientras unos apelan a la emoción moral o al orgullo nacional, Fajardo apela a la razón técnica. En tiempos de polarización, su apuesta es casi contracultural: hablar en voz baja en medio del griterío. Es como intentar afinar un violín en plena tormenta, confiando en que alguien aún valore la música.

 

ABELARDO DE LA ESPRIELLA: LA NACIÓN COMO FORTALEZA

La pieza “Firme por la Patria” no deja lugar a ambigüedades. El saludo militar y la bandera que ondea en seda construyen un escenario de orden y mando. La verticalidad domina la composición. Aquí la política no es diálogo ni revelación: es dirección.

El tricolor nacional ocupa el centro emocional del mensaje. No es fondo decorativo; es símbolo absoluto. La nación aparece como algo que debe ser defendido, quizá incluso restaurado. El gesto marcial, combinado con un traje de alta costura, crea una figura híbrida: el Caballero Defensor. Elegante, pero dispuesto a combatir.

La semántica es de rescate. En contraste con la estética luminosa de Cepeda y la horizontalidad conversacional de Fajardo, De La Espriella construye una narrativa de autoridad. Su arquetipo es el Soberano —o el Guerrero— que promete orden frente al caos.

La ironía aquí es doble: en una democracia fatigada por la desconfianza institucional, el gesto militar puede leerse tanto como garantía de disciplina como nostalgia de rigidez. El mismo símbolo que para unos significa protección, para otros puede evocar exceso de control.

 

POLÍTICA TRANSMEDIA: DEL AFICHE AL ALGORITMO

Los tres candidatos coinciden en algo decisivo: la publicidad física es apenas la puerta de entrada. Los códigos QR y nombres de usuario integrados en las piezas indican que la verdadera campaña ocurre en el ecosistema digital.

Pero incluso allí se mantienen las diferencias:

  • Cepeda convoca activistas.
  • Fajardo busca ciudadanos deliberantes.
  • De La Espriella moviliza defensores de una causa cultural.

Tres comunidades distintas, casi tres tribus simbólicas.

La política se vuelve transmedia: el cartel es índice, la red es territorio. Ya no basta con persuadir; hay que construir identidad compartida. Como si cada campaña ofreciera no solo un programa, sino una membresía emocional.

En última instancia, la campaña de 2026 se fragmenta en tres estéticas claras:

  • Esperanza moral: colores vibrantes, apelación ética.
  • Racionalidad institucional: equilibrio cromático, pedagogía democrática.
  • Autoridad patriótica: símbolos nacionales, verticalidad y fuerza.

El elector colombiano enfrenta una decisión que es menos técnica de lo que parece. No elige únicamente políticas públicas; elige una forma de verse a sí mismo: ¿ciudadano indignado que exige justicia?, ¿interlocutor racional que busca acuerdos?, ¿defensor que anhela orden?

Como en toda gran disputa histórica, la batalla no es solo por el poder, sino por el significado del poder. Y en esa arena, los colores, los gestos y la luz importan.

No estamos ante tres planes de gobierno enfrentados; estamos ante tres relatos de país que compiten como constelaciones en un mismo cielo político.

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El estrecho de las sospechas: ¿Infiltración o emboscada?

El estrecho de las sospechas: ¿Infiltración o emboscada?

Autor:  Pedro Pablo Aguilera

El enfrentamiento ocurrido el 25 de febrero en aguas cubanas, con un saldo de cuatro muertos y seis heridos tras el intercambio de disparos entre una lancha de Florida (EEUU) y fuerzas guardafronteras, ha sido presentado por La Habana como una “infiltración terrorista”. Washington, por su parte, ha tomado distancia confirmando la presencia de ciudadanos estadounidenses sin admitir implicación oficial. Hasta aquí, los hechos básicos coinciden: hubo ingreso, disparos y víctimas. Lo que resta pertenece al terreno de la interpretación estratégica y la sospecha operativa.

