Doña Patricia, la historia de la mujer que sostiene un legado que nadie más continuará

Doña Patricia, la historia de la mujer que sostiene un legado que nadie más continuará 

En un kiosco del parque de El Carmelo, en Candelaria, Doña Patricia ha dedicado más de 45 años a preparar fritos que no solo alimentan.

Por: Laura Nicole Aparicio Escobar y María Camila Culma Beitia

Facultad de Humanidades y Artes

Es sábado a la 1:00 de la tarde en El Carmelo, en el parque principal donde, a un costado, se encuentra el kiosco de Doña Patricia. A esa hora, el lugar aún está en silencio. El parque respira con calma: algunas personas cruzan sin detenerse, una moto pasa a lo lejos y las conversaciones siguen siendo dispersas, sin quedarse. Todo parece suspendido, como si el espacio estuviera esperando a que algo empiece. 

Doña Patricia llega. No llega con las manos vacías: trae ollas, recipientes y bolsas con todo adelantado desde casa, papas cocinadas, guiso preparado, maduros listos, salsas, ají y picadillo. A su lado está su ayudante, que también se llama Patricia. Entre las dos descargan y organizan en silencio; cada cosa encuentra su lugar: el fritador al centro, las ollas cerca, los toppers alineados y las tres mesas plásticas listas para recibir a la gente. El kiosco es pequeño, pero suficiente: no sobra nada, no falta nada. 

Doña Patricia no se detiene. Apenas termina de acomodar, empieza a trabajar… 

Sus manos, pequeñas y marcadas por los años, se mueven con una calma precisa. Toma la masa, agrega el relleno, cierra la empanada. Repite el gesto. Una, otra, otra más. No hay prisa, pero tampoco hay pausa. Es un ritmo aprendido, incorporado, que no necesita ser pensado. El aceite comienza a calentarse, al principio apenas se escucha, como un murmullo leve que anuncia lo que vendrá. Poco a poco, el sonido crece. 

A ratos aparece su nieto y se queda cerca, observando, moviéndose con familiaridad entre los utensilios. “A veces le decimos que descanse, pero esto es lo que ella ama. No sabe quedarse quieta”, comenta su nieto Dilan. Un perro descansa en una esquina, tranquilo, como si también hiciera parte de la rutina. El tiempo avanza sin ser nombrado. 

Mientras arma otra empanada, el pasado se asoma en lo que hace. No como un recuerdo contado, sino como algo que habita en el gesto: “Yo aprendí mirando. Mi abuela no me enseñaba con palabras, era con el ejemplo. Uno aquí aprende haciendo”, dice Patricia sin dejar de cerrar la masa. 

Desde muy niña ha estado en esto. “Era otro tiempo”, dice, “cuando Cavasa todavía era un aeropuerto”. 

Nada de eso se explica de manera directa, está en sus manos. El movimiento es el mismo: cerrar la masa, ajustar el relleno, llevarlo al aceite. Más de 45 años haciendo lo mismo, pero quedarse no fue casualidad. Hubo un momento en el que su vida tomó otro rumbo. Trabajaba en la aduana, tenía un camino distinto, más estable, más lejos del calor del aceite y las jornadas largas. Fue su mamá quien le pidió que no dejara acabar lo que venía de atrás, que no soltara el legado. Y ella decidió volver no porque lo necesitara para vivir, sino porque entendió que lo que estaba en juego no era solo un trabajo. Era algo que había pasado de generación en generación, algo que la había acompañado desde niña y que ahora dependía de ella. Este negocio no le dio todo lo que tiene, pero sí le dio algo que no se compra: una historia que sostener. 

Las primeras empanadas entran al fritador, luego las papas rellenas. El aceite empieza a sonar con más fuerza, constante. El olor aparece poco a poco: guiso caliente, masa frita, maduro, ají. Se mezcla con el aire del parque y empieza a quedarse. Algunas personas pasan y saludan “Patricia, mi amor”. Ella responde sin dejar de trabajar “Hola, mijo”. Todavía nadie se queda, solo pocas personas compran bofe para su almuerzo con rapidez.  

A las 4:00 de la tarde el ritmo cambia, el lugar apenas empieza a activarse. 

