María Isabel Amador, la mujer que se levanta como el ave Fénix en las calles de Cali.

María Isabel Amador, la mujer que se levanta como el ave Fénix en las calles de Cali.

Un relato que retrata la vida de una mujer que, entre el dolor y la fe, ha hecho de las calles su escenario de resistencia. A través de su historia se revela el rostro oculto de la lucha diaria en una ciudad que pocas veces mira a quienes la sostienen desde la pobreza, pero que aún encuentran en la esperanza una forma de seguir de pie.

Por: Valentina Velásquez

Facultad de Humanidades y Artes

El sol apenas aparece entre las calles de Cali cuando María Isabel Amador, con pasos lentos y dolorosos, acomoda su carrito de dulces en una esquina del sector conocido como Puerto Rellena. Son las seis de la mañana. El aire todavía es fresco, y ella, vestida con una blusa roja desgastada, una sudadera negra que ha perdido el color con los años y unas sandalias viejas empieza su jornada. Toda su ropa se ve igual, uno que otro roto, costuras remendadas y mucho desgaste.

María Isabel es una mujer de piel color canela, aunque dice entre risas que cada día se ve más quemada por el sol. “Yo le digo a mi hija que ya parezco una arepita volteada del sol, morenita, arrugadita y con el pelo ya poquito, pero así me gano la vida y aquí sigo, dándole batalla”, comenta la mujer.

Su rostro está lleno de arrugas profundas, esas que no solo deja el tiempo, sino también la vida dura. Cuando sonríe, se nota que falta uno de sus dientes delanteros, pero su gesto sigue siendo cálido y genuino. Su cabello crespo, corto y con espacios que dejan ver el cuero cabelludo, siempre va recogido con un gancho de plástico. Hay algo en su mirada que mezcla cansancio y dulzura.

Sus manos, curtidas por el trabajo y el tiempo, sujetan con fuerza las bolsas de platanitos, bananas, chicles, bianchis y bombones que le ayudan a sobrevivir. A sus 64 años, Eliza, como muchos la llaman, se mueve con dolor y esperanza. 
“Me levanto, me caigo, vuelvo y me levanto”, suele decir, con una mezcla de resignación y fe. Su historia, marcada por las cicatrices de la vida, es la de una mujer que ha hecho de la lucha su único soporte.

A esa hora, el semáforo aún parpadea entre verde y rojo, y ella aprovecha cada cambio. Cuando el rojo se enciende, se levanta del suelo con esfuerzo y pasa por las primeras filas de carros ofreciendo lo que tiene. A veces sonríe con timidez, otras con picardía. “¿Me colaboras, mi amor? ¿Un dulce, mi reina?”, dice, con una calidez que desarma a cualquiera. Cuando el semáforo cambia a verde, vuelve a su sitio y se recuesta sobre una sábana vieja extendida en el piso, esperando a que lleguen los siguientes carros. Son pocas las personas que se acercan, pero cuando lo hacen, María Isabel los atiende como si fueran amigos de años. Tiene un don natural para la cercanía, una voz suave, y una sonrisa que, pese a todo, nunca se apaga.

A mí me da pesar verla con tanto dolor y con ese nietecito enfermo. Uno ve que ella no se rinde, que trabaja desde que amanece hasta que anochece, y eso a mí me toca el corazón

Tenía apenas 20 años cuando su vida dio un giro definitivo. Un accidente de tránsito, en el que murió su padre y la dejó inválida durante 14 años. “Arrastrándome en el suelo, así pasé esos años”, recuerda la mujer. Ningún médico parecía tener una respuesta para su condición hasta que apareció el doctor Walter, de la Clínica Imbanaco, quien la operó y le devolvió la esperanza de caminar.

Durante siete años pudo andar con normalidad, hasta que una caída lavando el piso de la cocina donde vivía, le dañó la cirugía y el tormento comenzó de nuevo. La segunda operación no tuvo los mismos resultados y, desde entonces, sus dolores se volvieron algo constante. Ahora, mientras el rechazo a la prótesis de su rodilla amenaza con empeorar su situación, María Isabel dice con firmeza que no quiere más cuchillas en su cuerpo. “Ya son demasiadas cirugías”, confiesa.

