La mujer que le puso puertas al abismo

La mujer que le puso puertas al abismo  

En una esquina donde la noche deja cicatrices, Gloria García abre su tienda al amanecer para sostener a su familia en el corazón del barrio Sucre, la temida “olla” de Cali.

Por: Alex Ospitia y Jhonier Bravo

Facultad de Humanidades y Artes

A las seis de la mañana, cuando la carrera 12 con calle 18 en el barrio Sucre de Cali todavía bosteza entre botellas vacías y pasos errantes, Gloria García se despierta, levanta la reja de su tienda como quien abre un pequeño acto de fe. Lo primero que hace es poner el agua para el café, limpiar las vitrinas mientras Majo y Sebas, sus sobrinos, desayunan para irse al colegio.   

La casa que hoy es tienda no siempre fue refugio: empezó como un terreno comprado por exesposo (padre de Alex) para irse a vivir con Gloria cuando apenas eran novios y ella tenía 19 años, ladrillo a ladrillo levantaron con esfuerzos su hogar.   

Afuera, la calle empieza a armar su rutina: el murmullo áspero, las miradas perdidas, el rebusque torcido.

Porque vivir en el barrio Sucre de Cali no es simplemente habitar un lugar. Es negociar todos los días con el abismo. “Hay momentos en la vida que tener dinero o no tener dinero da igual, se trata de sobrevivir”, cuenta ‘Gabo’ un consumidor que vive del reciclaje y hace 5 años llegó a la cuadra de Gloria, donde merca con lo que le pagan por lo producido a la vuelta de esta cuadra.   

Según diagnósticos urbanos de Cali, el barrio Sucre cuenta con una proyección de población limitada, pero se encuentra en la Comuna 9, que en su conjunto alberga aproximadamente a 47,830 habitantes. Donde se concentran altos niveles de informalidad laboral y presencia de habitantes de calle.  

El barrio Sucre se asienta en el corazón de Cali como una cicatriz de la guerra que no se ha podido cerrar. Incrustado en el centro, a pocos metros de la institucionalidad de los juzgados, los talleres de repuestos, la comercialización informal de autopartes robadas y el flujo incesante de la Calle 15, el barrio se despliega como un laberinto donde la urgencia y el abandono caminan de la mano.   

Históricamente, este sector ha sido un punto de llegada para población vulnerable y desplazada, lo que explica, en parte, la densidad social y la fragilidad económica que hoy lo caracteriza.  

El panorama es crítico: las chatarrerías y el rastro del reciclaje marcan unas calles dominadas por el estigma de la “olla”. En sus aceras, el ambiente es pesado, saturado por el deambular de quienes han perdido el rumbo entre el consumo y las interminables olas de humo que mezclados tienen los olores más fuertes y penetrantes, opacando cualquier tipo de olor proveniente de los talleres o chatarrerías donde las concentraciones de basuras son los olores más sanos.   

Las imágenes que se han vuelto paraíso y normalizado por quienes transitan, viven y trabajan en la zona no dejan de parecer sacadas de películas, además del lamentable estado de las vías que realmente por el maltrato hoy parecen trochas llenas de hueco, rocas, arena, adornadas también por mucha basura que se arroja a las mismas calles donde habitantes de calle y consumidores usan para improvisar campamentos para el consumo y descanso.  

Por otra parte, como si de otro mundo se tratara en la casa que es tienda, y de cierto modo, también es trinchera, Gloria ha criado a su hijo, Alex de 27 años, ya sus sobrinos Sebas de 7 y Majo de 6, a quienes cuida mientras su hermana trabaja. No con discursos, sino con algo más difícil, constancia.  

Mientras los sobrinos estudian y Alex trabaja en la zona de Acopi, Yumbo como operario de producción en una empresa de comestibles, donde va a cumplir 5 años de antigüedad. 

Gloria atiende y hace los oficios de la casa al mismo tiempo. Afuera el dinero fácil se ofrece como un atajo seductor, “son lo último que escucho antes de dormir y los escucho todo el día gritando de todo desde muy temprano” refiriéndose a los campaneros, quienes se hacen al lado de su casa ya que es una de las esquinas donde vigilan la llegada de los policías.    

Pero ese proyecto de familia tuvo una grieta, el padre de Alex, camionero de oficio, quien por su trabajo se ausentaba por varios días, se separó de Gloria cuando Alex apenas tenía 10 años. Desde la distancia siempre envió el dinero de Alex hasta que cumplió 17 años. “Al principio de la separación pensé en vender la casa para irme, pero en este barrio crecí yo y tengo mi familia cerca, por eso no me fui y ahora después de tantos años tampoco lo planeo” cuenta Gloria,   

Ella ha insistido en el camino largo, ese que casi nadie aplaude. “Aquí hablamos de dinero fácil referencia a la droga y al robo, pero aquí nadie viene a preguntar que le falta a uno, por eso hay que salir a camellar (robar retrovisores o microtráfico) y si alguno se pone de guapo ya sabe, porque al final es la suya o la mía”. Dice ‘Lágrima’, uno de los campaneros más respetados del sector, cuando cuenta lo que tiene que hacer para tener vida, (ganar dinero).   

Pero Gloria siempre lo tuvo claro frente al panorama de los que están en la calle: “lo único que eso trae como consecuencias son la muerte, cárcel y desgracias familiares”. Y por eso sigue la misma rutina desde hace 30 años que tiene la tienda. Lo trabajador se lo ha inculcado a Alex, quien teniendo en cuenta lo aprendido en casa decidió montar su estudio en su casa para producir videos cuando sale de trabajar y en tiempos libres.  

