María Isabel Amador, la mujer que se levanta como el ave Fénix en las calles de Cali.

María Isabel Amador, la mujer que se levanta como el ave Fénix en las calles de Cali.

Un relato que retrata la vida de una mujer que, entre el dolor y la fe, ha hecho de las calles su escenario de resistencia. A través de su historia se revela el rostro oculto de la lucha diaria en una ciudad que pocas veces mira a quienes la sostienen desde la pobreza, pero que aún encuentran en la esperanza una forma de seguir de pie.

Por: Valentina Velásquez

Facultad de Humanidades y Artes

El sol apenas aparece entre las calles de Cali cuando María Isabel Amador, con pasos lentos y dolorosos, acomoda su carrito de dulces en una esquina del sector conocido como Puerto Rellena. Son las seis de la mañana. El aire todavía es fresco, y ella, vestida con una blusa roja desgastada, una sudadera negra que ha perdido el color con los años y unas sandalias viejas empieza su jornada. Toda su ropa se ve igual, uno que otro roto, costuras remendadas y mucho desgaste.

María Isabel es una mujer de piel color canela, aunque dice entre risas que cada día se ve más quemada por el sol. “Yo le digo a mi hija que ya parezco una arepita volteada del sol, morenita, arrugadita y con el pelo ya poquito, pero así me gano la vida y aquí sigo, dándole batalla”, comenta la mujer.

Su rostro está lleno de arrugas profundas, esas que no solo deja el tiempo, sino también la vida dura. Cuando sonríe, se nota que falta uno de sus dientes delanteros, pero su gesto sigue siendo cálido y genuino. Su cabello crespo, corto y con espacios que dejan ver el cuero cabelludo, siempre va recogido con un gancho de plástico. Hay algo en su mirada que mezcla cansancio y dulzura.

Sus manos, curtidas por el trabajo y el tiempo, sujetan con fuerza las bolsas de platanitos, bananas, chicles, bianchis y bombones que le ayudan a sobrevivir. A sus 64 años, Eliza, como muchos la llaman, se mueve con dolor y esperanza. 
“Me levanto, me caigo, vuelvo y me levanto”, suele decir, con una mezcla de resignación y fe. Su historia, marcada por las cicatrices de la vida, es la de una mujer que ha hecho de la lucha su único soporte.

A esa hora, el semáforo aún parpadea entre verde y rojo, y ella aprovecha cada cambio. Cuando el rojo se enciende, se levanta del suelo con esfuerzo y pasa por las primeras filas de carros ofreciendo lo que tiene. A veces sonríe con timidez, otras con picardía. “¿Me colaboras, mi amor? ¿Un dulce, mi reina?”, dice, con una calidez que desarma a cualquiera. Cuando el semáforo cambia a verde, vuelve a su sitio y se recuesta sobre una sábana vieja extendida en el piso, esperando a que lleguen los siguientes carros. Son pocas las personas que se acercan, pero cuando lo hacen, María Isabel los atiende como si fueran amigos de años. Tiene un don natural para la cercanía, una voz suave, y una sonrisa que, pese a todo, nunca se apaga.

A mí me da pesar verla con tanto dolor y con ese nietecito enfermo. Uno ve que ella no se rinde, que trabaja desde que amanece hasta que anochece, y eso a mí me toca el corazón

Tenía apenas 20 años cuando su vida dio un giro definitivo. Un accidente de tránsito, en el que murió su padre y la dejó inválida durante 14 años. “Arrastrándome en el suelo, así pasé esos años”, recuerda la mujer. Ningún médico parecía tener una respuesta para su condición hasta que apareció el doctor Walter, de la Clínica Imbanaco, quien la operó y le devolvió la esperanza de caminar.

Durante siete años pudo andar con normalidad, hasta que una caída lavando el piso de la cocina donde vivía, le dañó la cirugía y el tormento comenzó de nuevo. La segunda operación no tuvo los mismos resultados y, desde entonces, sus dolores se volvieron algo constante. Ahora, mientras el rechazo a la prótesis de su rodilla amenaza con empeorar su situación, María Isabel dice con firmeza que no quiere más cuchillas en su cuerpo. “Ya son demasiadas cirugías”, confiesa.

