Doña Patricia, la historia de la mujer que sostiene un legado que nadie más continuará

Doña Patricia, la historia de la mujer que sostiene un legado que nadie más continuará 

En un kiosco del parque de El Carmelo, en Candelaria, Doña Patricia ha dedicado más de 45 años a preparar fritos que no solo alimentan.

Por: Laura Nicole Aparicio Escobar y María Camila Culma Beitia

Facultad de Humanidades y Artes

Es sábado a la 1:00 de la tarde en El Carmelo, en el parque principal donde, a un costado, se encuentra el kiosco de Doña Patricia. A esa hora, el lugar aún está en silencio. El parque respira con calma: algunas personas cruzan sin detenerse, una moto pasa a lo lejos y las conversaciones siguen siendo dispersas, sin quedarse. Todo parece suspendido, como si el espacio estuviera esperando a que algo empiece. 

Doña Patricia llega. No llega con las manos vacías: trae ollas, recipientes y bolsas con todo adelantado desde casa, papas cocinadas, guiso preparado, maduros listos, salsas, ají y picadillo. A su lado está su ayudante, que también se llama Patricia. Entre las dos descargan y organizan en silencio; cada cosa encuentra su lugar: el fritador al centro, las ollas cerca, los toppers alineados y las tres mesas plásticas listas para recibir a la gente. El kiosco es pequeño, pero suficiente: no sobra nada, no falta nada. 

Doña Patricia no se detiene. Apenas termina de acomodar, empieza a trabajar… 

Sus manos, pequeñas y marcadas por los años, se mueven con una calma precisa. Toma la masa, agrega el relleno, cierra la empanada. Repite el gesto. Una, otra, otra más. No hay prisa, pero tampoco hay pausa. Es un ritmo aprendido, incorporado, que no necesita ser pensado. El aceite comienza a calentarse, al principio apenas se escucha, como un murmullo leve que anuncia lo que vendrá. Poco a poco, el sonido crece. 

A ratos aparece su nieto y se queda cerca, observando, moviéndose con familiaridad entre los utensilios. “A veces le decimos que descanse, pero esto es lo que ella ama. No sabe quedarse quieta”, comenta su nieto Dilan. Un perro descansa en una esquina, tranquilo, como si también hiciera parte de la rutina. El tiempo avanza sin ser nombrado. 

Mientras arma otra empanada, el pasado se asoma en lo que hace. No como un recuerdo contado, sino como algo que habita en el gesto: “Yo aprendí mirando. Mi abuela no me enseñaba con palabras, era con el ejemplo. Uno aquí aprende haciendo”, dice Patricia sin dejar de cerrar la masa. 

Desde muy niña ha estado en esto. “Era otro tiempo”, dice, “cuando Cavasa todavía era un aeropuerto”. 

Nada de eso se explica de manera directa, está en sus manos. El movimiento es el mismo: cerrar la masa, ajustar el relleno, llevarlo al aceite. Más de 45 años haciendo lo mismo, pero quedarse no fue casualidad. Hubo un momento en el que su vida tomó otro rumbo. Trabajaba en la aduana, tenía un camino distinto, más estable, más lejos del calor del aceite y las jornadas largas. Fue su mamá quien le pidió que no dejara acabar lo que venía de atrás, que no soltara el legado. Y ella decidió volver no porque lo necesitara para vivir, sino porque entendió que lo que estaba en juego no era solo un trabajo. Era algo que había pasado de generación en generación, algo que la había acompañado desde niña y que ahora dependía de ella. Este negocio no le dio todo lo que tiene, pero sí le dio algo que no se compra: una historia que sostener. 

Las primeras empanadas entran al fritador, luego las papas rellenas. El aceite empieza a sonar con más fuerza, constante. El olor aparece poco a poco: guiso caliente, masa frita, maduro, ají. Se mezcla con el aire del parque y empieza a quedarse. Algunas personas pasan y saludan “Patricia, mi amor”. Ella responde sin dejar de trabajar “Hola, mijo”. Todavía nadie se queda, solo pocas personas compran bofe para su almuerzo con rapidez.  