Alex recuerda que cuando sus amigos en la niñez le contaban como sus padres llevaban a casa la remesa, inocentes del entorno donde crecían y lo que eso significaba, le decían: “mi papá salía a trabajar (refiriéndose al hurto) y traía bastante plata, me decía: ‘tenga mi hijo para que juegue peleítas donde Gloria’ refiriéndose a las maquinitas que tenía en la tienda”, son algunas de las cosas que a la fecha Alex recuerda y fue entendiendo el verdadero “trabajo” que algunos vecinos tenían.    

Así se heredan ciertas ideas, no como teoría sino como ejemplo. Por eso, en esa casa, la enseñanza fue distinta. Más aburrida y dura a la de sus amigos. “A mí me tocaba trabajar y abrir la tienda”, dice Alex al recordar su infancia.  

“En el barrio no es una elección fácil, a veces el dinero no alcanza, a veces el cansancio pesa, y conseguir un empleo siempre es más difícil cuando vives aquí, siempre te discriminan a la hora de llevar hojas de vida”, expresa Gloria. Por ese motivo decidió surtir su propia tienda cuando tenía 20 años. Y esta le ha dado el sustento hasta la fecha.  

Esa discriminación no es una percepción aislada: estudios sobre empleo en Cali hechos por el DANE en el primer semestre del año, han evidenciado cómo el lugar de residencia influye en las oportunidades laborales, especialmente para quienes provienen de sectores estigmatizados del centro. 

En medio de ese pulso ella tuvo que educar a Alex, enseñándole a diferenciar lo bueno y lo malo con ejemplos vivos y cercanos, de un lado, con sus vecinos quienes viven de la inmediata del dinero que aparece y desaparece como magia y del otro, la paciencia de su madre, que todos los días abre la tienda como quien insiste en una verdad que no siempre se ve.   

Hoy, gracias al esfuerzo de muchos años, él construye imágenes, graba, edita y cuenta historias. No deja de ser irónico: en una esquina donde tantas vidas desencajan, alguien decide encuadrarlas.  

Llega el mediodía y Gloria lo sabe porque nota como campaneros y jíbaros corren de un lado a otro ocultando bolsas ziploc en las piedras del piso, mientras gritan desesperadamente: ¡AGUAS!, pues cuenta Gloria que: “todos los días a mediodía los policías del cuadrante tienen cambio de turno y lo primero que hacen es dar la ronda por la cuadra”.  

La llegada de la tarde también la nota por el fuerte sol que se siente mucho más intenso por el calor que generan los techos de láminas.  

Poco tiempo después Gloria recibe a los sobrinos, quienes en su camino de regreso a casa ven las escenas más crudas, como el tráfico de drogas, las jovencitas que con vestidos cortos se paran en las esquinas a tratar de seducir a la suerte, consumidores cumpliendo el “ciclo de la traba” pues los pueden ver en las aceras introduciéndose jeringas o inhalando profundamente, hasta que la sustancia ya se ha apoderado de sus sistemas y se vuelven cadáveres en las aceras que tienen que esquivar a los niños en su travesía de regreso a casa, que dentro de su inocencia lo ven siempre como una aventura diferente ya que regresan junto a algunos niños que viven a la vuelta.  

Cuando llegan, Gloria les da el almuerzo mientras ella sigue ordenando la tienda y atendiendo a los clientes y proveedores que al igual que ella, ya han normalizado las riñas entre habitantes de la calle que se amenazan con los cuchillos que son lo único que, junto a la pipa, no sueltan.   

“Las tardes son donde más se suele vender, y creo que ellos también venden más en las tardes”, menciona Gloria. Debido a que en las tardes los talleres cercanos tienen más flujo, ella también recibe más clientes como vehículos de transporte de mercancías, comerciantes, personas que trabajan en los almacenes y oficinas del centro, pues todos pasan por la tienda de Gloria, ya que la calle 18 es una de las vías alternativas para llegar al centro, del mismo modo los jíbaros reciben más clientes en las tardes.  

Van cayendo las puertas metálicas de los talleres cercanos y con ellas cae el sol también, ya pesar de que la 12 con 18 sea reconocida por lo malo, también hay gente buena, pues como todo buen barrio caleño, en las noches el ambiente se siente festivo, las familias se reúnen afuera de sus casas y en sillas rimax de color blanco, como si lo hubieran acordado, ponen música en bocinas y comparten entre ellos mientras los niños hacen sus tareas de colegio en los antejardines.  

Ese suele ser el panorama cuando cae el sol, a medida que los adultos van llegando de los trabajos y los niños de los colegios de la jornada de las tardes, se suele compartir, y apoyan a los que se la rebuscan vendiendo fritangas en el barrio.  

El rebusque es lo que se rige en las pocas familias que, como Gloria, sueñan con cambiar ese destino que parece inevitable al nacer en el barrio Sucre, que sigue siendo un territorio duro, pero en La 12 con 18 se siembran semillas que no solo riega Gloria.   

“El rebusque es trabajar… no mantenerse quieto”, dice Diego quien vende arepas con queso en las noches en la 12 con 18. Y como él, el rebusque sigue marcando el ritmo: fritangas, carretas de reciclaje, tiendas pequeñas, intentos grandes.  

Quienes viven en modo de supervivencia afirman que también hay otra lucha, más silenciosa, que no siempre se nombra: “la de no caer”. No caer en la desesperación de la necesidad de ensuciarse las manos, “no vale la pena”, afirma Gloria mientras barre el frente de su tienda viendo las consecuencias de las peores decisiones que se pueden tomar bajo la ansiedad.   

