Cuando la política se vuelve un termómetro emocional

Cuando la política se vuelve un termómetro emocional

Autor:  Pedro Pablo Aguilera

La política colombiana tiene algo de clima tropical: cambia con rapidez, a veces sin aviso, y deja a todos mirando al cielo para adivinar si viene tormenta o un raro día despejado. Así amaneció Colombia este 12 de marzo de 2026. Hace apenas una semana, el relato dominante parecía escrito con tinta gruesa: un duelo entre polos, casi una versión electoral de los viejos westerns. De un lado, Iván Cepeda y el proyecto del Pacto Histórico; del otro, la irrupción ruidosa —y mediáticamente eficaz— de Abelardo de la Espriella.

Pero la política, como los ríos de montaña, tiene la costumbre de cambiar de cauce cuando menos se espera.

La confirmación de la fórmula Paloma Valencia – Juan Daniel Oviedo ha alterado el tablero con una precisión quirúrgica. No fue un estallido espectacular; más bien un movimiento silencioso, casi administrativo. Sin embargo, sus efectos han sido sísmicos. La llamada Gran Consulta por Colombia se cerró y, de repente, la derecha tradicional dejó de sonar únicamente a discurso ideológico para empezar a hablar —al menos en apariencia— el idioma de las cifras, los datos y las planillas de Excel.

El fenómeno Oviedo: cuando las estadísticas entran a la campaña

Hay números que parecen fríos, pero a veces arden políticamente.
1.255.510 votos.

Ese fue el capital político con el que Juan Daniel Oviedo llegó a la mesa de negociación con el uribismo. No es poca cosa. En un país donde la abstención suele ser la sombra constante de cada elección, reunir más de un millón de votos sin maquinaria tradicional es como encontrar agua en medio del desierto electoral.

Oviedo representa algo peculiar: la tecnocracia convertida en figura pública. Un exdirector del DANE que habla de datos con la naturalidad de quien comenta el clima. Y esa imagen —mitad estadístico, mitad administrador pragmático— se ha convertido en el puente que el Centro Democrático necesitaba para cruzar el ancho río del antiuribismo.

En ciudades como Cali ese efecto se percibe con claridad. En el sur y en ciertos sectores empresariales, donde el voto suele refugiarse en el blanco o en la abstención cuando la polarización se vuelve insoportable, la figura de Oviedo actúa como una especie de válvula emocional de descompresión.

Paloma Valencia aporta la narrativa de autoridad; Oviedo, la calculadora.
Uno habla de firmeza; el otro de indicadores.

Es una combinación curiosa: mano firme y hoja de cálculo. Una antítesis que, precisamente por eso, empieza a funcionar.

Las primeras mediciones sitúan la fórmula entre 18% y 21% de intención de voto, con una proyección ascendente que ya inquieta a sus competidores. No es todavía una avalancha, pero sí un deshielo que podría alimentar un río mayor.

La maquinaria silenciosa: la política que no sale en TikTok

Mientras tanto, lejos de los focos, se mueve otro engranaje menos visible pero históricamente decisivo: las maquinarias regionales.

En Colombia, las elecciones no se ganan únicamente en debates televisados ni en redes sociales. También se ganan —o se pierden— en reuniones discretas, en oficinas de gobernaciones, en llamadas telefónicas que nunca aparecen en titulares. Allí donde la política se parece menos a un espectáculo y más a una negociación permanente.

En ese territorio se mueve la influencia de figuras como Roy Barreras y de partidos tradicionales —La U, sectores liberales y conservadores— que poseen algo que las campañas digitales suelen olvidar: estructura territorial.

Según varios análisis, ese voto no responde tanto a ideologías como a expectativas de estabilidad económica. Dicho sin rodeos: busca el puerto que parezca más seguro para los negocios y la gobernabilidad.

Durante semanas, no se creyó en ese bloque. Ahora, es una realidad y comienza a ganar fuerza y a inclinarse hacia la fórmula Valencia–Oviedo. No por entusiasmo ideológico, sino por cálculo político.

