LANZAMIENTO DE ‘MÁS FUERTE QUE EL HOLOCAUSTO’

En el marco de la Semana de la Comunicación y la Publicidad en la Universidad Santiago de Cali, la docente y politóloga Olga Behar lanzó su más reciente obra titulada “Más fuerte que el Holocausto”, una novela que habla sobre una pareja que logró sobrevivir a los horrores de la Segunda Guerra Mundial.


Segunda Guerra Mundial: Campos de concentración, genocidios, destierro, huérfanos, viudas, bombardeos y muchos vejámenes. ¿Puede haber algo más fuerte que esto? Sí, si lo hay, lo encontró Olga Behar y lo plasmó en su obra ‘Más Fuerte que el Holocausto’, una novela de amor en una de las guerras más sanguinarias y despiadadas de la historia. Se puede decir que todos los libros de la politóloga tienen un elemento en común y es la investigación rigurosa, pues no se puede dejar ningún detalle suelto ni mucho menos a la especulación, más aún cuando se habla de una novela, que requiere mucho detalle en cada personaje y, sobre todo, en todas sus líneas.

La docente Olga Behar recibiendo una nota de estilo después del lanzamiento de su libro en la USC

La novela trata sobre dos sobrevivientes del Holocausto nazi, los dos enamorados hasta los tuétanos, separados por la guerra. El par de amantes oriundos de Polonia; uno de los países más golpeados por el Holocausto y, como si esto no fuera poco, eran judíos, lo que le pone más drama a la situación. Como el título de la obra lo dice: el amor de los protagonistas fue más fuerte que el Holocausto, no importaron las desgracias que vivieron en los campos de concentración, tampoco los horrores de la guerra, pues las ganas de verse y volver a estar juntos vencieron cualquier tipo de barrera que la vida les impuso. Los retos a la hora de escribir esta novela fueron muchísimos, el primero fue la confidencialidad, pues esta historia le era cercana desde su infancia, así que decidió cambiar los nombres y salvaguardar identidades. Posterior a esto, tuvo que recrear las atmósferas de la época, para esto tuvo que tomarse licencias literarias y así construir un ambiente que impactara al lector, desde los paisajes hasta los vestuarios, finalizando en los diálogos.

“Me demoré casi cerca de seis meses en decidir el título, muchos se me ocurrieron pero al final me convenció Más Fuerte que el Holocausto”.

Como si esto no fuera poco, la persona que le contó esta historia, es una mujer de casi 92 años de edad, lo que generó que olvidara muchos detalles. Ella le relató los sucesos, le facilitó una serie de documentos como cartas, pasaportes y un diario, algo que cuajó la obra y despejó las dudas pero, a su vez, forjó mucho más trabajo, pues todo estaba escrito en polaco. Se demoró casi seis meses en encontrar a una persona apta para traducir todos estos documentos. Por cada hoja que se traducía, se demoraban alrededor de dos a cuatro horas. Pero lo logró: “Hay cosas que me conectan con esto, conocí a los sobrevivientes de la guerra, este tema me ata a mi propio pasado, reconstruyo la memoria”, concluyó la autora al presentar el libro. No cabe duda que esta obra será otro Best Seller de la escritora, pues a leguas se nota que le puso el alma, el corazón y todo el esfuerzo a este libro y cuando estos elementos se amalgaman, se crea una obra maestra.

  • DESTACADO
  • En Polonia murieron más de 6’600.00 personas. Los protagonistas de este trabajo son un milagro, pues sobrevivieron para consumar su amor

 

Francesco Zucconi 

  @@ChescoZucco

Capítulo entero de la nueva novela de Olga Behar ‘Más fuerte que el holocausto’

Una enternecedora historia de amor y esperanza en medio del odio y la desesperanza en Polonia ocupada por los nazis es el tema de la nueva novela de Olga Behar, periodista, novelista, politóloga y directora de nuestro medio Utopicos.com.co. “Más fuerte que el holocausto” saldrá al público este viernes en Bogotá, Colombia. Publicamos con autorización exclusiva un capítulo de este conmovedor drama humano: La boda. Ventas fuera de Colombia desde la página Icono Editorial. 

La boda

Había transcurrido un año desde el aciago día en el que se habían unido para siempre. Las horas que debían haber sido las más felices de sus vidas, terminaron por confirmar su desgraciada realidad.

Apenas un mes antes de la boda, Tashi había llegado precipitadamente al Lager, el campo de trabajo contiguo a la planta refinadora de petróleo Galitzia, instalado por los nazis luego de la invasión triunfante al este de Polonia y del consecuente dominio total sobre toda la nación europea.

El Lager era un lugar frío, gris, a punto de caerse a pedazos por el hacinamiento. El patio central era en realidad una calle de piedra grisácea que separaba varios edificios que podían ser de hasta tres pisos, en donde se organizaron las barracas con literas en las que vivían los judíos que trabajaban en la refinería, sin remuneración ni mínimas garantías laborales.

Lo encerraron con verjas altas para que nadie pudiera escapar. A la izquierda, estaban las mujeres, obligadas a asear todo el lugar, preparar la comida de los alemanes, lavar sus ropas y prestar los servicios que fueran solicitados. Algunas limpiaban también las oficinas de la refinería. Al lado este se levantaba el alojamiento de los varones. Solo con algunas excepciones se podía conseguir algún permiso para salir, pero siempre eran los jefes que integraban el Consejo de Gobierno interno –llamado Judenrat– quienes lo otorgaban, pues los alemanes nunca concederían el «privilegio» de andar por las calles.

Los judíos allí confinados vivían una auténtica hambruna. Debían conformarse con cáscaras de papa y otras sobras. Si lograban intercambiar con los campesinos ucranianos (vecinos del campo) una camisa, un pantalón, alguna pertenencia que aún conservaban, podían disfrutar de un poco de arroz o de unas hojas de té.

Pero Józef Pollak, el joven de veinticinco años que había logrado un cupo en la fábrica gracias a sus habilidades en mecánica de motores, tenía la convicción, como muchos otros judíos que ya estaban allí, de que solo en un campo de trabajo podría sobrevivir. Para los invasores era imperativo refinar gasolina y así garantizar la operatividad de su maquinaria de guerra. Estar allí era, pues, una gran oportunidad a la que no muchos judíos podían aspirar. La mayoría de la población judía de Drohobycz –la ciudad natal de Józef y Tashi– había sido reunida en un gueto ubicado en uno de los barrios más populosos del centro y, al promediar 1943, los nazis parecían haber llegado a la conclusión de que debía acometerse una solución definitiva para tanta gente «inservible». Por eso, a lo largo y ancho de Polonia, comenzaron a ser liquidados los guetos y la gran mayoría de sus habitantes fue trasladada a campos de concentración.

El gueto de Drohobycz no fue la excepción. Allí vivía la familia de Józef y también la de su enamorada, Natalie Gluckman.

De solo veinte años, Natalie –a quien todos llamaban cariñosamente Tashi– era una joven muy agraciada. Sus cabellos rubios caían sobre los hombros en ondas perfectas, sus ojos eran azul cielo y, aunque era bajita –a lo sumo 1,58 de estatura– tenía un cuerpo armonioso. Pero lo que más lo cautivaban eran su gracia e inteligencia.

Apenas había comenzado a cortejarla cuando la guerra trastornó todos sus planes. Y ahora que la liquidación del gueto era inminente, se sentía obligado a salvar su vida.

—Trae a tu enamorada, Józef, aquí haremos hasta lo imposible para cuidarla. Hay mucho trabajo en el Lager.

—Me da miedo, Cecylia, tal vez salvemos su vida pero, ¿y si alguno de los comandantes intenta sobrepasarse con ella? ¡Yo no lo soportaría!

—No te preocupes, que los alemanes nos desprecian.