Y aunque Gloria vive en una cuadra donde todo el día escucha gritos como “helados, tableros, rocas” siendo las palabras que usan los jíbaros para vender sus productos, en la noche esos gritos se mezclan con la música y las risas de los niños, pues es normal ver cómo se pasan la pelota entre niños y jíbaros cuando por accidente se les escapa la redonda.   

Sin embargo, en la noche Gloria suele estar más pendiente al grito de la cuadra, porque es cuando “Maicol” pasa a hacer las rondas, y aún estando el cielo despejado se escucha la palabra “AGUAS” en grito de alerta.   

Y aunque ella sabe que no debe nada, sabe que tiene que estar más alerta a estos códigos debido a que Gloria ha tenido que vivir momentos de angustia en varios enfrentamientos entre policías y carteles en la zona. Pero debido a la antigüedad de la tienda de Gloria incluso los policías llegan a tomar gaseosas mientras hacen las rutinas de vigilancia en el sector.  

“Donde vivimos nosotros no todo es malo”, insiste Gloria con una voz casi como de resistencia. Y tal vez ahí esté la clave porque en medio del ruido, del vicio y de las promesas rotas, hay una mujer que decidió levantar una frontera invisible entre su casa y la calle. No para negar lo que ocurre afuera, sino para que no lo devore todo.  

Echa un último vistazo a la calle verificando que no haya algún habitante de calle durmiendo en su entrada mientras baja la cortina de su tienda a las 10 de la noche, pues después de esa hora Gloria dice que: “vienen más consumidores y drogados suelen ponerse más violentos entre ellos y tampoco se vende”, debido a la soledad y silencio que recorre los talleres y los comercios del barrio.    

Como una orquídea que crece en el fango, esa familia ha aprendido a sostenerse sin dejarse arrastrar. No porque el barro desaparezca, sino porque alguien decidió que no iba a ser destino. Y en esa decisión, repetida cada mañana al subir una reja y abrir una tienda, hay algo que el barrio no ha podido arrebatar: la posibilidad de elegir.  

 

En lugares donde la rutina está atravesada por el riesgo, la valentía deja de ser un acto extraordinario y se vuelve costumbre.

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Doña Patricia, la historia de la mujer que sostiene un legado que nadie más continuará

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En un kiosco del parque de El Carmelo, en Candelaria, Doña Patricia ha dedicado más de 45 años a preparar fritos que no solo alimentan.

Por: Laura Nicole Aparicio Escobar y María Camila Culma Beitia

Facultad de Humanidades y Artes

Es sábado a la 1:00 de la tarde en El Carmelo, en el parque principal donde, a un costado, se encuentra el kiosco de Doña Patricia. A esa hora, el lugar aún está en silencio. El parque respira con calma: algunas personas cruzan sin detenerse, una moto pasa a lo lejos y las conversaciones siguen siendo dispersas, sin quedarse. Todo parece suspendido, como si el espacio estuviera esperando a que algo empiece. 

Doña Patricia llega. No llega con las manos vacías: trae ollas, recipientes y bolsas con todo adelantado desde casa, papas cocinadas, guiso preparado, maduros listos, salsas, ají y picadillo. A su lado está su ayudante, que también se llama Patricia. Entre las dos descargan y organizan en silencio; cada cosa encuentra su lugar: el fritador al centro, las ollas cerca, los toppers alineados y las tres mesas plásticas listas para recibir a la gente. El kiosco es pequeño, pero suficiente: no sobra nada, no falta nada. 

Doña Patricia no se detiene. Apenas termina de acomodar, empieza a trabajar… 

Sus manos, pequeñas y marcadas por los años, se mueven con una calma precisa. Toma la masa, agrega el relleno, cierra la empanada. Repite el gesto. Una, otra, otra más. No hay prisa, pero tampoco hay pausa. Es un ritmo aprendido, incorporado, que no necesita ser pensado. El aceite comienza a calentarse, al principio apenas se escucha, como un murmullo leve que anuncia lo que vendrá. Poco a poco, el sonido crece. 

A ratos aparece su nieto y se queda cerca, observando, moviéndose con familiaridad entre los utensilios. “A veces le decimos que descanse, pero esto es lo que ella ama. No sabe quedarse quieta”, comenta su nieto Dilan. Un perro descansa en una esquina, tranquilo, como si también hiciera parte de la rutina. El tiempo avanza sin ser nombrado. 

Mientras arma otra empanada, el pasado se asoma en lo que hace. No como un recuerdo contado, sino como algo que habita en el gesto: “Yo aprendí mirando. Mi abuela no me enseñaba con palabras, era con el ejemplo. Uno aquí aprende haciendo”, dice Patricia sin dejar de cerrar la masa. 

Desde muy niña ha estado en esto. “Era otro tiempo”, dice, “cuando Cavasa todavía era un aeropuerto”. 

Nada de eso se explica de manera directa, está en sus manos. El movimiento es el mismo: cerrar la masa, ajustar el relleno, llevarlo al aceite. Más de 45 años haciendo lo mismo, pero quedarse no fue casualidad. Hubo un momento en el que su vida tomó otro rumbo. Trabajaba en la aduana, tenía un camino distinto, más estable, más lejos del calor del aceite y las jornadas largas. Fue su mamá quien le pidió que no dejara acabar lo que venía de atrás, que no soltara el legado. Y ella decidió volver no porque lo necesitara para vivir, sino porque entendió que lo que estaba en juego no era solo un trabajo. Era algo que había pasado de generación en generación, algo que la había acompañado desde niña y que ahora dependía de ella. Este negocio no le dio todo lo que tiene, pero sí le dio algo que no se compra: una historia que sostener. 

