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Compañera de Calle: la historia de Diego y Niña
Compañera de Calle: la historia
de Diego y Niña
Sin techo, pero con compañía. Diego, habitante de calle, ha encontrado en Niña una razón para levantarse cada día.
Autora: Lizeth Dayana Rojas Valencia
Facultad de Humanidades y Artes
Entre cartones, botellas y miradas indiferentes, Diego y su perrita Niña comparten algo más que la calle, un refugio mutuo contra la soledad.
En la carrera 36 con calle 5B3, justo frente al Estadio Pascual Guerrero, hay un pequeño local de comidas llamado El Placer del Paladar. En un rincón, bajo la sombra de una de las carpas del local, entre bolsas de reciclaje, Diego Delgado pasa sus días junto a su perrita Niña, una mestiza, pequeña, pelo corto blanco con manchas negras, de ojos dulces que se ha convertido en su familia, su refugio y su razón para seguir.
Diego tiene 63 años. Habla pausado, con la voz de quien ha aprendido a resistir.
“Logré terminar el bachillerato en el Colegio Santa Librada, pero se me quemó la pieza donde vivía; se me fueron los diplomas del Sena, los papeles, las cositas de niña, todo”, recuerda.
Nació en Buga, pero se crió en Cali, en el barrio Obrero. “Allá aprendí el arte del zapato, guarnecedor, cortador, de todo un poco. Pero la vida cambió y me tocó salir a reciclar para poder comer”.
Niña llegó a su vida hace años. Diego solía andar con dos perritas la madre de Niña y ella, hasta que hace tres años, en un accidente, un carro atropelló a la madre y la pequeña quedó sola. Desde entonces, los dos no se separan.
“Ella me calma la soledad. Ya tengo en quién pensar y estar pendiente. Donde yo voy, ella va. No me deja un metro solo”, dice mientras acaricia su lomo con cuidado.
La rutina de ambos empieza temprano. Diego recoge botellas y cartones por los alrededores del Pascual Guerrero, mientras Niña camina a su lado, vigilándolo. También ayuda a llevar bolsas o cargar cosas pesadas de los vecinos. Al mediodía, en el Placer del Paladar, Maricel Collazos, la dueña, les guarda un poco de comida.
Maricel los ve todos los días. A veces con paciencia, otras con exasperación, pero siempre con compasión. “Él es grosero, a veces se altera. Pero yo entiendo, eso es por el consumo. Igual le doy una sopita o un café. La verdad, lo hago más por la perrita. Ese animalito es el ángel de él”, dice.
Diego comenta, “la dueña del local me guarda los pedazos de carne que quedan de las personas para Niña o nos pasa comida”. Normalmente él come lo que a niña casi no le gusta.
Y aunque su vida es difícil, él tiene claras sus prioridades. “Primero come ella. Yo me reparto, pero su arroz solo no puede faltarle”.
Diego inspira ternura, pero Niña abre los corazones. Muchos vecinos piensan igual. “Por ella lo ayudan. Si fuera solo él, de pronto no tanto. Pero como está la perrita, la gente se acerca”, comenta Maricel, quien incluso ha participado en una colecta para ayudarle a comprar un nuevo carrito de reciclaje, luego de que le robaran el anterior.
Aunque vive en la calle, Diego procura mantener a Niña sana. “La tengo vacunada, desparasitada cada tres meses. En San Bosco hubo una jornada de veterinaria y la llevé. Le hicieron cirugía para que no la cojan los perros en calor. Ella siempre está gordita, más gorda que el dueño”, dice riendo.
No todos entienden su vínculo. Algunos peatones cuestionan que una persona sin techo tenga mascota. Diego responde sin dudar, “Si no les gusta tener un animal al lado, es mejor que no lo tengan. Pero si uno lo cuida, si lo alimenta, eso es lo que vale. Es una responsabilidad”.
Maricel lo respalda, aunque con matices. “Las personas dicen que le pega, pero yo no he visto eso. Yo digo que no. Ese animal lo protege, lo humaniza. Si la perra hablara, diría que él es lo único que tiene”.
Para muchos residentes del sector, como Diego Mauricio Oliveros, lo que se ve entre Diego y Niña va más allá de un simple acompañamiento. “Aquí podemos ver la verdadera definición de una compañía sincera e interesada por parte de ambos. No importa ni el lugar, ni la hora, ni las condiciones. Están juntos, cuidándose mutuamente”, comenta el vecino.
Esa compañía, que algunos juzgan, para otros representa un ejemplo de lealtad sin condiciones. “A veces tenemos el estigma de que los habitantes de calle no cuidan bien a los animales”, explica Diego Samudio. “Pero no se necesita ser millonario ni tener un doctorado para amar y cuidar. Es tener buen corazón. Yo he visto animales de la calle más cuidados y felices que muchos que viven bajo techo”.
Desde una perspectiva de la medicina veterinaria, Angeli Sanabria, estudiante de la Universidad Santiago de Cali, reflexiona: “El vínculo entre las personas en situación de calle y sus animales es complejo y diverso. En muchos casos, representa una relación de afecto, compañía y supervivencia compartida, donde ambos se sostienen emocionalmente frente a la exclusión social”.
Explica que estos animales pueden ser una fuente de estabilidad emocional, ayudando a reducir la ansiedad, la depresión y las crisis emocionales de sus dueños.
Cuando cae la noche y el bullicio del Pascual se apaga, Diego acomoda su “camarote” entre cartones y cobijas. Niña se acurruca a su lado. Él la cubre con un trapo viejo y dice “Ella me calma la soledad, señorita”.
En esa esquina donde el cemento es cama y el ruido reemplaza al silencio, un hombre y su perra se acompañan sin promesas, solo con presencia. En medio de la indiferencia urbana, el amor de Diego y Niña recuerda que incluso en la calle puede haber ternura, fidelidad y hogar.
Angeli concluye con una reflexión que resume la esencia de esta historia: “No se trata de idealizar ni de condenar, sino de entender las causas de fondo. Cuando una sociedad falla en garantizar oportunidades, el problema no es el vínculo entre el ser humano y el animal, sino el abandono institucional que los envuelve a ambos”.
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El vínculo entre las personas en situación de calle y sus animales es complejo y diverso. En muchos casos, representa una relación de afecto, compañía y supervivencia compartida, donde ambos se sostienen emocionalmente frente a la exclusión social”

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