“El Hilo Invisible”: Así fue la Investigación del libro Los Invisibles del M-19

“El Hilo Invisible”: Así fue la investigación del libro Los Invisibles del M-19

El libro Los Invisibles del M-19‘ -que ya completó su segunda edición – revela las historias olvidadas de los guerrilleros de la Operación Aeropesca, a través de la investigación de la periodista Olga Behar y Carolina Ardila, docente USC. Un testimonio que da voz a los “invisibles” del conflicto.

Por: Marycarmen Oliveros Villalobos

Facultad de Humanidades y Artes

La operación Karina fue una de esas historias que acapararon titulares en todo el país. Su hundimiento se convirtió en noticia, en leyenda. Pero pocos saben que la operación, “el Karina” fue apenas una parte de un plan mucho más amplio y que su continuación “la Operación Aeropesca” no solo existió, sino que fue un éxito rotundo del que casi nadie habla.

El eje del libro es la Operación Aeropesca, sucedido en 1981 cuando un grupo del M-19 desvió un avión cargado con más de quinientos rifles y decenas de miles de cartuchos hacia la selva del Caquetá. El relato parece sacado de una película de acción, pero aquí no hay actores ni extras: eran jóvenes de carne y hueso, con miedo, adrenalina y fe en una causa.

Era el 2021 y Olga Behar, escritora y periodista colombiana y junto a la politóloga y también escritora, Carolina Ardila, su hija, se encontraban juntas en la ciudad de Cali; ciudad en la que se hizo un evento organizado por los mismos desmovilizados del M-19 donde reeditaron el libro del Karina y fue en ese mismo evento, donde gracias a una charla una idea surgió.

Uno de los miembros de la Operación Karina, a quien Olga y Carolina conocían hacía varios años, les dijo, “Vengan, les voy a presentar a alguien.” Y a quien les presentó fue a Limberg, a Rafael Borda, quien fue el piloto de la Operación Aeropesca.

A la conversación se sumó su esposa Maya, quien fue también participe de esta increíble operación. A medida que la conversación avanzaba, más personajes iban surgiendo, muchos de ellos las escritoras los conocían por la vida misma, pero de igual manera a otros porque este no sería el primer libro de las escritoras en donde se indague sobre diferentes sucesos en el país.

Normalmente se cuentan las historias de la gente que tiene un reconocimiento, que tiene una fama, que tiene un poder, pero detrás de ello hay millones de historias que tal vez nunca escuchamos

Luego de tan enriquecedora charla, madre e hija decidieron indagar más, buscar más información y contar aquella otra cara de una operación que sí salió como se tenía planeado.

“A medida que ellos iban contando de ciertos personajes, nosotros íbamos pues llamándolos y diciéndoles ‘Venga, estamos escribiendo esto, por favor, ayúdenos'”, comenta Carolina, quien vio como reto personal, contar la historia de aquellos invisibles que querían volverse visibles.

Para Ardila, quien actualmente es docente de la Facultad de Humanidades y Artes de la USC, no es sorprendente que “cada hombre o mujer aquí en Colombia tenga una historia que contar y que normalmente se cuentan las historias de la gente que tiene un reconocimiento, que tiene una fama, que tiene un poder, pero detrás de ello hay millones de historias que tal vez nunca escuchamos”.

Al iniciar la búsqueda de los personajes, Carolina y Olga tenían claro que no querían entrevistar a ninguno de los excombatientes guerrilleros que han tenido posiciones de poder, a quienes han sido ministros, gobernadores, congresistas, sino a aquellas personas que estaban haciendo las operaciones, a los que se jugaron el pellejo haciendo las operaciones.

No fue una investigación de escritorio. Olga y Carolina recorrieron caminos, viajaron a Bogotá, Cali y el Eje Cafetero, se sentaron frente a antiguos guerrilleros que habían cambiado las armas por la incertidumbre de la vida civil. Entre notas, grabadoras y libretas, fueron armando un rompecabezas de memorias dispersas.

El proceso de escritura del libro no estuvo exento de retos, aunque nunca dudaron de querer hacerlo. Olga, con la disciplina de una veterana de redacción, trabajaba cuatro o cinco horas al día, prefiriendo las mañanas.