El reloj marca la una de la tarde. El tráfico ha bajado un poco y el sol golpea fuerte. María Isabel se sienta en el suelo, bajo una sombra improvisada, y saca una lonchera vieja de color rosado, de la que extrae una botella de Coca-Cola llena de aguapanela. A su lado, una refractaria plástica, lleva un poco de arroz y un trozo de salchicha manguera. “Esto me lo regaló una vecina”, comenta.

En los días buenos puede comer así; en los malos, solo le alcanza para un pan y la misma aguapanela. Come despacio, mirando el semáforo que no deja de parpadear frente a ella, esperando para dejar a un lado su comida y pararse a ofrecer su bolsa de dulces.

Su vecina, doña Claudia, la observa a veces desde su ventana. Ella también es una mujer humilde, vendedora ambulante de empanadas, en la galería de Santa Elena, pero cuando puede, le guarda un poco de comida para María Isabel. “A mí me da pesar verla con tanto dolor y con ese nietecito enfermo. Uno ve que ella no se rinde, que trabaja desde que amanece hasta que anochece, y eso a mí me toca el corazón. Yo no tengo mucho, pero de lo poquito que hay en mi casa, siempre le saco algo a doña Eliza. Lo hago de corazón porque se lo merece”, dice doña Claudia.

María Isabel sonríe al escucharla hablar y asiente en silencio. Sabe que esas pequeñas ayudas son un respiro en medio del cansancio de sus días.

Su vida, sin embargo, no solo tiene marcas de dolor físico. También cuida a su hija, quien sufre ataques epilépticos, y a su nieto que ha pasado por ocho cirugías en su pierna debido a un accidente. “Yo velo por ellos”, dice con voz cansada.

El dinero que gana vendiendo dulces y ropa de segunda que le regalan algunas personas no alcanza para cubrir sus gastos principales, como lo es el arriendo en el barrio Santa Elena de $700.000 pesos ni para sostener a su familia. A veces debe pedir ayuda, y aunque dice que es difícil, agradece las manos solidarias que se le tienden. “Hay mucha gente aquí en Cali que me ha ayudado, gracias al Señor Jesucristo”.

A medida que avanza la tarde, entre las tres y las seis, María Isabel sigue su rutina. Cada vez que el semáforo se pone en rojo, se impulsa con las manos y se levanta del suelo, ofreciendo sus productos. Algunas bananas van de los 300 a los 500 pesos, otros paquetes como los plátanos y las galletas pasan de los mil, hasta los cuatro mil.

Los conductores la reconocen, algunos le sonríen, otros bajan el vidrio solo para escucharla decir: “Dios te bendiga, mi rey”. Cuando el sol comienza a esconderse, María Isabel se acomoda el cabello, se limpia el sudor con la manga de la blusa y sigue, paciente, hasta que cae la noche.

Desde el otro lado de la calle, Don Eliseo, el hombre que cuida los carros en un local frente al puesto, la observa a diario. “Esa señora tiene una fuerza que uno no entiende” dice mientras mueve su trapo en el aire y mira hacia los carros. “Llega todos los días antes que yo, con dolor y todo, y no se queja. A veces la veo cuando el sol está pegando duro y ella igual se levanta y saluda a la gente”.

Don Eliseo también cuenta que, cuando no hay mucho movimiento, se acercan a conversar unos minutos. “Ella siempre está pendiente de los demás. Si uno está enfermo o triste, es la primera que pregunta cómo va todo. Es una persona muy amable”.

Su historia también es la de una mujer que toca puertas que rara vez le abren. Ha escrito al Minuto de Dios, a la gobernadora, ha enviado cartas y videos mostrando su situación, pero las respuestas han sido mínimas. “Del Minuto de Dios me respondieron que van a ver de qué manera me pueden ayudar para darme un sitio donde no tenga que pagar arriendo, pero lo veo muy lejano”, cuenta la mujer. Aun así, no pierde la esperanza.