El aceite ya suena lleno, sin pausas. Sobre él flotan empanadas, aborrajados, masitas con queso, papa rellena. Todo adquiere ese tono dorado que no depende del reloj, sino de la experiencia. El kiosco deja de ser un punto silencioso. Se llena de sonidos: conversaciones, música de los negocios cercanos, niños jugando en el parque. El aire se vuelve más denso, cargado de olores. 

Un niño de unos siete años se acerca con un billete de dos mil pesos en la mano, sonríe antes de hablar “Una empanada, por favor”. Doña Patricia toma una y se la entrega, el niño se queda un segundo, mirando el movimiento, y luego se va. 

Es el primero. 

Después empiezan a llegar más personas. Ya no solo saludan, se detienen, preguntan y se quedan. “¿Cómo ha estado?”. Algunos se sientan en las mesas, otros permanecen de pie, apoyados cerca. La cercanía no se construye: ya existe. 

Doña Patricia sigue trabajando sin levantar mucho la mirada. No lo necesita. Sabe cuándo algo está listo, cuándo alguien espera, cuándo el aceite pide otra tanda. 

El tiempo se mide en fritos que salen, no en minutos que pasan. 

Hay momentos breves en los que el flujo disminuye. El aceite espera unos segundos más antes de recibir algo nuevo, pero nunca se ha apagado, no han tenido días sin venta. Puede haber pausas, pero siempre vuelve el movimiento. 

A medida que avanza la tarde, el lugar se transforma. Llegan parejas, vecinos, conocidos. Algunos solo pasan a saludar; otros se quedan más tiempo. Las conversaciones se alargan, se cruzan, se mezclan con las risas. 

Las manos de Doña Patricia no se detienen. Mientras cocina, habla. Mientras atiende, sonríe. Cualquier comentario puede convertirse en motivo de risa; Doña Patricia ya no necesita preguntar qué quiere cada quien, lo sabe. Reconoce a sus clientes, recuerda lo que piden, anticipa los gustos. A muchos los vio llegar de niños, de la mano de sus padres, y ahora vuelven siendo adultos, a veces con sus propios hijos. Su forma de llamarles no cambia: “mijo”. Ahí hay confianza. No es solo la comida lo que los hace volver. Es la forma en la que son recibidos, la sensación de estar en un lugar donde ya son conocidos. 

A las seis de la tarde, la fila empieza a formarse. En un solo día pueden pasar más de cuarenta personas. Algunos llegan rápido, compran y se van. Pero muchos se quedan. Se apoyan en las mesas, conversan entre ellos, hablan con ella, se reconocen. El espacio se vuelve pequeño para todo lo que pasa ahí, peronunca incómodo. No es solo un lugar de venta, sino es un punto donde la gente coincide. 

Las personas esperan su turno, pero no en silencio. Conversan entre ellas, se reconocen, se llaman por nombre o por sobrenombres. “¿Y usted qué, Carmen? Hace rato no la veía”. Muchos llevan décadas viniendo. Desde que eran niños, desde que llegaban con sus padres a comprar lo mismo que hoy siguen pidiendo. 

Doña Carmen, su fiel cliente recuerda que estudió con Patricia desde pequeña: “Nosotras nos conocemos desde niñas. Cuando tocaba llevar para compartir, lo hacíamos juntas y de una íbamos para donde Patricia”. 

Tambien Doña marleny cuenta que su familia siempre ha comprado ahí: “Cuando era más niña venía con mi mamá a comprar. En ese tiempo atendía la abuela de Pati y la costumbre quedó, como la sazón”. Aquí todos se conocen, aquí todos vuelven. 

Paola Posso es de las que no fallan. Cuando el tiempo no alcanza para cocinar, el camino siempre la lleva al puesto de doña Patricia: “A veces no tengo tiempo para preparar el almuerzo, entonces vamos y compramos bofe. Y cuando a los niños les da hambre, les compro aborrajados”. Para ella, es un lugar al que siempre puede volver. 

El señor Hernán Alfonso, árbitro de la comunidad, tiene su propio ritual. Después de cada partido termina frente al mismo puesto: “Siempre voy por una papa rellena”. Lo que empezó como algo ocasional, hoy es tradición. 

