Venezuela: ¿Intervención extranjera como amenaza o como ‘salvación’?

Venezuela: ¿Intervención extranjera como amenaza o como ‘salvación’?

Autor:  Pedro Pablo Aguilera

Venezuela llega a diciembre de 2025 inmersa en una profunda crisis de legitimidad y un escenario geopolítico de alta tensión. Tras una controvertida toma de posesión en enero, el país se encuentra en una situación de doble poder de facto, con el gobierno insistiendo en su continuidad y la oposición, liderada por Edmundo González Urrutia y María Corina Machado, sosteniendo haber ganado en las urnas. Esta disputa interna se ha exacerbado por una escalada de confrontación con Estados Unidos que ha incluido el cierre del espacio aéreo venezolano y el despliegue de radares estadounidenses en la región, elevando el riesgo de una confrontación militar.

El actual debate sobre una potencial intervención extranjera no es nuevo en el contexto venezolano. La historia del país, rica en conflictos, ha visto la presencia foránea ser interpretada con una peligrosa dualidad: no siempre ha sido vista unívocamente como una “invasión” o una agresión a la soberanía, sino que, en momentos clave, ha sido considerada un factor catalizador o, incluso, una fuente de apoyo para facciones internas en pugna.

Desde las guerras de independencia, donde la figura de extranjeros como el general Rafael Urdaneta (nacido en lo que hoy es Colombia, pero que se unió a la causa venezolana) o las legiones británicas jugaron un papel crucial, hasta las injerencias económicas y políticas del siglo XX, la relación de Venezuela con el exterior ha sido compleja. En los albores de la república, la intervención de potencias europeas para cobrar deudas (como el bloqueo naval de 1902-1903) cimentó un profundo nacionalismo anti-intervencionista. No obstante, ese mismo nacionalismo a menudo ha sido cooptado por regímenes de turno para deslegitimar a sus opositores, tildándolos de “traidores” o “lacayos” del imperio.

En el contexto actual, donde el gobierno combina castigo y propaganda para tratar a la disidencia como una “amenaza estructural” , la oposición se ve obligada a ajustar su narrativa para evitar cualquier asociación con una posible intervención extranjera. Su estrategia ha evolucionado hacia la defensa de la soberanía popular como la respuesta legítima tanto a la pérdida de libertades internas como al deterioro de la estabilidad regional. La oposición, con figuras como González y Machado, insiste en que la crisis de legitimidad del gobierno es el verdadero origen de las tensiones internacionales, y que el cierre del espacio aéreo refleja la erosión de la soberanía popular, no su defensa.

El reto histórico que enfrenta la oposición en este diciembre de 2025 es inmenso: ¿Cómo actuará ante una intervención extranjera en un país profundamente nacionalista? ¿Justificará la oposición un acto que la historia podría condenar como traición, o se mantendrá distante de las tropas si llegaran a intervenir? La historia no ofrece una respuesta clara, sino una advertencia: la narrativa de la “salvación” extranjera tiene la capacidad de polarizar y, finalmente, deslegitimar a quienes la invocan.

El gobierno de Nicolás Maduro no solo enfrenta una crisis política y diplomática simultánea, sino que su círculo de seguridad más estrecho está supeditado a una influencia extranjera particular de la poco se habla: Cuba. Los asesores y tropas especiales cubanas, las llamadas “avispas negras” son el “cinturón de seguridad” más cercano al líder chavista son, paradójicamente, tanto su sostén como su potencial debilidad.

Esta presencia cubana, ha convertido a Maduro en una especie de “rehén” de la isla. Y es que las decisiones estratégicas, especialmente aquellas relacionadas con la confrontación con Estados Unidos, pasan por el prisma del análisis de La Habana pues su supervivencia le va en ello.

En el contexto de la escalada con la administración de Donald Trump —cuyo impulso de una “política de línea dura” desencadenó el incidente del espacio aéreo —, se cree que los asesores cubanos están aconsejando a Miraflores que la movilización militar de Washington es un “gigantesco bluf” y no un preludio a una intervención real. Esta evaluación se basa en:

  1. La Habana depende de Venezuela y sabe que un cambio de sistema en Caracas es la caída suya. Su análisis tiende a minimizar la voluntad de Washington de comprometer tropas en una guerra terrestre en un país con una geografía compleja y una población supuestamente preparada para la resistencia, incluso si es solo propaganda.
  2. La Interpretación de la Política de Trump: La línea dura de Trump es vista por los cubanos como una táctica de presión máxima, diseñada para forzar una implosión interna o una negociación de última hora, no una invasión.
  3. El Costo Político y Militar: Los asesores cubanos son conscientes del enorme costo político y humano que implicaría una intervención militar en Venezuela para EE. UU., un factor que, según su lectura, disuade incluso a los elementos más belicistas de Washington.