Las primeras empanadas entran al fritador, luego las papas rellenas. El aceite empieza a sonar con más fuerza, constante. El olor aparece poco a poco: guiso caliente, masa frita, maduro, ají. Se mezcla con el aire del parque y empieza a quedarse. Algunas personas pasan y saludan “Patricia, mi amor”. Ella responde sin dejar de trabajar “Hola, mijo”. Todavía nadie se queda, solo pocas personas compran bofe para su almuerzo con rapidez.  

A las 4:00 de la tarde el ritmo cambia, el lugar apenas empieza a activarse. 

El aceite ya suena lleno, sin pausas. Sobre él flotan empanadas, aborrajados, masitas con queso, papa rellena. Todo adquiere ese tono dorado que no depende del reloj, sino de la experiencia. El kiosco deja de ser un punto silencioso. Se llena de sonidos: conversaciones, música de los negocios cercanos, niños jugando en el parque. El aire se vuelve más denso, cargado de olores. 

Un niño de unos siete años se acerca con un billete de dos mil pesos en la mano, sonríe antes de hablar “Una empanada, por favor”. Doña Patricia toma una y se la entrega, el niño se queda un segundo, mirando el movimiento, y luego se va. 

Es el primero. 

Después empiezan a llegar más personas. Ya no solo saludan, se detienen, preguntan y se quedan. “¿Cómo ha estado?”. Algunos se sientan en las mesas, otros permanecen de pie, apoyados cerca. La cercanía no se construye: ya existe. 

Doña Patricia sigue trabajando sin levantar mucho la mirada. No lo necesita. Sabe cuándo algo está listo, cuándo alguien espera, cuándo el aceite pide otra tanda. 

El tiempo se mide en fritos que salen, no en minutos que pasan. 

Hay momentos breves en los que el flujo disminuye. El aceite espera unos segundos más antes de recibir algo nuevo, pero nunca se ha apagado, no han tenido días sin venta. Puede haber pausas, pero siempre vuelve el movimiento. 

A medida que avanza la tarde, el lugar se transforma. Llegan parejas, vecinos, conocidos. Algunos solo pasan a saludar; otros se quedan más tiempo. Las conversaciones se alargan, se cruzan, se mezclan con las risas. 

Las manos de Doña Patricia no se detienen. Mientras cocina, habla. Mientras atiende, sonríe. Cualquier comentario puede convertirse en motivo de risa; Doña Patricia ya no necesita preguntar qué quiere cada quien, lo sabe. Reconoce a sus clientes, recuerda lo que piden, anticipa los gustos. A muchos los vio llegar de niños, de la mano de sus padres, y ahora vuelven siendo adultos, a veces con sus propios hijos. Su forma de llamarles no cambia: “mijo”. Ahí hay confianza. No es solo la comida lo que los hace volver. Es la forma en la que son recibidos, la sensación de estar en un lugar donde ya son conocidos. 

A las seis de la tarde, la fila empieza a formarse. En un solo día pueden pasar más de cuarenta personas. Algunos llegan rápido, compran y se van. Pero muchos se quedan. Se apoyan en las mesas, conversan entre ellos, hablan con ella, se reconocen. El espacio se vuelve pequeño para todo lo que pasa ahí, peronunca incómodo. No es solo un lugar de venta, sino es un punto donde la gente coincide. 

Las personas esperan su turno, pero no en silencio. Conversan entre ellas, se reconocen, se llaman por nombre o por sobrenombres. “¿Y usted qué, Carmen? Hace rato no la veía”. Muchos llevan décadas viniendo. Desde que eran niños, desde que llegaban con sus padres a comprar lo mismo que hoy siguen pidiendo. 

Doña Carmen, su fiel cliente recuerda que estudió con Patricia desde pequeña: “Nosotras nos conocemos desde niñas. Cuando tocaba llevar para compartir, lo hacíamos juntas y de una íbamos para donde Patricia”. 

Tambien Doña marleny cuenta que su familia siempre ha comprado ahí: “Cuando era más niña venía con mi mamá a comprar. En ese tiempo atendía la abuela de Pati y la costumbre quedó, como la sazón”. Aquí todos se conocen, aquí todos vuelven. 

Paola Posso es de las que no fallan. Cuando el tiempo no alcanza para cocinar, el camino siempre la lleva al puesto de doña Patricia: “A veces no tengo tiempo para preparar el almuerzo, entonces vamos y compramos bofe. Y cuando a los niños les da hambre, les compro aborrajados”. Para ella, es un lugar al que siempre puede volver. 

El señor Hernán Alfonso, árbitro de la comunidad, tiene su propio ritual. Después de cada partido termina frente al mismo puesto: “Siempre voy por una papa rellena”. Lo que empezó como algo ocasional, hoy es tradición. 

César Tulio, exvigilante de Cavasa, recuerda las noches largas de trabajo: “Cuando me tocaba trasnochar, iba y me compraba una papa rellena; eso me ayudaba a pasar el turno”. Ahora, cada domingo compra bofe, esta vez para que su esposa descanse. 

Consuelo lo dice con naturalidad: “Siempre termino comprando en el puesto de doña Patricia”. A veces por antojo, otras por costumbre, pero siempre vuelve. 

Algunos clientes, al verla ocupada, se ayudan entre ellos. Se sirven, esperan, organizan. No hay molestia, hay costumbre. 

El Carmelo no es solo un parque de paso. Es un punto de encuentro para quienes han crecido en el barrio, un lugar donde los negocios pequeños, como el de Doña Patricia, sostienen dinámicas que van más allá de la comida: aquí se construye comunidad. “Han sido tres reconstrucciones y aquí seguimos”, dice Patricia. 