A las 4:00 de la tarde el ritmo cambia, el lugar apenas empieza a activarse. 

El aceite ya suena lleno, sin pausas. Sobre él flotan empanadas, aborrajados, masitas con queso, papa rellena. Todo adquiere ese tono dorado que no depende del reloj, sino de la experiencia. El kiosco deja de ser un punto silencioso. Se llena de sonidos: conversaciones, música de los negocios cercanos, niños jugando en el parque. El aire se vuelve más denso, cargado de olores. 

Un niño de unos siete años se acerca con un billete de dos mil pesos en la mano, sonríe antes de hablar “Una empanada, por favor”. Doña Patricia toma una y se la entrega, el niño se queda un segundo, mirando el movimiento, y luego se va. 

Es el primero. 

Después empiezan a llegar más personas. Ya no solo saludan, se detienen, preguntan y se quedan. “¿Cómo ha estado?”. Algunos se sientan en las mesas, otros permanecen de pie, apoyados cerca. La cercanía no se construye: ya existe. 

Doña Patricia sigue trabajando sin levantar mucho la mirada. No lo necesita. Sabe cuándo algo está listo, cuándo alguien espera, cuándo el aceite pide otra tanda. 

El tiempo se mide en fritos que salen, no en minutos que pasan. 

Hay momentos breves en los que el flujo disminuye. El aceite espera unos segundos más antes de recibir algo nuevo, pero nunca se ha apagado, no han tenido días sin venta. Puede haber pausas, pero siempre vuelve el movimiento. 

A medida que avanza la tarde, el lugar se transforma. Llegan parejas, vecinos, conocidos. Algunos solo pasan a saludar; otros se quedan más tiempo. Las conversaciones se alargan, se cruzan, se mezclan con las risas. 

Las manos de Doña Patricia no se detienen. Mientras cocina, habla. Mientras atiende, sonríe. Cualquier comentario puede convertirse en motivo de risa; Doña Patricia ya no necesita preguntar qué quiere cada quien, lo sabe. Reconoce a sus clientes, recuerda lo que piden, anticipa los gustos. A muchos los vio llegar de niños, de la mano de sus padres, y ahora vuelven siendo adultos, a veces con sus propios hijos. Su forma de llamarles no cambia: “mijo”. Ahí hay confianza. No es solo la comida lo que los hace volver. Es la forma en la que son recibidos, la sensación de estar en un lugar donde ya son conocidos. 

A las seis de la tarde, la fila empieza a formarse. En un solo día pueden pasar más de cuarenta personas. Algunos llegan rápido, compran y se van. Pero muchos se quedan. Se apoyan en las mesas, conversan entre ellos, hablan con ella, se reconocen. El espacio se vuelve pequeño para todo lo que pasa ahí, peronunca incómodo. No es solo un lugar de venta, sino es un punto donde la gente coincide. 

Las personas esperan su turno, pero no en silencio. Conversan entre ellas, se reconocen, se llaman por nombre o por sobrenombres. “¿Y usted qué, Carmen? Hace rato no la veía”. Muchos llevan décadas viniendo. Desde que eran niños, desde que llegaban con sus padres a comprar lo mismo que hoy siguen pidiendo. 

Doña Carmen, su fiel cliente recuerda que estudió con Patricia desde pequeña: “Nosotras nos conocemos desde niñas. Cuando tocaba llevar para compartir, lo hacíamos juntas y de una íbamos para donde Patricia”. 

Tambien Doña marleny cuenta que su familia siempre ha comprado ahí: “Cuando era más niña venía con mi mamá a comprar. En ese tiempo atendía la abuela de Pati y la costumbre quedó, como la sazón”. Aquí todos se conocen, aquí todos vuelven. 

Paola Posso es de las que no fallan. Cuando el tiempo no alcanza para cocinar, el camino siempre la lleva al puesto de doña Patricia: “A veces no tengo tiempo para preparar el almuerzo, entonces vamos y compramos bofe. Y cuando a los niños les da hambre, les compro aborrajados”. Para ella, es un lugar al que siempre puede volver. 