Este consejo, sin embargo, es un arma de doble filo. Al alentar a Maduro a tratar las amenazas como un “bluf”, Cuba podría estar llevando al gobierno a un error de cálculo fatal. Si la escalada militar no es una simulación, la ceguera inducida por el asesoramiento cubano podría dejar a Venezuela expuesta a consecuencias devastadoras. El incidente aéreo ya es visto por algunos analistas como algo más que un “simple choque diplomático”, y el equilibrio de la balanza sigue siendo incierto.

Mientras la tensión internacional aumenta y la represión interna se intensifica con órdenes de captura y detenciones masivas de activistas, la oposición ha configurado un frente dual que busca la máxima efectividad.

  1. Liderazgo Interno: María Corina Machado mantiene el liderazgo interno, a pesar de su cambiante situación legal. Su figura está fortalecida por el Premio Nobel de la Paz que recibió en 2025, un capital simbólico que utiliza para presionar por una salida institucional.
  • Su plan para las “primeras 100 horas” de una transición hipotética sirve como un punto de referencia y esperanza para sus seguidores.
  • Sobre la crisis aérea, Machado ha sido clara: la postura confrontativa del gobierno lo debilita internacionalmente, e insiste en que la única solución viable pasa por un retorno al orden democrático. Su enfoque en la crisis doméstica y la presión institucional es clave para evitar la trampa de la asociación con la intervención extranjera.
  1. Ofensiva Exterior: González, López y Guaidó

Desde el exterior, figuras clave han consolidado una estrategia coordinada:

  • Edmundo González Urrutia: Desde España, mantiene una ofensiva diplomática respaldada por el reconocimiento de un grupo de países como “presidente electo”. Su rol es mantener la presión externa, subrayando que la crisis de legitimidad interna es el origen de las tensiones internacionales y que el cierre del espacio aéreo es prueba de la erosión de la soberanía popular.
  • Leopoldo López: También en España, opera como un articulador político internacional. La amenaza gubernamental de retirarle la nacionalidad venezolana le sirve para denunciar prácticas que califica como totalitarias. López enfoca su discurso en la represión doméstica y evita que la confrontación con Estados Unidos eclipse las denuncias sobre derechos humanos, manteniendo el foco en la ruptura del pacto democrático interno.
  • Juan Guaidó: Desde el exilio, su rol es de continuidad histórica, manteniendo viva la narrativa de resistencia democrática surgida en 2019. Respalda la estrategia de Machado y González, buscando mostrar que la oposición opera como una estructura estable y coherente, incluso desde la diáspora.

Este esquema dual configura un frente opositor más ordenado que en ciclos anteriores, aunque sujeto a presiones internas y externas, y con el imperativo de desvincular su agenda democrática de cualquier lectura intervencionista.

Diciembre de 2025 halla a Venezuela atrapada entre dos legitimidades en disputa y un gobierno que enfrenta una crisis multifacética: política, diplomática y de autoridad. El enfrentamiento con EE. UU. y el cierre del espacio aéreo representan un posible punto de inflexión, cuyo desenlace —negociación, escalada o estancamiento prolongado— aún pende de un hilo.

La presencia de asesores cubanos, la polarización histórica sobre la intervención extranjera, y la necesidad de la oposición de afirmar su soberanía popular, configuran un panorama volátil. El tiempo dirá si la apuesta del régimen por ver la amenaza norteamericana como un “bluf” es acertada, o si la historia de Venezuela se escribirá una vez más bajo la sombra de la injerencia foránea, con la interrogante de si el extranjero será percibido como invasor o, trágicamente, como un improbable “salvador”. Pero no cierto es que Maduro es un dictador y eso esta fuera de toda argumentación.

Yo doy por descontado que habrá acciones militares norteamericanas, pero no necesariamente una invasión. Ataques aéreos puntuales y golpes de mano de equipos de Seals para acciones de sabotaje y capturas puntuales. ¿Habrá resistencia cubano-maduristas o será como en Granada 1993 cuando la 82 división en 72 horas controló el país con rendición incondicional del contingente militar cubano, y se marchó dejando un gobierno de transición? Pienso que será así, al estilo Panamá 1989, quirúrgico y sin mayor costo de vidas.

El desenlace de esta encrucijada determinará no solo el futuro político de Venezuela, sino también su mapa regional e internacional, especialmente en zonas sensibles como la frontera con Colombia.

Este esquema dual configura un frente opositor más ordenado que en ciclos anteriores, aunque sujeto a presiones internas y externas, y con el imperativo de desvincular su agenda democrática de cualquier lectura intervencionista”.

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Cuando el cuerpo tiembla, pero el alma no se rinde.

Cuando el cuerpo tiembla, pero el alma no se rinde

En medio del duelo y del Párkinson, Aura Cecilia Londoño encontró en una caminata terapéutica la manera de reconciliarse con su cuerpo y su dolor.