La alcaldía le ha dado en ocasiones paquetes de dulces para surtir su carrito y hasta $200.000 en una ocasión. De ahí, logra ahorrar y comprar para cuando su mercancía se acaba, dice que no tiene que comprar todo de cero, pues no siempre vende todo, entonces a lo largo de las semanas, va completando de sus ahorros o de sus mismas ganancias. María Isabel agradece esas pequeñas ayudas, aunque sabe que no son suficientes para salir adelante.

Antes de llegar a Cali, María Isabel oriunda del municipio La Tebaida, vivió cinco años en un ranchito improvisado a orillas del río, en una invasión. Recuerda ese tiempo con dolor y gratitud, porque, aunque fueron años difíciles la prepararon para ser fuerte. Hoy lucha para no volver a esas condiciones. Además, ayuda a su madre ciega, que vive sola en Zarzal, Valle. “Muchos me ven y piensan que tengo fuerzas, pero las fuerzas que yo tengo son las que Dios me da”, afirma.

Son casi las ocho de la noche cuando el bullicio de Puerto Rellena empieza a desvanecerse. María Isabel recoge con paciencia los dulces que no alcanzó a vender. Sus manos, lentas por el dolor, intentan acomodar las bolsas en el carrito que se ha convertido en su compañero inseparable. Con pasos lentos, lo empuja hasta llegar a la galería donde vive, un lugar humilde que para muchos no significaría nada, pero que para ella es un refugio, una trinchera donde cada noche vuelve a empezar de cero.

Mientras avanza entre calles iluminadas por luces amarillentas, piensa en su hija, en el niño al que cuida, en su madre ciega en Zarzal, y en las fuerzas que deberá encontrar al amanecer para seguir adelante. No hay que mirarla mucho para entender que su lucha es más grande que el espacio reducido de su carrito de dulces. Cada paso suyo habla de resistencia, cada respiración entrecortada revela el precio que ha pagado su cuerpo, y cada mirada hacia el cielo confirma que la fe sigue siendo el motor de su vida. “Si no fuera por Dios, yo ya no estaría aquí”, suele decir, convencida de que en la misericordia divina está la única ayuda que nunca se le ha negado.

En las noches, cuando por fin llega a casa y cierra la puerta detrás de ella, María Isabel siente el peso del día caer sobre sus hombros. El dolor de las manos y la pierna es insoportable, pero al mismo tiempo sabe que sobrevivió otra jornada más. Agradece en silencio, se persigna, y piensa que al día siguiente volverá a empujar su carrito con la misma determinación de siempre. Porque ella, como el ave Fénix que se nombra a sí misma, renace cada mañana entre las cenizas del dolor y la pobreza, aferrada a una sola certeza: que la dignidad también se construye en la calle, en cada gesto de resistencia y en cada intento por darle un futuro distinto a quienes dependen de ella.

Ella siempre está pendiente de los demás. Si uno está enfermo o triste, es la primera que pregunta cómo va todo. Es una persona muy amable”.

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Soy Semilla

Semilleros que inspiran: creatividad e investigación brillan en Soy Semilla

La Facultad de Humanidades y Artes vivió una nueva edición de Soy Semilla, una jornada dedicada a la iniciación científica que reunió a estudiantes y docentes en un espacio de creación, investigación y diálogo académico.

Por: Maria José Paz López

Facultad de Humanidades y Artes

El 13 de noviembre, entre las jornadas de 8:00 a.m. a 12:00 p.m. y de 2:00 p.m. a 5:00 p.m., la Universidad Santiago de Cali abrió nuevamente las puertas de Soy Semilla, un evento que se ha consolidado como uno de los encuentros más importantes para fortalecer la cultura investigativa dentro de la Facultad de Humanidades y Artes. Esta edición integró a los diferentes programas académicos para compartir procesos, metodologías y resultados que demuestran la vitalidad investigativa de nuestros estudiantes.