Patricia, su ayudante se mueve con rapidez y precisión. Atiende, cobra, organiza pedidos. Entre las dos no hay interrupciones, han aprendido a trabajar juntas sin estorbarse.  

La variedad es amplia. Más de diez productos, todos frescos, todos hechos en el momento. Empanadas, papas rellenas, hojaldras, maduro aborrajado, bofe, corazón, chicharrón, papas aborrajadas y masitas con queso, todos preparados en el instante. Los precios se mantienen en un rango accesible: desde los dos mil hasta los quince mil pesos, dependiendo de lo que se pida. 

El parque sigue activo: más personas llegan, más voces se suman. El cansancio empieza a notarse en el cuerpo de Doña Patricia y su ayudante. “Patricia me enseñó a cogerle amor a esto, por eso el cansancio es lo de menos”, dice su ayudante. 

La muerte de su abuela aparece como una ausencia que no se nombra demasiado, pero que está presente. Fue lo más duro. Desde entonces, el negocio dejó de ser solo trabajo; es un legado. 

 

“Esto termina el día que yo no pueda continuar”, dice. No hay quien siga. Sus hijas eligieron otros caminos, y ella no insiste. El negocio no está en riesgo hoy, pero sí en el futuro. Lo dice sin dramatismo, como una certeza. Sus hijas no seguirán con el negocio cada una tiene su camino, ella lo sabe. Pero mientras pueda, sigue. 

Doña Patricia es la tercera generación, tiene dos hijas; una tiene una papelería, la otra trabaja en una empresa. Crecieron viendo este mismo movimiento, pero nunca se interesaron realmente por continuar. No es rechazo, es elección. Tienen otros sueños, otros gustos, otras formas de construir su vida. Y ella lo entiende. No insiste, no obliga. Sabe que cada quien sigue su camino. Por eso tiene claro que es la última. El legado, el mismo que su mamá le pidió sostener, termina con ella. 

Más de una vez han llegado a ofrecerle comprar el negocio, pero siempre responde lo mismo: “No”. Porque venderlo sería vender lo único que queda de su abuela, sería soltar algo que no siente como un puesto, sino como una memoria viva. Aquí no solo se cocina. “Aquí permanece lo que ya no está, y eso no tiene precio”, dice doña Patricia.  

A las 9:30 de la noche, el ritmo comienza a bajar. 

La fila desaparece, el aceite ya no suena, lo que había para vender se ha terminado.  

Doña Patricia empieza a guardar. Despacio, con el mismo orden con el que empezó. Las ollas, los recipientes, los utensilios, todo vuelve a su lugar. Algunas personas se quedan cerca, despidiéndose. 

El kiosco se vacía poco a poco. No es un final, es solo el cierre del día. Porque al día siguiente, cuando el reloj marque de nuevo la 1:00 de la tarde en El Carmelo, ella volverá. 

Y mientras sus manos sigan cerrando empanadas, el legado todavía no habrá terminado.

En medio de los cambios constantes que atraviesan los pueblos y sus dinámicas, hay oficios que resisten sin hacer ruido”.

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Ciudad Juárez: la apuesta por la paz (Tercera entrega)

En casa suele soltarse el cabello, pintarse los labios de rosa. Cuando sale a bailar con su esposo, prefiere los pantalones pegados, una falda, un vestido. Entonces usará tacones y con suerte medirá 1.67 metros. Entonces llegará la pregunta incómoda, esa que responde con una franca sonrisa, —Soy policía—.


Capítulo 3
Cindy: la mujer del rifle

El arma larga que sostiene Cindy con la mano derecha le rebasa la cintura casi a la altura del ombligo. Camina con temple, espalda erguida, sin doblegarse al peso de cargar un chaleco antibalas de tres kilos que junto con el rifle, la hacen pesar 58 kilos, seis más de lo habitual.

Cindy llega exaltada, las palpitaciones encuentran reposo cuando narra que viene de interponerse en una riña callejera donde esposó a dos hombres tendidos en el pavimento, de espaldas a su rostro y entre forcejeos, escuchó el clic del cerrojo para subirlos a la patrulla de la Policía Municipal que maneja en Ciudad Juárez. Cuando el agresor escuchó la voz de mujer ordenándole pararse del suelo, le pidió disculpas; antes había intentado escupirle sin atinarle.

La noche anterior había cocinado hamburguesas para sus dos hijos de cinco y doce años mientras veían una película. Vecinas imprudentes la han increpado sobre su profesión “poco femenina”, dicen. Que si le gustan los hombres aunque saben que está casada, que si sabe cocinar y del cuidado del hogar, que si es femenina o más bien machorra. Pero Cindy va más allá de un estereotipo milenario, que comenzó al ser la única mujer de cuatro hermanos y de quince primos

Tiene 35 años, de los que ha dedicado once a la policía de un municipio que navegó entre la sangre y el dolor en vísperas del 2010 cuando más de 3 mil personas fueron asesinadas en la ciudad fronteriza con El Paso, Texas, Estados Unidos. La lucha a muerte por la plaza entre el Cartel de Sinaloa y La Línea, brazo opresor del Cártel de Juárez, dejaron a miles sin hijos, primos, hermanos, mamás, amigos. Cindy perdió a una.