Para cualquier conocedor de la náutica de las costas cubanas, el incidente presenta una anomalía estadística difícil de ignorar. Cuba posee miles de kilómetros de costa irregular y laberintos de cayos que ofrecen infinitos puntos de entrada discreta. Ernest Heminway en su yate Pilar hizo incursiones en esos mares en busca de los submarinos alemanes en la II Guerra Mundial y narra lo complejo de esa geografía (ver su novela póstuma Islas a la deriva“). A ello se le suma que Cuba es un país con una crisis energética sin precedentes, donde la marina de guerra opera con reservas de combustible al límite, un “encuentro” frente a frente parece menos un azar y más una cita previa.

La logística de la escasez en la isla dicta que no se mueve un motor si no hay una certeza. Navegar en busca de una lancha consume recursos que hoy son un lujo. Si la interceptación fue quirúrgica, como lo fue, es porque las patrulleras no estaban patrullando; estaban posicionadas. En inteligencia, cuando los recursos son mínimos y el resultado es óptimo, el factor sorpresa solo existe para el capturado.

Bajo estas premisas surge la pregunta inevitable: ¿Sabía La Habana que esa lancha venía? En la doctrina de contrainteligencia, el concepto de “dejar hacer” es una herramienta sofisticada. Si los servicios de seguridad conocían la trayectoria, ya sea por infiltración en ese grupo irresponsable y aislado que actuó desde la Florida o por monitoreo de comunicaciones, permitieron el ingreso a aguas jurisdiccionales antes de actuar,  sin establecer contacto con la Coast Guard de EEUU como se ha hecho muchas veces para casos de salidas ilegales, accidentes, rescates, la naturaleza del hecho cambia radicalmente.

Dejar que el “delito” se consuma antes de intervenir permite legitimar el uso de fuerza letal y controlar el escenario para maximizar el costo político. El incidente real se convierte así en una prueba irrefutable de “amenaza externa”, una narrativa vital para un sistema que necesita desplazar de la agenda pública temas críticos como la crisis económica, los apagones, el descontento social y los presos políticos como los “Muchachos del 4TICO”.

No se trata de especulación pura o tesis conspirativas, sino de que hay precedentes verificables. La historia del conflicto Cuba-EEUU, está marcada por la capacidad de la inteligencia cubana para penetrar diferentes grupos opositores. Organizaciones como Alpha 66 (caso Cayo Piedras,1980).

 y Omega 7 fueron infiltradas en su momento, y el trágico derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate en 1996 ilustró cómo la información previa de agentes cubanos condujo a un desenlace letal diseñado para producir un alto impacto político.

Para mí, el episodio constituye una “bandera falsa” en el sentido de una fabricación del incidente. No tengo pruebas, pero si el conocimiento de la historia. La eficiencia de la emboscada a un grupo de irresponsables sin trayectoria militar en un contexto geopolítico que vive Cuba como estado fallido, inclina la balanza hacia la instrumentalización política que justamente necesita la dictadura para victimizarse.

El Estrecho de Florida, pasa a ser el estrecho de la sospecha y donde la visibilidad náutica suele ser clara, este incidente permanece envuelto en una bruma estratégica. La sospecha de que el guion ya estaba escrito antes de que el motor de la lancha tipo Pro-Line diseñada para la pesca deportiva, se encendiera, es una línea de análisis obligatoria a la que no me niego.

A lo largo de más de sesenta años de conflicto, el control de los hechos sobre el estrecho de la sospecha ha sido tan ferozmente disputado como la interpretación política que de ellos se hace.

Para mí, el episodio constituye una “bandera falsa” en el sentido de una fabricación del incidente. No tengo pruebas, pero si el conocimiento de la historia.

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Venezuela: ¿Intervención extranjera como amenaza o como ‘salvación’?

Venezuela: ¿Intervención extranjera como amenaza o como ‘salvación’?

Autor:  Pedro Pablo Aguilera

Venezuela llega a diciembre de 2025 inmersa en una profunda crisis de legitimidad y un escenario geopolítico de alta tensión. Tras una controvertida toma de posesión en enero, el país se encuentra en una situación de doble poder de facto, con el gobierno insistiendo en su continuidad y la oposición, liderada por Edmundo González Urrutia y María Corina Machado, sosteniendo haber ganado en las urnas. Esta disputa interna se ha exacerbado por una escalada de confrontación con Estados Unidos que ha incluido el cierre del espacio aéreo venezolano y el despliegue de radares estadounidenses en la región, elevando el riesgo de una confrontación militar.