El reloj marca la una de la tarde. El tráfico ha bajado un poco y el sol golpea fuerte. María Isabel se sienta en el suelo, bajo una sombra improvisada, y saca una lonchera vieja de color rosado, de la que extrae una botella de Coca-Cola llena de aguapanela. A su lado, una refractaria plástica, lleva un poco de arroz y un trozo de salchicha manguera. “Esto me lo regaló una vecina”, comenta.

En los días buenos puede comer así; en los malos, solo le alcanza para un pan y la misma aguapanela. Come despacio, mirando el semáforo que no deja de parpadear frente a ella, esperando para dejar a un lado su comida y pararse a ofrecer su bolsa de dulces.

Su vecina, doña Claudia, la observa a veces desde su ventana. Ella también es una mujer humilde, vendedora ambulante de empanadas, en la galería de Santa Elena, pero cuando puede, le guarda un poco de comida para María Isabel. “A mí me da pesar verla con tanto dolor y con ese nietecito enfermo. Uno ve que ella no se rinde, que trabaja desde que amanece hasta que anochece, y eso a mí me toca el corazón. Yo no tengo mucho, pero de lo poquito que hay en mi casa, siempre le saco algo a doña Eliza. Lo hago de corazón porque se lo merece”, dice doña Claudia.

María Isabel sonríe al escucharla hablar y asiente en silencio. Sabe que esas pequeñas ayudas son un respiro en medio del cansancio de sus días.

Su vida, sin embargo, no solo tiene marcas de dolor físico. También cuida a su hija, quien sufre ataques epilépticos, y a su nieto que ha pasado por ocho cirugías en su pierna debido a un accidente. “Yo velo por ellos”, dice con voz cansada.

El dinero que gana vendiendo dulces y ropa de segunda que le regalan algunas personas no alcanza para cubrir sus gastos principales, como lo es el arriendo en el barrio Santa Elena de $700.000 pesos ni para sostener a su familia. A veces debe pedir ayuda, y aunque dice que es difícil, agradece las manos solidarias que se le tienden. “Hay mucha gente aquí en Cali que me ha ayudado, gracias al Señor Jesucristo”.

A medida que avanza la tarde, entre las tres y las seis, María Isabel sigue su rutina. Cada vez que el semáforo se pone en rojo, se impulsa con las manos y se levanta del suelo, ofreciendo sus productos. Algunas bananas van de los 300 a los 500 pesos, otros paquetes como los plátanos y las galletas pasan de los mil, hasta los cuatro mil.

Los conductores la reconocen, algunos le sonríen, otros bajan el vidrio solo para escucharla decir: “Dios te bendiga, mi rey”. Cuando el sol comienza a esconderse, María Isabel se acomoda el cabello, se limpia el sudor con la manga de la blusa y sigue, paciente, hasta que cae la noche.

Desde el otro lado de la calle, Don Eliseo, el hombre que cuida los carros en un local frente al puesto, la observa a diario. “Esa señora tiene una fuerza que uno no entiende” dice mientras mueve su trapo en el aire y mira hacia los carros. “Llega todos los días antes que yo, con dolor y todo, y no se queja. A veces la veo cuando el sol está pegando duro y ella igual se levanta y saluda a la gente”.

Don Eliseo también cuenta que, cuando no hay mucho movimiento, se acercan a conversar unos minutos. “Ella siempre está pendiente de los demás. Si uno está enfermo o triste, es la primera que pregunta cómo va todo. Es una persona muy amable”.

Su historia también es la de una mujer que toca puertas que rara vez le abren. Ha escrito al Minuto de Dios, a la gobernadora, ha enviado cartas y videos mostrando su situación, pero las respuestas han sido mínimas. “Del Minuto de Dios me respondieron que van a ver de qué manera me pueden ayudar para darme un sitio donde no tenga que pagar arriendo, pero lo veo muy lejano”, cuenta la mujer. Aun así, no pierde la esperanza.