—Era mi amiga, una gran compañera, también policía. Conocía a su esposo, sus hijos, su barrio. Una mañana me tocaba patrullar y me avisaron de un tiroteo cerca, me acerqué a colaborar y allí estaba ella, en el suelo, muerta. Todas las mañanas pensaba en que quizás no iba a regresar, estaba embarazada de mi hijo menor, pero sabía que por él y por mi ciudad, teníamos que seguir dando la batalla.
— ¿Qué fue lo más difícil de ese 2010?
—Ver morir tanta gente y sentir el desprecio de la sociedad. La policía estaba desprestigiada, las miradas de los vecinos como reclamándote, los comentarios fuertes de la gente.
— ¿Qué te llegaron a decir?
—Que no servía para nada, que defendiera mi ciudad.

Cuando Cindy se embarazó, estuvo allí. Cuando su amiga murió, estuvo allí. Cuando la sociedad la increpó, ella también estuvo allí. Cuando Juárez fue la ciudad más violenta del mundo, ella estuvo allí. Ocho años al compás de una policía municipal que en 2010 tenía un diagnóstico desalentador: decenas de uniformados coludidos con la delincuencia.

En ese entonces, la mujer patrullaba las zonas marginales con el mismo rifle que hoy la acompaña a recorrer la Secretaría de Seguridad Pública de Ciudad Juárez. Perseguía asesinos, veía cuerpos destajados en bolsas plásticas, le hablaban microempresarios para reportar extorsiones o amenazas. Hoy, los robos a casas y vehículos son su principal dolor de cabeza.

Se ha enrollado el cabello ensortijado en un nudo a la altura de la nuca que descubre sus orejas puntiagudas. Su rutina arranca a las tres de la mañana cuando deja uniformes y loncheras listos porque una hora más tarde comienza a patrullar las calles de Juárez. Y antes de las tres de las tres, debe estar en la puerta de la escuela donde Joaquín cursa tercero de Kínder.

Cindy habla en clave con sus compañeros, los llama elementos; saluda con firmeza, las voces del radio que escucha a cada paso dicen cosas como “C4”, “confirmado”, “en camino”. Es una de las 523 policías mujeres que resguardan su ciudad como quien cuida de un rebaño de ovejas que a veces se descarrían. Era la única de un salón de clases que formaría a cientos de policías varones. Ahora la acompañan cientos de jovencitas o mujeres maduras a quienes no les tiembla nada cuando de combatir al crimen se trata. Está por concluir sus estudios en Criminología sin pagar un solo peso, la institución avala y modifica los turnos de policías que como ella, quieran obtener un título universitario.

—Esa es la clave, capacitación y cercanía con la comunidad— explica el hombre al frente de la Secretaría de Seguridad Pública, César Omar Muñoz Morales. —Anteriormente todos los elementos tenían apenas la secundaria; hoy, el 90 por ciento tiene preparatoria (bachillerato) y un 30 por ciento -como Cindy- está terminando sus estudios profesionales.

— ¿Las mujeres policías tienen un rol diferente en la institución?
— La policía es una sola corporación, somos dos mil 500 policías municipales hombres y mujeres.

Margarita Solano /Jefa de Información de www.lopolitico.com
Corresponsal de www.utópicos.com.co en México

Ataque con ácido: la vida entre sombras

Ataque con ácido: la vida entre sombras

Autor: Jamir Mina Quiñónez.

Facultad de Humanidades y Artes

Camina varios pasos por la sala de su casa, entre sombras visualiza la silueta de un hombre que se abalanza sobre ella y la arroja de cara contra el piso de madera, patea su rostro varias veces, luego saca un cuchillo y se dispone a degollarla; en ese momento Olga Libia despierta y estalla en llanto.

“En las noches me levanto casi veinte veces a mirar si está bien cerrada la puerta, escondo las llaves y en cada levantada cambio el escondite”, comenta Olga, quien no volvió a caminar en las calles con su hija por temor a ser atacada en presencia de la menor.

Más allá de las disputas que actualmente sostienen Colombia y Nicaragua por este hermoso pedazo de tierra y enormes riquezas marítimas, los raizales, gentiles, son conscientes del paraíso que tienen. Abiertamente, prefieren reconocerse solo como sanandresanos, como lo asegura Jean Pierre, un isleño que durante mi viaje me ofreció no solo un servicio de taxi sino también su amistad.

Aunque entre risas y bailes se asoma la empatía que tienen los sanandresanos hacia el pueblo colombiano, admiten abandono por parte del Gobierno Nacional. Jean Pierre explica, mientras sostiene el timón, que no contempla la remota posibilidad de pertenecer al pueblo nicaragüense, a pesar de que está más cerca, hablando de distancias geográficas.

Entiende los problemas nacionales y sabe muy bien que los isleños son muy diferentes a los del interior; pero aun así seguirá sintiéndose colombiano. Recorrer San Andrés permite evocar la Norteamérica reflejada en las películas de negros: calles repletas de carros lujosos, bellas combinaciones de razas, iglesias bautistas adornadas con hermosas ancianas luciendo sus mejores peinados e indumentarias dispuestas a cantar por horas alabanzas Góspel, tal cual se ve en las iglesias de Misisipi.

Nada de esto es visible en la zona turística, todo está escondido en la otra parte de la isla, donde la cultura ancestral vive, de secretos a gritos entrelazados por un idioma que los colombianos no conocemos.