Una paradoja clásica de la democracia colombiana: la pasión decide el discurso; el pragmatismo decide las alianzas.

Si ese movimiento se consolida, la dupla podría acercarse al 30% de intención de voto, lo suficiente para desplazar a De la Espriella hacia un tercer lugar incómodo.

Cepeda y De la Espriella: los extremos frente al espejo

Mientras tanto, los dos polos que dominaron la narrativa inicial enfrentan desafíos distintos.

Iván Cepeda sigue siendo el puntero en muchos escenarios. Su discurso de paz, memoria histórica y justicia restaurativa resuena con fuerza en sectores populares y rurales, así como en regiones que ven en su proyecto una continuidad del cambio político iniciado años atrás.

Pero liderar no siempre significa ganar sin obstáculos. Su principal barrera sigue siendo el temor al salto demasiado brusco. En una parte del electorado urbano persiste la pregunta —a veces explícita, a veces apenas susurrada— sobre hasta dónde llegarían las transformaciones propuestas.

Abelardo de la Espriella, por su parte, enfrenta un problema diferente. Su estilo frontal, casi teatral, le permitió conquistar rápidamente la atención pública. En redes sociales —especialmente en TikTok— su presencia es dominante. Allí la política se mueve al ritmo del algoritmo, como si la democracia fuera una pista de baile digital.

Pero las redes sociales, por influyentes que sean, no sustituyen una estructura territorial. Y mientras De la Espriella domina el espectáculo, otros candidatos avanzan en terrenos menos visibles: gremios, notarías, juntas de acción comunal.

Es la vieja antítesis entre ruido y organización.

Valle del Cauca: un espejo del país

Pocas regiones sintetizan mejor estas tensiones que el Valle del Cauca.

Cali, en particular, parece un mapa político dividido en capas emocionales. En el norte y en sectores del sur urbano crece la simpatía por la narrativa de eficiencia administrativa que encarna Oviedo. En contraste, la ladera y el oriente mantienen una identificación fuerte con el discurso de resistencia social representado por Cepeda.

Es casi como observar dos relojes que marcan horas distintas dentro de la misma ciudad.

Uno mide la ansiedad por estabilidad económica. El otro, la demanda persistente de transformación social.

Ambos laten al mismo tiempo.

¿El regreso de la tecnocracia?

El mensaje político de marzo empieza a perfilarse con cierta claridad. Después de años dominados por discursos intensamente ideológicos, la tecnocracia parece intentar su regreso al escenario electoral colombiano.

Pero no lo hace sola. Llega acompañada de una derecha que, consciente de sus límites, ha decidido suavizar su tono para ampliar su base. Como un hierro que se templa al enfriarse, el discurso busca ahora parecer más técnico que confrontacional.

La gran incógnita es si ese equilibrio podrá sostenerse.

Si la fórmula Paloma–Oviedo logra mantener cohesionada la consulta y absorber el pragmatismo de las maquinarias tradicionales, la segunda vuelta de 2026 podría no ser un referendo sobre el pasado —como tantas elecciones colombianas— sino una disputa sobre algo más difícil de prometer: la previsibilidad del futuro.

Copyright: © 2026 Facultad de Humanidades y Artes | USC – Grupo Análisis de Medios (GHUN) Coordinación: Pedro Pablo Aguilera.

Pero la política, como los ríos de montaña, tiene la costumbre de cambiar de cauce cuando menos se espera.”

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Otras opiniones

2026: la batalla por el alma visual de Colombia. Una mirada desde el análisis de medios

Derecho a la pereza

Autor:  Pedro Pablo Aguilera

En 2026, la contienda presidencial colombiana no se libra únicamente en debates ni en plazas públicas. Se disputa, sobre todo, en el terreno invisible pero decisivo de los símbolos. Las campañas de Iván Cepeda, Sergio Fajardo y Abelardo De La Espriella han comprendido algo que Maquiavelo habría celebrado con una sonrisa discreta: antes que gobernar un país, hay que imaginarlo. Y para imaginarlo, nada más eficaz que una narrativa visual coherente.