Por: Adriana Lucia Cabezas

Facultad de Humanidades y Artes

El temblor de sus manos parecía llevar la carga de toda una vida. Su cabeza no dejaba de moverse, como si cada sacudida fuera un intento de escapar del dolor que habita en su alma. Aura Cecilia Londoño, a pesar de cargar una tristeza infinita, la herida reciente de haber perdido a su único hijo y de estar luchando contra una enfermedad que ha padecido desde niña, esa mañana, cada paso se convirtió en un acto de resistencia, su manera de decirle al Párkinson que no sería más fuerte que ella.

La mañana empezaba con calma, el sol iluminaba con suavidad el punto de encuentro, el clima era perfecto, a las nueve en punto, las primeras personas empezaban a reunirse en el parque al frente de la Clínica Fundación Valle del Lili en la sede del Limonar. De repente apareció Cecilia, caminaba muy despacio, se apoyaba de un bastón, vestida con una sudadera gris oscura, una camiseta gris, unas lentes de sol y aunque no se podía percibir una simple vista, también estaba vestida de fuerza.

Andaba acompañada por Amparo su amiga de la infancia, su perrito Lucas y sus sobrinos Miguel y Beatriz, todos unidos por un mismo propósito, que Cecilia se sintiera más tranquila y acompañada.

Unos minutos después de que Cecilia llegara, le entregaron una camiseta, representante del evento, que decía “tercera caminata, muévete por el Párkinson”, con ayuda de su sobrina Beatriz se puso la camiseta.

A las nueve y veinte de la mañana, antes de iniciar la caminata, los participantes se organizaron para hacer el calentamiento.

La fisioterapeuta Lady Joana Lucio, especialista en neurorrehabilitación, dirigía los ejercicios de calentamiento “Vamos a mover las articulaciones con suavidad. Recuerden que el hígado maneja las emociones fuertes. Hoy liberamos tensión, soltamos el cuerpo, dejamos que el alma se mueva”, decía, mientras todos seguían sus instrucciones.

Cecilia se integró al grupo e intentaba seguir cada movimiento, a pesar de los temblores intensos en sus manos, movimientos incontrolables de su cabeza, que parecían intensificarse, no se rindió, hizo cada estiramiento con paciencia y esfuerzo.

Acompañarla requiere paciencia y amor. Verla hoy en este evento, me llena de orgullo…

Cuando comenzó la caminata, Cecilia decidió no usar su bastón, dijo, “quiero sentir que todavía puedo hacerlo”. Los primeros pasos fueron inseguros, a un lado la sostenía su sobrino, al otro un estudiante de fisioterapia, la ayudaban a mantener el equilibrio.

Su sobrina Beatriz la observaba con ternura. “Acompañarla requiere paciencia y amor. Verla hoy en este evento, me llena de orgullo”. 

Miguel, con la voz baja, agregó: “Ella está pasando por un momento muy difícil y en estos momentos está en una crisis, pero no se rinde”.

Poco a poco, el vaivén incontrolable de su cabeza empezó a suavizarse y el temblor de sus manos se volvió menos cruel.

La caminata no solo le daba equilibrio físico, también le regalaba calma. Cada paso era una pequeña victoria, Cecilia se liberaba por un momento de la tormenta que la consume desde que perdió lo más amado, a su hijo, a quien ni siquiera pudo despedir.

Su amiga Amparo, comentó “esa pérdida la dejó muy mal, la tiene alterada, cuando su hijo murió, él se encontraba fuera del país, por su condición no pudo viajar y desde que llegaron las cenizas del hijo a la iglesia de San Antonio, ella no volvió a ser la misma”.

El dolor de esa pérdida había empeorado sus síntomas. La enfermedad, que la acompañaba desde niña, parecía ensañarse con ella tras el duelo. Pero en ese recorrido, Cecilia recuperó la tranquilidad. Cada paso era un triunfo íntimo, invisible para muchos, pero gigantesco para ella.

“Las emociones influyen directamente en el Párkinson. Las emociones fuertes intensifican los temblores. Pero la compañía, el amor y la tranquilidad ayudan a estabilizar. Es como si el cuerpo responde a la esperanza”, afirmó Lady Lucio.

A mitad del trayecto, Cecilia comentó que se sentía adolorida, le dolían mucho las piernas y brazos; pero no se iba a dar por vencida.

Miguel recordó que esto se debía a que Cecilia había tenido dos operaciones por algunas caídas que había sufrido.

Al notar su cansancio, Miguel le susurró: “Vamos, tía, ya casi llega”.

 Ella apretó su mano, respiró profundo y dijo: “No voy a darme por vencida, a pesar del dolor”.

Cecilia seguía caminando. Aunque los movimientos involuntarios no desaparecieron, ya no la dominaban. Su cuerpo parecía agradecer cada paso, cada aplauso, cada palabra de aliento.

Estando a punto de llegar a la meta Cecilia mencionó que se sentía muy tranquila, que la paz y serenidad que la invasión en ese momento era indescriptible.