En el norte de Colombia está ubicadas tres islas que, para ser francos, sufren de un gran abandono. Solo las dificultades sanitarias que pasan por falta de agua -los sectores no turísticos del archipiélago-, son un ejemplo de esto, pues desde el 15 de abril las alarmas se encendieron por una eminente calamidad pública. Factores como el fenómeno del Niño, las marcadas disminuciones de lluvias, que brillaron por su ausencia desde 2013, y la sobrepoblación, han provocado una explotación desmedida de las fuentes hídricas. En un territorio de 26 kilómetros cuadrados, no solo habitan propios -75.000 personas-, sino también locos enamorados que ven en la isla su tierra prometida y se quedan viviendo allí. A esto se suma un millón de turistas que agotan recursos que la naturaleza proporciona para pocos. Así pues, evidentemente existe un problema de número de pobladores, aunque en los últimos días, la gobernación de San Andrés tomó la radical medida de duplicar el precio de la tarjeta de entrada, que pasó de $52.000 a $91.000 pesos colombianos. Pero se deben tomar otras medidas desde el Gobierno Nacional, dignas de justificar la batalla que actualmente se está librando contra Nicaragua en la Corte Internacional de Justicia.

Los enigmas del Caribe están presentes en los paisajes que la naturaleza nos enseña allí, quizá sea algo en común entre los paradisiacos lugares que lo constituyen; pues hoy en día, que estamos atravesando el boom de las integraciones culturales, el mundo recibe incalculable información sobre estas tierras. Un gran ejemplo es una de las Antillas menores, Barbados, que aunque viene de las dominaciones española y del Reino Unido, logró construir una identidad propia, en la cual podemos apreciar muchas similitudes con San Andrés, pues en ambas existe una riqueza cultural distintiva, hermosísimos rostros oscuros con ojos multicolor y labios rosas, movimientos acelerados del cuerpo al danzar, un inglés veloz acortando palabras, tranquilidad sinigual, entre otros atributos que hacen enamorarse del Caribe. Hace algunos meses, el sector privado comenzó una campaña de “embellecimiento” del popular barrio San Luis. La iniciativa lleva el nombre de Sea of Color y consiste en pintar de vivos colores las fachadas de típicas casas construidas en madera y demás recursos inconfundibles de estas zonas.

“Hace algunos años había dos San Andrés, el que visitan los turistas todo el año y el que nos tocaba vivir a los nacidos y criados en la isla -porque hay otros que se han venido a vivir acá, pero viven en el centro o cerca de lo turístico, los paisas-, pero ahora se ve cómo se están uniendo las dos caras de las monedas.” explicó Jean Pierre. Más de quinientos voluntarios conformados entre familias enteras del sector, visitantes y funcionarios de entidades vinculadas a estas jornadas, buscan mostrar una nueva cara de la isla, llena de diferentes colores, vida, alegría y unión.

Trucos para no arruinarse en San Andrés

  • Viajar en una aerolínea ‘económica’ no siempre es la mejor opción, pues cobra por cada servicio adicional (como numeración de silla, equipaje de más de doce kilos, impresión del tiquete y fila para el abordaje).
  • Se conoce más caminando que con algunos programas que ofrecen las agencias de viajes en paquetes turísticos. En realidad, ser amable y ganarse un amigo isleño es el truco para ir a lugares más allá de la Cueva de Morgan o el acuario.
  • Sacudirse del imaginario de que se llegó a Miami y se va a movilizar en carrito de golf o en cuatrimoto. Caminar, colectivo o mototaxi es la solución.

Comer en San Andrés

  • Las influencias paisas están presente en cada espacio de la isla, por lo que la comida típica o tradicional no está muy presente en los lugares turísticos. Para encontrarla se debe escudriñar un poco más en los sectores populares.
  •  En los restaurantes comunes los platos son costosos y si su sueño es la comida de mar, como un suculento sancocho de pescado, debe ir a donde comen los raizales. 

Por varios días, Olga figuró en los noticieros del país, y no precisamente por hechos positivos, su vida se convirtió en una cifra más de una sociedad indolente; para muchos solo fue otra mujer atacada con ácido.

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TU ‘AMOR’, MI ODISEA

Informe Especial

Mujer no es sinónimo de violencia.

“Las cosas se salieron de control, con él empujándome contra la cama y ahorcándome”, relata Irene Hincapié. Así como su historia, son muchos los casos de violencia que han ido en aumento en Cali durante la pandemia. 


La historia de Irene, una estudiante universitaria para quien la pandemia actuó como un catalizador para liberarse de una relación con fuertes signos de violencia, por suerte no acabó en una situación de fuerza mayor o en un titular devastador de algún periódico. Ante los ojos de la ley, no hay suficientes pruebas que permitan hacer un denuncio formal y las fallas en medio de los trámites relacionados con violencia de género, hacen que casos como los de Irene solo se conviertan en feos recuerdos. 

 Esquema de feminicidios publicado por la Gobernación del Valle del Cauca.

La violencia de género se agravó durante el confinamiento decretado a raíz de la pandemia por el COVID-19. Sandra Viviana Salguero, representante de Mujer y Género de la Defensoría del Valle, señaló que, “la cifra oficial dice que la violencia de género disminuyó; sin embargo, se tuvieron varias acciones defensoriales, principalmente en el mes de marzo y a finales del mes cerró. Todo abril, mayo y junio, la ruta de atención en Cali se cayó (no funcionó bien), ya que el municipio no actuó con la debida diligencia y por ello muchas mujeres no tenían claridad de dónde acudir. Así que muchos de los casos no llegaron a comisaría de familia, ni a fiscalía”.

Según las estadísticas de la Defensoría del Valle, indica Salguero, “en Cali, el 2020 cerró oficialmente con 20 feminicidios y según la Defensoría son 21; en lo que lleva el año 2021, van (registrados) 2 casos de feminicidio”. De acuerdo con la subsecretaria de Equidad de Género de la Alcaldía de Cali, Nancy Faride Arias Castillo, 2020 terminó con un total de 22 feminicidios. Tristemente, ellas no lograron huir de sus agresores al aparecer el COVID-19, ni mucho menos contar una historia como la que Irene relató a Utópicos (Ver entrevista).