IVÁN CEPEDA: LA POLÍTICA COMO REVELACIÓN MORAL

En la pieza titulada El Poder de la Verdad, Cepeda aparece iluminado por una luz cenital que cae sobre su rostro como si descendiera de una cúpula invisible. La escena no es casual. La iluminación vertical evoca revelación, casi epifanía. No se trata de un candidato que debate: es un candidato que “descubre”.

El uso de tipografía manuscrita para la palabra “Verdad” funciona como firma, como testamento. En un país acostumbrado a promesas impresas en tipografía industrial —idénticas entre sí como recibos de supermercado—, la escritura que parece hecha a mano sugiere autenticidad, incluso sacrificio personal. La verdad no como eslogan, sino como herida abierta.

El púrpura y el naranja, colores de transformación y energía, refuerzan esa idea de tránsito: del pasado al porvenir, del silencio a la palabra. Cepeda construye una estética de esperanza ética. El suyo es el arquetipo del Sabio —o del Mago político— que promete convertir la memoria en justicia.

Hay, sin embargo, una ironía sutil: la política latinoamericana ha invocado tantas veces la “verdad” que el término corre el riesgo de vaciarse. Pero Cepeda apuesta precisamente a lo contrario: saturarlo de significado moral hasta hacerlo irresistible.

 

SERGIO FAJARDO: LA PEDAGOGÍA COMO MÉTODO DE GOBIERNO

Si Cepeda mira hacia lo alto, Fajardo mira a los ojos. En “Conversemos”, el micrófono no es accesorio, es protagonista. No está guardado ni en reposo: está activo. Es una democracia en funcionamiento.

El flujo visual es horizontal. No hay pedestal ni gesto solemne. La cámara se sitúa a la misma altura que el espectador, anulando jerarquías. La semiótica es clara: aquí no hay redentor ni comandante; hay facilitador. Fajardo encarna el arquetipo del Maestro.

Sus colores —azules institucionales combinados con púrpura— evocan estabilidad y sensatez. Frente a la épica moral de la izquierda y la marcialidad de la derecha, el centro ofrece método. Si Cepeda promete una transformación, Fajardo promete procedimiento. Puede sonar menos heroico, pero quizá más gobernable.

La antítesis es evidente: mientras unos apelan a la emoción moral o al orgullo nacional, Fajardo apela a la razón técnica. En tiempos de polarización, su apuesta es casi contracultural: hablar en voz baja en medio del griterío. Es como intentar afinar un violín en plena tormenta, confiando en que alguien aún valore la música.

 

ABELARDO DE LA ESPRIELLA: LA NACIÓN COMO FORTALEZA

La pieza “Firme por la Patria” no deja lugar a ambigüedades. El saludo militar y la bandera que ondea en seda construyen un escenario de orden y mando. La verticalidad domina la composición. Aquí la política no es diálogo ni revelación: es dirección.

El tricolor nacional ocupa el centro emocional del mensaje. No es fondo decorativo; es símbolo absoluto. La nación aparece como algo que debe ser defendido, quizá incluso restaurado. El gesto marcial, combinado con un traje de alta costura, crea una figura híbrida: el Caballero Defensor. Elegante, pero dispuesto a combatir.

La semántica es de rescate. En contraste con la estética luminosa de Cepeda y la horizontalidad conversacional de Fajardo, De La Espriella construye una narrativa de autoridad. Su arquetipo es el Soberano —o el Guerrero— que promete orden frente al caos.

La ironía aquí es doble: en una democracia fatigada por la desconfianza institucional, el gesto militar puede leerse tanto como garantía de disciplina como nostalgia de rigidez. El mismo símbolo que para unos significa protección, para otros puede evocar exceso de control.