Se sintió aliviado. Si lo decía Cecylia, una joven de unos diecisiete años, que ya llevaba varias semanas allí, debía ser cierto.

Tomó entonces la decisión de llevarse a Tashi al Lager. Habló con uno de los consejeros y le rogó por un cupo de aseadora para su novia.

—Tráela ya. Pero no te tardes, porque en cualquier momento pueden venir esos a hacer un conteo sorpresa.

El viento golpeó con fuerza su rostro. Al respirar, podía ver el vaho surgir de su boca. No había tiempo qué perder. Durante veinte minutos caminó –casi corrió– por las calles que separaban el Lager del gueto. La vigilancia no era muy fuerte, «estarán ocupados en otras fechorías», pensó. Atravesó un par de cuadras más y unas cuantas zancadas lo ubicaron frente a Moshé, el padre de Tashi.

—Señor, buenas noches. Vine para hablar con usted.

—Es peligroso, Józi. Dime, pero rápido —le advirtió mientras le servía un agua caliente desteñida que parecía ser té. —

Gracias. Necesito su permiso para llevarme a Tashi. Según rumores, van a liquidar el gueto y no quiero que ella pase dificultades. Ya averigüé en el Lager y hay una plaza en la refinería. Le prometo cuidarla.

—No hay tiempo qué perder. Confío en ti, Józef; sé que serás un caballero con mi hija y, si han de vivir y estar juntos, tienen mi bendición.

Con apenas una cartera que contenía su peineta, una muda de ropa y un reloj de pulso pequeñito, pero fino, Tashi salió del cuarto familiar. Entre sus pechos había alcanzado a guardar algunas fotografías. Tenía esperanza de vida, la ilusión de enfrentar los peligros al lado de su enamorado; pero tenía el corazón roto. Con agilidad, se puso las botas gruesas, ya raídas por el esfuerzo de tres inviernos, y salió de la mano de su Józi. En la puerta, su padre levantó un brazo en señal de despedida, mientras con el otro intentaba cubrir parte de su rostro para que la tercera de sus cuatro hijas no viera las lágrimas que nublaban la última mirada que dirigió a las siluetas que se perdían entre las tinieblas.

* * *

Se marchaba con la certeza de que no volvería a ver la mirada tierna de su padre, de que sus cantos juveniles serían sepultados por la horrenda realidad del exterminio, como le había sucedido a la primogénita de la familia, a su pequeño sobrino y, seguramente, también a sus otras dos hermanas. Solo unos cuatro kilómetros separarían a Tashi de su padre. El camino a la fábrica se hizo rápido, en solo veinte minutos atravesaron la reja e ingresaron al Lager. Allí, Tashi fue recibida por Samuel, el jefe judío del campo, quien le hizo una pequeña evaluación y la envió a una pieza del segundo piso para que ocupara una de las veinte literas apiñadas en el estrecho espacio, no sin antes explicarle:

—Vas a empezar en las oficinas administrativas de la refinería. Al jefe de personal le interesa que tengas habilidades en secretariado y contabilidad. Pero no esperes que te asignen solo las cuentas y la correspondencia, lo más posible es que tengas que limpiar y acatar todas las órdenes que te den.

—Muchas gracias, señor Samuel.

—Ah, y no te dejes alterar por la forma de ser de esos tipos. Si los contradices, se te acaba el trabajo y de pronto hasta la vida.

Abrazados, como solo podían hacerlo al interior del pequeño cuarto donde funcionaba el Judenrat, murmuraron promesas de amor, mientras Tashi sacaba de entre su falda una bufanda a rayas grises y negras, medio raída.

—Józi, hace mucho frío, y acá las noches deben ser más heladas todavía. Te servirá para abrigarte. La tejí en el gueto con dos agujas y un poco de lana que reutilicé de un saco grueso que logramos llevar. Estaba un poco maltrecho, por eso lo desbaraté para reutilizar lo que todavía servía.

—Más que para abrigarme, mój skarb [mi tesoro]. Tiene tu aroma, aroma de ángel.

—Bueno, ya, cada uno para su «casa» —sentenció Samuel.

—¿Puedo llevarla? —preguntó Józef,implorante.

—No te tardes. Ya casi apago la luz.

Atravesaron el patio sin pronunciar palabra. Tomarse de las manos y caminar tan lento como les era posible fue suficiente para sentirse felices. Por pocos instantes, parecieron olvidar su condición de esclavos; la realidad de haber perdido contacto con sus respectivas familias. Un beso rápido y la mano tosca, pero cálida, sobre el rostro helado de Tashi fueron la despedida por esa noche.

En la puerta del edificio de las mujeres estaba la pequeña Cecylia. Sin mucho protocolo, la condujo por una oscura escalera hasta la segunda planta donde fue recibida con enorme cariño por quienes, a partir de ese momento, serían como hermanas y madres para ella.

No todas eran jóvenes, pero la mayoría sí tenía la fuerza suficiente para trabajar como mula. Rápidamente la acomodaron en la litera que había dejado –quién sabe para ser llevada a dónde luego de que los nazis la sacaran de la fila, el día anterior– la mujer a quien Tashi reemplazaría desde la mañana siguiente.

—Aquí tienes esta toalla. Enróllala y te servirá de almohada… o de cobija si sientes mucho frío —ofreció una de ellas.

—Toma, acá hay un poco de té caliente. No sabe a nada, pero te ayudará a sentirte mejor —le brindó otra.

—Józef es un buen muchacho, siempre está pendiente de nosotras —agregó otra de las más jóvenes—. Mucho gusto, soy Adela.

Tashi sonrió agradecida. Durmió sin sobresaltos, se sentía más segura que en el gueto. Si su Józi la había llevado allá, era porque le convenía, porque era la mejor opción para estar juntos y a salvo.

* * *

El camino diario de ida y vuelta era muy peligroso, en cualquier momento uno de los oficiales o soldados podía intentar agredirlos o descargar sus arrebatos de rabia. Los trabajadores eran trasladados desde el Lager en grupos grandes, hombres y mujeres separados, y custodiados por tres o cuatro milicianos bien armados.

¿Cómo te sentiste hoy, querida? —le preguntó Józef, mientras tomaba sus manos y las besaba, al ingresar al patio central, después de la primera jornada en la refinería Galitzia.

—Trabajé duro, pero eso no es problema para mí. En la fábrica puedo aguantar. Lo que me da miedo es la caminata. Hoy, a lo lejos, vi cómo azotaban a un hombre, solo porque andaba un poco más despacio. Ojalá me pudieran dejar acá en el Lager.

—Haré todo lo posible. Me llevo bien con el señor Samuel. Ya me hizo dos grandes favores: me dejó traerte y conseguirte trabajo. Pero esta misma noche hablo con él. Gracias a esa «palanca», Tashi fue reasignada a las labores de aseadora interna.

—El trabajo es mucho más duro, Natalie —le explicó Samuel—. Debes lavar los pisos, primero con cepillo y luego secarlos con trapos.

—Lo que usted ordene, le agradezco mucho.

Hincada durante horas enteras, se esmeraba para no tener que aguantar los gritos de los nazis si se les daba por revisar. También debía lavar la ropa de los trabajadores y tender las literas con las escasas frazadas que todavía conservaban. Los piojos invadían el lugar y laceraban las pieles de los famélicos habitantes del Lager. No había manera de erradicarlos, pues las condiciones de aseo eran muy precarias, y lavar las cobijas y sábanas hubiera sido un sueño imposible de cristalizar, porque eran demasiadas y, además, porque el jabón escaseaba.

En el invierno, el agua corriente apenas bajaba como un hilito en los chorros instalados en los lavamanos de la primera planta del edificio por lo que, en innumerables ocasiones, debían romper hielo de la parte posterior de la fachada y calentarlo de alguna manera para lavar la ropa.

