Compañera de Calle: la historia de Diego y Niña 

Compañera de Calle: la historia
de Diego y Niña

Sin techo, pero con compañía. Diego, habitante de calle, ha encontrado en Niña una razón para levantarse cada día. 

Autora: Lizeth Dayana Rojas Valencia

Facultad de Humanidades y Artes

Entre cartones, botellas y miradas indiferentes, Diego y su perrita Niña comparten algo más que la calle, un refugio mutuo contra la soledad. 

En la carrera 36 con calle 5B3, justo frente al Estadio Pascual Guerrero, hay un pequeño local de comidas llamado El Placer del Paladar. En un rincón, bajo la sombra de una de las carpas del local, entre bolsas de reciclaje, Diego Delgado pasa sus días junto a su perrita Niña, una mestiza, pequeña, pelo corto blanco con manchas negras, de ojos dulces que se ha convertido en su familia, su refugio y su razón para seguir. 

Diego tiene 63 años. Habla pausado, con la voz de quien ha aprendido a resistir. 

Logré terminar el bachillerato en el Colegio Santa Librada, pero se me quemó la pieza donde vivía; se me fueron los diplomas del Sena, los papeles, las cositas de niña, todo”, recuerda.

Nació en Buga, pero se crió en Cali, en el barrio Obrero. “Allá aprendí el arte del zapato, guarnecedor, cortador, de todo un poco. Pero la vida cambió y me tocó salir a reciclar para poder comer”. 

Niña llegó a su vida hace años. Diego solía andar con dos perritas la madre de Niña y ella, hasta que hace tres años, en un accidente, un carro atropelló a la madre y la pequeña quedó sola. Desde entonces, los dos no se separan. 

“Ella me calma la soledad. Ya tengo en quién pensar y estar pendiente. Donde yo voy, ella va. No me deja un metro solo”, dice mientras acaricia su lomo con cuidado. 

La rutina de ambos empieza temprano. Diego recoge botellas y cartones por los alrededores del Pascual Guerrero, mientras Niña camina a su lado, vigilándolo.  También ayuda a llevar bolsas o cargar cosas pesadas de los vecinos. Al mediodía, en el Placer del Paladar, Maricel Collazos, la dueña, les guarda un poco de comida. 

Maricel los ve todos los días. A veces con paciencia, otras con exasperación, pero siempre con compasión. “Él es grosero, a veces se altera. Pero yo entiendo, eso es por el consumo. Igual le doy una sopita o un café. La verdad, lo hago más por la perrita. Ese animalito es el ángel de él”, dice. 

Diego comenta, “la dueña del local me guarda los pedazos de carne que quedan de las personas para Niña o nos pasa comida”. Normalmente él come lo que a niña casi no le gusta. 

Y aunque su vida es difícil, él tiene claras sus prioridades. “Primero come ella. Yo me reparto, pero su arroz solo no puede faltarle”. 

Diego inspira ternura, pero Niña abre los corazones. Muchos vecinos piensan igual. “Por ella lo ayudan. Si fuera solo él, de pronto no tanto. Pero como está la perrita, la gente se acerca”, comenta Maricel, quien incluso ha participado en una colecta para ayudarle a comprar un nuevo carrito de reciclaje, luego de que le robaran el anterior. 

Aunque vive en la calle, Diego procura mantener a Niña sana. “La tengo vacunada, desparasitada cada tres meses. En San Bosco hubo una jornada de veterinaria y la llevé. Le hicieron cirugía para que no la cojan los perros en calor. Ella siempre está gordita, más gorda que el dueño”, dice riendo. 

No todos entienden su vínculo. Algunos peatones cuestionan que una persona sin techo tenga mascota. Diego responde sin dudar, “Si no les gusta tener un animal al lado, es mejor que no lo tengan. Pero si uno lo cuida, si lo alimenta, eso es lo que vale. Es una responsabilidad”. 