 

POLÍTICA TRANSMEDIA: DEL AFICHE AL ALGORITMO

Los tres candidatos coinciden en algo decisivo: la publicidad física es apenas la puerta de entrada. Los códigos QR y nombres de usuario integrados en las piezas indican que la verdadera campaña ocurre en el ecosistema digital.

Pero incluso allí se mantienen las diferencias:

  • Cepeda convoca activistas.
  • Fajardo busca ciudadanos deliberantes.
  • De La Espriella moviliza defensores de una causa cultural.

Tres comunidades distintas, casi tres tribus simbólicas.

La política se vuelve transmedia: el cartel es índice, la red es territorio. Ya no basta con persuadir; hay que construir identidad compartida. Como si cada campaña ofreciera no solo un programa, sino una membresía emocional.

En última instancia, la campaña de 2026 se fragmenta en tres estéticas claras:

  • Esperanza moral: colores vibrantes, apelación ética.
  • Racionalidad institucional: equilibrio cromático, pedagogía democrática.
  • Autoridad patriótica: símbolos nacionales, verticalidad y fuerza.

El elector colombiano enfrenta una decisión que es menos técnica de lo que parece. No elige únicamente políticas públicas; elige una forma de verse a sí mismo: ¿ciudadano indignado que exige justicia?, ¿interlocutor racional que busca acuerdos?, ¿defensor que anhela orden?

Como en toda gran disputa histórica, la batalla no es solo por el poder, sino por el significado del poder. Y en esa arena, los colores, los gestos y la luz importan.

No estamos ante tres planes de gobierno enfrentados; estamos ante tres relatos de país que compiten como constelaciones en un mismo cielo político.

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Las Limitaciones Están en la Mente

Las Limitaciones Están en la Mente

El paratleta vallecaucano y campeón nacional Luis Fernando Lara Rodallega, figura clave de la velocidad colombiana, compite esta semana en Ibagué. Su meta: los Juegos Paralímpicos de Los Ángeles 2028.

Por: Maria Camila Culma Beitia

Facultad de Humanidades y Artes

Con el firme propósito de alzarse con 3 medallas de oro en las Interligas de Ibagué, esta semana, Luis Fernando Lara Rodallega, aspira a darle nuevas alegría al Valle del Cauca en paratletismo.

Este joven de 25 años, originario del corregimiento El Carmelo, Candelaria, competirá en las pruebas de 100, 200 y 400 metros planos. “Mis logros son romper marcas personales y obtener las tres medallas de oro.”

Esta ambición es una prueba palpable de que el espíritu humano se niega a ser doblegado por la adversidad, pues su historia es una de esas que demuestran que la vida puede cambiar en un instante, pero el espíritu no se doblega.

Su vida cambió drásticamente a los 17 años. “Tuve un accidente eléctrico a los 17 años, en el cual perdí mis dos miembros inferiores”. Sin embargo, aquel suceso traumático fue también el punto de partida para una nueva vida, una que, contra todo pronóstico, estaba destinada a la velocidad y la gloria deportiva.

Antes de las pistas de atletismo, el sueño de Fernando era con el fútbol, ​​corriendo por sus venas ese sueño de ser selección de Colombia. Al ser primo del reconocido goleador Hugo Rodallega, su sueño natural desde los cuatro años era seguir la tradición familiar y convertirse en futbolista profesional. Ese “congénito” por el balón era el motor de su vida deportiva.

Sin embargo, la pérdida de sus miembros superiores hizo que el camino del fútbol profesional fuera inviable, dejando un vacío en su vida deportiva. Pero la vida, caprichosa, le había reservado otro camino. Tras el accidente y la pérdida física, Luis Fernando sintió la necesidad de canalizar su energía competitiva y su ambición deportiva

Sus logros han superado los límites nacionales, llevándolo a competir en los circuitos más exigentes del paratletismo mundial…

Esa energía competitiva lo llevó a buscar alternativas. Fue así como el destino lo guió a la pista: El atletismo llegó a su vida el mismo año del accidente, 2017. En ese difícil proceso de transición y sanación, Fernando destaca el papel crucial de sus mentores, quienes fueron la fuerza catalizadora de su amor por este deporte.