Faltando unos cuantos metros para llegar a la meta, Miguel agarró su celular para tomarle algunas fotos y grabar el proceso de Cecilia, se sintió muy orgulloso de su tía; la llenaba de elogios y la animaba para que diera sus últimos pasos.

Al sentir como sus sobrinos estaban tan orgullosos y emocionados por ella, esto le dio un mayor impulso para llegar a la meta.

Los aplausos llenaron el parque cuando Cecilia cruzó la meta. Sus ojos se inundaron de lágrimas, en su rostro se podía percibir la felicidad que invadía su cuerpo, a cualquiera que veía le transmitía una ternura indescriptible.

Le colgaron una medalla verde sobre el pecho. “Sentí una paz… como si todo se calmara dentro de mí”, dijo, con la voz temblorosa pero firme. 

Sus sobrinos, Lucas y Cecilia se tomaron más y más fotos.

Al final, mientras un grupo de adultos mayores bailaba tango, Cecilia observaba en silencio. Ya no temblaba tanto. Sus movimientos eran más suaves, casi imperceptibles.

Después de la presentación de tango, a Cecilia la invadió un silencio profundo y pareció que por un momento se perdía en sus propios pensamientos.

Sus sobrinos y su mejor amiga comentaban que están en busca de alguien que le brinde acompañamiento a Cecilia, Amparo mencionó que “El único compañero de ella es Lucas, aunque el trato de estar con ella 24/7 a veces es complicado, ella necesita mucho acompañamiento” .

Esa tarde, Cecilia regresó a su casa en el barrio San Antonio, acompañada por Amparo, sus sobrinos y su perrito Lucas. Llevaba puesta la camiseta blanca del evento y la medalla sobre su pecho. Aunque el párkinson le robe el control, y el duelo la sacuda, Cecilia sigue caminando, paso a paso, temblor a temblor. 

Y con cada paso, demuestra que el alma puede ser más fuerte que el cuerpo. 

Sus ojos se inundaron de lágrimas, en su rostro se podía percibir la felicidad que invadía su cuerpo, a cualquiera que veía le transmitía una ternura indescriptible .

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La crónica narra la rutina silenciosa de Víctor, un vigilante que enfrenta la noche desde la portería de una unidad residencial en Cali. Entre rondas, café y el eco del silencio, su historia refleja la soledad, el cansancio y la disciplina de quienes cuidan mientras los demás duermen, recordando el valor invisible del trabajo nocturno.

Por: Tatiana Ramírez Laines

Facultad de Humanidades y Artes

El reloj marca las 5:45 de la tarde cuando Víctor llega a la portería de una unidad residencial en el barrio Limonar, al sur de Cali. Todavía queda luz, pero la jornada ya empieza. Ajusta el cinturón, acomoda el radio y recibe el arma de dotación. “Siempre llego un poco antes, para no correr. Hay que revisar todo lo que uno recibe”, dice mientras firma la minuta y anota que todo está en buenas condiciones. Mientras firma la minuta, una residente pasa con su perro y lo saluda. “Don Víctor nunca falta, siempre está ahí”, dice doña Patricia, vecina de la casa 13. Él sonríe, acostumbrado a esas voces que lo acompañan al comienzo de cada turno.

Lleva ocho años en este trabajo. “Me acostumbré a la noche porque no había otra opción. En el día no hay casi puestos.” Sus jornadas son de doce horas seguidas, con un solo día de descanso a la semana. “A veces el cuerpo no distingue si es martes o domingo. Uno duerme cuando puede, no cuando quiere.” En esta portería pasará doce horas de turno, por un salario mensual cercano al mínimo, sin derecho a dormirse ni un minuto.

En Cali, miles de vigilantes cumplen turnos similares en conjuntos residenciales, empresas y colegios. Son quienes velan por la seguridad cuando la ciudad duerme. Su oficio mezcla disciplina, resistencia y observación, deben permanecer alerta ante cualquier ruido o movimiento, aunque la noche parezca tranquila.

“Lo más duro es cuando la familia está despierta y uno no”, cuenta. Vive con su esposa y su hija menor de 13 años que estudia en primaria. “Ella me dice que soy como un búho, porque cuando ella se levanta yo me acuesto y cuando se acuesta yo me levanto.”

En la caseta, el silencio empieza a instalarse y el cambio de luz anuncia el inicio de otra larga noche…

El compañero que entrega el turno le pasa también el bastón eléctrico y las llaves. Aunque tiene un arma asignada, solo puede usarla en casos extremos, cuando su vida o la de un residente esté en peligro. La empresa los capacita, pero les recuerda siempre que la prioridad es prevenir, no disparar. En la caseta, el silencio empieza a instalarse y el cambio de luz anuncia el inicio de otra larga noche. Afuera, en el parque, los niños juegan por última vez antes de que los llamen a cenar y adentro, el vigilante se prepara para cuidar la calma de los demás.