Maricel lo respalda, aunque con matices. “Las personas dicen que le pega, pero yo no he visto eso. Yo digo que no. Ese animal lo protege, lo humaniza. Si la perra hablara, diría que él es lo único que tiene”. 

Para muchos residentes del sector, como Diego Mauricio Oliveros, lo que se ve entre Diego y Niña va más allá de un simple acompañamiento. “Aquí podemos ver la verdadera definición de una compañía sincera e interesada por parte de ambos. No importa ni el lugar, ni la hora, ni las condiciones. Están juntos, cuidándose mutuamente”, comenta el vecino. 

Esa compañía, que algunos juzgan, para otros representa un ejemplo de lealtad sin condiciones. “A veces tenemos el estigma de que los habitantes de calle no cuidan bien a los animales”, explica Diego Samudio. “Pero no se necesita ser millonario ni tener un doctorado para amar y cuidar. Es tener buen corazón. Yo he visto animales de la calle más cuidados y felices que muchos que viven bajo techo”. 

Desde una perspectiva de la medicina veterinaria, Angeli Sanabria, estudiante de la Universidad Santiago de Cali, reflexiona: “El vínculo entre las personas en situación de calle y sus animales es complejo y diverso. En muchos casos, representa una relación de afecto, compañía y supervivencia compartida, donde ambos se sostienen emocionalmente frente a la exclusión social”. 

Explica que estos animales pueden ser una fuente de estabilidad emocional, ayudando a reducir la ansiedad, la depresión y las crisis emocionales de sus dueños.

Cuando cae la noche y el bullicio del Pascual se apaga, Diego acomoda su “camarote” entre cartones y cobijas. Niña se acurruca a su lado. Él la cubre con un trapo viejo y dice “Ella me calma la soledad, señorita”. 

En esa esquina donde el cemento es cama y el ruido reemplaza al silencio, un hombre y su perra se acompañan sin promesas, solo con presencia. En medio de la indiferencia urbana, el amor de Diego y Niña recuerda que incluso en la calle puede haber ternura, fidelidad y hogar. 

Angeli concluye con una reflexión que resume la esencia de esta historia: “No se trata de idealizar ni de condenar, sino de entender las causas de fondo. Cuando una sociedad falla en garantizar oportunidades, el problema no es el vínculo entre el ser humano y el animal, sino el abandono institucional que los envuelve a ambos”. 

El vínculo entre las personas en situación de calle y sus animales es complejo y diverso. En muchos casos, representa una relación de afecto, compañía y supervivencia compartida, donde ambos se sostienen emocionalmente frente a la exclusión social”

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Espacios para la creatividad y la diversión

Espacios para la creatividad y la diversión

En la Universidad Santiago de Cali cada espacio tiene algo qué decir. No son solo lugares: son escenarios donde nacen sueños, amistades y momentos que marcan la vida universitaria.

Autor: Juan Pablo Ospina Chavez, Juan Camilo Moreno Murillo

Facultad de Humanidades y Artes

Salimos por los pasillos de la Universidad Santiago de Cali para hacer una pregunta sencilla, pero poderosa: ¿Cuál es tu espacio favorito en la U y por qué?

Estudiantes de diferentes programas de la Facultad de Humanidades y Artes nos compartieron esos lugares que se han convertido en su refugio, su punto de inspiración o su escenario de grandes recuerdos. Desde la biblioteca hasta las zonas verdes, cada rincón guarda una historia distinta, una emoción y una razón especial.

Este boletín reúne esas voces que le dan vida al campus, porque más allá de las aulas, la universidad también se construye en los espacios donde soñamos, conversamos y crecemos.

Hay espacios que generan tranquilidad despues de un dia movido….

Donde el estrés hace pausa

Risas, fichas en movimiento, el sonido de una partida que comienza… En medio de clases, parciales y trabajos acumulados, la sala de juegos de la Universidad Santiago de Cali se ha convertido en el punto de escape favorito para muchos estudiantes de la Facultad de Humanidades y Artes.