El señor Hernán Alfonso, árbitro de la comunidad, tiene su propio ritual. Después de cada partido termina frente al mismo puesto: “Siempre voy por una papa rellena”. Lo que empezó como algo ocasional, hoy es tradición. 

César Tulio, exvigilante de Cavasa, recuerda las noches largas de trabajo: “Cuando me tocaba trasnochar, iba y me compraba una papa rellena; eso me ayudaba a pasar el turno”. Ahora, cada domingo compra bofe, esta vez para que su esposa descanse. 

Consuelo lo dice con naturalidad: “Siempre termino comprando en el puesto de doña Patricia”. A veces por antojo, otras por costumbre, pero siempre vuelve. 

Algunos clientes, al verla ocupada, se ayudan entre ellos. Se sirven, esperan, organizan. No hay molestia, hay costumbre. 

El Carmelo no es solo un parque de paso. Es un punto de encuentro para quienes han crecido en el barrio, un lugar donde los negocios pequeños, como el de Doña Patricia, sostienen dinámicas que van más allá de la comida: aquí se construye comunidad. “Han sido tres reconstrucciones y aquí seguimos”, dice Patricia. 

Patricia, su ayudante se mueve con rapidez y precisión. Atiende, cobra, organiza pedidos. Entre las dos no hay interrupciones, han aprendido a trabajar juntas sin estorbarse.  

La variedad es amplia. Más de diez productos, todos frescos, todos hechos en el momento. Empanadas, papas rellenas, hojaldras, maduro aborrajado, bofe, corazón, chicharrón, papas aborrajadas y masitas con queso, todos preparados en el instante. Los precios se mantienen en un rango accesible: desde los dos mil hasta los quince mil pesos, dependiendo de lo que se pida. 

El parque sigue activo: más personas llegan, más voces se suman. El cansancio empieza a notarse en el cuerpo de Doña Patricia y su ayudante. “Patricia me enseñó a cogerle amor a esto, por eso el cansancio es lo de menos”, dice su ayudante. 

La muerte de su abuela aparece como una ausencia que no se nombra demasiado, pero que está presente. Fue lo más duro. Desde entonces, el negocio dejó de ser solo trabajo; es un legado. 

 

“Esto termina el día que yo no pueda continuar”, dice. No hay quien siga. Sus hijas eligieron otros caminos, y ella no insiste. El negocio no está en riesgo hoy, pero sí en el futuro. Lo dice sin dramatismo, como una certeza. Sus hijas no seguirán con el negocio cada una tiene su camino, ella lo sabe. Pero mientras pueda, sigue. 

Doña Patricia es la tercera generación, tiene dos hijas; una tiene una papelería, la otra trabaja en una empresa. Crecieron viendo este mismo movimiento, pero nunca se interesaron realmente por continuar. No es rechazo, es elección. Tienen otros sueños, otros gustos, otras formas de construir su vida. Y ella lo entiende. No insiste, no obliga. Sabe que cada quien sigue su camino. Por eso tiene claro que es la última. El legado, el mismo que su mamá le pidió sostener, termina con ella. 

Más de una vez han llegado a ofrecerle comprar el negocio, pero siempre responde lo mismo: “No”. Porque venderlo sería vender lo único que queda de su abuela, sería soltar algo que no siente como un puesto, sino como una memoria viva. Aquí no solo se cocina. “Aquí permanece lo que ya no está, y eso no tiene precio”, dice doña Patricia.  

A las 9:30 de la noche, el ritmo comienza a bajar. 

La fila desaparece, el aceite ya no suena, lo que había para vender se ha terminado.  

Doña Patricia empieza a guardar. Despacio, con el mismo orden con el que empezó. Las ollas, los recipientes, los utensilios, todo vuelve a su lugar. Algunas personas se quedan cerca, despidiéndose. 

El kiosco se vacía poco a poco. No es un final, es solo el cierre del día. Porque al día siguiente, cuando el reloj marque de nuevo la 1:00 de la tarde en El Carmelo, ella volverá. 