Durante la jornada, los asistentes pudieron recorrer la muestra de 54 pósteres académicos, elaborados por estudiantes que, desde distintas áreas del conocimiento, expusieron sus avances en investigación. Estos trabajos fueron exhibidos en el Vid 8, tercer piso, y permitieron un diálogo directo entre los autores, docentes evaluadores y la comunidad universitaria interesada en conocer nuevas perspectivas y procesos de creación. 

Soy Semilla les permitió fortalecer sus habilidades de exposición y mejorar la calidad de su proyecto a partir de los comentarios docentes

Además, se presentaron 37 anteproyectos de trabajo de grado, los cuales fueron socializados ante profesores evaluadores encargados de revisar, retroalimentar y orientar cada propuesta. Para Georgie Echeverri, director del CISOH, Soy Semilla representa “un ejercicio de conversación alrededor de lo que es investigar, para que los estudiantes vean que investigar es enriquecedor y se puede abordar de múltiples maneras”. Esta visión refuerza la intención formativa del evento, que busca sembrar el interés por la investigación desde los primeros semestres.

El director del programa de Publicidad, Harry Meza Delgado, resaltó que la experiencia constituye “una gran oportunidad para fortalecer el desarrollo investigativo de cada programa”, ya que propicia el vínculo con otras disciplinas, fomenta la innovación y estimula la creatividad como eje fundamental en la formación profesional. Para los estudiantes, este intercambio representa un escenario real para presentar ideas, debatirlas y recibir retroalimentación constructiva. 

Los participantes también compartieron sus impresiones sobre el impacto del evento. Un grupo de estudiantes de cuarto semestre del programa de Publicidad, que presentó un proyecto sobre el uso del humor versus lo informativo en anuncios digitales para la marca Cerveza Poker, destacó que Soy Semilla les permitió fortalecer sus habilidades de exposición y mejorar la calidad de su proyecto a partir de los comentarios docentes. Para ellos, la experiencia no solo reforzó su proceso investigativo, sino que también se convirtió en una preparación clave para escenarios académicos futuros.

En conjunto, Soy Semilla reafirma el compromiso de la USC con la formación integral, la producción académica y el fomento de prácticas investigativas desde los semilleros. La jornada dejó en evidencia que la curiosidad, la creatividad y el rigor académico continúan creciendo en nuestros estudiantes, quienes día a día siguen sembrando nuevas ideas para transformar su entorno y proyectarse como investigadores en sus respectivas disciplinas. 

Soy Semilla representa “un ejercicio de conversación alrededor de lo que es investigar, para que los estudiantes vean que investigar es enriquecedor y se puede abordar de múltiples maneras.

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Ritual secreto de la salsa: lo que viven los bailarines antes de salir al escenario

Ritual secreto de la salsa: lo que viven los bailarines antes de salir al escenario

Horas previas al Mundial de Salsa en Cali, los bailarines enfrentan un torbellino de emociones en el camerino: nervios, adrenalina y alegría.

Por: Stephany Chavarro

Facultad de Humanidades y Artes

En la penumbra del camerino, el aire vibra con una mezcla de nervios y adrenalina, como si el ritmo de la salsa se hubiera apoderado del ambiente. Los bailarines ajustan sus trajes relucientes, el brillo del sudor se mezcla con el maquillaje y el eco de los tambores resuena en sus corazones.

Es el momento previo al gran show del Mundial de Salsa, en donde cada paso ensayado durante meses está a punto de enfrentarse al juicio del público caleño, conocido por su exigencia y pasión por el baile. En ese instante , entre respiraciones profundas y miradas de complicidad, nace la magia que transformará el escenario en un huracán de movimiento y emoción.

Dos horas antes de salir al escenario llegan los bailarines para hacer el último ensayo donde deben cambiar pasos de la coreografía ya que no son permitidas algunas acrobacias y giros en la modalidad de Ensambles, se notan los cuerpos tensos y caras de frustración por los cambios repentinos en su rutina.