Cuando preguntamos cuál era su espacio preferido en la universidad, varios coincidieron sin dudarlo: “la sala de juegos”. ¿La razón? Es el lugar donde el estrés baja, sube el volumen de la música preferida y la diversión toma el control. Allí no hay notas ni entregas, solo momentos de relajo, competencia sana y conversaciones que fortalecen amistades.

Más que un espacio recreativo, es un respiro necesario. Porque a veces, para rendir mejor, primero hay que desconectarse un momento. Y en ese rincón del campus, muchos encuentran justo eso: equilibrio entre la exigencia académica y el bienestar personal.


El Bosque: Un respiro verde en medio del campus

En medio del movimiento constante de clases, trabajos y parciales, hay un lugar en la Universidad Santiago de Cali que se ha convertido en sinónimo de tranquilidad: El Bosque.

Aunque fue inaugurado en 2023 como una gran apuesta ambiental del campus Pampalinda, hoy su verdadero valor se refleja en cómo lo describen los estudiantes. Para muchos, es un espacio libre, original y diferente, donde el ruido académico se transforma en sonido de hojas, agua y aves.

Quienes lo eligen su lugar favorito destacan su conexión directa con la naturaleza: árboles frondosos, zonas verdes amplias y caminos que invitan a caminar sin prisa. Es el escenario perfecto para conversar, estudiar al aire libre o simplemente sentarse a respirar profundamente entre clase y clase.

La Biblioteca que está marcando tendencia

Desde su inauguración el 17 de febrero, la Biblioteca Santiago Cadena Copete de la Universidad Santiago de Cali se ha convertido en uno de los espacios favoritos de los estudiantes. Su diseño moderno, el ambiente tranquilo y la tecnología de punta la han hecho destacar como un lugar ideal para estudiar, inspirarse y trabajar en equipo.

 Muchos la describen como un espacio innovador y motivador, donde el conocimiento se vive de una manera diferente. Más que una biblioteca, hoy es un punto de encuentro que combina comodidad, colaboración y aprendizaje, reflejando la nueva experiencia académica que buscan los santiaguinos.

Donde la pasión se juega: Las canchas que unen a los santiaguinos

Además de los espacios académicos y de descanso, muchos estudiantes de la Universidad Santiago de Cali también eligen las canchas de pasto y sintéticas como su lugar favorito. Allí no solo practicas deporte, sino que encuentran un espacio de integración, diversión y bienestar que equilibra la vida universitaria.

Para varios, estos escenarios representan un punto de encuentro donde se fortalecen amistades, se liberan tensiones y se vive la pasión por el fútbol y otras disciplinas. La comunidad santiaguina puede disfrutar de estas canchas de forma gratuita con reserva previa en horarios establecidos, mientras que particulares también pueden acceder a este servicio.

Más que un espacio deportivo, las canchas se han convertido en un lugar para compartir, competir sanamente y desconectarse del estrés académico, demostrando que el deporte también hace parte esencial de la experiencia universitaria.

 

La sala de juegos”. ¿La razón? Es el lugar donde el estrés baja el volumen y la diversión toma el control”.

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Semillas que la guerra arrancó

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guerra arrancó

En Mapiripán, la guerra silenció la infancia de Dieny y la obligó a huir; hoy, transforma ese dolor en cuidado y resistencia.

Por: Nathalia Aguilar Bonilla

Facultad de Humanidades y Artes

Antes de la guerra, la infancia transcurría entre juegos simples y rutinas que hoy solo sobreviven en la memoria.

En Mapiripán, Meta, los amaneceres solían oler a tierra fresca y a café caliente. Era un pueblo de paso, de ríos anchos y gente que saludaba por su nombre, donde el tiempo se medía en cosechas, en la pesca, en la ganadería y en las idas al mercado.