César Tulio, exvigilante de Cavasa, recuerda las noches largas de trabajo: “Cuando me tocaba trasnochar, iba y me compraba una papa rellena; eso me ayudaba a pasar el turno”. Ahora, cada domingo compra bofe, esta vez para que su esposa descanse. 

Consuelo lo dice con naturalidad: “Siempre termino comprando en el puesto de doña Patricia”. A veces por antojo, otras por costumbre, pero siempre vuelve. 

Algunos clientes, al verla ocupada, se ayudan entre ellos. Se sirven, esperan, organizan. No hay molestia, hay costumbre. 

El Carmelo no es solo un parque de paso. Es un punto de encuentro para quienes han crecido en el barrio, un lugar donde los negocios pequeños, como el de Doña Patricia, sostienen dinámicas que van más allá de la comida: aquí se construye comunidad. “Han sido tres reconstrucciones y aquí seguimos”, dice Patricia. 

Patricia, su ayudante se mueve con rapidez y precisión. Atiende, cobra, organiza pedidos. Entre las dos no hay interrupciones, han aprendido a trabajar juntas sin estorbarse.  

La variedad es amplia. Más de diez productos, todos frescos, todos hechos en el momento. Empanadas, papas rellenas, hojaldras, maduro aborrajado, bofe, corazón, chicharrón, papas aborrajadas y masitas con queso, todos preparados en el instante. Los precios se mantienen en un rango accesible: desde los dos mil hasta los quince mil pesos, dependiendo de lo que se pida. 

El parque sigue activo: más personas llegan, más voces se suman. El cansancio empieza a notarse en el cuerpo de Doña Patricia y su ayudante. “Patricia me enseñó a cogerle amor a esto, por eso el cansancio es lo de menos”, dice su ayudante. 

La muerte de su abuela aparece como una ausencia que no se nombra demasiado, pero que está presente. Fue lo más duro. Desde entonces, el negocio dejó de ser solo trabajo; es un legado. 

 

“Esto termina el día que yo no pueda continuar”, dice. No hay quien siga. Sus hijas eligieron otros caminos, y ella no insiste. El negocio no está en riesgo hoy, pero sí en el futuro. Lo dice sin dramatismo, como una certeza. Sus hijas no seguirán con el negocio cada una tiene su camino, ella lo sabe. Pero mientras pueda, sigue. 

Doña Patricia es la tercera generación, tiene dos hijas; una tiene una papelería, la otra trabaja en una empresa. Crecieron viendo este mismo movimiento, pero nunca se interesaron realmente por continuar. No es rechazo, es elección. Tienen otros sueños, otros gustos, otras formas de construir su vida. Y ella lo entiende. No insiste, no obliga. Sabe que cada quien sigue su camino. Por eso tiene claro que es la última. El legado, el mismo que su mamá le pidió sostener, termina con ella. 

Más de una vez han llegado a ofrecerle comprar el negocio, pero siempre responde lo mismo: “No”. Porque venderlo sería vender lo único que queda de su abuela, sería soltar algo que no siente como un puesto, sino como una memoria viva. Aquí no solo se cocina. “Aquí permanece lo que ya no está, y eso no tiene precio”, dice doña Patricia.  

A las 9:30 de la noche, el ritmo comienza a bajar. 

La fila desaparece, el aceite ya no suena, lo que había para vender se ha terminado.  

Doña Patricia empieza a guardar. Despacio, con el mismo orden con el que empezó. Las ollas, los recipientes, los utensilios, todo vuelve a su lugar. Algunas personas se quedan cerca, despidiéndose. 

El kiosco se vacía poco a poco. No es un final, es solo el cierre del día. Porque al día siguiente, cuando el reloj marque de nuevo la 1:00 de la tarde en El Carmelo, ella volverá. 

Y mientras sus manos sigan cerrando empanadas, el legado todavía no habrá terminado.

En medio de los cambios constantes que atraviesan los pueblos y sus dinámicas, hay oficios que resisten sin hacer ruido”.

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Cuotas de administración residencial en el 2026: ¿IPC o salario mínimo?