Más de la mitad de los caleños son mujeres. Muchas de ellas han sufrido algún tipo de violencia, en diferentes contextos (económico, familiar, laboral, institucional, sexual, simbólico, entre otros). Según la subsecretaria Faride Arias, “la violencia más frecuente, según nuestros reportes, es la psicológica, ya que es la base de todas las violencias, siendo la más sutil”. 

 Gráfica publicitaria para campaña de la Alcaldía de Cali #MujeresSegurasEnCasa.

Aunque la violencia de género se da en cualquier edad, según la subsecretaria, “los rangos en los que las mujeres se ven más afectadas son desde los 20 hasta los 37 años. Sin embargo, el abuso sexual infantil tiene unas cifras exageradamente altas, siendo muchos los casos que casi no son denunciados. Dichos eventos suelen ser más frecuentes los días domingos y feriados”.

En la misma línea de pensamiento, Rosa Elvira Castillo Vélez, responsable del Eje Pedagógico en la Escuela Política Feminista de Travesía por la Paz, comenta que “según los reportes que hemos recibido, en el último año ha habido un gran incremento en violencia sexual en niñas entre 10 y 12 años, en el ámbito doméstico”.

A pesar de que existan instituciones públicas y privadas encargadas de brindar apoyo a las mujeres que sufren violencia, el sistema aún es muy precario. Castillo aclara que, “es insuficiente la respuesta institucional en los diferentes ámbitos, como el de la salud, la educación y, en especial, el judicial, haciendo que muchas mujeres no sean atendidas correctamente o que sus procesos se demoren tanto, que primero mueran en manos de su pareja a ser atendidas. Y aunque las organizaciones velen por la estabilidad emocional de sus integrantes, la labor de auxilio es de entera responsabilidad de los organismos del estado”.

Entrevista

PARADÓJICAMENTE, EL COVID SALVÓ SU VIDA

Conversación con Irene Hincapié

¿Cómo se inició el maltrato? 

Cuando empezamos a salir era un caballero, un príncipe. En noviembre de 2020 comenzamos nuestro noviazgo y en el transcurso del primer mes empezaron los primeros signos de violencia, utilizaba calificativos pasivo agresivos creando un maltrato psicológico. Luego empezó a cerrar mi círculo social por celos, alejándome de ellos, para así estar bien en nuestra relación, pequeñas discusiones que terminaban en peleas hirientes, llamadas de teléfono salidas de tono, golpes a las paredes y apretones de brazo, afuera de los salones de clase, más de una vez.

Irene ahora es una entusiasta luchadora en contra la violencia contra la mujer.

¿En qué momento pasó de ser violencia psicológica a violencia física?

Cuatro meses después, justo antes de la llegada de la pandemia a Colombia, una noche, en medio de una discusión en el cuarto de mi ex pareja, las cosas se salieron de control, con él empujándome contra la cama y ahorcándome. Sabía que eso estaba totalmente mal, pero no terminé mi relación.

¿Cómo manejó la situación?

A pesar de las disculpas y de obsequios, las discusiones nunca acabaron. Pero al llegar la cuarentena, confinados y con sus ataques de celos incontrolables al no poder vernos constantemente, por fin me dí cuenta del daño que me estaba causando y decidí terminar mi relación. 

¿A quién acudió después del incidente?

Él me prohibía hablar de nuestras situaciones de pareja con cualquier persona, así que durante la relación no tuve fuerzas de contárselo a nadie, por miedo a que por esto terminara mi relación. Cuando por fin terminamos, le conté a mi mejor amiga y unos meses después tuve la fuerza de hablar con mi madre para pedirle ayuda. Empecé terapia psicológica por medio de mi EPS, pero en medio de la pandemia fue terrible, una llamada al mes de 15 minutos no era suficiente para mí, así que actualmente tomo sesiones con la psicóloga de mi universidad, que me remitió a psiquiatría. 

¿Qué sucedió con el agresor?

Después de terminar, su reacción fue violenta y amenazante. Gracias al confinamiento no pudo encontrarse conmigo y nos bloqueamos de redes sociales. Tiempo después me buscó de nuevo y al aclararle que no quería nada con él, de nuevo reaccionó de forma agresiva y se alejó nuevamente. 

Irene ahora se siente una mujer más fuerte y defiende sus convicciones, así como las mujeres que le rodean.

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UTÓPICOS INDAGA

Un sondeo realizado por Utópicos a 50 mujeres de Cali reveló que el 94% de ellas han sufrido de algún tipo de violencia. Aquí se evidencian los tipos de violencia, el rango de edad más frecuentes, los contextos en los que más ocurre, la frecuencia con la que se presentan estas situaciones y de dónde proviene el agresor. 

A las 50 mujeres se les formularon cinco preguntas. Las respuestas se encuentran en la gráfica.

PREGUNTA 1: ¿Ha sufrido de violencia?

PREGUNTA 2: ¿Con qué frecuencia? 

PREGUNTA 3: ¿Cuáles tipos de acoso son más frecuentes? 

PREGUNTA 4: ¿En qué contexto?

PREGUNTA 5: ¿De quién proviene la agresión?

Como se refleja en esta encuesta de Utópicos, la violencia de género es una situación que compete a todos y se debe velar por la seguridad y bienestar de todas las mujeres. Cada día es un buen día para hacer cambios y empezar de cero.

  Stiven Campaz, Ana Ceballos, Sharon Otálvora

 @stevencj1 – @anamcg__ – @OtalvoraSharon