“No necesito prender una vela o un sahumerio”, asegura, acostumbrada a escribir en cualquier lugar, incluso con ruido, un hábito forjado desde sus 18 años. Sus libretas y lapiceros son testigos de las ideas que, a veces en diez papeles al día, iban nutriendo la obra.

Carolina, por su parte, se encontraba refugio en cafeterías, “apago todo y escribo”, buscando evadir las distracciones de la oficina y el hogar para concentrarse en las fases del libro.

Su título también fue proceso aparte, “en un principio íbamos a escribir un libro que en nuestra mente se llamaba Aeropesca, la operación invisible. Y el libro era Aeropesca”, comentó Carolina, sin embargo, los testimonios tenían otros planos.

Durante 4 años el libro se llamó “Aeropesca la Operación Invisible”. Cuando se envió el libro a la editorial Gustavo Mauricio este dijo, “Pero cómo le vamos a poner así, si ese es un solo capítulo”. Y ahí empezó esta conversación entre madre e hija de bueno, ¿cómo se va a llamar?

“Al principio creímos que estábamos escribiendo un libro sobre la Operación Aeropesca”, cuenta Carolina. “Pero a medida que empezamos a hablar con ellos, entendimos que el libro era mucho más: eran sus historias, su manera de recordar, de encontrarse y separarse hasta llegar a la desmovilización. Descubrimos que Aeropesca era solo el hilo conductor; detrás estaban las vidas invisibles que nadie había contado”.

Y fueron aquellas historias quienes dieron el nombre del libro, porque más que la historia de una Operación invisible es la historia de los invisibles, de esas personas que hicieron posibles las operaciones.

No obstante, mientras Behar y Ardila tejían y unían la historia siempre tenían presente, “nuestro deber no era juzgar, sino dejar testimonio, porque Colombia necesita memoria para no repetir la guerra”, comenta Behar.

Esa apuesta ética es quizás la mayor fuerza del libro: no se trata de justificar al M-19, sino de comprender por qué tantos jóvenes creyeron que la revolución era posible y cómo ese sueño terminó cruzado por violencia, torturas y, en algunos casos, muerte.

Al final, “el libro cuenta una verdad y esa verdad va a ser incómoda para algunos, va a ser liberadara para otros, va a generar como un sentimiento de reconocimiento para otros y seguramente también va a ser criticada”, concluye Carolina. Lo que importa, para ambas, es que la verdad sea contada.

Irónicamente, tanto Olga como Carolina se sienten cómodas en la invisibilidad personal; Olga la busca, Carolina prefiere que “el trabajo brille” a que ella misma como individuo lo haga. Una coherencia sutil con el propósito de su obra: dar luz a lo que por tanto tiempo, permaneció en las sombras.

Bajo el sol abrasador de Cali, en un encuentro cargado de memorias, Olga Behar y Carolina Ardila desentrañaron “Los Invisibles del M-19”. No es solo el eco de Aeropesca, es la carne y el hueso de quienes, en la clandestinidad, desafiaron al destino. Sus voces, garabateadas en libretas, susurran desde la selva hasta las calles. Este libro es un puñetazo al olvido, un grito que arrastra a sus páginas para escuchar, para sentir, para que no dejar que las historias mueran.

Nuestro deber no era juzgar, sino dejar testimonio, porque Colombia necesita memoria para no repetir la guerra .

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24 Años después: M-19: de lo popular a lo nacional

El 8 de marzo de 1990, el M-19 -liderado por su comandante Carlos Pizarro entregó las armas en su campamento de Santo Domingo, Cauca. El presidente de Colombia Virgilio Barco firmó el tratado de paz y el Movimiento 19 de Abril  dejó de ser un grupo armado, creando un partido político, Alianza Democrática.


En los acuerdos se concertó la elección de una Asamblea Nacional Constituyente, para el cambio de la constitución política. Además, la Asamblea promulgó el derecho al pluralismo de partidos políticos.

Análisis

Por: Jamir Mina Quiñónez @jamirlions
Sebastián Castillo Cuéllar @sebas_cuellar

ORÍGENES.

Para las elecciones del 19 de abril de 1970, el general Gustavo Rojas Pinilla se lanzó de nuevo a la presidencia, comicios que perdió con Misael Pastrana, al final deuna reñida disputa. Para muchos sectores políticos y sociales, esas elecciones fueron fraudulentas.