“Mi esposa me empacó la comida antes de venir- cuenta-. Hoy me mandó carne con arroz y ensalada. A veces le pone algo dulce porque dice que las noches son largas”. En el microondas calienta su plato y deja el termo con café al lado. Pues sabe que esa bebida será su mejor aliada.

“Una noche un gato se metió por debajo de la puerta y tumbó el termo. Yo pensé que era un ladrón, agarré el radio y la lintern y era el gato lamiendo el piso. Me reí solo, pero el susto fue terrible”

Cuando el reloj marca las seis en punto, la portería se convierte en su mundo. Empieza el movimiento: entran carros, se registran visitantes, saludan residentes. Cada ingreso queda anotado en el libro de control, como si las páginas fueran testigos de todo lo que pasa.

Con el paso de las horas, la unidad se apaga. Las luces de los apartamentos parpadean una a una, los televisores bajan el volumen y la calle queda vacía. Desde su silla, el vigilante observa cómo poco a poco la unidad va quedando en silencio.

De vez en cuando revisa las cámaras del circuito cerrado. “Uno aprende a conocer el lugar solo por los sonidos. Si algo suena distinto, algo pasa”, comenta sin apartar la vista del monitor. En las pantallas, los pasillos lucen tranquilos; solo se mueven los gatos que ya son parte de la rutina nocturna.

En la caseta, el silencio es tan grande que el ruido del radio suena como un recordatorio de que no está solo. “Para quemar tiempo, a veces miro una serie, pero con los audífonos bajito” aclara “Uno no puede distraerse mucho, pero también toca quemar tiempo, las noches son eternas”.

Cerca de las once, un residente recibe un domicilio y al pasar por la portería le dice: “Buenas noches, don Víctor”, Víctor le devuelve el saludo con una sonrisa, sabiendo que para él la noche apenas va por la mitad. “Ellos duermen, pero uno sigue despierto”, dice mientras anota la llegada del domiciliario en el libro de control.

Recuerda también una Navidad en la que le tocó el turno. “A las doce se escuchaban la pólvora, la gente abrazándose, música por todo lado. Yo estaba solo con mi termo de café. Esa noche sí sentí la soledad más fuerte y estuve muy nostálgico.”

A las once de la noche, la unidad queda completamente dormida. Es la hora en que el cuerpo empieza a pedir cama, pero el deber lo obliga a mantenerse despierto. Cada hora, la empresa exige un reporte por radio. “Todo bien, sin novedad”, responde siempre con voz firme.

Entre ronda y ronda, revisa los puntos de marcación. Son quince en total, distribuidos por toda la unidad. “Toca marcarlos cada cuarenta minutos. Es la forma de demostrar que uno sí está trabajando”, explica mientras enciende la linterna. El sonido de este interrumpe el silencio.

Camina por el parque, por los pasillos, por las casas, revisa los carros, los seguros, las rejas. El viento sopla fuerte y mueve las hojas de los arbustos. A veces, los gatos lo acompañan, corriendo de un lado a otro. Cuando regresa a la caseta, calienta otro café. “El tinto no puede faltar, dice sonriendo. Es el único que no lo abandona a uno.”

En las cámaras, todo parece tranquilo. Pero su mente no descansa “Hay noches en que no pasa nada y uno igual termina cansado.”

A eso de la una de la mañana, el sueño golpea más fuerte. Es la hora en que la ciudad parece suspendida De pronto, un ruido lo sobresalta. Se levanta de inmediato, toma la linterna y apunta hacia el sonido. Entre las sombras, algo se mueve rápido, cuando alumbra, descubre a un gato saltando sobre una caneca de basura. Suspira, medio riéndose, “Siempre hay sustos. A veces no es nada, pero uno no puede confiarse”.

Ya más tranquilo, entre las dos y tres de la mañana, se dispone a colocar los avisos de pico y placa en las puertas vehiculares, es parte de la rutina asegurarse de que todo quede listo antes del amanecer. Mientras los pega, vuelve a mirar alrededor, por si acaso.

Poco después llega el supervisor, el vehículo se detiene frente a la portería y pregunta por las novedades. “Todo en orden”, responde él, con la tranquilidad de quien sabe que todo salió bien.

A las cinco de la mañana, el cielo empieza a aclarar. “Cuando veo el amanecer, siento que al fin podré descansar”.

Prepara la minuta final, anota lo que pasó, lo que no pasó, deja todo listo para su compañero. Revisa por última vez las cámaras, guarda la linterna y acomoda el radio sobre la mesa.

Afuera, los primeros residentes salen apresurados, camino al trabajo. Algunos lo saludan con un gesto, otros pasan sin mirar. Finalmente, entrega la dotación, firma la salida y recoge su mochila.

Al salir de la caseta, el aire fresco de la mañana lo golpea suave. Camina hacia su moto, se coloca el casco y enciende el motor. “Yo cuido el sueño de los demás, pero el mío empieza cuando sale el sol”

Uno aprende a conocer el lugar solo por los sonidos. Si algo suena distinto, algo pasa”.

