Semillas que la guerra arrancó

Semillas que la
guerra arrancó

En Mapiripán, la guerra silenció la infancia de Dieny y la obligó a huir; hoy, transforma ese dolor en cuidado y resistencia.

Por: Nathalia Aguilar Bonilla

Facultad de Humanidades y Artes

Antes de la guerra, la infancia transcurría entre juegos simples y rutinas que hoy solo sobreviven en la memoria.

En Mapiripán, Meta, los amaneceres solían oler a tierra fresca y a café caliente. Era un pueblo de paso, de ríos anchos y gente que saludaba por su nombre, donde el tiempo se medía en cosechas, en la pesca, en la ganadería y en las idas al mercado.

Pero entre 1989 y 1991, el tiempo cambió. El sonido de los pájaros fue reemplazado por ráfagas de fusil y la calma, por el miedo. En ese escenario, una niña de nueve años, Dieny, entendió por primera vez lo que era la guerra. 

“Ese día no nos mandaron a la escuela”, recuerda. “Las balas sonaban por el patio de la casa”. Vivía con su familia en una zona donde, al frente, había selva.

Desde ahí, los enfrentamientos entre la guerrilla y el Ejército parecían una película que se filtraba por las paredes de zinc.

No era ficción: era su vida…

Dieny nació en el seno de una familia numerosa y humilde. Sus padres, Ofelia y Holmes, tuvieron doce hijos: seis hombres, Hugo, Abel, Holmes, Benhur, Isaac e Isaí, y seis mujeres: Dieny, Lola, Ailcie, Rocío, Samaritana y Luz Aida. La casa siempre estaba llena de voces, de risas, de olor a leña y panela, del bullicio de las tareas del campo, de niños jugando con lo que hubiera.

Eran tiempos difíciles, pero también de unión, de esas memorias que aún hoy Dieny recuerda con una mezcla de nostalgia y alegría. Su padre, conocido en el pueblo como don Holmes, era la figura de confianza para transportar mercados, insumos y encargos desde cualquier rincón de Mapiripán. Lo buscaban campesinos, comerciantes… y también los armados. Guerrilla, Ejército y paramilitares sabían de él. Todos lo necesitaban. Y eso, poco a poco, se convirtió en una sentencia. “Un amigo cercano a la guerrilla le dijo: ‘Don Holmes, tenga mucho cuidado; están reclutando muchachos y los próximos son sus hijos’. Esa advertencia fue la gota que rebasó el miedo.”

Esa advertencia fue la gota que rebasó el miedo.

El primero en salir del pueblo fue Abel, uno de los hermanos de Dieny, a quien enviaron a Palmira. Luego vendrían los demás. Hasta que ella y su madre también salieron, con lo puesto y el corazón arrugado. En 1990, salieron huyendo de la violencia. Dejaron la casa. Dejaron el ganado. Dejaron los años sembrados en tierra propia.

“Se llevaron los caballos que pudieron y la familia completa se fue para Granada”, cuenta. Granada, otro pueblo del Meta, parecía una oportunidad. Pero el desarraigo no solo es geográfico: también duele en el alma. “A mi papá le robaron los mejores caballos antes de salir. Ya en Granada, le tocó vender una yegua para pagar el arriendo. Al poco tiempo, le robaron el otro caballo. Quedó sin nada”.

 

Como muchas familias desplazadas, tuvieron que seguir huyendo.

La siguiente parada fue Palmira, en el Valle del Cauca. Allí intentaron rehacer la vida. Pero las cicatrices del desplazamiento son profundas. No se ven, pero persisten. “Mi padre era un campesino que se sentía útil en su tierra. Aquí llegó sin animales, sin trabajo, sin casa… con la esperanza hecha trizas”. Hoy, Dieny, la niña que escuchó balas desde el patio, es una mujer adulta, madre, trabajadora y resiliente. Es enfermera, una profesión que eligió por vocación, pero también por necesidad. Ha dedicado su vida a cuidar a otros, como una forma de reconstruir lo que la guerra destruyó.

“Cuando cuido a un paciente siento que estoy reparando algo. No solo en ellos, también en mí”, dice. Cada turno, cada inyección, cada palabra de aliento, son pequeños actos de sanación. Hay días en que el olor a tierra mojada, el sabor del café de olla o el sonido de una moto vieja la devuelven, sin previo aviso, a Mapiripán.

A veces es dulce el recuerdo: ver a sus hermanos montar caballo, el sabor de las arepas al rescoldo que hacía su mamá, o las tardes en el río. Pero otras veces el regreso es duro: el sonido seco de un disparo en la distancia, el miedo de perder a alguien, el frío de dormir sin saber qué pasará mañana. Años después, cuando se escucha hablar de Mapiripán, muchos lo asocian con la masacre ocurrida en 1997.

Pero pocos saben que el terror empezó mucho antes.