Como si fuera poco el trabajo que tenían las veinte mujeres, les adicionaron el oficio de pelar papas, que ingresaban en grandes toneles. El destino de los cientos, miles de tubérculos, era el Ejército. Los esclavos judíos nunca tendrían la oportunidad de recibir una papa entera para comer. Debían conformarse con las cáscaras, que hervían con agua y sal, para hacer un remedo de sopa que tomaban los agotados y gélidos trabajadores cuando regresaban de la extenuante jornada en la refinería.

Solo lograban sentir, de vez en cuando, que eran seres humanos cuando Mundek, el hollinero del Lager, las premiaba con un poco de agua caliente para lavarse durante las heladas noches de invierno, o para preparar una tacita de té, si es que podían conseguir alguna hierba aromática.

—Rápido, traigan pronto un balde limpio para echarles el agua. Y un plato hondo, que voy a raspar la olla de la sopa.

Es que Mundek, un joven pelirrojo, de unos veinte años –que debía haber sido grande y fuerte pero ahora era a duras penas un bulto de huesos y piel–, era quien encendía la estufa para preparar las comidas de los alemanes y polacos que custodiaban el área y conducían –ida y regreso– a los esclavos que trabajaban en la fábrica.

Con el paso de los días, comenzaron a conocerse más, unas y otras. No todas eran solteras; varias de ellas eran madres que habían perdido el rastro de sus hijos. También había hermanas, otras eran primas; todas ignoraban qué había sido de sus seres queridos. Pero la mayoría estaba, como Tashi, y también Cecylia, la más joven de todas, solas allí.

—¿De dónde vienes, Natalie? —preguntó una de ellas en una de esas noches oscuras en que terminaron durmiendo de a dos –y hasta de a tres–, debido al frío que calaba hasta los huesos.

—De Drohobycz.

—Qué cerca estás de tu familia. La mía está un poco más lejos, en Boryslaw —comentó Cecylia. —Cuéntanos de tus padres, Natalie. —Tashi, díganme Tashi, por favor. Durante más de dos horas, les relató algunos detalles sobre ellos.

* * *

Moshé Gluckman era uno de los hombres más bellos que solían caminar por las calles de Drohobycz. No era alto ni muy fornido, pero su piel blanca con textura de durazno y sus ojos de un azul profundo lo hacían ver algo diferente a los demás judíos del barrio, casi todos de cabellos cobrizos y ojos pardos.

De joven, se dedicaba a la venta de telas en su pequeño negocio ubicado no muy lejos de la céntrica calle de Mickiewicz. Pero su familia había logrado ganar mucho dinero en el comercio, el suficiente como para comprar una pequeña planta refinadora de gasolina, una de las muchas que habían surgido en la región de Galitzia gracias al hallazgo de grandes pozos de petróleo a finales del siglo xix. Alcanzó a hacer algunos estudios de ingeniería en una universidad de Cracovia para convertirse en el director de producción de la planta.

No era precisamente un judío ortodoxo, pero sí tradicionalista, de aquellos que solían asistir con su familia al templo cada sábado para la lectura de la Torá y la celebración del día consagrado al descanso. Las fiestas religiosas eran motivo de grandes celebraciones en la familia Gluckman, que se reunía para la preparación de comidas opíparas, en las que se cantaba, se rezaba un poco y, sobre todo, se disfrutaba de la unión y del cariño que les había enseñado –casi exigido– a todos el patriarca.

Fela, su afortunada esposa, no le dio el hijo varón que cualquier hombre hubiera deseado en esas épocas. «¿Cuatro mujeres?», les preguntaban con frecuencia con no poco asombro. Y él, orgulloso, aseguraba que era el rey del hogar, el más consentido y atendido del mundo entero.

—Y yo soy la tercera de esas cuatro niñas. Mi hermana mayor se casó y tuvo un hijo. Pero esa es otra historia que, por cierto, no tiene un final feliz. Mejor durmamos, porque nos espera un día de mucho trabajo. Con el triste recuerdo de Dina y su sobrinito, Tashi secó sus lágrimas y se quedó dormida.

* * *

Las oportunidades para encontrarse con Józef en el Lager eran más bien escasas. Pero cualquier instante de conversación, o una simple mirada furtiva, eran suficientes para alimentar ese gran amor.

A pesar de que una cerca dividía el edificio de mujeres del de los hombres, podían verse por un breve espacio, todos los días, en el patio, cuando ellas aseaban los dormitorios masculinos, o cuando otras se dirigían a la entrada para ir con los hombres a la refinería. A veces, Tashi lograba camuflarse, por unos instantes, en ese grupo.

Como podía pasar hasta media hora antes de que comenzara la marcha, incluso podían tener rápidas conversaciones.

—¿Cómo te sientes en la fábrica?

—¿Sabes? Cuando estoy allá tan ocupado con las máquinas, me siento como cualquier trabajador y a ratos se me olvida lo que estamos viviendo. Pero cuando el día se termina y tenemos que organizarnos de nuevo en las columnas para venir al Lager, vuelvo a la realidad. Solo me consuela saber que de pronto te voy a ver cuando llego.

A través de miradas, pequeñas notas y uno que otro pedacito de alimento que lograba conseguir, Józef fue formalizando cada vez más la relación. El cortejo aumentaba cuando podía dispensarle atenciones especiales, como subirle los baldes de agua para que ella no tuviera que cargarlos, desde la primera planta, por los altos escalones que conducían al segundo y tercer piso.

Tashi se sentía feliz con el amor que Józef le profesaba, pero temía alimentar su ilusión; debía evitar que él fuera más adelante. Para qué casarse en semejante situación. No podrían vivir juntos, cada día sería más difícil aspirar al disfrute cotidiano de pareja y –lo peor– la abrumaba el temor de quedar embarazada. ¡Cómo iba a traer un niño al mundo, encerrada y con la vida pendiendo de un hilo todo el tiempo!

Pero el destino iba a determinar un plan diferente. Pocas semanas después de la llegada de Tashi, Samuel Baumstein, el presidente del Consejo de Administración del campamento, decidió convertirse en el celestino de la enamorada pareja. Una tarde llamó a Tashi a su oficina:

—Bueno, creo que es hora de que formalices tu relación con Józef.

—Pero, señor Samuel, yo no quiero casarme.

—Jovencita, este amigo tuyo es más que amigo; debes pensarlo bien.

De verdad, no quería un matrimonio en las circunstancias que afrontaban. Pero, por otro lado, Tashi siempre se guiaba por lo que pudiera pensar su padre. «Si mi papá me dio el permiso para venir al campo con Józef, creo que piensa que está bien que haga mi vida con él. Voy a aceptar», decidió.

Tal vez, en el fondo de su corazón, abrigaba la esperanza de que algún día pudieran tener una vida normal, que la guerra no duraría mucho más. Porque se rumoraba que el Ejército soviético liberaba al país de los nazis y que la invasión duraría días, o tal vez semanas. Cuán equivocada estaba.

Baumstein no supo de las dudas que albergaba la joven pero, al notarla indecisa, optó por buscar a Józef a la hora del descanso nocturno.

—¿Tienes planes serios con Natalie? Esto hay que organizarlo si quieres hacer vida con ella.

—Mis intenciones son las más serias del mundo. Sin embargo, señor Samuel, aquí sabemos cómo estamos hoy, pero no mañana. Vivimos el presente con intensidad y solo le puedo asegurar que la quiero más que a mi vida.

—Pues, entonces, vamos a casarlos, eso es lo que tenemos que hacer.