La alcaldía le ha dado en ocasiones paquetes de dulces para surtir su carrito y hasta $200.000 en una ocasión. De ahí, logra ahorrar y comprar para cuando su mercancía se acaba, dice que no tiene que comprar todo de cero, pues no siempre vende todo, entonces a lo largo de las semanas, va completando de sus ahorros o de sus mismas ganancias. María Isabel agradece esas pequeñas ayudas, aunque sabe que no son suficientes para salir adelante.

Antes de llegar a Cali, María Isabel oriunda del municipio La Tebaida, vivió cinco años en un ranchito improvisado a orillas del río, en una invasión. Recuerda ese tiempo con dolor y gratitud, porque, aunque fueron años difíciles la prepararon para ser fuerte. Hoy lucha para no volver a esas condiciones. Además, ayuda a su madre ciega, que vive sola en Zarzal, Valle. “Muchos me ven y piensan que tengo fuerzas, pero las fuerzas que yo tengo son las que Dios me da”, afirma.

Son casi las ocho de la noche cuando el bullicio de Puerto Rellena empieza a desvanecerse. María Isabel recoge con paciencia los dulces que no alcanzó a vender. Sus manos, lentas por el dolor, intentan acomodar las bolsas en el carrito que se ha convertido en su compañero inseparable. Con pasos lentos, lo empuja hasta llegar a la galería donde vive, un lugar humilde que para muchos no significaría nada, pero que para ella es un refugio, una trinchera donde cada noche vuelve a empezar de cero.

Mientras avanza entre calles iluminadas por luces amarillentas, piensa en su hija, en el niño al que cuida, en su madre ciega en Zarzal, y en las fuerzas que deberá encontrar al amanecer para seguir adelante. No hay que mirarla mucho para entender que su lucha es más grande que el espacio reducido de su carrito de dulces. Cada paso suyo habla de resistencia, cada respiración entrecortada revela el precio que ha pagado su cuerpo, y cada mirada hacia el cielo confirma que la fe sigue siendo el motor de su vida. “Si no fuera por Dios, yo ya no estaría aquí”, suele decir, convencida de que en la misericordia divina está la única ayuda que nunca se le ha negado.

En las noches, cuando por fin llega a casa y cierra la puerta detrás de ella, María Isabel siente el peso del día caer sobre sus hombros. El dolor de las manos y la pierna es insoportable, pero al mismo tiempo sabe que sobrevivió otra jornada más. Agradece en silencio, se persigna, y piensa que al día siguiente volverá a empujar su carrito con la misma determinación de siempre. Porque ella, como el ave Fénix que se nombra a sí misma, renace cada mañana entre las cenizas del dolor y la pobreza, aferrada a una sola certeza: que la dignidad también se construye en la calle, en cada gesto de resistencia y en cada intento por darle un futuro distinto a quienes dependen de ella.

Ella siempre está pendiente de los demás. Si uno está enfermo o triste, es la primera que pregunta cómo va todo. Es una persona muy amable”.

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Ritual secreto de la salsa: lo que viven los bailarines antes de salir al escenario

Ritual secreto de la salsa: lo que viven los bailarines antes de salir al escenario

Horas previas al Mundial de Salsa en Cali, los bailarines enfrentan un torbellino de emociones en el camerino: nervios, adrenalina y alegría.

Por: Stephany Chavarro

Facultad de Humanidades y Artes

En la penumbra del camerino, el aire vibra con una mezcla de nervios y adrenalina, como si el ritmo de la salsa se hubiera apoderado del ambiente. Los bailarines ajustan sus trajes relucientes, el brillo del sudor se mezcla con el maquillaje y el eco de los tambores resuena en sus corazones.

Es el momento previo al gran show del Mundial de Salsa, en donde cada paso ensayado durante meses está a punto de enfrentarse al juicio del público caleño, conocido por su exigencia y pasión por el baile. En ese instante , entre respiraciones profundas y miradas de complicidad, nace la magia que transformará el escenario en un huracán de movimiento y emoción.