El actual debate sobre una potencial intervención extranjera no es nuevo en el contexto venezolano. La historia del país, rica en conflictos, ha visto la presencia foránea ser interpretada con una peligrosa dualidad: no siempre ha sido vista unívocamente como una “invasión” o una agresión a la soberanía, sino que, en momentos clave, ha sido considerada un factor catalizador o, incluso, una fuente de apoyo para facciones internas en pugna.

Desde las guerras de independencia, donde la figura de extranjeros como el general Rafael Urdaneta (nacido en lo que hoy es Colombia, pero que se unió a la causa venezolana) o las legiones británicas jugaron un papel crucial, hasta las injerencias económicas y políticas del siglo XX, la relación de Venezuela con el exterior ha sido compleja. En los albores de la república, la intervención de potencias europeas para cobrar deudas (como el bloqueo naval de 1902-1903) cimentó un profundo nacionalismo anti-intervencionista. No obstante, ese mismo nacionalismo a menudo ha sido cooptado por regímenes de turno para deslegitimar a sus opositores, tildándolos de “traidores” o “lacayos” del imperio.

En el contexto actual, donde el gobierno combina castigo y propaganda para tratar a la disidencia como una “amenaza estructural” , la oposición se ve obligada a ajustar su narrativa para evitar cualquier asociación con una posible intervención extranjera. Su estrategia ha evolucionado hacia la defensa de la soberanía popular como la respuesta legítima tanto a la pérdida de libertades internas como al deterioro de la estabilidad regional. La oposición, con figuras como González y Machado, insiste en que la crisis de legitimidad del gobierno es el verdadero origen de las tensiones internacionales, y que el cierre del espacio aéreo refleja la erosión de la soberanía popular, no su defensa.

El reto histórico que enfrenta la oposición en este diciembre de 2025 es inmenso: ¿Cómo actuará ante una intervención extranjera en un país profundamente nacionalista? ¿Justificará la oposición un acto que la historia podría condenar como traición, o se mantendrá distante de las tropas si llegaran a intervenir? La historia no ofrece una respuesta clara, sino una advertencia: la narrativa de la “salvación” extranjera tiene la capacidad de polarizar y, finalmente, deslegitimar a quienes la invocan.

El gobierno de Nicolás Maduro no solo enfrenta una crisis política y diplomática simultánea, sino que su círculo de seguridad más estrecho está supeditado a una influencia extranjera particular de la poco se habla: Cuba. Los asesores y tropas especiales cubanas, las llamadas “avispas negras” son el “cinturón de seguridad” más cercano al líder chavista son, paradójicamente, tanto su sostén como su potencial debilidad.

Esta presencia cubana, ha convertido a Maduro en una especie de “rehén” de la isla. Y es que las decisiones estratégicas, especialmente aquellas relacionadas con la confrontación con Estados Unidos, pasan por el prisma del análisis de La Habana pues su supervivencia le va en ello.

En el contexto de la escalada con la administración de Donald Trump —cuyo impulso de una “política de línea dura” desencadenó el incidente del espacio aéreo —, se cree que los asesores cubanos están aconsejando a Miraflores que la movilización militar de Washington es un “gigantesco bluf” y no un preludio a una intervención real. Esta evaluación se basa en:

  1. La Habana depende de Venezuela y sabe que un cambio de sistema en Caracas es la caída suya. Su análisis tiende a minimizar la voluntad de Washington de comprometer tropas en una guerra terrestre en un país con una geografía compleja y una población supuestamente preparada para la resistencia, incluso si es solo propaganda.
  2. La Interpretación de la Política de Trump: La línea dura de Trump es vista por los cubanos como una táctica de presión máxima, diseñada para forzar una implosión interna o una negociación de última hora, no una invasión.
  3. El Costo Político y Militar: Los asesores cubanos son conscientes del enorme costo político y humano que implicaría una intervención militar en Venezuela para EE. UU., un factor que, según su lectura, disuade incluso a los elementos más belicistas de Washington.