Y mientras sus manos sigan cerrando empanadas, el legado todavía no habrá terminado.

En medio de los cambios constantes que atraviesan los pueblos y sus dinámicas, hay oficios que resisten sin hacer ruido”.

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Comunicación Social: formar profesionales que transforman la realidad desde la palabra y la acción

Comunicación Social: formar profesionales que transforman la realidad desde las palabras y la acción

La Comunicación Social trasciende la producción de contenidos: es una disciplina que forma ciudadanos críticos capaces de interpretar su entorno y generar cambios significativos en la sociedad.

Autor: Juan Pablo Ospina

Facultad de Humanidades y Artes

En un mundo donde la información circula a gran velocidad y las narrativas influyen en la manera en que entendemos la realidad, estudiar Comunicación Social se convierte en una apuesta por el pensamiento crítico, la creatividad y el compromiso social.

Más que aprender a comunicar, este programa propone comprender los procesos comunicacionales desde una mirada ética, humanista y transformadora, donde el profesional no solo informa, sino que incide activamente en la construcción de sociedad.

Este enfoque implica entender la comunicación como una herramienta para:

  • Interpretar realidades sociales
  • Construir narrativas con sentido
  • Promover la participación ciudadana
  • Generar transformación social

Así, el estudiante no solo adquiere conocimientos, sino que desarrolla una postura crítica frente a su entorno.

El programa de Comunicación Social tiene como propósito formar profesionales con altas calidades intelectuales, éticas y técnicas, capaces de analizar los contextos socioculturales y aportar a la dignificación de las comunidades.

Más allá del aula: teoría, práctica e investigación

Uno de los pilares fundamentales del programa es la integración entre el saber teórico, la práctica profesional y la investigación. Esta articulación permite que los estudiantes desarrollen competencias en el ser, saber y hacer, preparándose para enfrentar los desafíos reales del campo comunicacional.

A lo largo de su formación, el estudiante fortalece habilidades en:

  • Producción de contenidos multimediales y periodísticos
  • Comunicación organizacional
  • Investigación en comunicación
  • Estrategias creativas y narrativas contemporáneas

Este enfoque integral responde a las demandas actuales de un entorno mediático en constante evolución.

Un perfil profesional con múltiples posibilidades

El Comunicador Social formado en este programa se caracteriza por su capacidad de adaptarse a distintos contextos y asumir diversos roles dentro del campo profesional.

En el ámbito de la producción de contenidos, es un profesional crítico que interpreta contextos y crea piezas comunicativas pertinentes y contextualizadas.

En las organizaciones, se desempeña como gestor estratégico de la comunicación, diseñando e implementando proyectos que fortalecen la relación entre las instituciones y sus públicos.

Desde la investigación, tiene la capacidad de analizar problemáticas socioculturales, aplicar metodologías rigurosas y proponer soluciones desde la comunicación.

Comunicación para transformar el entorno

El programa no solo busca formar profesionales competentes, sino ciudadanos comprometidos con su realidad. Su enfoque promueve la construcción de propuestas comunicativas orientadas a la equidad, la convivencia y la participación.

En este sentido, la comunicación deja de ser únicamente un ejercicio técnico y se convierte en una práctica social con impacto, capaz de incidir en la forma en que las comunidades se reconocen, dialogan y construyen futuro.

Calidad académica y proyección regional

Con una duración de 8 semestres, 160 créditos académicos y modalidad presencial, el programa otorga el título de Comunicador(a) Social y cuenta con Acreditación en Alta Calidad (Res. No. 012683 del 24/07/2023 – MEN).

Este reconocimiento respalda un proyecto educativo que busca posicionarse como referente en la región, formando profesionales capaces de articular la investigación, la creatividad y el pensamiento crítico en función de la transformación social.

Una decisión con sentido

Elegir estudiar Comunicación Social es optar por una carrera dinámica, con múltiples campos de acción y un profundo sentido humano. Es asumir el reto de comprender la realidad para narrarla, cuestionarla y transformarla.