Dos horas antes de salir al escenario llegan los bailarines para hacer el último ensayo donde deben cambiar pasos de la coreografía ya que no son permitidas algunas acrobacias y giros en la modalidad de Ensambles, se notan los cuerpos tensos y caras de frustración por los cambios repentinos en su rutina.

Bailarines, profesores y acompañantes de los artistas, oran mientras buscan la perfección en su coreografía para luchar por el triunfo que podría estar a unas cuantas horas. Siendo para muchos, como Laura Moreno, el ritual grupal de oración esencial “Junto con el grupo, siempre rezamos y nos da muy buenas energías. Y yo misma también le rezo mucho a Dios para obtener buenas energías”.

Los gritos les regalan esa resistencia y sustento para ignorar el agotamiento físico por los ensayos en horas pasadas, dando paso al ritmo que corre por su cuerpo en ese instante

La academia Fundación Movimiento Rumbero Swing Chiminangos es llamada para hacer el ingreso mientras los chicos aún no están listos, corren a terminar los ajustes de sus trajes para que en pocos minutos salgan a mostrar el resultado de tanto esfuerzo frente a millas de personas. Minutos antes de salir al escenario, Steven Rubio, el bailarín, confiesa una mezcla de nervios y emoción ante la oportunidad de “experimentar algo nuevo”. Aunque los nervios siempre están presentes, para controlar estas emociones se echa la bendición y le pide a Diosito que lo ayude, porque está bailando con Él y para Él. Finalmente, se repite a sí mismo: “Yo puedo, mi grupo puede”, alimentando así su confianza.

Dayana Gonzales opta por otro ritual “Siempre pensar en mí misma y siempre confiar en mí, y siempre tener la mente despejada porque así me ayuda a tener menos nervios”, por último, respira profundo para calmarse.

Todos coinciden en que la preparación se intensifica antes del espectáculo comenta Diego Vargas, “físicamente mi rendimiento tiene que durar el triple a los ensayos y mental es que ya no estamos frente a los padres sino muchas personas de la ciudad de Cali y nos están viendo jurados que son profesionales”.

Laura con un pensamiento similar explica: “En los ensayos uno sabe que lo puede volver a hacer, pero en el escenario tiene que hacerlo una sola vez y bien”.

Al poner pie en el escenario el corazón tarde más rápido, se marcan sonrisas en el rostro de cada uno al saber que por fin llega el momento por el que tanto soñaron, donde para Diego el estar ahí significa “valentía, porque cualquier persona no es capaz de estar acá, les da miedo y se equivocan”.

Buscando dar el cien por cien en los tres minutos de duración que tiene la coreografía, generando euforia en los espectadores del lugar, cumpliendo un sueño para ellos donde refleja esa pasión por el baile y su ciudad. Los gritos les regalan esa resistencia y sustento para ignorar el agotamiento físico por los ensayos en horas pasadas, dando paso al ritmo que corre por su cuerpo en ese instante.

Gotas de sudor caen por sus mejillas, pero con la satisfacción de haber dejado todo en el escenario al bajar de él, abrazos grupales y algunos con lágrimas en sus ojos por lograr vivir ese momento tan gratificante para todos. Corren a la tribuna abrazar a sus familiares quienes los han apoyado en el largo camino que recorrieron anteriormente, la felicidad y el orgullo en sus madres no cabe en el pecho por ver a sus hijos en tan semejante espectáculo.

Los grupos, llenos de expectativas, se reúnen al pie del escenario, inquietos por escuchar los resultados de los ganadores, rezando por alzar ese premio por el cual han trabajado durante meses. Cuando los presentadores anuncian los ganadores de la modalidad Ensamble estilo Caleño —tercer lugar para SALCA, segundo lugar para Fundación artística y deportiva Imperio Juvenil, y primer lugar para Fundación Sondeluz—, un silencio pesado cae sobre aquellos que no escuchan su nombre.

