La vida en una memoria

La vida en una memoria

Autores: Nathalia Aguilar, Alejandro Jiménez y Jeremy Castillo

Facultad de Humanidades y Artes

El ambiente era fresco aquella tarde de septiembre. Afuera de la casa, un guayacán florecía y dejaba caer sus pétalos rosados, cubriendo la entrada como un manto suave. La escena parecía anunciar que, dentro, también brotarían recuerdos.

Al entrar, lo primero que llamó la atención fue un sofá. Sobre él reposaba un cuadro donde se veía a Kazumi y a su madre sonrientes, con un diploma en el centro. A simple vista parecía una fotografía familiar, pero en realidad era una creación hecha con inteligencia artificial. La madre, con naturalidad, confesó: “Esa foto me la hizo mi hija”. Aquella revelación no generaba incredulidad, sino una reflexión inevitable: la imagen inventada lograba representar con ternura un instante que la vida nunca permitió. 

Kazumi había sido un joven de múltiples pasiones: guitarra, canto, danza, karate, pintura. Un espíritu inquieto, impredecible, siempre en movimiento. Entre todas sus facetas, la fotografía se convirtió en su favorita, en la herramienta para atrapar el mundo a su manera.

Cuando la madre quiso compartir los recuerdos digitales, no entregó la memoria en manos ajenas: la conectó ella misma a su portátil y comenzó a abrir carpetas. El detalle más revelador fue el orden. Cada archivo estaba dispuesto cronológicamente: desde el nacimiento de Kazumi hasta las últimas imágenes que lo retrataban. Era un archivo vivo, una línea de tiempo tejida con disciplina y amor, una forma de asegurarse de que nada quedara en el olvido.

Los videos empezaron a correr uno tras otro. En ellos aparecía Kazumi riendo, bailando, jugando. El más conmovedor mostraba a su hermana enseñándole a bailar samba en la sala. Él seguía los pasos con torpeza y chispa, mientras las carcajadas llenaban el espacio. Esa escena sintetizaba lo que todos decían de él: alegría, espontaneidad, energía.

La madre no lloraba al verlos. Su mirada estaba acompañada más por la serenidad que por la tristeza. Reía con cada recuerdo y sus comentarios iluminaban las imágenes: “Siempre estaba haciéndonos reír”, decía entre sonrisas. Era evidente que lo recordaba con paz, con la tranquilidad de quien guarda más gratitud que dolor.

En una habitación, sobre dos tablas convertidas en estantes, descansaba la colección de carritos de Kazumi. Estaban alineados en perfecta hilera, junto a un muñeco tejido que lo representaba. Pequeños objetos que prolongaban su presencia, como testigos silenciosos de lo que fue.

La visita dejaba una impresión clara: Kazumi vivió intensamente, siempre explorando y entregándose a lo que hacía. Nunca esperaba el momento perfecto, siempre se lanzaba a experimentar con entusiasmo. Cuando se preguntó cómo definirlo en una sola palabra, su madre respondió sin titubeos: “amor”. Su hermana, con la misma convicción, dijo: “impredecible”. En esas dos voces se resume lo que él significó para quienes lo conocieron: una mezcla de ternura infinita y energía inagotable que, aún hoy, permanece viva en cada recuerdo.

La madre no lloraba al verlos. Su mirada estaba acompañada más por la serenidad que por la tristeza” .

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“El mayor peligro es la indiferencia.”

Franklin D. Roosevelt

Por: Juan José Grisales Osorio

Estudiante de Trabajo Social

Masacre. ​Una palabra que debería estremecernos… y, sin embargo, ya no lo hace. La escuchamos cada día, la leemos en titulares, la repetimos en redes… y no sentimos nada. En Colombia, el horror dejó de ser un acontecimiento para convertirse en paisaje. Nos hemos convertido en espectadores de nuestra propia tragedia, especialistas en mirar hacia otro lado, en desayunar con la muerte y continuar con la vida como si nada ocurriera. Ese, me temo, es nuestro pecado más grande: la indiferencia. Vivimos anestesiados, insensibilizados, cómodos en el letargo.

Las cifras son tan frías como demoledoras. Según la Oficina de Derechos Humanos de la ONU, en 2024, 252 personas fueron asesinadas en 72 masacres; 89 defensores de derechos humanos cayeron en el mismo período. Cada número es una vida que no volverá. Cada dato es un grito que se apaga en silencio. Y, aún así, el país gira. Los nombres cambian: disidencias, clanes, autodefensas, carteles. Las siglas se transforman, los uniformes varían, pero el resultado permanece: gente inocente muere… y nadie responde.

No puedo imaginar un hecho que refleje mejor esta tragedia que lo ocurrido el pasado 21 de agosto de 2025. Ese día, Cali fue testigo de un nuevo capítulo de horror. Un camión bomba se estalló cerca de la Escuela Militar de Aviación Marco Fidel Suárez, dejando al menos siete muertos y más de setenta heridos. Los vidrios rotos cubrieron las calles, las fachadas ardieron, las familias corrieron buscando sobrevivir… y, sin embargo, horas después, Colombia volvió a su rutina. Las redes sociales hicieron su trabajo: indignación instantánea, minutos de tendencia, promesas de “nunca más”. Y al amanecer, la conversación era otra. Porque, en este país, hasta el horror tiene fecha de caducidad.

Con esta masacre, ya sumamos 50 en lo que va del año. Y me temo que no puedo jurar que será la última. Mientras tanto, el Estado parece atrapado en su propio laberinto burocrático. Se firman acuerdos, se anuncian negociaciones, se celebran pactos con grandes titulares. Pero en las zonas rurales, municipios y ciudades donde ocurre la mayoría de estas masacres, la presencia real del Estado es un mito. Allí manda quien tiene más armas, más dinero y menos escrúpulos. La ley no es la Constitución… es la pólvora.

Pero también debemos mirarnos a nosotros mismos. Somos un país que consume violencia como entretenimiento: la vemos en noticieros, series, memes y redes sociales. Nos indignamos en Twitter, pero no exigimos soluciones reales. Nos hemos acostumbrado tanto a la muerte que dejamos de preguntarnos quiénes eran esas personas, qué sueños tenían, por qué su vida terminó así. Y, al hacerlo, permitimos que el ciclo se repita.

Colombia necesita asumir una verdad incómoda: las masacres no son hechos aislados; son el síntoma de un problema estructural. Desigualdad, abandono estatal, corrupción, narcotráfico, ausencia de justicia. Mientras sigamos viendo la violencia como un paisaje inevitable, seguirá repitiéndose, una y otra vez, hasta que el país entero se convierta en su propia fosa común.

La indiferencia también mata. Si seguimos callando, las masacres seguirán escribiendo nuestra historia con sangre. Es hora de exigirle al Estado que cumpla, pero también de romper la comodidad de nuestro silencio. Porque un país que normaliza el horror está condenado a repetirlo… y, al ritmo que vamos, lo repetiremos hasta desaparecer.

Porque Colombia es un país que vive en luto.

La indiferencia también mata. Si seguimos callando, las masacres seguirán escribiendo nuestra historia con sangre”.

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