Cuotas de administración residencial en el 2026: ¿IPC o salario mínimo?

en un contexto marcado por decisiones presupuestales y tensiones entre sostenibilidad y capacidad de pago. 

Autores: Karold Castañeda, Juan Diego Tovar y Juan Lozada

Facultad de Humanidades y Artes

El alza en las cuotas de administración residencial en Colombia para 2026 presenta incertidumbre tras la suspensión del decreto del salario mínimo, aunque inicialmente se proyectaban aumentos de entre 12% y 20%, o incluso del 23.78% igual al salario mínimo, afectando seguridad y mantenimiento. 

Las cuotas de administración son pagos mensuales que hacen los propietarios para cubrir los gastos comunes de los conjuntos residenciales. Estos gastos incluyen la vigilancia privada, limpieza y mantenimiento de zonas comunes, administración y otros servicios necesarios para el funcionamiento del edificio o conjunto.  

Más allá del porcentaje, el aumento de las cuotas de administración en 2026 muestra lo difícil que es equilibrar los costos de los conjuntos con el bolsillo de los residentes…

Según la Ley 675 de 2001, que regula la propiedad horizontal en Colombia, no existe un porcentaje obligatorio que determine el incremento de estas cuotas, ni está legalmente establecido que deban ajustarse automáticamente con el índice de Precios al Consumidor (IPC) o con el salario mínimo. En cambio, el aumento debe basarse en un presupuesto anual claro y debe ser aprobado por la Asamblea de Copropietarios. 

 Para Tatiana Miranda, economista, el aumento de las cuotas de administración en 2026 puede explicarse por un fenómeno conocido como inflación por vendedores. Según explica, ante el anuncio de un incremento cercano al 23 % en el salario mínimo, algunos administradores y prestadores de servicios tienden a trasladar ese mismo porcentaje a los precios, sin que todos los costos hayan aumentado en igual proporción. Esto, señala, termina presionando el costo de vida de los hogares. 

A finales de diciembre de 2025, el Gobierno Nacional decretó un aumento del salario mínimo cerca del 23,7 % para 2026, con el objetivo de mejorar el poder adquisitivo de los trabajadores. Sin embargo, esa medida fue suspendida temporalmente por el Consejo de Estado en febrero de 2026 por falta de justificación legal, lo que ha generado incertidumbre sobre cómo se deben calcular algunos costos asociados en la economía, incluyendo los de la administración residencial.  

Entre tanto, el IPC anual de Colombia, que mide la inflación de precios al consumidor, cerró 2025 alrededor del 5 %, cifra muy inferior al incremento proyectado del salario mínimo. Estas discrepancias entre inflación y salarios abren el debate sobre cuál parámetro es más apropiado para ajustar las cuotas.  

Para Luz Marina Manrique, administradora de propiedad horizontal en el norte de Cali, el aumento de la cuota de administración en 2026 responde a una necesidad presupuestal y no a una decisión arbitraria. Explica que más del 70 % del presupuesto de un conjunto residencial se destina a nómina, principalmente vigilancia, aseo y mantenimiento, rubros directamente impactados por el aumento del salario mínimo. 

En el conjunto que administra, el incremento aprobado fue del 18 %, por debajo del ajuste salarial inicialmente decretado. “Revisamos contrato por contrato. No todos los gastos suben en la misma proporción, pero si no se ajusta la cuota, el conjunto entra en déficit”, señala. La administradora reconoce la inconformidad de algunos propietarios, aunque advierte que no aprobar un presupuesto realista puede traducirse en deterioro de zonas comunes, atrasos en pagos o reducción de personal. 

Desde el personal operativo, Carlos Andrés Rivas, vigilante de una empresa de seguridad privada, subraya que el debate suele omitir el impacto real de los costos laborales. “Cuando sube el salario mínimo también aumentan los aportes y la seguridad social. Eso se refleja en lo que pagan los conjuntos”, explica. A su juicio, recortar personal para contener gastos puede afectar directamente la seguridad de los residentes. 