Los rostros de los bailarines de las academias no premiadas se nublan; las sonrisas se desvanecen, reemplazadas por miradas de decepción y lágrimas contenidas. El esfuerzo de meses, ensayos interminables y sacrificios parecen desvanecerse en un instante, dejando un vacío que contrasta con la euforia previa. Algunos se abrazan en silencio, buscando consuelo, mientras otros miran al suelo, procesando la derrota con el corazón aun latiendo al ritmo de la salsa.

A pesar del golpe, la magia del baile permanece intacta. Los bailarines, con el alma aun vibrando por el escenario, saben que la salsa es más que un trofeo: es una forma de vida, un lenguaje que trasciende victorias y derrotas. En sus corazones, el ritmo sigue vivo, y mientras se alejan del escenario, ya sueñan con la próxima oportunidad para brillar bajo las luces de Cali, la capital mundial de la salsa. Cada paso, cada giro, cada lágrima y cada sonrisa los ha transformado, y ese ritual secreto, tejido en sudor y pasión, los seguirá acompañando en su camino.

Aunque los nervios siempre están presentes, para controlar estas emociones se echa la bendición y le pide a Diosito que lo ayude, porque está bailando con Él y para Él.

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Una promesa de Cali: Jay Torres y su camino entre versos y valentía

Una promesa de Cali: Jay Torres y su camino entre versos y valentía

Por: Sebastián Lucumí

Facultad de Humanidades y Artes

A sus 21 años, Jay Torres se ha convertido en una de las voces emergentes más prometedoras de la escena urbana en Cali. En medio de pérdidas personales, estafas y sacrificios, ha logrado mantener viva una pasión que nació en un concurso escolar y hoy resuena en tarimas importantes de la ciudad.

Jay Torres recuerda con exactitud el momento en que entendió que la música podía ser parte fundamental de su vida. “Fue en un concurso del colegio. Fui sin esperanzas, se me olvidó la letra, pero igual pasé. De 100, quedé entre los 30. Ahí dije: quiero esto”.

Después del colegio, se dedicó de lleno a la música. El camino no fue fácil. “Muchas personas me prometieron cielo y tierra, pero solo querían sacar plata. Hasta que un amigo me conectó con un productor de verdad. Ahí empezaron a abrirse puertas”.

Después de la muerte de mi papá, ella fue mi todo. Es mi admiración. Siempre ha creído en mí…

Una de las pérdidas más duras de su vida fue la de su padre, ocurrida un 15 de junio. En conmemoración, Jay escribió una canción cargada de emoción. “La grabé entre lágrimas. La historia que cuento ahí es todo lo que viví con él. Ese tema tiene alma, y la gente lo ha sentido”.

Jay es empírico. Nunca ha tomado clases de técnica vocal, y sin embargo, su estilo conecta con el público. Aunque se inspira en artistas como Duki o Thiago PZK, no busca copiar géneros. “Más que imitarlos, me inspira su historia: no tener nada y llegar a tenerlo todo”.

La ciudad de Cali ha sido clave en su proceso. Aunque muchos artistas migran a Medellín, Jay decidió quedarse. “Cali está creciendo musicalmente. Hay un movimiento melo. Además, esta es mi casa, mi cultura”.

Desde hace un tiempo, Jay estudia publicidad. Una decisión estratégica. “Todo se conecta. Me ha servido mucho para impulsar mi proyecto. No me quita tiempo, yo organizo todo para cumplir con la música y con la universidad”.

El apoyo de su mamá ha sido vital. “Después de la muerte de mi papá, ella fue mi todo. Es mi admiración. Siempre ha creído en mí. Está en cada paso que doy”.

Su primer gran show fue en una discoteca reconocida de Cali, 128. “Me había ido a Bogotá por un contrato que no se cumplió, volví frustrado. Pero tenía ese show y lo di todo. Era el mismo escenario donde se montaban artistas duros. Fue una emoción tremenda”. 

Hoy, Jay se rodea de un equipo en el que confía. Amigos que creen en su proyecto, productores que suman. “Hay gente que no tiene nada que ver con la música, pero me han ayudado más que muchos de la industria. Una amiga va a todos mis shows, se sabe mis canciones. Eso vale oro”.