Bailarines, profesores y acompañantes de los artistas, oran mientras buscan la perfección en su coreografía para luchar por el triunfo que podría estar a unas cuantas horas. Siendo para muchos, como Laura Moreno, el ritual grupal de oración esencial “Junto con el grupo, siempre rezamos y nos da muy buenas energías. Y yo misma también le rezo mucho a Dios para obtener buenas energías”.

Los gritos les regalan esa resistencia y sustento para ignorar el agotamiento físico por los ensayos en horas pasadas, dando paso al ritmo que corre por su cuerpo en ese instante

La academia Fundación Movimiento Rumbero Swing Chiminangos es llamada para hacer el ingreso mientras los chicos aún no están listos, corren a terminar los ajustes de sus trajes para que en pocos minutos salgan a mostrar el resultado de tanto esfuerzo frente a millas de personas. Minutos antes de salir al escenario, Steven Rubio, el bailarín, confiesa una mezcla de nervios y emoción ante la oportunidad de “experimentar algo nuevo”. Aunque los nervios siempre están presentes, para controlar estas emociones se echa la bendición y le pide a Diosito que lo ayude, porque está bailando con Él y para Él. Finalmente, se repite a sí mismo: “Yo puedo, mi grupo puede”, alimentando así su confianza.

Dayana Gonzales opta por otro ritual “Siempre pensar en mí misma y siempre confiar en mí, y siempre tener la mente despejada porque así me ayuda a tener menos nervios”, por último, respira profundo para calmarse.

Todos coinciden en que la preparación se intensifica antes del espectáculo comenta Diego Vargas, “físicamente mi rendimiento tiene que durar el triple a los ensayos y mental es que ya no estamos frente a los padres sino muchas personas de la ciudad de Cali y nos están viendo jurados que son profesionales”.

Laura con un pensamiento similar explica: “En los ensayos uno sabe que lo puede volver a hacer, pero en el escenario tiene que hacerlo una sola vez y bien”.

Al poner pie en el escenario el corazón tarde más rápido, se marcan sonrisas en el rostro de cada uno al saber que por fin llega el momento por el que tanto soñaron, donde para Diego el estar ahí significa “valentía, porque cualquier persona no es capaz de estar acá, les da miedo y se equivocan”.

Buscando dar el cien por cien en los tres minutos de duración que tiene la coreografía, generando euforia en los espectadores del lugar, cumpliendo un sueño para ellos donde refleja esa pasión por el baile y su ciudad. Los gritos les regalan esa resistencia y sustento para ignorar el agotamiento físico por los ensayos en horas pasadas, dando paso al ritmo que corre por su cuerpo en ese instante.

Gotas de sudor caen por sus mejillas, pero con la satisfacción de haber dejado todo en el escenario al bajar de él, abrazos grupales y algunos con lágrimas en sus ojos por lograr vivir ese momento tan gratificante para todos. Corren a la tribuna abrazar a sus familiares quienes los han apoyado en el largo camino que recorrieron anteriormente, la felicidad y el orgullo en sus madres no cabe en el pecho por ver a sus hijos en tan semejante espectáculo.

Los grupos, llenos de expectativas, se reúnen al pie del escenario, inquietos por escuchar los resultados de los ganadores, rezando por alzar ese premio por el cual han trabajado durante meses. Cuando los presentadores anuncian los ganadores de la modalidad Ensamble estilo Caleño —tercer lugar para SALCA, segundo lugar para Fundación artística y deportiva Imperio Juvenil, y primer lugar para Fundación Sondeluz—, un silencio pesado cae sobre aquellos que no escuchan su nombre.

Los rostros de los bailarines de las academias no premiadas se nublan; las sonrisas se desvanecen, reemplazadas por miradas de decepción y lágrimas contenidas. El esfuerzo de meses, ensayos interminables y sacrificios parecen desvanecerse en un instante, dejando un vacío que contrasta con la euforia previa. Algunos se abrazan en silencio, buscando consuelo, mientras otros miran al suelo, procesando la derrota con el corazón aun latiendo al ritmo de la salsa.