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María Isabel Amador, la mujer que se levanta como el ave Fénix en las calles de Cali.

María Isabel Amador, la mujer que se levanta como el ave Fénix en las calles de Cali.

Un relato que retrata la vida de una mujer que, entre el dolor y la fe, ha hecho de las calles su escenario de resistencia. A través de su historia se revela el rostro oculto de la lucha diaria en una ciudad que pocas veces mira a quienes la sostienen desde la pobreza, pero que aún encuentran en la esperanza una forma de seguir de pie.

Por: Valentina Velásquez

Facultad de Humanidades y Artes

El sol apenas aparece entre las calles de Cali cuando María Isabel Amador, con pasos lentos y dolorosos, acomoda su carrito de dulces en una esquina del sector conocido como Puerto Rellena. Son las seis de la mañana. El aire todavía es fresco, y ella, vestida con una blusa roja desgastada, una sudadera negra que ha perdido el color con los años y unas sandalias viejas empieza su jornada. Toda su ropa se ve igual, uno que otro roto, costuras remendadas y mucho desgaste.

María Isabel es una mujer de piel color canela, aunque dice entre risas que cada día se ve más quemada por el sol. “Yo le digo a mi hija que ya parezco una arepita volteada del sol, morenita, arrugadita y con el pelo ya poquito, pero así me gano la vida y aquí sigo, dándole batalla”, comenta la mujer.

Su rostro está lleno de arrugas profundas, esas que no solo deja el tiempo, sino también la vida dura. Cuando sonríe, se nota que falta uno de sus dientes delanteros, pero su gesto sigue siendo cálido y genuino. Su cabello crespo, corto y con espacios que dejan ver el cuero cabelludo, siempre va recogido con un gancho de plástico. Hay algo en su mirada que mezcla cansancio y dulzura.

Sus manos, curtidas por el trabajo y el tiempo, sujetan con fuerza las bolsas de platanitos, bananas, chicles, bianchis y bombones que le ayudan a sobrevivir. A sus 64 años, Eliza, como muchos la llaman, se mueve con dolor y esperanza. 
“Me levanto, me caigo, vuelvo y me levanto”, suele decir, con una mezcla de resignación y fe. Su historia, marcada por las cicatrices de la vida, es la de una mujer que ha hecho de la lucha su único soporte.

A esa hora, el semáforo aún parpadea entre verde y rojo, y ella aprovecha cada cambio. Cuando el rojo se enciende, se levanta del suelo con esfuerzo y pasa por las primeras filas de carros ofreciendo lo que tiene. A veces sonríe con timidez, otras con picardía. “¿Me colaboras, mi amor? ¿Un dulce, mi reina?”, dice, con una calidez que desarma a cualquiera. Cuando el semáforo cambia a verde, vuelve a su sitio y se recuesta sobre una sábana vieja extendida en el piso, esperando a que lleguen los siguientes carros. Son pocas las personas que se acercan, pero cuando lo hacen, María Isabel los atiende como si fueran amigos de años. Tiene un don natural para la cercanía, una voz suave, y una sonrisa que, pese a todo, nunca se apaga.

A mí me da pesar verla con tanto dolor y con ese nietecito enfermo. Uno ve que ella no se rinde, que trabaja desde que amanece hasta que anochece, y eso a mí me toca el corazón

Tenía apenas 20 años cuando su vida dio un giro definitivo. Un accidente de tránsito, en el que murió su padre y la dejó inválida durante 14 años. “Arrastrándome en el suelo, así pasé esos años”, recuerda la mujer. Ningún médico parecía tener una respuesta para su condición hasta que apareció el doctor Walter, de la Clínica Imbanaco, quien la operó y le devolvió la esperanza de caminar.

Durante siete años pudo andar con normalidad, hasta que una caída lavando el piso de la cocina donde vivía, le dañó la cirugía y el tormento comenzó de nuevo. La segunda operación no tuvo los mismos resultados y, desde entonces, sus dolores se volvieron algo constante. Ahora, mientras el rechazo a la prótesis de su rodilla amenaza con empeorar su situación, María Isabel dice con firmeza que no quiere más cuchillas en su cuerpo. “Ya son demasiadas cirugías”, confiesa.

El reloj marca la una de la tarde. El tráfico ha bajado un poco y el sol golpea fuerte. María Isabel se sienta en el suelo, bajo una sombra improvisada, y saca una lonchera vieja de color rosado, de la que extrae una botella de Coca-Cola llena de aguapanela. A su lado, una refractaria plástica, lleva un poco de arroz y un trozo de salchicha manguera. “Esto me lo regaló una vecina”, comenta.

En los días buenos puede comer así; en los malos, solo le alcanza para un pan y la misma aguapanela. Come despacio, mirando el semáforo que no deja de parpadear frente a ella, esperando para dejar a un lado su comida y pararse a ofrecer su bolsa de dulces.