Su objetivo es claro: dejar huella. “Quiero que la gente se identifique con mis letras. Que alguien diga: esta canción me salvó. Porque detrás de cada tema hay una historia real”.

A los jóvenes que tienen sueños pero no se atreven, les dice sin rodeos: “El miedo siempre está. Pero es mejor intentar y fracasar que vivir preguntándose qué hubiera pasado. Las críticas siempre van a estar, así seas el mejor. Hay que hacer lo que te hace feliz”.

Mirando hacia adelante, sueña con ser conocido como un representante de su ciudad y de Colombia. “El ciclo de los artistas grandes cambia, y uno tiene que estar preparado para ser el siguiente”.

Jay Torres no solo canta: transforma su vida en canciones. En cada verso, una batalla; en cada show, una victoria. Y aunque el camino apenas comienza, ya se perfila como una de las nuevas voces que marcarán el rumbo de la escena urbana caleña.

El miedo siempre está. Pero es mejor intentar y fracasar que vivir preguntándose qué hubiera pasado. Las críticas siempre van a estar, así seas el mejor. Hay que hacer lo que te hace feliz”.

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100 años de Trabajo Social

100 años de Trabajo Social: una celebración que inspira transformación y cuidado

En el marco de la conmemoración de los 100 años de Trabajo Social,la Universidad Santiago de Cali reunió a estudiantes, docentes e invitadas especiales en una jornada de integración y reflexión sobre el cuidado, la interculturalidad y el papel de la profesión en los procesos de transformación social.

Por: Maria José Paz López

Facultad de Humanidades y Artes

La Universidad Santiago de Cali celebró los 100 años de esta plausible profesión del Trabajo Social con una jornada llena de reflexión, reconocimiento y diálogo sobre el papel esencial de esta profesión en la transformación social. La conmemoración fue un espacio para exaltar la labor de quienes, desde la vocación y el compromiso, trabajan cada día por la justicia social, la equidad y el respeto por los derechos humanos.

La jornada inició con una actividad de integración liderada por los estudiantes del programa, quienes, a través de dinámicas y encuentros simbólicos, fortalecieron el sentido de pertenencia, el compañerismo y el liderazgo. Estos espacios, según la directora del programa, Adriana Velandia García, permiten que los futuros trabajadores sociales se reconozcan como agentes de cambio capaces de generar procesos de transformación y de construir una sociedad más justa y solidaria.

En sus palabras, la directora destacó que este tipo de celebraciones “motivan a los estudiantes a creer en sus capacidades, a fortalecer su empatía y a promover el liderazgo dentro del programa”, resaltando que el Trabajo Social es una disciplina que forma profesionales íntegros, sensibles a las realidades humanas y comprometidos con el bienestar colectivo.

Las invitadas reflexionaron sobre cómo el parto intercultural integra saberes ancestrales…

Durante la tarde, el auditorio Pedro Elías Serrano fue escenario del conversatorio “El cuidado, la interculturalidad y las prácticas de atención con pertinencia sociocultural”, moderado por la docente Paula Andrea Olaya. En el encuentro participaron la Dra. Paola Méndez Aguilar, médica familiar y cofundadora de la asociación Asoparir, junto a la profesional Aura Nancy Ángel, también miembro de esta organización, quienes compartieron sus experiencias en torno al parto humanizado e intercultural.

El conversatorio propició un diálogo enriquecedor sobre la necesidad de reconocer la diversidad cultural en las prácticas de atención y cuidado. Las invitadas reflexionaron sobre cómo el parto intercultural integra saberes ancestrales —como la partería afro, indígena y campesina— con el conocimiento biomédico, generando espacios de respeto y bienestar para las madres y sus familias. Este enfoque, coincidieron, promueve un cuidado más humano y consciente, centrado en la mujer, su cuerpo y su entorno.

De esta manera, la conmemoración de los 100 años de Trabajo Social en la USC se consolidó como un homenaje al compromiso ético y social de esta profesión. Una jornada que reafirmó su propósito de formar profesionales que acompañen, escuchen y transformen desde el cuidado, la interculturalidad y la defensa de la vida en todas sus formas.