A pesar del golpe, la magia del baile permanece intacta. Los bailarines, con el alma aun vibrando por el escenario, saben que la salsa es más que un trofeo: es una forma de vida, un lenguaje que trasciende victorias y derrotas. En sus corazones, el ritmo sigue vivo, y mientras se alejan del escenario, ya sueñan con la próxima oportunidad para brillar bajo las luces de Cali, la capital mundial de la salsa. Cada paso, cada giro, cada lágrima y cada sonrisa los ha transformado, y ese ritual secreto, tejido en sudor y pasión, los seguirá acompañando en su camino.

Aunque los nervios siempre están presentes, para controlar estas emociones se echa la bendición y le pide a Diosito que lo ayude, porque está bailando con Él y para Él.

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Un espacio para reconocer procesos, aprendizajes y transformación social

Un espacio para reconocer procesos, aprendizajes y transformación social

El Encuentro de Prácticas de Trabajo Social reunió a estudiantes, docentes y comunidad académica en un espacio de socialización, reflexión y proyección profesional, destacando el impacto de los procesos de intervención realizados en diversos territorios y escenarios sociales.

Por: Maria José Paz López

Facultad de Humanidades y Artes

La Universidad Santiago de Cali realizó el Encuentro de Prácticas de Trabajo Social, un espacio diseñado para visibilizar el trabajo que los estudiantes vienen desarrollando en sus diferentes escenarios de intervención. Esta jornada permitió socializar propuestas, diagnósticos y avances construidos durante el semestre, reafirmando el compromiso de la disciplina con el bienestar, los derechos humanos y la transformación social en los territorios.

Durante el evento, la docente del curso de prácticas, Paola Montoya Andrade, destacó que el principal objetivo del encuentro es brindar a los estudiantes un espacio académico donde puedan socializar los procesos desarrollados a lo largo de uno o dos semestres. Estos incluyen caracterización de población, diagnósticos participativos, diseño de propuestas de intervención y sistematización de experiencias, todos elementos esenciales para comprender el quehacer profesional del trabajo social.

Los estudiantes resaltaron la importancia de valorar y amar el proceso de práctica, reconociendolo como la entrada al mundo profesional…

La diversidad de temáticas abordadas por los grupos reflejó la amplitud de campos de acción de la profesión. Entre los proyectos presentados se identificaron problemáticas relacionadas con familias multiproblemáticas, garantía de derechos de niños, niñas y adolescentes, acompañamiento a población privada de la libertad, fortalecimiento de procesos culturales y familiares, así como iniciativas en gestión humana, trabajo comunitario y acciones dirigidas a madres, niños y diferentes grupos poblacionales. Cada experiencia permitió evidenciar la capacidad del trabajo social para acercarse a realidades complejas y generar procesos de transformación desde lo humano y lo comunitario.

Para los estudiantes, este encuentro representó una oportunidad para fortalecer habilidades comunicativas, hablar en público con seguridad y comprender el impacto de su rol como trabajadores sociales en formación. Así lo expresó Jenny Araújo, quien resaltó que estos espacios permiten recibir retroalimentación de compañeros, profesores y asistentes externos, enriqueciendo la propuesta que desarrollarán en su práctica profesional. Por su parte, Santiago Ospina señaló que el evento es un ejercicio que fomenta la cohesión, el diálogo y el crecimiento personal y académico, además de motivar a estudiantes de semestres anteriores a conocer de cerca los distintos escenarios de práctica.

El conversatorio también dejó mensajes clave para la comunidad. Los estudiantes resaltaron la importancia de valorar y amar el proceso de práctica, reconociendolo como la entrada al mundo profesional, así como la necesidad de mantener espacios de comunicación, reflexión y fortalecimiento institucional para mejorar continuamente la experiencia de formación.