“Entré en el paratletismo en el mismo año 2017, gracias a la guía de los profesores Patricia Rivas, Alonso Mina y Dora. Ellos fueron los que construyeron ese amor que llevo ahorita, ser un paratleta de alto rendimiento. Siempre me han dado esa potencia de decir que usted puede”.

Como atleta, Lara compite con éxito en la categoría T46 (para atletas con deficiencias físicas en un miembro superior) en las pruebas de velocidad de 100 metros, 200 metros y 400 metros planos, donde el atleta corre en luna recta o en curva, llevando su cuerpo al máximo límite en distancias cortas.

Sus resultados no dejan lugar a dudas sobre su nivel de élite. “A nivel nacional, soy campeón de los 400 metros planos. Pues, se entrena siempre para eso. En este año obtuve dos medallas de oro que fueron 200 metros planos y 400 metros planos, y obtuve una medalla de plata en los 100 metros planos”.

Sus logros han superado los límites nacionales, llevándolo a competir en los circuitos más exigentes del paratletismo mundial. Luis Fernando no solo es una figura destacada en Colombia, sino que se ha consolidado como un atleta que representa al país en instancias decisivas a nivel internacional.

“A nivel internacional, gracias a Dios tengo una medalla internacional que fue aquí en Cali, donde obtuve una medalla de oro en los 400 metros planos y en los 100 metros planos obtuve una medalla de plata”.

A pesar de su primera experiencia en unos Juegos Paralímpicos en París 2024, no es final de su ambición; es solo una estación en un camino más largo.

“Hoy quiero seguir cumpliendo ese sueño de estar en los otros juegos que van a ser en Los Ángeles 2028. Ese es otro sueño que voy a dar toda otra vez y con el objetivo de poder mirar y para eso estoy entrenando para obtener una medalla”.

El deporte no solo le ha brindado triunfos y un nuevo propósito, sino también una visión de futuro más allá de la pista.

“Me ha dejado muchas enseñanzas a través del tiempo, de los momentos que he vivido en el deporte. También me ha dejado ese legado de poder entrar a estudiar, que voy a entrar a estudiar el otro año con la ayuda de Dios en la Escuela Nacional del Deporte. El deporte no es toda la vida, sino que tiene un límite de tiempo y, pues, a darle cuando entre a la universidad y salga, darle esa enseñanza que me han dejado mis profesores a los demás atletas que lleguen”.

Cuando la carrera se hace dura, el motor que lo impulsa siempre es el mismo. “Siempre lo que yo digo es mi familia. Pienso en mi familia, ellos son mi motor en querer seguir cumpliendo mis sueños. Siempre tengo muchos sueños más a través de cada competencia. Siempre digo: ‘quiero romper mis propios límites’. Pienso en mi familia, en romper mis límites y ser esa persona que deja el país en alto y mi departamento”.

Todo lo que ha vivido y aprendido, desde el accidente hasta la medalla de oro, se condensa en una filosofía de una vida inquebrantable, una frase que, si se plasmara en un libro, llevaría su título: “Las limitaciones no están en la mente. Muy claro lo tengo, es un legado que siempre digo y que llevo conmigo”.

Esta convicción es también el mensaje que le quiere dejar a todos: “Que no le preste atención a las personas que le dicen que no puede, que siempre tengan en mente que sí van a poder, que sí van a luchar por sus propios sueños. Que no se apaguen con esa mentalidad. Las limitaciones están en tu mente, solo tú te puedes apagar y no te apagues. Antes, date mucha más fuerza para salir adelante, para cumplir tus sueños, cumplir tus metas y hazlo con mucho amor.”

Hoy, Luis Fernando se siente inmensamente feliz con su camino, un camino que no imaginó, pero que lo ha llenado de orgullo. Al despedirnos, le preguntó cómo se sentía, con la perspectiva de haber cumplido ese primer sueño de niño de ser Selección Colombia en una disciplina diferente.