Estaba por terminar el invierno. No era fácil conseguir un objeto para simbolizar la unión; es más, ni siquiera una flor para pedirle matrimonio. A la mañana siguiente, 1º de abril de 1943, mientras marchaba hacia la máquina limpiadora de crudo que le habían asignado vio, en un extremo del andén, el verdor de unas maticas silvestres y unas cuantas florecitas blancas. «Ojalá estén allí esta tarde, ojalá nos conduzcan por el mismo camino, ojalá se distraiga el guardián». Tantos ojalás… Estaba seguro de que no tendría nada que regalarle a su amada Natalie.

Pero la suerte estaba de su lado. La oscuridad del atardecer confundía la carretera con los bordes del césped naciente, pero Józef recordaba con exactitud la ubicación del ramillete. En un descuido del vigilante arrancó tres tiernas flores blancas, observó los escasos pétalos y los pistilos amarillentos. Para él lucían como el mejor ramo de rosas. Y seguro Tashi lo vería así también.

Samuel lo esperaba en la entrada del Lager. Dos o tres pasos atrás, distinguió a la más bella de las mujeres que había visto en su vida. Con un vestido blanco, que no imaginaba de dónde podía haber salido –luego sabría que Baumstein lo había encargado a una ucraniana unos meses antes para otra boda y lo había guardado con mucho celo– y un pañuelo bordado adherido a su cabello corto, Tashi esperaba impaciente a su novio.

No hubo, pues, oportunidad para pedir su mano ni para el compromiso. El ramo de la novia fue nada más ni nada menos que el atado de hojas silvestres y las tres flores blancas de pistilos amarillos que Józef había cortado para sellar la unión.

El señor Baumstein oficiaría el matrimonio. Presentó a dos testigos y al amanuense que copiaba lo que el jefe del Lager dictaba. Pronunció lo más rápido que pudo las siete bendiciones, «sheva berajot», bendijo una copa con agua –en lugar del tradicional vino pero, ¿quién podría haberlo conseguido en semejantes circunstancias?– que bebieron los contrayentes.

—Te tomo como esposa, Natalie Gluckman. Prometo cuidarte con mi propia vida, amarte y respetarte. Que Dios y la vida nos permitan sobrevivir y formar el mejor de los hogares judíos —expresó el emocionado novio.

Con lágrimas en los ojos y la voz ahogada por una mezcla de felicidad y dolor, Tashi respondió: —Te tomo por esposo, Józef Pollak. Prometo amarte y serte fiel hasta que la muerte nos separe… Y después de ella también, en todas las vidas que Dios me dé.

Un simple papel hizo las veces de ketuvah, el contrato matrimonial. Bajo un manto improvisado fueron declarados «marido y mujer». Enseguida, el oficiante le entregó a Józef un pañuelo blanco que contenía un vaso de vidrio. Lo puso sobre el piso del salón y, de un pisotón, lo quebró con fuerza. En medio de una mezcla de emociones –alegría inmensa por unir sus vidas y un gran dolor por la forma como se celebraba la boda– los presentes recordaron la destrucción del Templo de Jerusalén hacía casi dos mil años.

Con la venia del señor Baumstein, los contrayentes se besaron con ternura y, sin más oportunidad, escucharon la orden:

—Ahora, cada uno a su barraca. Ya tendrán ocasión de celebrar, si Dios lo quiere, algún día.

Escoltada por sus solidarias amigas, y bañada en lágrimas de tristeza, Tashi ingresó en el edificio, no sin antes volver su cabeza para ver cómo su amado se alejaba. Las miradas se cruzaron y los besos tirados al viento fueron la despedida. No hubo noche de bodas; menos, luna de miel. La desilusión y la desesperanza abatieron a los adoloridos contrayentes, que se juraron en silencio que harían hasta lo imposible para estar siempre juntos.

Impunidad contra la Justicia

Cerramos esta serie con el análisis del profesor de la Universidad Nacional, historiador, doctor en sociología y autor de numerosos libros y artículos académicos sobre la violencia en Colombia, Carlos Miguel Ortiz, que www.utopicos.com.co extrajo de su intervención en el Congreso Nacional de Historia, recientemente realizado en Bogotá (versión editada por Olga Behar).


Por: Olga Behar 

Directora www.utopicos.com.co

No voy a hablar del centenar de víctimas de esas 27 horas. Recientemente, he desarrollado mi análisis centrado solamente las víctimas de los desaparecidos, con un profundo respeto hacia esas 13 víctimas y una gran admiración por esa lucha titánica, por ya 30 años, que están librando los familiares, que todavía esperan la entrega y recuperación de los cadáveres, sin que el Estado responda hasta hoy a esa angustia, de no poder hacer el duelo como lo pudieron hacer con el resto de cadáveres de ese centenar de víctimas.

¿Hubo o no hubo un golpe de Estado, como lo ha planteado la periodista y escritora Olga Behar? Yo no voy a entrar en la controversia en este momento, pero pese a lo insólito de esa falta de control del presidente en esa época, quiero recordar que de todos modos desde años atrás venía habiendo un empoderamiento demasiado grande de los militares.

No es que ese día, como cosa rara, los militares tuvieran el control; justamente se relaciona con inscribir esos hechos en un proceso histórico, mirar la correlación de fuerzas que lo antecede. Primero, estábamos en la anterior Constitución, la de 1886, que en su artículo 121 estableció el Estado de Sitio, que dio lugar a que se pusiera en paréntesis todo el resto de la Constitución, todas las garantías, el equilibrio de los tres poderes, todo lo clásico de la tradición francesa en las democracias. Se ponían en paréntesis por arte de magia.

La Comisión de la Verdad que rindió informe en el 2010 sobre estos hechos, al hablar del contexto, explicó cómo antes del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán se había utilizado el estado de sitio. Pero, desde 1948 hasta la Constitución del 91 se volvió rutinario y esquemático el Estado de Sitio. La justicia penal militar se encargaba de juzgar a civiles cuando eran ‘sospechosos’ -que se refería a tener relación con grupos armados- y los delitos que no tenían que ver con combate, como que alguien se disfrazara de civil y desapareciera a otro. Cuando se trataba de militares y policías, podían ser conocidos y juzgados por la justicia penal militar, cuando organismos como la corte insistían en que esos delitos no podían procesarse por los mismos militares, eso era un absurdo absoluto y se dio gracias al Estado de Sitio.

A finales del 77, hubo una presión de los militares muy fuerte: presentaron un proyecto que era el germen del futuro Estatuto de Seguridad, que el Presidente Alfonso López Michelsen no firmó. Entonces, se lo pasaron al presidente siguiente Turbay Ayala, que sí lo firmó. Fue el decreto 193 del 5 de septiembre de 1978, el Estatuto de Seguridad, que reunía todas estas joyas que acabo de mencionar. De esa manera, se hicieron muchísimas detenciones a los que se veían sospechosos de nexos con el M-19, a raíz del robo de 5.700 armas del Cantón Norte (en la noche de año nuevo).

El mismo primero de enero de 1979, empezó una cacería de brujas tremenda a la sombra de este decreto; 3.043 personas fueron detenidas de esta forma a partir de ese día. Incluso, los miembros del gabinete ni siquiera pudieron ir al consejo de ministros porque estaban en vacaciones, y el consejo fue el 10 de enero, o sea que durante esos 10 días detuvieron a muchísimos de ellos y luego hicieron la legalización por parte del consejo de ministros.

Los militares, empoderados en el sector judicial como si fueran jueces, dejaron por el suelo la división de los tres poderes, clásica de la tradición francesa. Desde el 79 todo no solo se daba esto, también una pelea muy dura por parte de la insurgencia. El M-19 entre agosto de 1984 y junio del 1985, cuando se rompió la tregua, estaba en tregua pero hacia ataques y en algunos de esos campamentos, no solo estuvieron conversando de paz. Fueron tremendos los ataques del otro lado en pleno proceso de paz, como contra el campamento de Yarumales, después del atentado en Cali, en una la cafetería, donde perdió una pierna Antonio Navarro Wolff.