Este consejo, sin embargo, es un arma de doble filo. Al alentar a Maduro a tratar las amenazas como un “bluf”, Cuba podría estar llevando al gobierno a un error de cálculo fatal. Si la escalada militar no es una simulación, la ceguera inducida por el asesoramiento cubano podría dejar a Venezuela expuesta a consecuencias devastadoras. El incidente aéreo ya es visto por algunos analistas como algo más que un “simple choque diplomático”, y el equilibrio de la balanza sigue siendo incierto.

Mientras la tensión internacional aumenta y la represión interna se intensifica con órdenes de captura y detenciones masivas de activistas, la oposición ha configurado un frente dual que busca la máxima efectividad.

  1. Liderazgo Interno: María Corina Machado mantiene el liderazgo interno, a pesar de su cambiante situación legal. Su figura está fortalecida por el Premio Nobel de la Paz que recibió en 2025, un capital simbólico que utiliza para presionar por una salida institucional.
  • Su plan para las “primeras 100 horas” de una transición hipotética sirve como un punto de referencia y esperanza para sus seguidores.
  • Sobre la crisis aérea, Machado ha sido clara: la postura confrontativa del gobierno lo debilita internacionalmente, e insiste en que la única solución viable pasa por un retorno al orden democrático. Su enfoque en la crisis doméstica y la presión institucional es clave para evitar la trampa de la asociación con la intervención extranjera.
  1. Ofensiva Exterior: González, López y Guaidó

Desde el exterior, figuras clave han consolidado una estrategia coordinada:

  • Edmundo González Urrutia: Desde España, mantiene una ofensiva diplomática respaldada por el reconocimiento de un grupo de países como “presidente electo”. Su rol es mantener la presión externa, subrayando que la crisis de legitimidad interna es el origen de las tensiones internacionales y que el cierre del espacio aéreo es prueba de la erosión de la soberanía popular.
  • Leopoldo López: También en España, opera como un articulador político internacional. La amenaza gubernamental de retirarle la nacionalidad venezolana le sirve para denunciar prácticas que califica como totalitarias. López enfoca su discurso en la represión doméstica y evita que la confrontación con Estados Unidos eclipse las denuncias sobre derechos humanos, manteniendo el foco en la ruptura del pacto democrático interno.
  • Juan Guaidó: Desde el exilio, su rol es de continuidad histórica, manteniendo viva la narrativa de resistencia democrática surgida en 2019. Respalda la estrategia de Machado y González, buscando mostrar que la oposición opera como una estructura estable y coherente, incluso desde la diáspora.

Este esquema dual configura un frente opositor más ordenado que en ciclos anteriores, aunque sujeto a presiones internas y externas, y con el imperativo de desvincular su agenda democrática de cualquier lectura intervencionista.

Diciembre de 2025 halla a Venezuela atrapada entre dos legitimidades en disputa y un gobierno que enfrenta una crisis multifacética: política, diplomática y de autoridad. El enfrentamiento con EE. UU. y el cierre del espacio aéreo representan un posible punto de inflexión, cuyo desenlace —negociación, escalada o estancamiento prolongado— aún pende de un hilo.

La presencia de asesores cubanos, la polarización histórica sobre la intervención extranjera, y la necesidad de la oposición de afirmar su soberanía popular, configuran un panorama volátil. El tiempo dirá si la apuesta del régimen por ver la amenaza norteamericana como un “bluf” es acertada, o si la historia de Venezuela se escribirá una vez más bajo la sombra de la injerencia foránea, con la interrogante de si el extranjero será percibido como invasor o, trágicamente, como un improbable “salvador”. Pero no cierto es que Maduro es un dictador y eso esta fuera de toda argumentación.

Yo doy por descontado que habrá acciones militares norteamericanas, pero no necesariamente una invasión. Ataques aéreos puntuales y golpes de mano de equipos de Seals para acciones de sabotaje y capturas puntuales. ¿Habrá resistencia cubano-maduristas o será como en Granada 1993 cuando la 82 división en 72 horas controló el país con rendición incondicional del contingente militar cubano, y se marchó dejando un gobierno de transición? Pienso que será así, al estilo Panamá 1989, quirúrgico y sin mayor costo de vidas.