La percepción de los propietarios es distinta. Luz Dary Hernández, residente en un conjunto del sur de Cali, asegura que el incremento de este año fue el más alto desde que vive allí. “La cuota pasó de 286 mil a casi 354 mil pesos. Eso pesa en el presupuesto familiar”, afirma. Aunque reconoce la relación con el aumento salarial, considera que falta mayor claridad en la explicación de los gastos y advierte que el problema no es solo el incremento puntual, sino la acumulación de presiones económicas. 

Para Adriana Mesa, residente de la unidad residencial Sorrento 1, el incremento de la cuota de administración aprobado para 2026 generó inconformidad entre varios propietarios. Según explica, durante 2025 la cuota mensual era de 169 mil pesos, pero para este año se aprobó un aumento del 23,7 %, que la elevó a 205 mil pesos. 

La decisión provocó tensiones durante la asamblea general realizada el pasado 21 de febrero, en la que se registraron discusiones entre los propietarios y el equipo administrativo. Uno de los puntos más polémicos fue el ajuste salarial del contador y de la administradora del conjunto. 

Mesa señala que la propuesta inicial planteaba aplicar el mismo incremento del 23,7 % a estos cargos, lo que generó desacuerdos entre los asistentes, especialmente porque desde enero ya se habían aplicado aumentos bajo ese mismo porcentaje. “El ambiente se tornó tenso cuando se abordó el tema de los salarios”, relata. 

Tras una discusión prolongada, la asamblea llegó a un acuerdo: el incremento salarial para ambos cargos sería del 18 %, con lo cual se dio por concluida la reunión. 

El debate por el aumento de las cuotas de administración en 2026 evidencia una tensión estructural entre inflación, costos laborales y capacidad de pago de los hogares. Más allá del porcentaje aplicado, la discusión pone en el centro la necesidad de decisiones presupuestales transparentes y criterios técnicos que permitan equilibrar la sostenibilidad de los conjuntos residenciales con la realidad económica de los propietarios. 

Entre inflación, salarios y presupuestos, el aumento de las cuotas de administración termina siendo un reflejo de las tensiones económicas del país.

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Orlando Sánchez: el hombre que instauró el orgullo afro en Yumbo

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Obrero, soñador, organizador y maestro comunitario. 

Autor: Jean Carlos Salcedo Murcia

Facultad de Humanidades y Artes

 Durante dos décadas, Orlando Sánchez Lasso ha tejido un liderazgo construido desde la berraquera y la constancia: logró unir a una comunidad dispersa, formar jóvenes líderes, enfrentar amenazas y sembrar un legado que hoy retumba como un tambor en la memoria afro de Yumbo.

“Orlando nos motiva con hechos. Con danza, con canto alabao, con talleres. Nos enseña que participar no es un hobby: es defender quiénes somos”.

Para su hija, María del Pilar Sánchez Holguín, el impacto de su padre se ve en cada espacio cultural y educativo que hoy existe en el municipio: “Él logró que la afrocolombianidad tenga presencia real en Yumbo. Eventos, exposiciones, plazas docentes, espacios educativos… donde va, su compromiso se reconoce”. Y la palabra “compromiso” no es menor: describe una vocación que no desaparece cuando los reflectores se apagan.

Desde la administración municipal, María Yohana Salcedo confirma que la visión de Orlando transformó la relación entre el Estado local y la comunidad afro. “Antes había poca participación”, asegura. “Ahora la gente se siente incluida. AfroYumbo ha crecido con los proyectos que él impulsa. Su liderazgo es visible”.

Pero Orlando no se entiende a sí mismo solo desde el rol público. También habla desde la identidad. “Ser afro es algo que se lleva en la sangre”, afirma. “Uno oye un tambor y el cuerpo responde solo”. En su voz hay orgullo, pero también reivindicación política. La identidad, para él, es un territorio que se defiende tanto como la tierra. Es piel, es memoria, es historia, es dignidad.

Yumbo, con sus más de 108.000 habitantes y un 3,3 % de población afro reconocida, es un municipio industrial donde las luchas raciales han sido silenciosas, quizá demasiado. En el Valle del Cauca, la exclusión racial sigue siendo estructural. Por eso la lucha de Orlando no es un capítulo aislado sino una pieza de una batalla más amplia. Es también un recordatorio de por qué su trabajo importa.