En un contexto donde comunicar bien marca la diferencia, este programa forma profesionales capaces de hacerlo con criterio, responsabilidad y propósito.

En las organizaciones, se desempeña como gestor estratégico de la comunicación, diseñando e implementando proyectos que fortalecen la relación entre las instituciones y sus públicos.

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Industria 5.0: el nuevo humanismo que redefine la productividad en las organizaciones

Industria 5.0: el nuevo humanismo que redefine la productividad en las organizaciones

La Industria 5.0 redefine la manera en que entendemos la productividad: ya no se trata solo de tecnología, sino del valor del talento humano.

Por: Juan Pablo Ospina Chávez

Facultad de Humanidades y Artes

La Industria 5.0 no solo cuestiona el papel de la tecnología en las organizaciones, sino que pone en evidencia la necesidad de fortalecer habilidades humanas como la creatividad, la empatía y la capacidad de adaptación. En este escenario, el trabajador deja de ser un recurso y se convierte en el eje estratégico del cambio.

Este enfoque invita a repensar los modelos tradicionales de gestión y a construir organizaciones más conscientes.

En un contexto donde la tecnología parecía ser la respuesta a todos los desafíos empresariales, emerge una nueva mirada que replantea el centro del desarrollo organizacional: el ser humano. Bajo esta premisa, los autores principales Iván Mauricio Estrada y Yovani Ospina Nieto, junto con la participación de Julio César Montoya Rendón, presentan una obra que recoge reflexiones, investigaciones y casos aplicados sobre la llamada Industria 5.0.

Un libro que invita al diálogo académico y práctico

El texto reúne a diversos académicos e investigadores de instituciones como la Universidad Santiago de Cali y la UNAD, consolidando una compilación que articula teoría y práctica. Entre los participantes se encuentran Lorena Menezes, Naum Steven Botache Sánchez, Joni Hernández López Marín, Juan Manuel Valencia Velosa y Henry Hurtado Bolaños, quienes aportan desde distintas perspectivas al análisis organizacional contemporáneo.

La obra se estructura en cuatro capítulos clave que abordan problemáticas actuales:

  • Competencias laborales en la Industria 5.0: retos éticos, tecnológicos y su impacto en la productividad.
  • Retención del talento humano en empresas de comunicaciones del Valle del Cauca.
  • Gestión del desempeño organizacional con enfoque en la dimensión humana.
  • Emprendimiento rural y transferencia de conocimiento, desarrollado por Estrada, como estrategia sostenible.

¿Qué es realmente la Industria 5.0?

Más allá de ser una evolución tecnológica, la Industria 5.0 representa un cambio de paradigma. Según Yovani Ospina, surge como respuesta a una limitación evidente en la Industria 4.0: la creencia de que la tecnología por sí sola garantiza productividad.

La realidad mostró lo contrario. Aunque las organizaciones invirtieron en tecnología y capacitaron a su personal, los resultados no siempre fueron los esperados. Allí aparece un “vacío” fundamental: las capacidades humanas.

La Industria 5.0 propone entonces un giro conceptual:

  • El foco deja de ser la tecnología.
  • El eje pasa a ser el capital humano y cognitivo.
  • La productividad depende tanto de la cualificación como de la motivación, habilidades y sentido del trabajo.

En este escenario emergen tensiones como la tecnofobia (rechazo a la tecnología) y la tecnofilia (dependencia excesiva de ella), lo que obliga a encontrar un equilibrio más consciente y ético.

Más allá de la productividad: el valor del ser humano

Uno de los aportes más relevantes del libro, en el que participa Julio Montoya, es la crítica a la falsa dicotomía entre bienestar del trabajador y competitividad empresarial.

Durante años se ha planteado que:

  • Mejorar condiciones humanas reduce la eficiencia.
  • Aumentar productividad implica sacrificar bienestar.

La Industria 5.0 rompe con esta idea y plantea que ambos elementos deben ser complementarios. Además, advierte sobre nuevas formas de control en entornos digitales, donde el monitoreo constante del trabajador —clics, tiempos, respuestas— puede generar niveles de presión incluso más sutiles y profundos que los modelos tradicionales.