A raíz de la indignación popular por el supuesto robo, varios ex militantes de las FARC -encabezados por Jaime Bateman se unieron a representantes de la ANAPO, (movimiento del general Rojas) y conformaron un grupo insurgente al que llamaron Movimiento 19 de Abril.

Desde su inicio hizo acciones originales. La primera fue la creación de una campaña publicitaria en periódicos, con un espacio negro en el cual aparecían mensajes como: “¿falta de energía… inactividad? Espere”, “¿gusanos… parásitos? Espere M-19”.

Luego, el robo de la espada de Bolívar, el 17 de enero de 1974, cuando citaron al libertador: “No envainaré jamás mi espada hasta que la libertad de mi patria no esté completamente asegurada”.
En 1976, el M-19 conmocionó al país, al secuestrar al líder sindical José Raquel Mercado. En una decisión duramente cuestionada, lo ajusticiaron.

El país se encontraba –en el gobierno de Alfonso López Michelsen-  en una crisis social; esto nutrió las filas del M-19, que se perfiló como un grupo insurgente muy popular. Aunque sus inicios tuvo como cuna a Bogotá, rápidamente se extendió por todo el país.

SU LUCHA.

La mayoría de sus acciones eran urbanas. Educados bajo las teorías marxistas, sus militantes exigían cambios en la forma de gobierno. Una de sus peticiones era una constitución política, para reemplazar a la que regía desde 1886.

En el gobierno de Julio César Turbay (1978-1982), el M-19 realizó operativos de propios del séptimo arte:

• El 31 de diciembre de 1978 sustrajo unas cinco mil armas del Cantón Norte (una guarnición militar), después de construir un túnel de 80 metros desde una residencia aledaña, lo que generó una fuerte reacción de las Fuerzas Armadas, que capturaron a más de 300 guerrilleros quienes –según se ha comprobado jurídica e históricamente- fueron torturados, por lo que recuperaron casi todo el botín.
La estrategia de guerra era producir golpes político-técnico-militares. “En la recuperación de las armas del Cantón Norte se hizo un estudio muy serio de la zona, se llevaron expertos, gente que conocía de ingeniería, trabajadores, maestros de obra que sabían cómo trabajar la tierra. Eso fue una vaina muy estructurada”, afirma Rodrigo Castillo, ex militante del movimiento.

• El 27 de febrero de 1980 un grupo al mando de Rosemberg Pabón  se tomó la embajada de República Dominicana; entre los secuestrados estaba el embajador de Estados Unidos; con esta acción buscaban liberar a sus compañeros presos.

Su lucha también tuvo acercamiento a lo social; el grupo repartía mercados y medicinas en zonas marginadas, por eso ganaron respaldo entre los más vulnerable.

En 1983, el M-19 sufrió un duro golpe. Jaime Bateman murió en un extraño accidente aéreo en un viaje a Panamá  días antes había propuesto diálogos de paz al gobierno de Belisario Betancur. El proceso de tregua y diálogo nacional se concretó año y medio después, pero se frustró por mutuas desconfianzas.

Para 1985, el M-19 tenía más de 900 miembros, su lucha había atraído a centenares de jóvenes. Ese mismo año dieron su golpe militar más controversial.
El 7 de noviembre, un grupo de 35 jóvenes comandados por Andrés Almarales asaltó el Palacio de Justicia de Bogotá, hecho que dejó un saldo de aproximadamente 80 muertos y una docena de desparecidos.

Esta acción se debió al rompimiento de los diálogos por parte del gobierno y al señalamiento al M-19 como principal responsable; “después del fracaso de los diálogos, todos los medios de comunicación les cerraron las puertas y no los dejaban explicar lo ocurrido, entonces buscaron la forma de hacerse oír por la rama judicial, ya que su denuncia era contra el presidente de la república por traición”, indicó una fuente.

 DESMOVILIZACIÓN.

En 1989 se reiniciaron los diálogos con el gobierno de Virgilio Barco. Se pactó la desmovilización de la fuerza insurgente. Varios ex guerrilleros fueron asesinados por fuerzas de ultraderecha, entre ellos el propio Pizarro (dentro de un avión en pleno vuelo). Sin embargo, el grupo siguió adelante y hoy algunos de sus líderes están en el ruedo político, como Antonio Navarro Wolf, (senador electo). 24 años después, han demostrado que no hacen parte de la lucha armada y que le cumplieron al país.