Pero entre 1989 y 1991, el tiempo cambió. El sonido de los pájaros fue reemplazado por ráfagas de fusil y la calma, por el miedo. En ese escenario, una niña de nueve años, Dieny, entendió por primera vez lo que era la guerra. 

“Ese día no nos mandaron a la escuela”, recuerda. “Las balas sonaban por el patio de la casa”. Vivía con su familia en una zona donde, al frente, había selva.

Desde ahí, los enfrentamientos entre la guerrilla y el Ejército parecían una película que se filtraba por las paredes de zinc.

No era ficción: era su vida…

Dieny nació en el seno de una familia numerosa y humilde. Sus padres, Ofelia y Holmes, tuvieron doce hijos: seis hombres, Hugo, Abel, Holmes, Benhur, Isaac e Isaí, y seis mujeres: Dieny, Lola, Ailcie, Rocío, Samaritana y Luz Aida. La casa siempre estaba llena de voces, de risas, de olor a leña y panela, del bullicio de las tareas del campo, de niños jugando con lo que hubiera.

Eran tiempos difíciles, pero también de unión, de esas memorias que aún hoy Dieny recuerda con una mezcla de nostalgia y alegría. Su padre, conocido en el pueblo como don Holmes, era la figura de confianza para transportar mercados, insumos y encargos desde cualquier rincón de Mapiripán. Lo buscaban campesinos, comerciantes… y también los armados. Guerrilla, Ejército y paramilitares sabían de él. Todos lo necesitaban. Y eso, poco a poco, se convirtió en una sentencia. “Un amigo cercano a la guerrilla le dijo: ‘Don Holmes, tenga mucho cuidado; están reclutando muchachos y los próximos son sus hijos’. Esa advertencia fue la gota que rebasó el miedo.”

Esa advertencia fue la gota que rebasó el miedo.

El primero en salir del pueblo fue Abel, uno de los hermanos de Dieny, a quien enviaron a Palmira. Luego vendrían los demás. Hasta que ella y su madre también salieron, con lo puesto y el corazón arrugado. En 1990, salieron huyendo de la violencia. Dejaron la casa. Dejaron el ganado. Dejaron los años sembrados en tierra propia.

“Se llevaron los caballos que pudieron y la familia completa se fue para Granada”, cuenta. Granada, otro pueblo del Meta, parecía una oportunidad. Pero el desarraigo no solo es geográfico: también duele en el alma. “A mi papá le robaron los mejores caballos antes de salir. Ya en Granada, le tocó vender una yegua para pagar el arriendo. Al poco tiempo, le robaron el otro caballo. Quedó sin nada”.

 

Como muchas familias desplazadas, tuvieron que seguir huyendo.

La siguiente parada fue Palmira, en el Valle del Cauca. Allí intentaron rehacer la vida. Pero las cicatrices del desplazamiento son profundas. No se ven, pero persisten. “Mi padre era un campesino que se sentía útil en su tierra. Aquí llegó sin animales, sin trabajo, sin casa… con la esperanza hecha trizas”. Hoy, Dieny, la niña que escuchó balas desde el patio, es una mujer adulta, madre, trabajadora y resiliente. Es enfermera, una profesión que eligió por vocación, pero también por necesidad. Ha dedicado su vida a cuidar a otros, como una forma de reconstruir lo que la guerra destruyó.

“Cuando cuido a un paciente siento que estoy reparando algo. No solo en ellos, también en mí”, dice. Cada turno, cada inyección, cada palabra de aliento, son pequeños actos de sanación. Hay días en que el olor a tierra mojada, el sabor del café de olla o el sonido de una moto vieja la devuelven, sin previo aviso, a Mapiripán.