Su vecina, doña Claudia, la observa a veces desde su ventana. Ella también es una mujer humilde, vendedora ambulante de empanadas, en la galería de Santa Elena, pero cuando puede, le guarda un poco de comida para María Isabel. “A mí me da pesar verla con tanto dolor y con ese nietecito enfermo. Uno ve que ella no se rinde, que trabaja desde que amanece hasta que anochece, y eso a mí me toca el corazón. Yo no tengo mucho, pero de lo poquito que hay en mi casa, siempre le saco algo a doña Eliza. Lo hago de corazón porque se lo merece”, dice doña Claudia.

María Isabel sonríe al escucharla hablar y asiente en silencio. Sabe que esas pequeñas ayudas son un respiro en medio del cansancio de sus días.

Su vida, sin embargo, no solo tiene marcas de dolor físico. También cuida a su hija, quien sufre ataques epilépticos, y a su nieto que ha pasado por ocho cirugías en su pierna debido a un accidente. “Yo velo por ellos”, dice con voz cansada.

El dinero que gana vendiendo dulces y ropa de segunda que le regalan algunas personas no alcanza para cubrir sus gastos principales, como lo es el arriendo en el barrio Santa Elena de $700.000 pesos ni para sostener a su familia. A veces debe pedir ayuda, y aunque dice que es difícil, agradece las manos solidarias que se le tienden. “Hay mucha gente aquí en Cali que me ha ayudado, gracias al Señor Jesucristo”.

A medida que avanza la tarde, entre las tres y las seis, María Isabel sigue su rutina. Cada vez que el semáforo se pone en rojo, se impulsa con las manos y se levanta del suelo, ofreciendo sus productos. Algunas bananas van de los 300 a los 500 pesos, otros paquetes como los plátanos y las galletas pasan de los mil, hasta los cuatro mil.

Los conductores la reconocen, algunos le sonríen, otros bajan el vidrio solo para escucharla decir: “Dios te bendiga, mi rey”. Cuando el sol comienza a esconderse, María Isabel se acomoda el cabello, se limpia el sudor con la manga de la blusa y sigue, paciente, hasta que cae la noche.

Desde el otro lado de la calle, Don Eliseo, el hombre que cuida los carros en un local frente al puesto, la observa a diario. “Esa señora tiene una fuerza que uno no entiende” dice mientras mueve su trapo en el aire y mira hacia los carros. “Llega todos los días antes que yo, con dolor y todo, y no se queja. A veces la veo cuando el sol está pegando duro y ella igual se levanta y saluda a la gente”.

Don Eliseo también cuenta que, cuando no hay mucho movimiento, se acercan a conversar unos minutos. “Ella siempre está pendiente de los demás. Si uno está enfermo o triste, es la primera que pregunta cómo va todo. Es una persona muy amable”.

Su historia también es la de una mujer que toca puertas que rara vez le abren. Ha escrito al Minuto de Dios, a la gobernadora, ha enviado cartas y videos mostrando su situación, pero las respuestas han sido mínimas. “Del Minuto de Dios me respondieron que van a ver de qué manera me pueden ayudar para darme un sitio donde no tenga que pagar arriendo, pero lo veo muy lejano”, cuenta la mujer. Aun así, no pierde la esperanza.

La alcaldía le ha dado en ocasiones paquetes de dulces para surtir su carrito y hasta $200.000 en una ocasión. De ahí, logra ahorrar y comprar para cuando su mercancía se acaba, dice que no tiene que comprar todo de cero, pues no siempre vende todo, entonces a lo largo de las semanas, va completando de sus ahorros o de sus mismas ganancias. María Isabel agradece esas pequeñas ayudas, aunque sabe que no son suficientes para salir adelante.

Antes de llegar a Cali, María Isabel oriunda del municipio La Tebaida, vivió cinco años en un ranchito improvisado a orillas del río, en una invasión. Recuerda ese tiempo con dolor y gratitud, porque, aunque fueron años difíciles la prepararon para ser fuerte. Hoy lucha para no volver a esas condiciones. Además, ayuda a su madre ciega, que vive sola en Zarzal, Valle. “Muchos me ven y piensan que tengo fuerzas, pero las fuerzas que yo tengo son las que Dios me da”, afirma.

Son casi las ocho de la noche cuando el bullicio de Puerto Rellena empieza a desvanecerse. María Isabel recoge con paciencia los dulces que no alcanzó a vender. Sus manos, lentas por el dolor, intentan acomodar las bolsas en el carrito que se ha convertido en su compañero inseparable. Con pasos lentos, lo empuja hasta llegar a la galería donde vive, un lugar humilde que para muchos no significaría nada, pero que para ella es un refugio, una trinchera donde cada noche vuelve a empezar de cero.