El Encuentro de Prácticas de Trabajo Social reafirma el propósito del programa de formar profesionales capaces de comprender el territorio, acompañar procesos y aportar soluciones desde una mirada crítica, ética y profundamente humana. Una jornada que destaca el compromiso de la USC con una formación basada en el respeto, la participación y la transformación social.

Cada experiencia permitió evidenciar la capacidad del trabajo social para acercarse a realidades complejas y generar procesos de transformación desde lo humano y lo comunitario”.

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Las Limitaciones Están en la Mente

Las Limitaciones Están en la Mente

El paratleta vallecaucano y campeón nacional Luis Fernando Lara Rodallega, figura clave de la velocidad colombiana, compite esta semana en Ibagué. Su meta: los Juegos Paralímpicos de Los Ángeles 2028.

Por: Maria Camila Culma Beitia

Facultad de Humanidades y Artes

Con el firme propósito de alzarse con 3 medallas de oro en las Interligas de Ibagué, esta semana, Luis Fernando Lara Rodallega, aspira a darle nuevas alegría al Valle del Cauca en paratletismo.

Este joven de 25 años, originario del corregimiento El Carmelo, Candelaria, competirá en las pruebas de 100, 200 y 400 metros planos. “Mis logros son romper marcas personales y obtener las tres medallas de oro.”

Esta ambición es una prueba palpable de que el espíritu humano se niega a ser doblegado por la adversidad, pues su historia es una de esas que demuestran que la vida puede cambiar en un instante, pero el espíritu no se doblega.

Su vida cambió drásticamente a los 17 años. “Tuve un accidente eléctrico a los 17 años, en el cual perdí mis dos miembros inferiores”. Sin embargo, aquel suceso traumático fue también el punto de partida para una nueva vida, una que, contra todo pronóstico, estaba destinada a la velocidad y la gloria deportiva.

Antes de las pistas de atletismo, el sueño de Fernando era con el fútbol, ​​corriendo por sus venas ese sueño de ser selección de Colombia. Al ser primo del reconocido goleador Hugo Rodallega, su sueño natural desde los cuatro años era seguir la tradición familiar y convertirse en futbolista profesional. Ese “congénito” por el balón era el motor de su vida deportiva.

Sin embargo, la pérdida de sus miembros superiores hizo que el camino del fútbol profesional fuera inviable, dejando un vacío en su vida deportiva. Pero la vida, caprichosa, le había reservado otro camino. Tras el accidente y la pérdida física, Luis Fernando sintió la necesidad de canalizar su energía competitiva y su ambición deportiva

Sus logros han superado los límites nacionales, llevándolo a competir en los circuitos más exigentes del paratletismo mundial…

Esa energía competitiva lo llevó a buscar alternativas. Fue así como el destino lo guió a la pista: El atletismo llegó a su vida el mismo año del accidente, 2017. En ese difícil proceso de transición y sanación, Fernando destaca el papel crucial de sus mentores, quienes fueron la fuerza catalizadora de su amor por este deporte.

“Entré en el paratletismo en el mismo año 2017, gracias a la guía de los profesores Patricia Rivas, Alonso Mina y Dora. Ellos fueron los que construyeron ese amor que llevo ahorita, ser un paratleta de alto rendimiento. Siempre me han dado esa potencia de decir que usted puede”.

Como atleta, Lara compite con éxito en la categoría T46 (para atletas con deficiencias físicas en un miembro superior) en las pruebas de velocidad de 100 metros, 200 metros y 400 metros planos, donde el atleta corre en luna recta o en curva, llevando su cuerpo al máximo límite en distancias cortas.

Sus resultados no dejan lugar a dudas sobre su nivel de élite. “A nivel nacional, soy campeón de los 400 metros planos. Pues, se entrena siempre para eso. En este año obtuve dos medallas de oro que fueron 200 metros planos y 400 metros planos, y obtuve una medalla de plata en los 100 metros planos”.

Sus logros han superado los límites nacionales, llevándolo a competir en los circuitos más exigentes del paratletismo mundial. Luis Fernando no solo es una figura destacada en Colombia, sino que se ha consolidado como un atleta que representa al país en instancias decisivas a nivel internacional.