A veces es dulce el recuerdo: ver a sus hermanos montar caballo, el sabor de las arepas al rescoldo que hacía su mamá, o las tardes en el río. Pero otras veces el regreso es duro: el sonido seco de un disparo en la distancia, el miedo de perder a alguien, el frío de dormir sin saber qué pasará mañana. Años después, cuando se escucha hablar de Mapiripán, muchos lo asocian con la masacre ocurrida en 1997.

Pero pocos saben que el terror empezó mucho antes.

Que para muchas familias, el horror fue silencioso, intermitente, pero constante. Que no hubo titulares, pero sí pérdidas. El testimonio de Dieny no es solo un relato de victimización. Es una memoria viva. Una semilla que, aunque fue arrancada de su tierra, sigue queriendo florecer. Porque aunque la guerra la despojó de su casa, de sus caballos, de su infancia, no pudo arrebatarle la fuerza para seguir.

Hoy, en cada paciente que cuida, en cada historia que cuenta, en cada recuerdo que revive, hay una forma de resistencia. Y aunque ya no escuche los gallos de Mapiripan al amanecer, ni huela el café recién colado sobre la leña, dentro de ella sigue latiendo ese pedazo de tierra que la vio nacer. Porque hay raíces que ni la guerra puede arrancar.

“La guerra la obligó a irse con las manos vacías, pero no pudo quitarle las ganas seguir”.

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Chambo: Del periodismo a un recreo que no se acaba.

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Chambo: Del periodismo a un recreo que no se acaba.

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Juan Carlos Chambo, comunicador social y exdirector y presentador de Cuentos Verdes, volvió a la loma donde nació para permanecer con los niños

Autora:Ana Isabel García Zúñiga

Facultad de Humanidades y Artes

 

El juego aparece como un elemento clave, no solo como entretenimiento, sino como una herramienta pedagógica poderosa que permite enseñar, prevenir violencia y fortalecer vínculos entre los niños…

Subió a la loma un 1 de enero, madrugado y como coloquialmente se dice “a regañadientes” solo para revisar una fuga de agua. Una vecina le había dicho a su madre que la casa de arriba se estaba filtrando agua y que podía tumbar la vivienda de al lado. Juan Carlos, llevaba años sin subir a esa parte alta de Siloé donde nació, una casa de bareque que sus padres compraron por el valor de 1.000 pesos cuando llegaron desplazados del Tolima. Ese día en el año 2009 volvió como quien cumple el mandado, pero bajó con otra perspectiva: “Entendí que había que hacer algo con los niños -recuerda-. Ese 1 de enero nació lo que hoy llamamos proyecto Tierra Blanca”. 

En lo más alto de las cuadras lo estaban esperando sin darse cuenta, los vecinos ese día salieron a saludar al “Chambo de la televisión”, al presentador de Cuentos verdes que hace muchos años se había ido a estudiar, a ser periodista, a cubrir noticias en plena época donde el cartel de Cali estaba en furor. Los niños de su época ya eran adultos. Y los “nuevos niños”, le contaron que pasaban en la calle hasta las diez, once o doce de la noche y absolutamente nadie hacía nada por ellos. 

Juan Carlos bajó a su actual barrio, Belisario Caicedo, se sentó a orar y a escribir. El 4 de enero ya tenía su proyecto redactado, el 11 lo socializó con los habitantes de Siloé y el 25 de enero del 2009 hizo la primera actividad inaugural: Un concurso de dibujo y pintura para que los niños retrataran el barrio e imaginaran un río en medio de él. El premio fue navegar en la lancha escuela de la CVC por el Cauca, dicho premio fue entregado un año después. Desde ahí, todos los domingos a partir de las 2 de la tarde, en la parte más alta de Siloé hay “Chambo”: Lazo, pelota, jugo, pero sobre todo hay reflexiones y diversión. 