El desenlace de esta encrucijada determinará no solo el futuro político de Venezuela, sino también su mapa regional e internacional, especialmente en zonas sensibles como la frontera con Colombia.

Este esquema dual configura un frente opositor más ordenado que en ciclos anteriores, aunque sujeto a presiones internas y externas, y con el imperativo de desvincular su agenda democrática de cualquier lectura intervencionista”.

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“El Hilo Invisible”: Así fue la Investigación del libro Los Invisibles del M-19

“El Hilo Invisible”: Así fue la investigación del libro Los Invisibles del M-19

El libro Los Invisibles del M-19‘ -que ya completó su segunda edición – revela las historias olvidadas de los guerrilleros de la Operación Aeropesca, a través de la investigación de la periodista Olga Behar y Carolina Ardila, docente USC. Un testimonio que da voz a los “invisibles” del conflicto.

Por: Marycarmen Oliveros Villalobos

Facultad de Humanidades y Artes

La operación Karina fue una de esas historias que acapararon titulares en todo el país. Su hundimiento se convirtió en noticia, en leyenda. Pero pocos saben que la operación, “el Karina” fue apenas una parte de un plan mucho más amplio y que su continuación “la Operación Aeropesca” no solo existió, sino que fue un éxito rotundo del que casi nadie habla.

El eje del libro es la Operación Aeropesca, sucedido en 1981 cuando un grupo del M-19 desvió un avión cargado con más de quinientos rifles y decenas de miles de cartuchos hacia la selva del Caquetá. El relato parece sacado de una película de acción, pero aquí no hay actores ni extras: eran jóvenes de carne y hueso, con miedo, adrenalina y fe en una causa.

Era el 2021 y Olga Behar, escritora y periodista colombiana y junto a la politóloga y también escritora, Carolina Ardila, su hija, se encontraban juntas en la ciudad de Cali; ciudad en la que se hizo un evento organizado por los mismos desmovilizados del M-19 donde reeditaron el libro del Karina y fue en ese mismo evento, donde gracias a una charla una idea surgió.

Uno de los miembros de la Operación Karina, a quien Olga y Carolina conocían hacía varios años, les dijo, “Vengan, les voy a presentar a alguien.” Y a quien les presentó fue a Limberg, a Rafael Borda, quien fue el piloto de la Operación Aeropesca.

A la conversación se sumó su esposa Maya, quien fue también participe de esta increíble operación. A medida que la conversación avanzaba, más personajes iban surgiendo, muchos de ellos las escritoras los conocían por la vida misma, pero de igual manera a otros porque este no sería el primer libro de las escritoras en donde se indague sobre diferentes sucesos en el país.

Normalmente se cuentan las historias de la gente que tiene un reconocimiento, que tiene una fama, que tiene un poder, pero detrás de ello hay millones de historias que tal vez nunca escuchamos

Luego de tan enriquecedora charla, madre e hija decidieron indagar más, buscar más información y contar aquella otra cara de una operación que sí salió como se tenía planeado.

“A medida que ellos iban contando de ciertos personajes, nosotros íbamos pues llamándolos y diciéndoles ‘Venga, estamos escribiendo esto, por favor, ayúdenos'”, comenta Carolina, quien vio como reto personal, contar la historia de aquellos invisibles que querían volverse visibles.

Para Ardila, quien actualmente es docente de la Facultad de Humanidades y Artes de la USC, no es sorprendente que “cada hombre o mujer aquí en Colombia tenga una historia que contar y que normalmente se cuentan las historias de la gente que tiene un reconocimiento, que tiene una fama, que tiene un poder, pero detrás de ello hay millones de historias que tal vez nunca escuchamos”.

Al iniciar la búsqueda de los personajes, Carolina y Olga tenían claro que no querían entrevistar a ninguno de los excombatientes guerrilleros que han tenido posiciones de poder, a quienes han sido ministros, gobernadores, congresistas, sino a aquellas personas que estaban haciendo las operaciones, a los que se jugaron el pellejo haciendo las operaciones.