La conmemoración fue un espacio para exaltar la labor de quienes, desde la vocación y el compromiso, trabajan cada día por la justicia social, la equidad y el respeto por los derechos humanos”.

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El otro Bulevar: entre la salsa y los libros olvidados

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Es uno de los sitios más visitados de Cali : el Bulevar del Río famoso por su música, comida y vida nocturna. Pero al otro lado, donde el ruido baja y el ritmo cambia, hay una pequeña librería con libros desde mil pesos que muy pocos conocen.

Por: Sebastián Lucumí

Facultad de Humanidades y Artes

El Bulevar del Río es reconocido por su ambiente vibrante, su oferta gastronómica y, sobre todo, por ser uno de los principales puntos de encuentro para los amantes de la salsa en Cali. Pero detrás de la conocida “calle del sabor”, donde la música nunca para y los visitantes bailan al aire libre, se esconde un rincón silencioso, lleno de letras y conocimiento:  librerías al aire libre, con libros desde mil pesos.

A diferencia, hay quienes llegan al Bulevar solo por su ambiente salsero. Mariana Rojas, una joven de 23 años, nos cuenta que nunca había escuchado de esa parte del lugar. “Yo siempre vengo por la música y el ambiente. Me encanta bailar aquí, me parece un plan perfecto, pero no tenía ni idea de que había libros tan baratos en la parte de atrás” expresó Mariana.

Es importante que estos espacios no solo sean vistos como sitios de fiesta. Hay que visibilizar lo otro, lo educativo

Muchos pasan por allí sin darse cuenta. Es fácil dejarse llevar por el sonido de los tambores, los colores de las luces y el bullicio de los bares. Sin embargo, esa parte de atrás del Bulevar también forma parte de la vida urbana. Allí, entre bancos de cemento y sombra de árboles, están las mesas de una librería popular que ofrece libros de literatura, historia, arte, poesía, novelas gráficas y hasta cuentos infantiles.

“La gente viene aquí buscando salsa, pero no se imagina que hay libros desde mil pesos, otros desde cinco mil pesos”, cuenta Pedro Salazar, librero y gestor cultural que trabaja en el lugar desde hace cuatro años. “Nosotros estamos aquí de jueves a domingo. Vendemos libros usados ​​​​y nuevos. Hay gente que se sorprende mucho cuando los ve, porque no tenían idea de que esto existía en el Bulevar”, comenta.

Esa desconexión entre lo cultural y lo recreativo preocupa a quienes buscan promover la lectura en la ciudad. “Es importante que estos espacios no solo sean vistos como sitios de fiesta. Hay que visibilizar lo otro, lo educativo, lo reflexivo”, anota.

La última edición de la Feria Internacional del Libro de Cali atrajo a más de 450.000 personas, muchas de ellas al mismo Bulevar. Sin embargo, fuera de esos días, el interés bajo y los libros vuelven a quedar en segundo plano. Los libreros piden que se hagan campañas para que los caleños conozcan esa otra cara del lugar, y para que la cultura no quede siempre a la sombra de la rumba. (FILCali) 

¿Por qué tanta gente ignora este rincón cultural? Para muchos, el Bulevar es rumba, y punto. Pero hay excepciones. Marta Lucía Vargas, docente jubilada, cuenta que va cada sábado a buscar libros para ella y sus nietos. “Esto es un secreto muy bien guardado. Compro libros buenos, baratos, y a veces me pongo a leer ahí mismo. Me parece hermoso que exista, pero triste que esté tan vacío”.

Las luces siguen, la música también, y el Bulevar está cada vez más lleno… pero de lo mismo. Lo que debería ser un espacio con múltiples formas de disfrute, se ha reducido para muchos a un solo plan: bailar. Mientras tanto, los libros esperan, con la esperanza de que algún lector se atreva a cruzar la calle, pasar la tarima, y descubrir que también se puede salir del Bulevar con una historia bajo el brazo.

Los libreros piden que se hagan campañas para que los caleños conozcan esa otra cara del lugar, y para que la cultura no quede siempre a la sombra de la rumba .

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