Cuando se le pregunta por una palabra que resuma su historia, no duda: “Berraquera”. Y luego añade, casi con la misma fuerza: “Constancia”. Ambas palabras forman la columna vertebral de todo lo que ha hecho: resistir, persistir, insistir.

Al caer la tarde, cuando el sonido de la brisa y la marimba se mezclan con las voces del barrio, Orlando suele sentarse frente a su casa. Mira pasar la gente, responde saludos, escucha a quien se acerca con una consulta. No parece un líder histórico, ni un fundador, ni un símbolo. Parece un hombre común. Y quizá allí radica su fuerza: la grandeza sin tanto alarde.

En Yumbo, cuando el tambor suena, siempre hay un hilo invisible que conduce hacia él. Orlando Sánchez Lasso no solo creó una organización: organizó una identidad. Construyó un nosotros. Su legado vibra en cada taller, en cada consejo comunitario, en cada joven que estudia porque él insistió. Es un legado que no se impone: se escucha. Como los tambores. Como la memoria. Como un corazón colectivo que late al mismo ritmo.

 

Un ritmo que él ayudó a despertar. Y que, gracias a él, ya no volverá a silenciarse.

 Él logró que la afrocolombianidad tenga presencia real en Yumbo. Eventos, exposiciones, plazas docentes, espacios educativos… donde va, su compromiso se reconoce”. 

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AL CALOR DEL CHOCOLATE CALIENTE… “ELLAS CUENTAN “…

AL CALOR DEL CHOCOLATE CALIENTE…
“ELLAS CUENTAN

 ¡Chocolate Caliente nos llamaremos y un festival pa’ que las mujeres cuenten nos inventaremos!

Por: Cindy Milena Posada Montoya

Facultad de Humanidades y Artes

El encuentro de narradoras orales “Ellas cuentan”que a marzo de 2026 celebra su vigésima séptima versión, nace de la mirada soñadora de tres mujeres muy jóvenes que, en el año de 1999, se reunían en la casa de una de ellas a tomar chocolate caliente. Ese aroma dulce, aromático y travieso, alentó la valentía en el corazón de Linda Gallo Bedoya, una extrovertida, sonriente y desparpajada estudiante de Derecho, en quien en realidad habitaba una talentosa y creativa artista escénica. De Angeya Valencia, también estudiante de Derecho reflexiva y sobria, con el porte y elegancia que distinguen a las mujeres afro, en quién habitaban los cuentos de su abuela con el acento y el ritmo de la costa pacífica; y yo, Cindy Milena Posada Montoya una estudiante de Artes Plásticas que intentaba ponerle un rumbo a mi latente sensibilidad creativa entre las imágenes y las palabras. 

Chocolate Caliente fue el nombre con el que bautizamos este colectivo una mañana lluviosa, en la que se nos ocurrió la fantástica idea de reunirnos para cambiar de ambiente en la colina de San Antonio…

De allí compartimos esta idea con Claudia Patricia Domínguez Tejada y Jorge Eliecer Olaya Garcerá, quienes lideraban el Encuentro de Narración Oral Escénica ¡Unicuento! de la Universidad Santiago de Cali, en el que habíamos hecho nuestros primeros pinitos como narradoras orales. Ellos se enamoraron de la idea y fuimos cómplices y coequiperos. Linda lideraba la gestión; Angela y yo aprendiendo en el camino, buscando patrocinios y conexiones. Conocimos gente bonita que la apostaba a la cultura, personajes como Felipe Payan y su café Tertuliao, espacio que sirvió de escenario para mujeres maravillosas que llegaron de la sierra nevada de Santa Marta con su tradición oral indígena; mujeres legendarias del Pacifico con sus historias de valentía, resiliencia y una tradición llena de picardía y gozadera. 

También otras jóvenes citadinas, como nosotras, que se la jugaban con valor en un entorno que, como muchos, estaba conquistado por los hombres, desde donde hubo contradicción entre el apoyo y la admiración por la iniciativa, pero también la incredulidad frente a nuestra capacidad de sacar el encuentro adelante. Sin embargo, el universo nos respaldó generosamente, logrando traer a nuestro encuentro, en sus primeras versiones, invitadas internacionales de Cuba y de España.  