No fue una investigación de escritorio. Olga y Carolina recorrieron caminos, viajaron a Bogotá, Cali y el Eje Cafetero, se sentaron frente a antiguos guerrilleros que habían cambiado las armas por la incertidumbre de la vida civil. Entre notas, grabadoras y libretas, fueron armando un rompecabezas de memorias dispersas.

El proceso de escritura del libro no estuvo exento de retos, aunque nunca dudaron de querer hacerlo. Olga, con la disciplina de una veterana de redacción, trabajaba cuatro o cinco horas al día, prefiriendo las mañanas.

“No necesito prender una vela o un sahumerio”, asegura, acostumbrada a escribir en cualquier lugar, incluso con ruido, un hábito forjado desde sus 18 años. Sus libretas y lapiceros son testigos de las ideas que, a veces en diez papeles al día, iban nutriendo la obra.

Carolina, por su parte, se encontraba refugio en cafeterías, “apago todo y escribo”, buscando evadir las distracciones de la oficina y el hogar para concentrarse en las fases del libro.

Su título también fue proceso aparte, “en un principio íbamos a escribir un libro que en nuestra mente se llamaba Aeropesca, la operación invisible. Y el libro era Aeropesca”, comentó Carolina, sin embargo, los testimonios tenían otros planos.

Durante 4 años el libro se llamó “Aeropesca la Operación Invisible”. Cuando se envió el libro a la editorial Gustavo Mauricio este dijo, “Pero cómo le vamos a poner así, si ese es un solo capítulo”. Y ahí empezó esta conversación entre madre e hija de bueno, ¿cómo se va a llamar?

“Al principio creímos que estábamos escribiendo un libro sobre la Operación Aeropesca”, cuenta Carolina. “Pero a medida que empezamos a hablar con ellos, entendimos que el libro era mucho más: eran sus historias, su manera de recordar, de encontrarse y separarse hasta llegar a la desmovilización. Descubrimos que Aeropesca era solo el hilo conductor; detrás estaban las vidas invisibles que nadie había contado”.

Y fueron aquellas historias quienes dieron el nombre del libro, porque más que la historia de una Operación invisible es la historia de los invisibles, de esas personas que hicieron posibles las operaciones.

No obstante, mientras Behar y Ardila tejían y unían la historia siempre tenían presente, “nuestro deber no era juzgar, sino dejar testimonio, porque Colombia necesita memoria para no repetir la guerra”, comenta Behar.

Esa apuesta ética es quizás la mayor fuerza del libro: no se trata de justificar al M-19, sino de comprender por qué tantos jóvenes creyeron que la revolución era posible y cómo ese sueño terminó cruzado por violencia, torturas y, en algunos casos, muerte.

Al final, “el libro cuenta una verdad y esa verdad va a ser incómoda para algunos, va a ser liberadara para otros, va a generar como un sentimiento de reconocimiento para otros y seguramente también va a ser criticada”, concluye Carolina. Lo que importa, para ambas, es que la verdad sea contada.

Irónicamente, tanto Olga como Carolina se sienten cómodas en la invisibilidad personal; Olga la busca, Carolina prefiere que “el trabajo brille” a que ella misma como individuo lo haga. Una coherencia sutil con el propósito de su obra: dar luz a lo que por tanto tiempo, permaneció en las sombras.

Bajo el sol abrasador de Cali, en un encuentro cargado de memorias, Olga Behar y Carolina Ardila desentrañaron “Los Invisibles del M-19”. No es solo el eco de Aeropesca, es la carne y el hueso de quienes, en la clandestinidad, desafiaron al destino. Sus voces, garabateadas en libretas, susurran desde la selva hasta las calles. Este libro es un puñetazo al olvido, un grito que arrastra a sus páginas para escuchar, para sentir, para que no dejar que las historias mueran.

Nuestro deber no era juzgar, sino dejar testimonio, porque Colombia necesita memoria para no repetir la guerra .

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