“Un proceso como Proyecto Tierra Blanca requiere una muy buena investigación”, menciona, “Sin embargo, yo no necesitaba hacerla, la había vivido”. Creció viendo a flor de piel el conflicto que afrontaba su barrio, entre esos, el conflicto armado se había apoderado de la zona y conoció de cerca la violencia del narcotráfico y las fronteras invisibles. “Yo nací en esas condiciones y no quería que los niños vivieran eso”, resume. 

Los padres de Chambo también llegaron huyendo. Su padre, campesino originario de Purificación, Tolima, expulsado por la violencia política. Su madre, tolimense criada en Cunday, huida de la violencia intrafamiliar con dos hermanas pequeñas. Se encontraron los jóvenes en Cali: “Mi madre trabajaba en una casa de familia y hacía mercado en la galería Alameda, donde mi papá atendía un puesto de verduras, se conocieron y se enamoraron” afirma, “Años después con mil pesos ahorrados decidieron comprar no un lote, sino una casita de invasión en la ladera, de cartón y guadua, con un techo donde meter a los hijos que vendrían. Allí nacimos ocho, yo fui el último el bebé dinosaurio”, afirma, entre risas. 

De la casa de invasión a la sede nacida de un sueño 

La casa que con el esfuerzo de sus padres levantaron, es hoy por hoy la sede del proceso con los niños. Cuando su madre murió, la familia consideró en venderla. Chambo no tenía como comprarla, así que hizo un trato divino con la fe: “Le pedí a Dios: regálamela para los niños. Y Dios me la regaló”. Encima de la plancha de la terraza, sin transformar la vivienda de abajo, empezó a levantar el espacio donde hoy es el espacio del “Recreo de Chambo”. 

Antes de ser el “Profe Chambo” de Tierra Blanca, fue un niño de 10 años al que, sin pensar, pusieron a ayudar a los más pequeños. Jóvenes universitarios llegaban a Siloé a dar talleres y ayudas escolares, cuando no daban abasto, lo llamaban a él. “Desde ahí empecé a trabajar con niños”, cuenta. “He sido profe de niños desde que tenía diez años… del siglo pasado”, bromea. 

En su adolescencia, bachillerato, organizó cursos de verano y los brindó hasta que se fue a prestar servicio militar en Santander. El viaje y la preocupación le pasaron factura a la familia, su padre sufrió varios derrames cerebrales que lo dejaron con la movilidad reducida. Cuando Juan Carlos regresó, entró a estudiar Comunicación Social en la Universidad del Valle, en ese momento, la economía familiar era tan escasa que en muchas ocasiones solo tenía para el bus. “Había días que no almorzaba: tenía que elegir entre comer o ir a la clase” comenta. 

Su paso por la Universidad lo llevó a meterse de lleno a los medios. Pasó por Telepacífico y luego ganó un concurso para ser corresponsal en Cali de un noticiero nacional del mediodía. Tenía que cubrir la ciudad, el Valle y el Norte del Cauca en los años más difíciles del narcotráfico, mientras en la loma las pandillas empezaban a señalarlo como “el periodista sapo”. “No podía subir ni bajar tranquilo, tenía amenazas y además el transporte del noticiero me recogía abajo, en lo plano, nunca arriba”. En el año 1994, se graduó de la Universidad y se hizo corresponsal, tomo la decisión de bajar a sus padres para regalarles una mejor calidad de vida, una más segura tanto para ellos como para él. 

De las noticias a Cuentos Verdes 

El vínculo con la ecología llegó después. En 1997, Telepacífico junto con la CVC se unieron para la creación de una serie ambiental. Un antiguo colega, Kike Pombo, lo llamó: “Chambito, vamos a hacer un programa ecológico” Él acepto de manera intuitiva, lo que pensó que sería un problema, lo volvió una fortaleza. “Tenía un poco de dudas debido a que yo particularmente no tenía conocimientos ambientales, lo que sabía del campo era lo que me contaban mis papás: las lunas, las temporadas de pesca, el romanticismo de la vida rural que tuvieron que abandonar “afirma, lo demás, lo aprendió preguntando a los técnicos de la corporación y sin pensarlo, se volvió un icono de la televisión regional. 