“Me siento muy contento por todo lo que he hecho, claramente está reflejado en todo lo que hago, que lo hago con mucho amor. Siempre soñaba con el fútbol, ​​pero ahorita que lo estoy viviendo con este rol del paratletismo es una felicidad que tengo de cumplir cada uno de mis sueños que quería con el fútbol: que era ser selección Colombia, y que gracias a Dios lo hice y lo que he forjado con mucho amor. Voy a seguir dejando el país en alto”.

Y la enseñanza más profunda que le deja esta vida es, quizá, la lección más vital que puede ofrecer a cualquier persona, la conclusión de su inspiradora carrera: “Siempre persevera. El que persevera alcanza, persiste, no te rindas, hay muchos propósitos, muchos sueños más. Y un legado que siempre quiero dejar: que las limitaciones están en la mente. Es algo que digo en mi vida y que trato de inculcar también a los demás. Que no se limiten, sigan viviendo, disfruten, pásenla bien ya disfruten esto que es la vida. Obviamente hay problemas, pero hay que seguir adelante”.

Pienso en mi familia, ellos son mi motor en querer seguir cumpliendo mis sueños. Siempre tengo muchos sueños más a través de cada competencia .

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Niños víctimas, leyes débiles: Colombia exige respuestas

Menores abusados: ¿falla la protección estatal?

Niños víctimas, leyes débiles: Colombia exige respuestas.

Por: Samuel Bolaños

Facultad de Humanidades y Artes

Casos como los de Brayan Ocampo acusados ​​por el caso de Candelaria y Freddy Castellano por el caso del jardín infantil en Bogotá, señalados como presuntos abusadores de menores, han encendido las alarmas en Colombia sobre la protección de niños, niñas y adolescentes frente al abuso sexual. Según el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), entre enero y marzo de 2025 se reportaron 4.375 casos de abuso sexual contra menores en todo el país.

El impacto de estas cifras ha desatado un debate que trasciende las calles y llega al Congreso. Voces como la del senador Jota Pe Hernández, quien afirmó que “un abusador y asesino de niños, lo único que merece es estar 50 metros bajo tierra, la pena de muerte es lo que merecen, donde abusadores de niños no deben de ser premiados con una cárcel a comer y vivir gratis, inclusive con los impuestos que pueden estar pagando los padres de estos niños”, reflejando la indignación ciudadana.

Sus palabras hacen referencia al caso del Hogar Infantil Canadá, sede F, en Bogotá, donde varios menores de 2 a 3 años fueron abusados ​​por su supuesto cuidador, quien recibió una condena de 14 años de prisión.

Estos hechos, junto con los más de 4.000 casos registrados en 2025, han llevado a los ciudadanos a cuestionar si el Estado garantiza la protección de los menores y si las sanciones son lo suficientemente severas.  

En 2024, Colombia superó los 18.000 casos de abuso sexual contra menores, con Antioquia, Valle del Cauca y Cundinamarca como los departamentos más afectados

La Ley 1236 de 2008 establece penas estrictas para estos delitos: el artículo 208 indica que “quien acceda carnalmente a una persona menor de 14 años incurrirá en prisión de 12 a 20 años, al no tener los menores capacidad de consentimiento”, mientras que el artículo 209 señala que “quien realice actos sexuales (distintos al acceso carnal) con un menor de 14 años, en su presencia, o inducirlo a prácticas sexuales, conlleva una pena de 9 a 13 años de prisión, incluyendo actos como tocamientos, exhibicionismo o inducción a actividades sexuales”.

Sin embargo, para muchos padres, estas medidas no son suficientes.

Una exdirectora de jardines infantiles, con 18 años de experiencia, explicó los protocolos para prevenir estos casos: “Al hacer contratación de cualquier persona dentro de hogares infantiles, los mínimos requisitos que debe tener al talento humano es al menos un año de experiencia con atención directa con menores, se hacen consultas a través de Contraloría, Procuraduría además de la consulta de la página delitos sexuales contra menores de 18 años, donde los operadores deben indagar que el contratado posible no tenga algún registro allí, adjuntando así junto al NIT del contratador, que debe hacer la búsqueda y así el instituto aprobar las contrataciones”.