Era una tregua armada de lado y lado, y era muy tensionante, porque además, el gobierno se vio un poco arrinconado -desde Turbay- por el apoyo popular hacia la guerrilla, que crecía. Muchas acciones del M-19 hicieron crecer el apoyo popular; la revista Semana hablaba de que el 75% de la gente quería que se hiciera un diálogo que se fuera por las formulaciones de paz y no solo por pacificación a la fuerza ,que era el planteamiento de Turbay, presionado por los militares.

Esta presión es muy importante tenerla en cuenta porque ellos ya tenían mucho control desde el gobierno de Turbay Ayala y continuaron con ese referente en el gobierno de Belisario. Entonces se daba un problema, porque Belisario tenía la intención de cambiar en 180 grados la política de Turbay, de pacificación a la fuerza, pero los militares no entraban en eso y en una entrevista que le hizo la Comisión de la Verdad a Betancur él dijo: Me faltó pedagogía, porque yo quise llegar de una vez a imponerles ese cambio a los militares y ellos me lo rechazaron totalmente y por debajo de cuerda me sabotearon lo que yo estaba haciendo.

Incluso lo hacían públicamente; el general Fernando Landazábal Reyes dio declaraciones (a la periodista Margarita Vidal, que fueron publicadas por la revista Cromos) y el presidente lo destituyó en enero de 1984. Posteriormente, el General Miguel Vega Uribe llegó a ese ministerio.

La frase “salvamos la democracia, maestro” es ya clásica, la dijo a los periodistas el coronel Luis Alfonso Plazas Vega (durante el operativo de retoma del Palacio, el 6 de noviembre). Recibió la sentencia condenatoria de la juez tercera penal de Bogotá, a 30 años de prisión, por desaparición forzada que él, obviamente, no ha querido aceptar. Después fue al Tribunal Superior de Bogotá, que ratificó la sentencia, y la llevó a la Sala de Casación de la Corte Suprema de Justicia, que en este momento todavía no se ha pronunciado.

Después de los hechos del Palacio de Justicia hemos sido testigos de cómo en el proceso de la justicia sobre esos hechos se siguió dando esa presión tan tremenda de los militares, lo que dificultaba que se lograra efectivamente justicia y la dificultad persiste hasta el día de hoy. Los procesos los ha tomado la justicia penal militar paralelamente a la justicia ordinaria, tratando de suplantar sus atribuciones.

Y hasta ahora, la justicia penal militar no ha condenado a uno solo; la ordinaria sí. Entonces se presenta un conflicto de intereses que, además, el Estado no sabe manejar. La presión de los militares ha sido muy fuerte en el proceso de justicia, a lo que yo me refiero es a la dimensión de esa desaparición forzada. Esto es de conocimiento público porque ya están las sentencias, tanto de la juez tercera penal como de la 51, como del Tribunal Superior de Bogotá que ratificó las sentencias anteriores en 2012 y como la Comisión de la Verdad, en su informe del 2010. E inclusive en el Consejo de Estado, con sentencias de 1994 y de 1997, hay una abundante jurisprudencia que aporta al problema tremendo de la desaparición de estas personas, pero que todavía dejan una cantidad de vacíos y desamparadas a las familias de los 13 desaparecidos.

Salvo dos casos, no entregan los cadáveres y eso porque quienes saben en dónde están no quieren hablar, porque continúan pataleando en sus recursos hasta lograr que los declaren inocentes, y si llegan a decir donde están, obviamente se auto declararían culpables.

Esa es la terrible tragedia de los familiares, vamos a ver si con la justicia transicional de la que se habla, que cobijará a los militares que digan la verdad, estos quiebran ese orgullo y ese espíritu de cuerpo -en el que los unos están tapando a los otros- y logran por fin los familiares, o algunos de ellos, que les digan dónde están los cadáveres, que es su principal angustia.

En el inicio del proceso, las desapariciones forzadas que se conocieron fueron de 12 personas, pero después se sumó la desaparición forzada con ejecución extrajudicial del magistrado auxiliar del Consejo de Estado, Carlos Horacio Urán Rojas, de nacionalidad uruguaya, esposo de nuestra colega de historia, Ana María Bidegaín, sobre el cual posiblemente recayeron no se sabe todavía qué tipo de torturas y una ejecución extraña, porque aparece con un tiro de gracia muy cerquita del cuerpo, pero lo hacen aparecer como víctima sumaria entre los incinerados o muertos a bala, con unos cambios en la posición misma del cadáver que incluso Medicina Legal, en su acta, dijo que estaba en una posición que no correspondía a los impactos que él tenia.

Es decir, que hay muchas pruebas de que hubo ejecución extrajudicial, pero ese cadáver lo lograron encontrar rápido porque fue hallado en la morgue y precisamente estaba en la sección de guerrilleros, a pesar de que él era magistrado del Consejo de Estado. Todo eso hace pensar que lo tuvieron como sospechoso para sacarle información, pensando en que, al ser uruguayo, dado que el M1-9 había tenido en sus inicios unos contactos con los tupamaros, antes de surgir como organización a raíz del fraude de las elecciones de Rojas Pinilla y Pastrana, que es cuando se conoce oficialmente el M-19.

Pero a Carlos Horacio Urán, que era de unos grupos de teología de la liberación, lo mismo que Ana María, los militares lo relacionaban –equivocadamente- con esos antecedentes, lo que posiblemente explique por qué estaba en la sesión de los guerrilleros.

Todas las evidencias que conoce después la Fiscalía, que terminan en las sentencias de las jueces tercera y 51, son por desaparición forzada de estas 13 personas y por torturas a tres que sobrevivieron pues, para el momento de los fallos judiciales, de esos desaparecidos solo se recuperaron el cadáver de Urán, ahí mismo en la morgue, y 16 años después, en 2001, el cadáver de Ana Rosa Castiblanco ,que era asistente de cocina de la cafetería, que se encontró en una fosa común del Cementerio del Sur.
Entre los que quedan pendientes, está el de la guerrillera Irma Franco.

Es la única persona que desde el principio, por pruebas, incluso en los mismos tribunales militares han tenido que decir que fue desaparecida, pero respecto a los otros, siempre han negado la desaparición forzada. Elloseran 3 visitantes y 7 empleados de la cafetería, personas inocentes, que no eran cuadros del M-19 y sin embargo parecen que fueron torturadas, lo que explica la desaparición forzada por sospecha, porque ese día, de las casi 400 personas que había, 94 murieron.

Entre quienes estaban en el Palacio, murieron 11 magistrados de la Corte Suprema de Justicia y de los 35 guerrilleros (25 hombres y 10 mujeres) solos se sabe con certeza de dos mujeres, Clara Elena Enciso, que apareció viva y la otra, Irma Franco, de quien siempre se ha reconocido que fue desaparecida.

Ese día, los que salían pasaban a la Casa de Florero y de allí a locaciones militares como la Escuela de Caballería; esta estuvo encargada de sacar información, además que unos 15 días antes, el M-19 había hecho un atentado en el que salió herido el comandante del ejército, el general Rafael Samudio Molina. Entonces, estaba todo enfocado contra ellos, a sacar la máxima información posible y a obtenerla mediante tortura, algo que tampoco es insólito, que venía dándose como una práctica sistemática para obtener información, ante la precariedad de la Inteligencia, que era mucho más débil que hoy, que está dotada de avances informáticos. Por eso, esa falencia se reemplazaba muchas veces por la técnica de la tortura


Ese fue el papel de la Escuela de Caballería y del coronel Plazas Vega, como su director, porque hubo testigos que declararon, como un suboficial, Bernardo Garzón y el cabo Edgar Villamizar Espinel, quienes se retractaron 15 años después, pero los jueces, muy sabiamente, dijeron: no, esa es la declaración que tomamos, la que fue hecha en caliente; en la retractada se nota que fue manejada después, posiblemente por estos personajes del ejército.