Convirtiéndose en un encuentro poderoso alrededor de la palabra, esta vez narrado en clave femenina, que ha venido compartiendo a lo largo de estas múltiples versiones las miradas que las mujeres hemos tejido acerca de nosotras mismas, de nuestros territorios y de la vida. Por esta palabra alrededor del fuego creador femenino, ¡¡¡ larga vida al Encuentro de Narradoras Orales Escénicas “Ellas Cuentan”!!! 

El evento iniciará el martes 10 de marzo a las 4:30 p.m. en la Plazoleta de Los Sabios de la sede Pampalinda con la inauguración “Todas Cuentan”. Durante los días siguientes se desarrollarán actividades en diferentes espacios como bibliotecas de la Red de Bibliotecas Públicas de Cali, el Jardín Infantil Santiaguitos y escenarios de la universidad, con conversatorios a cargo de sabedoras como Emilia Eneyda Valencia Murrain, Marlene Tello Granja, Mary Grueso Romero y María Eugenia Solís, además de un homenaje especial a Mary Grueso Romero. También habrá presentaciones en el Teatro T-Usaca, encuentros de narración oral con invitados nacionales e internacionales, actividades culturales en Jamundí como Las Noches de Griot, y espacios dirigidos a público infantil. La programación finalizará el sábado 14 de marzo a las 11:00 a.m. con una función infantil de la Escuela Sabatina en el Teatro T-Usaca de la Universidad Santiago de Cali. Todas las actividades tienen entrada libre.

“Todo comenzó con tres mujeres jóvenes, tres tazas de chocolate caliente y una idea que parecía pequeña, pero que estaba llena de valentía”

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Freestyle: El arte marcial que rompe el molde del taekwondo

Freestyle: El arte marcial que rompe
el molde del taekwondo

El freestyle fusiona taekwondo, música y acrobacia en una expresión artística y técnica sin combate directo.

Por: Lizeth Dayana Rojas Valencia y Marycarmen Oliveros Villalobos

Facultad de Humanidades y Artes

Cuando alguien escucha taekwondo, imagina dos atletas enfrentados en combate, intercambiando patadas rápidas para sumar puntos, esa sería la imagen tradicional y más conocida. Sin embargo, existe una modalidad que rompe este esquema: el freestyle, aquí no hay rivales directos, sino un escenario donde el atleta mezcla patadas, acrobacias y música, transformando el tatami en un verdadero espectáculo deportivo y artístico.

“Los atletas entrenan tres veces por semana poomsae y complementan con sesiones enfocadas en habilidades específicas como las patadas con giro”.

Para comprender mejor esta disciplina, es clave entender el poomsae, una de las modalidades tradicionales del taekwondo. El poomsae, es una secuencia predeterminada de movimientos y técnicas que representan una situación de combate imaginaria, donde se ponen en práctica defensa, ataque y desplazamiento.

El freestyle nace de esa base, pero introduce un cambio, por eso la Institución Nacional de Taekwondo, lo define como “la evolución creativa del poomsae. Los atletas crean secuencias propias que incluyen música, acrobacias y movimientos espectaculares. Aquí se combina el arte marcial con la expresión artística y la gimnasia, en un formato dinámico y visualmente impactante”.

En el freestyle, la creatividad es un pilar esencial. Los deportistas deben diseñar coreografías únicas, sincronizar sus movimientos con la música y lograr conexión con el público. Nirley Valdelamar Pertuz cinturón negro 1°, afirma: “la creatividad y la expresión corporal son el alma del freestyle; son más llamativas aquellas rutinas que logran concretar con el espectador que las que solo se enfocan en la técnica”.

El entrenamiento detrás de cada disciplina exige constancia, Duvan Maestra Cinturón negro 1°, explica, “Implica desarrollar una condición física completa, fuerza, flexibilidad y resistencia, perfeccionar la técnica de los movimientos como los giros, saltos, patadas y trabajar la creatividad para diseñar y ensayar una rutina que cumpla con las reglas del torneo, buscando la fluidez y dificultad en la ejecución”.