“A nivel internacional, gracias a Dios tengo una medalla internacional que fue aquí en Cali, donde obtuve una medalla de oro en los 400 metros planos y en los 100 metros planos obtuve una medalla de plata”.

A pesar de su primera experiencia en unos Juegos Paralímpicos en París 2024, no es final de su ambición; es solo una estación en un camino más largo.

“Hoy quiero seguir cumpliendo ese sueño de estar en los otros juegos que van a ser en Los Ángeles 2028. Ese es otro sueño que voy a dar toda otra vez y con el objetivo de poder mirar y para eso estoy entrenando para obtener una medalla”.

El deporte no solo le ha brindado triunfos y un nuevo propósito, sino también una visión de futuro más allá de la pista.

“Me ha dejado muchas enseñanzas a través del tiempo, de los momentos que he vivido en el deporte. También me ha dejado ese legado de poder entrar a estudiar, que voy a entrar a estudiar el otro año con la ayuda de Dios en la Escuela Nacional del Deporte. El deporte no es toda la vida, sino que tiene un límite de tiempo y, pues, a darle cuando entre a la universidad y salga, darle esa enseñanza que me han dejado mis profesores a los demás atletas que lleguen”.

Cuando la carrera se hace dura, el motor que lo impulsa siempre es el mismo. “Siempre lo que yo digo es mi familia. Pienso en mi familia, ellos son mi motor en querer seguir cumpliendo mis sueños. Siempre tengo muchos sueños más a través de cada competencia. Siempre digo: ‘quiero romper mis propios límites’. Pienso en mi familia, en romper mis límites y ser esa persona que deja el país en alto y mi departamento”.

Todo lo que ha vivido y aprendido, desde el accidente hasta la medalla de oro, se condensa en una filosofía de una vida inquebrantable, una frase que, si se plasmara en un libro, llevaría su título: “Las limitaciones no están en la mente. Muy claro lo tengo, es un legado que siempre digo y que llevo conmigo”.

Esta convicción es también el mensaje que le quiere dejar a todos: “Que no le preste atención a las personas que le dicen que no puede, que siempre tengan en mente que sí van a poder, que sí van a luchar por sus propios sueños. Que no se apaguen con esa mentalidad. Las limitaciones están en tu mente, solo tú te puedes apagar y no te apagues. Antes, date mucha más fuerza para salir adelante, para cumplir tus sueños, cumplir tus metas y hazlo con mucho amor.”

Hoy, Luis Fernando se siente inmensamente feliz con su camino, un camino que no imaginó, pero que lo ha llenado de orgullo. Al despedirnos, le preguntó cómo se sentía, con la perspectiva de haber cumplido ese primer sueño de niño de ser Selección Colombia en una disciplina diferente.

“Me siento muy contento por todo lo que he hecho, claramente está reflejado en todo lo que hago, que lo hago con mucho amor. Siempre soñaba con el fútbol, ​​pero ahorita que lo estoy viviendo con este rol del paratletismo es una felicidad que tengo de cumplir cada uno de mis sueños que quería con el fútbol: que era ser selección Colombia, y que gracias a Dios lo hice y lo que he forjado con mucho amor. Voy a seguir dejando el país en alto”.

Y la enseñanza más profunda que le deja esta vida es, quizá, la lección más vital que puede ofrecer a cualquier persona, la conclusión de su inspiradora carrera: “Siempre persevera. El que persevera alcanza, persiste, no te rindas, hay muchos propósitos, muchos sueños más. Y un legado que siempre quiero dejar: que las limitaciones están en la mente. Es algo que digo en mi vida y que trato de inculcar también a los demás. Que no se limiten, sigan viviendo, disfruten, pásenla bien ya disfruten esto que es la vida. Obviamente hay problemas, pero hay que seguir adelante”.

Pienso en mi familia, ellos son mi motor en querer seguir cumpliendo mis sueños. Siempre tengo muchos sueños más a través de cada competencia .

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