En ultimas, las condenas fundamentalmente fueron apenas dos de la justicia ordinaria; la justicia penal militar dijo quehabía una sola desaparición y tortura, pero el argumento fue que no había pruebas contra nadie específicamente; por lo tanto, determinaron cesación de procedimiento contra el jefe de la operación de Inteligencia en la Casa del Florero, coronel Edilberto Sánchez Rubiano, que hasta el día de hoy está libre porque la justicia ordinaria tampoco lo ha condenado.

La otra condena de la justicia ordinaria fue contra el comandante de la retoma, el general Jesús Armando Arias Cabrales a 35 años (confirmada ya por la Corte Suprema de Justicia), y al coronel Plazas Vega a 30 años (actualmente en casación en la Corte). El día que condenaron al coronel Plazas, el propio comandante del ejército, Alejandro Navas, se pronunció públicamente en contra de una declaración de un juez que tiene que ser respetada por todos los miembros del Estado, y dijo, a nombre de las Fuerzas Militares “el coronel Plazas es nuestro héroe”, él no es ningún culpable, es nuestro héroe”, es increíble que haya dado esa declaración pública por los medios de comunicación.

Finalmente, y con el objetivo de que el público pueda profundizar sobre los diversos elementos, hay algunos documentos. En principal es el informe de la Comisión de la Verdad que fue integrada por la Corte Suprema de Justicia, avalado por las altas cortes en Colombia. Ese es un informe muy importante, que llega hasta un punto, tiene temas de interpretación o de hechos que aún están pendientes; uno de ellos, el relacionado con la desaparición forzada en Palacio y un pronunciamiento más firme frente al hecho de las desapariciones. Pero es un documento central y es el referente más importante. En él hay algo que no está en discusión, la responsabilidad del M-19, cuál era la intencionalidad de esta organización y cuáles fueron las dinámicas de sus desaciertos. Sobre eso hay especulaciones e interpretaciones, algunos califican que fue una acción mercenaria, financiada por el narcotráfico para la destrucción de unos expedientes.

Desde adentro del M-19, se han encontrado dos aproximaciones, unos dicen que hubo un error técnico y que a si ese búnker del Palacio de Justicia hubieran entrado con todo el armamento, el ejército no hubiera ingresado y se hubiera dado la negociación y evitado el holocausto. Otra interpretación es que hubo una falla de diseño político, un planteamiento político desmesurado, completamente innegociable, que no podría tener ningún otro desenlace que el trágico. El hecho cierto es que este desacierto ocasionado por el M-19 no solo tuvo repercusiones dolorosas en el Palacio sino también efectos muy graves en la historia siguiente en el país.

Por otro lado, se arguye que la retoma fue una operación planeada, consentida, que fue retirada la guardia, la vigilancia policial y todo tipo de custodia del Palacio para permitir la entrada del M-19. Por eso, los tanques llegaron desde el Cantón Norte como en un cuarto de hora, y en esa lógica fue que se desarrolló la gran tragedia, porque hubo una determinación política militar.

Otras razones que se argumentan proponen que era una retaliación por las afrentas del M-19 a las Fuerzas Armadas, por acciones como el robo de las armas en el Cantón Norte, pero el hecho cierto y contundente es que hubo una planeación sistemática de la operación de retoma, el M-19 fue descubierto totalmente y fue ‘ayudado’ a que se tomara el Palacio de Justicia. Eso concluye la Comisión de la Verdad.

Además, la Comisión contrasta el tratamiento de la toma del M-19, la de la Embajada Dominicana y la del Palacio de Justicia. Siendo Turbay el presidente de la fuerza, hubo un cuidado enorme y un control directo del jefe del Estado para la protección de los rehenes, porque eran diplomáticos de distintos países.

En cambio, en la segunda no importaron para nada los rehenes, habiendo entre ellos integrantes de las altas Cortes. La Comisión de la Verdad se atreve a decir que los militares querían cobrarles también a los jueces sus posiciones, porque el propio presidente de la Corte, Alfonso Reyes Echandía, siempre fue muy claro en sus tesis contra esta interpretación del artículo 121, de que los militares podían juzgar a civiles, porque había unas condenas del Consejo de Estado respecto a casos específicos y porque había pronunciamientos de jueces latinoamericanos sobre desapariciones anteriores. Desde el 82 también se había dado la desaparición de 13 personas, en su mayoría jóvenes estudiantes, por un crimen que se atribuyó al Movimiento Autodefensa Obrera; también en el 84 la desaparición forzada de Luis Eduardo Lalinde, del EPL, en Antioquia. Entonces los jueces empezaban a denunciar y la Comisión de la Verdad anota que había un resentimiento de los militares frente al poder judicial.

Sobre la responsabilidad de los más altos representantes del gobierno, en el 86, el procurador Carlos Jiménez Gómez denunció al Presidente Betancur y al ministro de defensa Vega Uribe, ante su juez natural, la Comisión de Acusaciones, que los absolvió, argumentando que el presidente no ordenó las desapariciones ni la retoma siquiera. Por eso, 30 años después, no hay una sola sentencia ejecutoriada.

LOS HILOS DEL PODER EN LA RETOMA DEL PALACIO DE JUSTICIA.

Directora www.utopicos.com.co

Los episodios fueron dramáticos y, en buena parte, la manera cómo reaccionó el gobierno civil de Belisario Betancur correspondió a la sensación de inercia y desconcierto, que fue hábilmente aprovechada por quienes terminaron al mando del timonel del Estado.

Empecemos por la censura a los medios de comunicación electrónicos, al ordenar suspender todas las informaciones sobre lo que estaba ocurriendo en el Palacio de Justicia y dar instrucciones para que, en su lugar, se transmitiera un partido de fútbol.

Sobre ese tema, cuya principal responsable es la dirigente conservadora Noemí Sanín–en ese momento ministra de comunicaciones- he reflexionado mucho y he vivido diferentes situaciones emocionales a lo largo de estos 30 años. Mi primera reacción fue de mucha rabia, al ver cómo una ministra del ‘gobierno de la paz’, una mujer a quien conocíamos como decente, demócrata, se atrevía a dar esa orden a los medios de comunicación. Después de mucho dolor, porque eso pudo haber cambiado parte de los acontecimientos -si esas voces se hubieran escuchado de pronto algo hubiera diferente podido suceder-, he pasado a la compasión frente a lo que hizo Noemí Sanín.

Hoy creo que Belisario y muchos de sus ministros no supieron entender qué era lo que estaba pasando ni la dimensión de los hechos. En el fondo, tal vez ellos no se imaginaban que en 27 horas todo iba a terminar; supongo que pensaron -como muchos en el país lo hicimos cuando supimos de la acción, así como lo creyó el M-19-, que iba a ser otra especie de toma de la Embajada Dominicana, que durante sesenta días o más, se negociaría una salida incruenta y que, finalmente, todos estarían a salvo.

Compasión porque creo que esa sombra ha perseguido a Noemí Sanín hasta hoy; siempre ha surgido este tema cuando ha sido candidata, cuando ha aspirado a alguna posición pública. La verdad es que ella, hasta ahora, no se ha arrepentido; esperemos que algún día acuda a la Comisión de la Verdad y diga que se equivocó, que diga: no debí haber censurado a los medios porque defiendo los postulados de la democracia.

Otro conflicto relevante desde entonces, que no ha sido aclarado 30 años después, es el que se origina en la pregunta de ¿Cuál era el poder real que tenía Belisario Betancur en el país? ¿Tenía la capacidad de maniobra para parar el aparato militar dirigido por el general Miguel Vega Uribe (ministro de la defensa), quien –considero- terminó siendo el presidente de Facto de un gobierno militar no declarado?
¿Qué pasó al interior del gobierno el 6 y 7 de noviembre de 1985? Este debate, al que se suman muchos otros colombianos, generó hace unos años la publicación de un libro, ‘Ni Golpe de Estado ni Vacío de Poder’, de Jaime Castro, ministro de gobierno cuando sucedieron los hechos del Palacio. Según Castro, no hubo lo uno ni lo otro y Belisario siempre estuvo al mando.

