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DE LA GUITARRA ELÉCTRICA AL TROMBÓN
DE LA GUITARRA ELÉCTRICA AL TROMBÓN
Autor: Víctor Gil Nossa.
Facultad de Humanidades y Artes
Para nadie representa un secreto que el rock en Cali existe, pervive y se mueve entre las esferas, inclusive públicas, de una ciudad que sabe y siente más bien caliente. En Cali hasta el rockero es salsero, pues primero fue caleño antes que rockero y caleño que se respete baila salsa. Por eso es que en lugares como la salsoteca de Heberth, ubicada en un afortunado espacio entre la quinta y la Roosevelt, se ven más bien melenas y chaquetas, más bien botas que zapatos de charol.
La salsa ha sido sometida a diversas tergiversaciones y degenerada al nivel de una pista estéreo y versos insustanciales repetidos, y los defensores en la última línea del sonido exquisito del tres cuartos, las grandes orquestas y los solos prodigiosos son los que alguna vez frecuentaron la loma de la cruz y alterno bar, Letanías, Lennon, La mancha, Casa amarilla y algún desmadre en la calle del pecado.
Se ha desplazado con el tiempo un imaginario del promedio calentano, bailador y tropical que se sale con creces de lo que se ha gestado en la cultura de la ciudad, unos dirán que, por falta de espacios alternativos, otros tantos dirán que esto ya se ha dicho mucho de Cali, y los más inteligentes deducirán que todo esto tiene una relación, que no hay cabo suelto en una sociedad que no sea consecuencia de la decadencia, y de la resiliencia.
Cali no goza de festivales importantes de rock de manera continua y se dice del rockero que su adjudicación de un estilo de vida diferente es más bien cuestión de amor. Reconozco que lo es mencionando que los pocos festivales que existen en la ciudad se sostienen de los fondos de los mismos organizadores y de gestiones apoteósicas que libran frente al heraldo público para ganarse unos centavos.
Esto ha empujado a las nuevas generaciones a explorar fusiones y otras alternativas latinas mejor vistas por los moradores culturales, dotados de ese buen tacto por los sonidos más complejos, y es ahí donde se evidencia una supuesta crisis de identidad cultural bastante propia de nosotros, que adoramos la salsa sin ser nuestra, pero ¿cómo no adorarla? Si ha acompañado la cotidianidad de Cali y ha redefinido la vida de miseria en las calles, empoderándose de una manera más amable, de fenómenos que de otra forma serían horrores propios de una guerra civil.
A falta de festivales de rock, pues se perdió en el olvido el mayor festival organizado por la alcaldía de Cali, se empezaron a gestar espacios dedicados a los viejos vinilos y la salsa dura, creados por agentes vinculados a las artes en diferentes aspectos, como es el caso del señor Ospina y su afamada Topa Tolondra, o incluso se diversificaron espacios que ya existían dedicados a lo mismo por tradición, como es el caso de Tintindeo. Para la grata sorpresa de muchos, las nuevas generaciones que antes hacían rock, ahora se dedican a compartir uno que otro desvarío sonoro y como no, ni más faltaba; a bailar salsa como es y cómo se debe.
La salsa ha sido sometida a diversas tergiversaciones y degenerada al nivel de una pista estéreo y versos insustanciales repetidos, y los defensores en la última línea del sonido exquisito del tres cuartos, las grandes orquestas y los solos prodigiosos son los que alguna vez frecuentaron la loma de la cruz y alterno bar, Letanías, Lennon, La mancha, Casa amarilla y algún desmadre en la calle del pecado.
Lo que es entendido para muchos como una crisis de forma, es para ellos una deformidad de forma, de medios, de alternativas, y la manifestación perpetúa de una ciudad de incertidumbres que cada vez desplaza más los espacios convergentes, para abrirle paso a una cultura de autogestión, pero ellos han decidido con ahínco saborearse la vida pese a la violencia y falta de oportunidades, y ponerle cara al asunto de nuevamente defender lo que no es nuestro y revelada la verdad es que no somos hijos de nada, pues si algo tienen en común la Salsa sabrosa y el contestatario Rock and Roll, es que no son de acá, pero han definido lo que somos.
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Cali no goza de festivales importantes de rock de manera continua y se dice del rockero que su adjudicación de un estilo de vida diferente es más bien cuestión de amor.

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