De acuerdo con la Federación Mundial de Taekwondo (WT), establece en su reglamento, la duración estándar entre 60-70 segundos, cada presentación, la puntuación total es 10 puntos, divididos, entre, las habilidades técnicas, nivel de dificultad, precisión y presentación, la actuación debe incluir técnica en 60% de piernas y 40% en brazos.

Stiven Mejía, cinturón negro 1°, explica, “es una categoría que tiene la poomsae, pero no está predeterminada. Se trata de una coreografía libre donde se califican cinco habilidades: patadas en salto, patadas múltiples, giros, combinaciones de combate, entre siete y diez técnicas, y finalmente acrobacias como mortales con pateo”.

Aunque el freestyle despierta admiración, no todos los taekwondista lo practican. Juan Felipe Martínez Mejía, cinturón azul y deportista de combate, aporta una mirada distinta,

“Son disciplinas completamente diferentes, aunque comparten técnicas. El combate está más desarrollado, incluso es olímpico, mientras que el freestyle aún no tiene ese alcance. Sin embargo, creo que aporta visibilidad y reconocimiento adicional al taekwondo porque va más allá de lo común”.

Para él, la principal diferencia radica en que el combate es impredecible y obliga a pensar estrategias en tiempo real, mientras que el freestyle sigue una rutina ya diseñada. Aun así, reconoce que ambas modalidades pueden convivir y complementarse en el crecimiento del taekwondo colombiano.

Esa mirada desde el combate se enriquece al escuchar a quienes vivieron el freestyle en carne propia. Uno de ellos es Felipe Galarza, cinturón rojo, quien entrenó en el polideportivo Los Guaduales y recuerda su paso por la modalidad,

“Es una parte donde usted muestra qué tan creativo y expresivo puede ser, sin lastimar a nadie. Además, fortalece la concentración del cuerpo y la mente”.

Para él, el freestyle exige no solo flexibilidad, fuerza y concentración, sino también una preparación meticulosa, estiramientos, memorización de movimientos, repetición constante y un uso estratégico de la música. “El ritmo de la música siempre ayuda a fortalecer la postura y a darle sentido a cada movimiento”, asegura.

Felipe reconoce que competir en esta modalidad nunca fue sencillo: “Las patadas y los puños deben ser muy exactos y en la altura precisa, de lo contrario la calificación baja. Además, siempre sientes la tensión de estar frente a otros competidores muy preparados”. Señala que entre los mayores retos que enfrentó, está la exigencia física, alcanzar la altura ideal en las patadas y la presión emocional al no lograr un movimiento correcto. Pese a ello, afirma que el freestyle le dejó enseñanzas valiosas sobre disciplina, expresión corporal y creatividad en el deporte.

Cómo todo deporte, a cada deportista le deja miles de vivencias y el freestyle no se queda atrás, Sebastián Mogrovejo, cinturón rojo, que practica desde los 8 años le ha permitido aprender acrobacias y vivir experiencias únicas, “Lo chévere es ver cómo todos te observan y logras impresionarlos con tus acrobacias. Lo más importante es darla toda y salir con la moral en alto, dejar el nombre de tu club marcado en cada campeonato”.

El freestyle no busca derrotar a un oponente, sino conquistar al público con cada giro, cada salto y cada golpe de ritmo. Es una modalidad que, más allá de la técnica, invita a expresarse, a reinventar el arte marcial y a mostrar que en el taekwondo también hay espacio para la creatividad y la emoción. En cada presentación, estos atletas no solo compiten: cuentan una historia, dejan huella y demuestran que el tatami también puede ser un escenario para el arte.


 ¿Dónde entrenar? Dirección Contacto
Escuela de Comfandi. Carrera 23 N° 26B-46 El Prado. (602)4859999

Liga Vallecaucana de Taekwondo. Coliseo el Pueblo 3187839085

Polideportivo los Guaduales. Cra. 9 Nte. #71-35

Taekwondo JANGSEUNG carrera 23 #55-29, piso 2 barrio el trebol 3026529290

 “El ritmo de la música siempre ayuda a fortalecer la postura y a darle sentido a cada movimiento”. 

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