De esa forma nació Cuentos Verdes. El programa salió a emisión en 1997 con un presentador de sombrero que nadie había libreteado como personaje, pero que se quedó en la memoria de la región. “La gente me reconocía, me veía a toda hora, pero era chistoso porque yo no veía a nadie. Salía a diario en televisión y luego en la calle me saludaban colegas que yo no identificaba”. 

En el año 2003, ganó el concurso para ser el director y presentador de planta, estuvo allí hasta enero de 2009. Salió del programa, se cansó de la televisión que, dice, se volvió “demasiado comercial y tendenciosa”, de esa forma decidió abandonar Cuentos Verdes para no hacerse daño si la propuesta original cambiaba de camino. Desde entonces prefiere informarse por otros medios y contar lo suyo a través de Facebook y de un blog donde guarda la memoria completa del proceso: proyectotierrablanca.blogspot.com. 

Un recreo contra el conflicto 

Hoy en día, casi 17 años después de aquel primero de enero, el proyecto Tierra Blanca tiene un listado de unos 45 niños, aunque gracias a la migración el relevo es constante. Ya van nietos del proceso: “Daniel, que entró con siete años en el 2009, ahora lleva a Emily, su hija de 8 años” comenta. Los espacios de encuentro dominicales ocurren en una cuadra cualquiera de la ladera o en la terraza de la vieja casa cuando la lluvia se intenta interponer, “A simple vista parece un juego: saltan lazo, juegan fútbol, corren detrás de un balón. Pero cada situación es una excusa para aprender”. 

Hace unos años, se incendió el Cerro de la Bandera, una niña de cinco años le preguntó que si había visto el fuego. Sus compañeros de juego se rieron. Chambo, convirtió una “pregunta boba” en una conversación sobre incendios forestales, animales que no sobreviven, agua contaminada y ecosistemas que tardan años en regenerarse.   

Para los niños, el proyecto no se llama Tierra Blanca. Se llama “Chambo”, ellos preguntan “hay chambo o no hay chambo”, porque en su mente el recreo es él y lo que representa. Su sueño ahora es construir “El recreo de chambo”: Un espacio amplio, bajo techo, con baños, cocina, computadores e internet, donde pueda jugar, estudiar, recibir un complemento nutricional y, sobre todo, encontrarse. “Allá arriba no hay bachillerato” explica, “los colegios quedan abajo. Los pelados crecen sin encontrarse en su propio territorio. Si empiezan a conocerse jugando desde niños, es menos probable que después se hagan daño a causa de las fronteras invisibles”. 

Todo este proyecto, se sostiene gracias a los voluntarios: “Vecinas como Yeline, hace parte de las actividades junto con sus hijos con discapacidad, amigos de la iglesia, Juan Felipe, politólogo de Univalle que llegó con una investigación y se quedó, y por supuesto yo” afirma. Chambo adicional combina este trabajo con sus clases en INSTEL (Instituto Nacional de Telecomunicaciones) donde enseña taller de televisión, realización y lenguaje audiovisual. “No hay sueldos ni grandes patrocinadores: Dios ha puesto muchos corazones para que apoyen de a poquitos” dice. 

Finalmente, la conversación vuelve al mismo punto: Los niños. “Los niños son el público más agradecido, el más sincero. Si tú les dices que hoy solo hay agua de la llave, toman agua de la llave. No te hacen paro. Absorben todo lo que uno les enseña. Por eso el juego no es una bobada: es mucho más importante de lo que la gente dimensiona”. 

“Los niños son el público más agradecido, el más sincero. Si tú les dices que hoy solo hay agua de la llave, toman agua de la llave. No te hacen paro. Absorben todo lo que uno les enseña. Por eso el juego no es una bobada: es mucho más importante de lo que la gente dimensiona”

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