Existe, pues, la tesis de que en esos terribles días se produjo un vacío de poder, que como el presidente no sabía muy bien qué hacer y todos estaban desconcertados ante la afrenta a la democracia del grupo insurgente -que quería tomarse el manejo del Estado después de juzgar al Presidente de la República-, el gobierno quedó paralizado, de tal manera que los militares optaron por tomar control y llenar temporalmente ese vacío. Y que como lo que sabían hacer era la guerra, entonces la hicieron.

La teoría que siempre he postulado y defendido es la de un golpe de Estado no declarado, que siguió a la que el Director del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, Camilo González Posso, ha llamado “dictadura civil” de los meses –o años- anteriores, desarrollada en un ejercicio mixto de poder desencadenado a raíz de la aplicación de teorías de la Guerra Fría –como la Doctrina de la Seguridad Nacional-, enseñadas a los militares con precisión por los norteamericanos en la Escuela de las Américas, y facilitadas por el permanente Estado de Sitio que rigió en Colombia durante casi todos los períodos de los mandatos precedentes a los hechos del Palacio de Justicia.

Según este análisis, las Fuerzas Armadas, encabezadas por el Ministro de Defensa, General Miguel Vega Uribe, se apoderaron del gobierno hasta que la toma se resolvió de una manera cruenta, y ya después Belisario recobró el mando (con un discurso desafortunado en la noche del ocho de noviembre en el que asumió toda la responsabilidad sobre la retoma).

Hay otras versiones, como la del coronel Alfonso Plazas Vega, hoy condenado a 30 años de prisión, quien en su momento formuló la frase más irónica de todas las dichas en esas horas, “salvando la democracia, maestro”.

Es decir que, desglosando lo expuesto por Plazas, si había que aniquilar a quienes se encontraran en el edificio para que el andamiaje democrático no se cayera, era preferible hacerlo que ‘arriesgar’ la democracia. Curiosa tesis.

¿Pero, realmente, hasta dónde tenía el mando Belisario? Los hechos indican que el papel jugado por él fue altamente deficiente. No de otra manera se explica que, retornada la calma, los militares pudieran apoderarse de la escena de los hechos, mover, lavar, eliminar pruebas, manipular cadáveres, reingresar al interior los cuerpos inertes de quienes habían sido vistos salir con vida (como al magistrado auxiliar de la Corte, Carlos Urán) y torturar a los detenidos al interior de los batallones.

Según reporte del periódico El Tiempo 22 de octubre de 2015,  “Aunque el ministro de Justicia de la época, Enrique Parejo, solicitó el 7 de noviembre de ese año a la directora Seccional de Instrucción Criminal que enviara un equipo de jueces para que iniciara la investigación, las autoridades militares no les permitieron entrar al Palacio. Solo pudieron documentar que, contra todos los protocolos de investigación criminal, los soldados estaban barriendo el piso del edificio”.

¿De qué grosor era la venda del Presidente de la República, que no vio ni escuchó nada? Sentí que la tenía bien puesta para tapar sus ojos cuando, un mes después, lo visité en el Palacio de Nariño. Durante las semanas que siguieron a la retoma, al desenlace fatal de los hechos del Palacio de Justicia, hubo un ejercicio de persecución implacable contra periodistas, escritores, defensores de derechos humanos y artistas, muchos de los cuales perdieron sus puestos de trabajo o los acosaron, llevándolos a una especie de desplazamiento interno. Otra docena de colegas –entre quienes me incluyo, luego del allanamiento ordenado por el ministro de la defensa a mi apartamento- fuimos forzados al exilio.

Mi abogado, Gustavo Gallón Giraldo (fundador de la Comisión Colombiana de Juristas) y yo pudimos deducir que la orden para buscar armas pudo tener un objetivo más radical: desaparecerme, capturarme o matarme. Como estaba fuera de la ciudad, no pudieron conseguir su objetivo. Un centenar de periodistas firmaron una carta de rechazo a estos hechos y se reunieron con el presidente Betancur. Al día siguiente, cuando Belisario me recibió, junto con mi madre y mi abogado, yo solicité unas mínimas garantías para los académicos, intelectuales y defensores. Fue cuando Belisario me dijo que había podido interceder por mí “en esta ocasión, pero no habrá una segunda vez. No puedo hacer nada por ninguno de Ustedes. No puedo ofrecerles las garantías que Usted me pide”.

Si esto lo dijo el Presidente de la República, el comandante en jefe de las Fuerzas Militares, cabe la pregunta: ¿era él quien gobernaba? 
El general Vega, pues, continuaba al mando y solo se reinstauró el poder para los civiles, con la connivencia de las Fuerzas Armadas para que el statu quo no se modificara, el 7 de agosto de 1986, con un gobierno (Virgilio Barco) que es suficientemente conocido por los colombianos y por la comunidad internacional, como el periodo en el que el narcotráfico se fortaleció, el paramilitarismo se profesionalizó y se configuró la masacre contra movimientos, como la Unión Patriótica, y representantes de derechos humanos a lo largo y ancho del país.

Ese golpe de Estado no declarado nos permite cuestionar hoy por qué el presidente Belisario Betancur no tuvo la entereza dedenunciarlo y renunciar. Si así hubiera ocurrido, es probable que los líderes de gobiernos extranjeros, que la propia ONU, no hubieran permitido el desenlace que hoy, 30 años después, seguimos lamentando.

Eso fue lo que desencadenó la moderna y contemporánea violencia que todavía nos tiene en este momento negociando un proceso de desmovilización, que no será el único y tampoco será la solución a los problemas del conflicto colombiano. Pero, indudablemente, los hechos del Palacio de Justicia, la toma de poder militar no declarada y la inercia del presidente y su gobierno, cambiaron todo el fenómeno de la violencia en Colombia. Parodiando a Antanas Mockus, a partir de este episodio, se impuso el “todo vale” y eso es lo que nos tiene hoy en donde estamos.

Se rumora que Belisario Betancur escribió un documento que solo podrá ser revelado después de su muerte. Él mismo ha desmentido esta versión. Muchos colombianos anhelamos que solo sea un elemento distractor y que algún día, esté o no Belisario, los colombianos podamos conocer, de sus propias palabras, lo que realmente vivió en esos dramáticos meses.

Holocausto del Palacio de Justicia 30 años.

Holocausto del Palacio de Justicia 30 años

Autor: Olga Behar.

Facultad de Humanidades y Artes

Camilo González Posso es el presidente de Indepaz (Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz) y Director del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación. Hace unas semanas compartimos una conversación, en uno de los eventos del Congreso Nacional de Historia. Fue la oportunidad para cumplir con el propósito de contextualizar los hechos del Palacio de Justicia. Estas fueron algunas de las reflexiones de González Posso:

Pretendía el M-19 que los acontecimientos evolucionaran de tal forma que ante su toma ocurriera algo parecido a lo de la embajada de Republica Dominicana, que se presentara una crisis, que se hiciera un manejo de los rehenes y propaganda. No sabemos, pero es probable que el diseño no fuera llegar hasta sentar al Presidente de la República en un juicio, sino que fuera una operación militar simbólica y pro publicidad. Sin embargo, los acontecimientos se presentaron de otra manera y a la toma violenta siguió la retoma con todas sus consecuencias.