Añadió que los hogares infantiles no pueden realizar evaluaciones directas para detectar abuso, ya que “desde los jardines, hogares y centros de desarrollo infantil no se puede determinar si un niño fue abusado, porque hacer cualquier tipo de estudio psicológico o físico es revictimizar al menor, lo que se hace es trasladar hacia las EPS donde son estos los encargados de activar las rutas”. Las EPS, según la experta, confirman el abuso, denuncian a la Fiscalía y los hogares infantiles facilitan las investigaciones, suspendiendo al presunto responsable.

El panorama es alarmante. En 2024, Colombia superó los 18.000 casos de abuso sexual contra menores, con Antioquia, Valle del Cauca y Cundinamarca como los departamentos más afectados. A pesar de la existencia de múltiples entidades para denunciar estos delitos como la fiscalía general, los Centros de Atención Integral a Víctimas de Abuso Sexual (CAIVAS), las Unidades de Reacción Inmediata (URI), los Centros de Atención Penal Integral a Víctimas (CAPIV), la Policía Judicial, la Policía de Infancia y Adolescencia, y las comisarías de familia, la percepción ciudadana es que la justicia no siempre es efectiva.

Por su parte una exdocente de jardín infantil informa “que al momento de su contratación o en el transcurso del año lectivo no tuvo ningún tipo de charla o indicaciones para reconocer algún tipo de abuso en el aula u en los hogares”, igualmente destaca “los niños siempre se deben de ser observados, al punto que, como docente, yo misma identifico que niño confunde la M con la N, la P con la L. Y así como uno nota estas cosas nota su actitud, sus cambios y esto siempre puede ser un llamado de alerta”, para dejar en evidencia que los docentes no están siendo capacitados para identificar casos de abuso. 

De igual manera aclaró que “en lo personal para darme cuenta si un niño está siendo abusado me doy cuenta en su actitud, desde el cómo escribe, con mi actual curso de primaria ya sé son niños que tienen muy bonita letra, ya veces el niño que escribe bonito llega y escribe grandote, torcido, siendo esto para mí una indicación de que algo está pasando. Pues desde lo más mínimo como docentes nos damos cuenta, se trata de conocer al estudiante, saber cómo llegarle, dialogar para tomar una ruta de evacuación donde nos contactemos con la policía de infancia y adolescencia”, siendo al final todo dejando en manos del docente y su intuición junto a su vínculo y reconocimiento del niño o niña para identificar sus cambios en la personalidad para detallar si está siendo abusado.

Mientras para garantizar atención integral a las víctimas el ICBF exige a las entidades de salud públicas, privadas, la inmediata y gratuita atención médica, apoyo psicológico, medicamentos para prevenir infecciones de transmisión sexual y VIH, anticoncepción de emergencia, asesoría para la interrupción voluntaria del embarazo y recolección de evidencias. Sin embargo, la magnitud del problema persiste.

Andrés Bolaños, padre de un menor de 13 años, expresa su opinión “Créame cuando le digo que, si en Colombia empezáramos a implementar la pena de muerte para pedófilos y violadores, muy probablemente se redujese el número de casos de menores abusados, siendo lo más seguro es que se lo pensarían 10 veces antes de acceder carnalmente ante cualquier persona”. Su declaración refleja la frustración de una sociedad que exige medidas más drásticas para proteger a sus niños.

La crisis del abuso sexual contra menores en Colombia no solo pone en tela de juicio la efectividad de las leyes y los sistemas de protección, sino que también plantea un desafío urgente: garantizar un entorno seguro para los más vulnerables.

Al hacer contratación de cualquier persona dentro de hogares infantiles, los mínimos requisitos que debe tener al talento humano es al menos un año de experiencia con atención directa con menores.