Mientras avanza entre calles iluminadas por luces amarillentas, piensa en su hija, en el niño al que cuida, en su madre ciega en Zarzal, y en las fuerzas que deberá encontrar al amanecer para seguir adelante. No hay que mirarla mucho para entender que su lucha es más grande que el espacio reducido de su carrito de dulces. Cada paso suyo habla de resistencia, cada respiración entrecortada revela el precio que ha pagado su cuerpo, y cada mirada hacia el cielo confirma que la fe sigue siendo el motor de su vida. “Si no fuera por Dios, yo ya no estaría aquí”, suele decir, convencida de que en la misericordia divina está la única ayuda que nunca se le ha negado.

En las noches, cuando por fin llega a casa y cierra la puerta detrás de ella, María Isabel siente el peso del día caer sobre sus hombros. El dolor de las manos y la pierna es insoportable, pero al mismo tiempo sabe que sobrevivió otra jornada más. Agradece en silencio, se persigna, y piensa que al día siguiente volverá a empujar su carrito con la misma determinación de siempre. Porque ella, como el ave Fénix que se nombra a sí misma, renace cada mañana entre las cenizas del dolor y la pobreza, aferrada a una sola certeza: que la dignidad también se construye en la calle, en cada gesto de resistencia y en cada intento por darle un futuro distinto a quienes dependen de ella.

Ella siempre está pendiente de los demás. Si uno está enfermo o triste, es la primera que pregunta cómo va todo. Es una persona muy amable”.

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Semilleros que inspiran: creatividad e investigación brillan en Soy Semilla

La Facultad de Humanidades y Artes vivió una nueva edición de Soy Semilla, una jornada dedicada a la iniciación científica que reunió a estudiantes y docentes en un espacio de creación, investigación y diálogo académico.

Por: Maria José Paz López

Facultad de Humanidades y Artes

El 13 de noviembre, entre las jornadas de 8:00 a.m. a 12:00 p.m. y de 2:00 p.m. a 5:00 p.m., la Universidad Santiago de Cali abrió nuevamente las puertas de Soy Semilla, un evento que se ha consolidado como uno de los encuentros más importantes para fortalecer la cultura investigativa dentro de la Facultad de Humanidades y Artes. Esta edición integró a los diferentes programas académicos para compartir procesos, metodologías y resultados que demuestran la vitalidad investigativa de nuestros estudiantes.

Durante la jornada, los asistentes pudieron recorrer la muestra de 54 pósteres académicos, elaborados por estudiantes que, desde distintas áreas del conocimiento, expusieron sus avances en investigación. Estos trabajos fueron exhibidos en el Vid 8, tercer piso, y permitieron un diálogo directo entre los autores, docentes evaluadores y la comunidad universitaria interesada en conocer nuevas perspectivas y procesos de creación. 

Soy Semilla les permitió fortalecer sus habilidades de exposición y mejorar la calidad de su proyecto a partir de los comentarios docentes

Además, se presentaron 37 anteproyectos de trabajo de grado, los cuales fueron socializados ante profesores evaluadores encargados de revisar, retroalimentar y orientar cada propuesta. Para Georgie Echeverri, director del CISOH, Soy Semilla representa “un ejercicio de conversación alrededor de lo que es investigar, para que los estudiantes vean que investigar es enriquecedor y se puede abordar de múltiples maneras”. Esta visión refuerza la intención formativa del evento, que busca sembrar el interés por la investigación desde los primeros semestres.

El director del programa de Publicidad, Harry Meza Delgado, resaltó que la experiencia constituye “una gran oportunidad para fortalecer el desarrollo investigativo de cada programa”, ya que propicia el vínculo con otras disciplinas, fomenta la innovación y estimula la creatividad como eje fundamental en la formación profesional. Para los estudiantes, este intercambio representa un escenario real para presentar ideas, debatirlas y recibir retroalimentación constructiva. 

Los participantes también compartieron sus impresiones sobre el impacto del evento. Un grupo de estudiantes de cuarto semestre del programa de Publicidad, que presentó un proyecto sobre el uso del humor versus lo informativo en anuncios digitales para la marca Cerveza Poker, destacó que Soy Semilla les permitió fortalecer sus habilidades de exposición y mejorar la calidad de su proyecto a partir de los comentarios docentes. Para ellos, la experiencia no solo reforzó su proceso investigativo, sino que también se convirtió en una preparación clave para escenarios académicos futuros.

En conjunto, Soy Semilla reafirma el compromiso de la USC con la formación integral, la producción académica y el fomento de prácticas investigativas desde los semilleros. La jornada dejó en evidencia que la curiosidad, la creatividad y el rigor académico continúan creciendo en nuestros estudiantes, quienes día a día siguen sembrando nuevas ideas para transformar su entorno y proyectarse como investigadores en sus respectivas disciplinas. 

Soy Semilla representa “un ejercicio de conversación alrededor de lo que es investigar, para que los estudiantes vean que investigar es enriquecedor y se puede abordar de múltiples maneras.

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