El campo y la tecnología: una relación en tensión

El capítulo desarrollado por Iván Estrada introduce una reflexión clave desde el contexto rural colombiano. Allí se evidencia una contradicción:

  • Por un lado, la industria busca tecnificar y modernizar el campo.
  • Por otro, existen saberes ancestrales que siguen siendo altamente eficientes.

Casos reales muestran cómo campesinos, sin acceso a tecnología avanzada, logran resolver problemas productivos mediante conocimientos tradicionales. Incluso, en algunos escenarios, estos saberes terminan siendo más sostenibles que las soluciones industriales.

Esto plantea una pregunta fundamental:
¿La Industria 5.0 debe imponer tecnología o aprender del conocimiento existente?

La respuesta del texto es clara: se trata de integrar, no de reemplazar.

Un cambio de paradigma: del dato al sentido

La obra también aborda un giro importante en la forma de entender el conocimiento. Ya no basta con construir teoría; ahora el valor está en la gestión de datos, la información y su impacto en la sociedad.

Se habla incluso de un “capitalismo emocional”, donde:

  • Las interacciones digitales (likes, vistas, engagement) adquieren valor.
  • Las decisiones organizacionales se ven influenciadas por percepciones y emociones colectivas.

Esto abre nuevas preguntas para la academia, las empresas y el Estado, especialmente en términos de ética, impacto social y sostenibilidad.

La Industria 5.0 no es solo una tendencia, es una invitación a replantear el modelo de desarrollo actual. Este libro, liderado por Iván Estrada y Yovani Ospina, con aportes de Julio Montoya y otros académicos, propone una visión donde:

  • La tecnología es una herramienta, no el fin.
  • El ser humano vuelve al centro de la discusión.
  • La productividad se mide también en impacto social y ambiental.

En un mundo marcado por la automatización y la inteligencia artificial, esta obra recuerda algo esencial:
sin el factor humano, no hay innovación con sentido.

la obra deja abierta una pregunta fundamental para el futuro: ¿estamos construyendo organizaciones más humanas o simplemente más eficientes? La respuesta, según los autores, dependerá de cómo logremos integrar el conocimiento, la tecnología y el sentido social en los procesos productivos”.

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Inicio de un compromiso ¡Prácticas en Trabajo Social!

Inicio de un compromiso
¡Prácticas en Trabajo Social!

A lo largo de este proceso, será fundamental reconocer que cada intervención, por pequeña que parezca, tiene el potencial de generar un impacto significativo.

Por: Juan Pablo Ospina

Facultad de Humanidades y Artes

Es importante también entender que el aprendizaje no es lineal. Habrá momentos de incertidumbre y situaciones que exigirán tomar decisiones complejas; sin embargo, cada experiencia será una oportunidad para construir conocimiento, afianzar la identidad profesional y desarrollar una postura ética sólida frente a las distintas problemáticas sociales.

Estas prácticas permitirán fortalecer habilidades esenciales como la escucha activa, la comunicación asertiva y el análisis contextual.

Desde la facultad de Humanidades y Artes se acompaña en este momento significativo

El inicio de una etapa académica y el comienzo de una experiencia que transformará vidas, fortalecerá valores y pondrá a prueba el compromiso con la dignidad humana.

Las prácticas representan el encuentro entre la teoría y la realidad. Es allí donde los conocimientos adquiridos en las aulas cobran vida en contextos diversos, muchas veces complejos, donde cada persona, familia o comunidad tiene una historia que merece ser escuchada con respeto y empatía.

Durante este proceso, se generó un espacio de diálogo entre estudiantes de práctica 1 y práctica 2, quienes compartieron sus experiencias, aprendizajes y retos vividos en sus respectivos escenarios. Este intercambio permitió reconocer la evolución en su formación, evidenciando cómo cada etapa aporta herramientas fundamentales para el ejercicio profesional y fortalece la seguridad en la intervención social.