“Hacer un recuento sobre antecedentes de gran trascendencia no justifican, pero si nos pueden dar algunos elementos para explicarlos. La justificación que dio el M-19 en la proclama (llamada por ellos Demanda Armada), en el alegato que presentó en el momento de la toma del Palacio de Justicia fue la de hacer un juicio por Traición a la Patria al presidente de la República por haber desconocido o traicionado los acuerdos que se habían firmado para buscar la paz de Colombia. 

Con ese proceso de buscar una solución política negociada al conflicto armado (durante el gobierno de Belisario) comenzó un ciclo largo que se ha prolongado hasta hoy. Al momento de la posesión del nuevo gobierno de Betancur se venía de un periodo de una crisis institucional muy fuerte, eran las consecuencias o los desarrollos de la crisis del Frente Nacional, llegando al punto del establecimiento en Colombia de lo que podría denominarse un régimen de dictadura civil. 

Eso fue parte de la discusión en esa época y la fase que siguió a la terminación formal del acuerdo bipartidista, porque de hecho, siguió un régimen político que no se acomodaba a los nuevos tiempos, una institucionalidad que hizo que incluso los voceros más representativos del poder político en Colombia, como Alfonso López Michelsen, dijeran “institucionalización o catástrofe” y reconocieran una profunda crisis de las instituciones y una suplantación de la promesa de una democracia representativa por los regímenes de Estado de Sitio permanente. 

Pero además con una circunstancia muy particular, porque los años 70 estuvieron muy marcados por la revolución sandinista: una guerrilla, después de la revolución cubana, por primera vez en el continente comanda una gran insurrección popular y derrota un ejército y esto se hace en un momento de gran crisis de las políticas de seguridad de los Estados Unidos y después del colapso de la derrota en Vietnam. Eso se expresa en Colombia como un asentamiento de todos los mecanismos autoritarios y de políticas contra insurgentes, un Estado de Sitio permanente, una dictadura civil institucionalizada y una política contrainsurgente que ya venía desde los años 60. 

Ese contexto dio lugar al fortalecimiento de los movimientos guerrilleros en Colombia; se podría decir que durante el Frente Nacional las guerrillas prácticamente desaparecieron, no hubo una amenaza guerrillera, hubo más contrainsurgencia que insurgencia en Colombia, el ELN fue desmantelado, el EPL también, las FARC se replegaron a una política de autodefensa y otras consideraciones tácticas del Partido Comunista. 

La guerrilla, durante los años 60 y una parte de los 70 fue un fenómeno marginal de amenaza militar, pero muy real desde el punto de vista de las doctrinas contrainsurgentes que dominaban el panorama político. Pero entonces, estos acontecimientos que marcaron la situación suramericana y centroamericana, y de manera particular en Colombia, se reflejan con otras circunstancias, no solamente en un gran acenso de la lucha política sino en una composición y desarrollo de los movimientos guerrilleros. 

Novedad en el escenario de la insurgencia fue el M-19, que irrumpió con tanta fuerza y tanta expectativa. Primero, porque surgió como una guerrilla urbana y en segundo lugar, porque por primera vez desde la izquierda, un movimiento guerrillero asume la bandera de la democracia. En el discurso marxista de los años 60 y 70, democracia era la dictadura de una clase y hacer la convocatoria a una insubordinación y rebelión en nombre de la democracia no tenía mucho sentido, pero ese es un elemento muy importante, acompañado de otras cuestiones, le da una proyección urbana supremamente grande, una realidad mucho más política que militar al M-19 

De modo que cuando se inicia el gobierno de Betancur, ya se habían hecho muchas acciones muy imaginativas por parte del M-19, de mucho impacto, como el robo de las armas en el Cantón Norte (en la madrugada del primero de enero de 1979), como también la toma de la Embajada de Republica Dominicana, en 1980. Tuvieron un movimiento tan vigoroso que, en pocos años, toda su dirección fue metida a la cárcel; era muy particular, porque su mayor tribuna política no fueron en ese periodo las armas, sino los procesos penales, los tribunales militares. 

Entonces, cuando Betancur llega al gobierno, asume una política muy decidida de paz, propone una amnistía distinta a la que había propuesto Turbay a finales de su gobierno. La de Belisario fue redactada por Gilberto Vieira y Gerardo Molina, de manera muy amplia, no incondicional, porque se planteó que no beneficiaría a responsables de ejecuciones fuera de combate ni asesinatos a personas civiles y una serie de restricciones, pero fue supremamente amplia. 

Con esta amnistía, salió la cúpula del M-19 de la cárcel. En un principio plantearon una desconfianza frente a la política de Betancur, de modo que cuando Betancur plantea la posibilidad del diálogo, primero concreta ese dialogo con las FARC, y se firman los acuerdos de la Uribe, y luego concreta con el M-19 y el EPL, dando un escenario distinto al de la Uribe que se llamó el “Diálogo Nacional”. 
La diferencia entre los dos era que el acuerdo de la Uribe era para la paz, con un itinerario que era así: Se hace un cese bilateral al fuego, se va democratizando el país, emerge un movimiento político (que fue la Unión Patriótica) y en la medida en que se va democratizando y ascendiendo la política desde la iniciativa de las FARC, se va disminuyendo la estructura militar que pasa a autodefensas, a milicias, y luego se disuelve, tiene una mutación gradual en un proceso de desmovilización. 

En cambio, con el M-19 lo que se hizo fue un acuerdo del gobierno nacional para mirar las condiciones y ofertas que se hacían desde el régimen, las posibilidades de transformación democrática, y sobre esa base si plantearse una posibilidad de tránsito a la desarticulación del movimiento guerrillero. Fueron dos planteamientos diferentes. 

Estos diálogos se dieron en el Congreso de la República y en otras partes del congreso del país sobre multiplicidad de temas, hubo un colectivo muy grande de personas y una iniciativa política muy fuerte del M-19, con campamentos de paz en las ciudades y algunos incidentes emblemáticos, como lo fueron los avatares en la convocatoria del Congreso de Los Robles en el Cauca (febrero de 1985) y en esa zona se desarrolló uno de los enfrentamientos más críticos en ese periodo, que fue un poco antes, en Yarumales (en diciembre de 1984), con bombardeos y una batalla campal impresionante, que es digna de todos los análisis militares y el proceso, a su vez, que desató la tregua tuvo todo tipo de inconvenientes 

En el Congreso de Los Robles, el M-19 discute el camino a seguir y lo que define es que la posibilidad de que el Diálogo Nacional desemboque en un acuerdo de paz está lejana y decide una estrategia de acciones militares, de ofensiva militar, principalmente sobre las ciudades. Eso evoluciona rápidamente hacia la ruptura, el planteamiento que hace el M-19 señalaba que el gobierno de Betancur había atacado el campamento en Yarumales, había roto la tregua, había sucedido el atentado a Antonio Navarro Wolff (en mayo del 85), el asesinato de varios dirigentes del M-19 

Todo ese acumulado lleva a la decisión de anunciar la ruptura del diálogo por parte del M-19 y luego la determinación de hacerle un juicio al régimen. Por eso, toman la decisión de una operación transcendental, que es tomarse el Palacio de Justicia y pedirle a la Corte Suprema de Justicia que cite al presidente, lo juzgue y de esa manera promover una condena al presidente. 

Pretendía el M-19 que los acontecimientos evolucionaran de tal forma que ante su toma ocurriera algo parecido a lo de la embajada de Republica Dominicana, que se presentara una crisis, que se hiciera un manejo de los rehenes y propaganda. No sabemos, pero es probable que el diseño no fuera llegar hasta sentar al presidente de la República en un juicio, sino que fuera una operación militar simbólica y pro publicidad. Sin embargo, los acontecimientos se presentaron de otra manera y a la toma violenta siguió la retoma con todas sus consecuencias. 

 

Todo ese acumulado lleva a la decisión de anunciar la ruptura del diálogo por parte del M-19 y luego la determinación de hacerle un juicio al régimen.

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