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Colombia: crónica de un luto eterno

Colombia: Crónica de

un luto eterno

“El mayor peligro es la indiferencia.”

Franklin D. Roosevelt

Por: Juan José Grisales Osorio

Estudiante de Trabajo Social

Masacre. ​Una palabra que debería estremecernos… y, sin embargo, ya no lo hace. La escuchamos cada día, la leemos en titulares, la repetimos en redes… y no sentimos nada. En Colombia, el horror dejó de ser un acontecimiento para convertirse en paisaje. Nos hemos convertido en espectadores de nuestra propia tragedia, especialistas en mirar hacia otro lado, en desayunar con la muerte y continuar con la vida como si nada ocurriera. Ese, me temo, es nuestro pecado más grande: la indiferencia. Vivimos anestesiados, insensibilizados, cómodos en el letargo.

Las cifras son tan frías como demoledoras. Según la Oficina de Derechos Humanos de la ONU, en 2024, 252 personas fueron asesinadas en 72 masacres; 89 defensores de derechos humanos cayeron en el mismo período. Cada número es una vida que no volverá. Cada dato es un grito que se apaga en silencio. Y, aún así, el país gira. Los nombres cambian: disidencias, clanes, autodefensas, carteles. Las siglas se transforman, los uniformes varían, pero el resultado permanece: gente inocente muere… y nadie responde.

No puedo imaginar un hecho que refleje mejor esta tragedia que lo ocurrido el pasado 21 de agosto de 2025. Ese día, Cali fue testigo de un nuevo capítulo de horror. Un camión bomba se estalló cerca de la Escuela Militar de Aviación Marco Fidel Suárez, dejando al menos siete muertos y más de setenta heridos. Los vidrios rotos cubrieron las calles, las fachadas ardieron, las familias corrieron buscando sobrevivir… y, sin embargo, horas después, Colombia volvió a su rutina. Las redes sociales hicieron su trabajo: indignación instantánea, minutos de tendencia, promesas de “nunca más”. Y al amanecer, la conversación era otra. Porque, en este país, hasta el horror tiene fecha de caducidad.

Con esta masacre, ya sumamos 50 en lo que va del año. Y me temo que no puedo jurar que será la última. Mientras tanto, el Estado parece atrapado en su propio laberinto burocrático. Se firman acuerdos, se anuncian negociaciones, se celebran pactos con grandes titulares. Pero en las zonas rurales, municipios y ciudades donde ocurre la mayoría de estas masacres, la presencia real del Estado es un mito. Allí manda quien tiene más armas, más dinero y menos escrúpulos. La ley no es la Constitución… es la pólvora.

Pero también debemos mirarnos a nosotros mismos. Somos un país que consume violencia como entretenimiento: la vemos en noticieros, series, memes y redes sociales. Nos indignamos en Twitter, pero no exigimos soluciones reales. Nos hemos acostumbrado tanto a la muerte que dejamos de preguntarnos quiénes eran esas personas, qué sueños tenían, por qué su vida terminó así. Y, al hacerlo, permitimos que el ciclo se repita.

Colombia necesita asumir una verdad incómoda: las masacres no son hechos aislados; son el síntoma de un problema estructural. Desigualdad, abandono estatal, corrupción, narcotráfico, ausencia de justicia. Mientras sigamos viendo la violencia como un paisaje inevitable, seguirá repitiéndose, una y otra vez, hasta que el país entero se convierta en su propia fosa común.

La indiferencia también mata. Si seguimos callando, las masacres seguirán escribiendo nuestra historia con sangre. Es hora de exigirle al Estado que cumpla, pero también de romper la comodidad de nuestro silencio. Porque un país que normaliza el horror está condenado a repetirlo… y, al ritmo que vamos, lo repetiremos hasta desaparecer.

Porque Colombia es un país que vive en luto.

La indiferencia también mata. Si seguimos callando, las masacres seguirán escribiendo nuestra historia con sangre”.

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