Iniciar este proceso implica asumir una gran responsabilidad. El trabajador social no solo interviene en problemáticas sociales, sino que también se convierte en un agente de cambio, en un puente entre las necesidades de la población y las posibilidades de transformación. Por ello, actuar con ética, sensibilidad y compromiso será fundamental en cada paso que den.

Este camino también estará lleno de aprendizajes profundos. Habrá desafíos que invitarán a reflexionar, a cuestionar y a crecer tanto a nivel profesional como personal. En cada experiencia encontrarán la oportunidad de reafirmar su vocación y de comprender que el Trabajo Social no es solo una profesión, sino una forma de construir una sociedad más justa e inclusiva.

A quienes inician sus prácticas, se les recuerda que no están solos. Cuentan con el acompañamiento de docentes, supervisores y comunidades que también enseñan desde su realidad. Escuchen, observen, aprendan y, sobre todo, actúen con humanidad.

Que este inicio sea el impulso para ejercer un Trabajo Social comprometido, crítico y transformador. Que cada acción que emprendan contribuya a dignificar la vida de las personas y a fortalecer el tejido social.

 

Finalmente, este proceso marca el inicio de una trayectoria que trasciende el ámbito académico. Cada acción, cada acompañamiento y cada intervención realizada durante las prácticas se convierte en un aporte real a la construcción de comunidades más equitativas. Así, el compromiso asumido hoy se proyecta hacia el futuro como una labor continua en favor del bienestar colectivo y la transformación social.

cada experiencia será una oportunidad para construir conocimiento, afianzar la identidad profesional y desarrollar una postura ética sólida frente a las distintas problemáticas sociales.

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Comunicación Social en proceso de Renovación de la Acreditación de Alta Calidad

Comunicación Social en proceso de Renovación de la Acreditación de Alta Calidad

El programa de Comunicación Social se encuentra actualmente en un proceso fundamental para su fortalecimiento académico: el proceso de Renovación de la Acreditación de Alta Calidad.

Por: Karol Arizala

Facultad de Humanidades y Artes

La directora del programa de Comunicacion Social, Claudia Patricia Peña Arenas, realizó una invitación especial a los egresados,estudiantes,docentes para que participen activamente en este proceso, aportando sus experiencias y perspectivas para el fortalecimiento continuo del programa.

Uno de los primeros pasos ha sido la implementación de encuestas a diferentes estamentos vinculados al programa. Estos estamentos incluyen, estudiantes, egresados, empleadores, directivos y docentes, quienes desde sus diferentes perspectivas aportan información clave sobre la percepción y el funcionamiento del programa.

Este proceso representa un compromiso institucional y requiere la implementación de diferentes procesos orientados a evidenciar el cumplimiento de parámetros estipulados.

La información obtenida a través de estas encuestas se convierte en insumo importante y esencial para la elaboración de documentos base. Estos documentos son revisados por el área de aseguramiento de calidad, que se encarga de validar la calidad y coherencia.

Posteriormente se realiza un documento final que es presentado formalmente al Ministerio de Educación, entidad encargada de evaluar el proceso. Una vez entregado el informe, el Ministerio de Educación realiza una visita a la institución para verificar lo informado en el documento.

Durante esta etapa, los pares académicos designados tienen la responsabilidad verificar que toda la información consignada en el documento corresponda con la realidad del programa. Asimismo, se llevan a cabo recorridos por las instalaciones con el fin de conocer de primer mano los recursos y espacios disponibles, como el CEPA y Unimedios.

La Acreditación de Alta Calidad no solo representa un reconocimiento institucional, si no que garantiza a los estudiantes una formación solidad. Contar con un programa acreditado implica confianza en los procesos educativos, donde cuenta con una calidad tanto en docentes, parte académica y escenarios. En conclusión, el proceso de Renovación de la Acreditación de Alta Calidad es una oportunidad para reafirmar el compromiso del programa de Comunicación Social, con la excelencia y la mejora continua.

 

Se recopila información de distintos actores como estudiantes, docentes y egresados, la cual permite analizar el funcionamiento del programa y sustentar un informe que es revisado por el Ministerio de Educación”.

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