Que para muchas familias, el horror fue silencioso, intermitente, pero constante. Que no hubo titulares, pero sí pérdidas. El testimonio de Dieny no es solo un relato de victimización. Es una memoria viva. Una semilla que, aunque fue arrancada de su tierra, sigue queriendo florecer. Porque aunque la guerra la despojó de su casa, de sus caballos, de su infancia, no pudo arrebatarle la fuerza para seguir.

Hoy, en cada paciente que cuida, en cada historia que cuenta, en cada recuerdo que revive, hay una forma de resistencia. Y aunque ya no escuche los gallos de Mapiripan al amanecer, ni huela el café recién colado sobre la leña, dentro de ella sigue latiendo ese pedazo de tierra que la vio nacer. Porque hay raíces que ni la guerra puede arrancar.

“

“La guerra la obligó a irse con las manos vacías, pero no pudo quitarle las ganas seguir”.

Escucha La Radio USC

Otros recomendados…

Ecos y sombras del Palacio de Justicia

Ecos y sombras del Palacio de Justicia

Autor:  Pedro Pablo Aguilera

En noviembre de 1985 yo tenía veintiocho años y vivía en La Habana. La noticia del asalto al Palacio de Justicia de Colombia nos golpeó a todos por la pantalla del Noticiero Nacional de Televisión a la hora del almuerzo. Estaba en el comedor del Instituto de Geografía en el Vedado. El Noticiero Nacional de Televisión, nos dijo con breves imágenes aquella noticia que eran de una urgencia inédita. Horas después, había más detalles en las páginas de Juventud Rebelde y solo al día siguiente encontré la versión oficial del periódico Granma.

Recuerdo que nos sorprendimos todos, era otra acción guerrillera que nos recordó nuestra historia, el asalto al Palacio Presidencial en 1957 que trajo muchas muertes y asesinatos. Era una versión similar a la colombiana.

Por aquel entonces creía en la Revolución y en la épica de la utopía latinoamericana. Mis padres eran del “aparato” (la inteligencia cubana) conocían a varios oficiales del Departamento América; incluso a su mítico Manuel Piñeiro, alias “Barbarroja” no pocas veces estuvo en el balcón de la playita de 16 hablando “mierda” como decimos los cubanos a las cosas más serias y secretas. Ese Departamento fue y es, el taller secreto de la insurrección en este continente. No solo para Colombia, sino para Argentina, Nicaragua, Venezuela, Brasil, Uruguay.

Allí se fabrican estrategias, alianzas, rutas de apoyo a los grupos de izquierda. Allí se armó y se protegió a los elegidos para crear “uno, dos… muchos Vietnam “en palabras del Che. En Colombia, los principales pupilos fueron el ELN y el M-19, a quienes la Isla proveyó de tácticas, recursos y sueños armados.

El modelo de asaltos a centros de poder tomado de la experiencia cubana como he dicho ya se había repetido en la toma del Palacio Nacional de Managua en 1978, la operación “Chanchera” sandinista y en la ocupación armada de la embajada de República Dominicana en Bogotá, en 1980.  Era el mismo guion, el mismo libreto de ganar un pulso táctico y político, redactado en La Habana.

Así se llegó hace 40 años por inercia trágica, al Palacio de Justicia el 5 de noviembre. Pero para ellos se combino todas las formas de lucha en donde los medios justificaban el fin.

El M-19 cruzó la línea y pactó con el narcotráfico para financiar el acto final. La Comisión de la Verdad, dice sobre este tema “A mediados de 1985 vuelven a reunirse miembros del M-19 con Pablo Escobar, y al suceder Álvaro Fayad a Ospina en la dirección del M-19, continuaron las actuaciones conjuntas de ambas organizaciones delictivas” y agrega más adelante: “Todo indica que hubo conexión del M-19 con el Cartel de Medellín para el asalto al Palacio de Justicia.” Los sobrevivientes lo niegan.

Pero lo que muchos olvidan es la que todos los caminos llevan, de un modo u otro, a la huella cubana. Reconocerlo es, parte de la verdad y mucho todavía falta por saberse.

He leído con hambre se conocimiento cada texto que expone su verdad. He indagado fuentes independientes y he escuchado a los colombianos durante años.  He visto las imágenes, las entrevistas y es terrible, dramático la intransigencia cuasi suicida de quienes ya perdidos no liberaron a los magistrados, empleados para continuar su batallar hasta la muerte. Esa era su decisión, pero no la de arrastrar a otros a ella. El Estado respondió con la misma saña: la ética se evaporó entre gases y ráfagas. El país quedó huérfano de justicia.

Hoy, viviendo en Cali, amando este país, como amo a Cuba, y sé que indirectamente, para ser cauto, el intervencionismo de mi país desde sus certezas, fue ciego ante el dolor real de pueblos ajenos. Sé que el fuego no solo consume archivos: arrasa futuro, arrasa patria.

Ojalá algún día, podamos mirarnos de frente, sin máscaras ni pretexto de lo políticamente correcto, sobre esta historia. Porque solo así, desde la memoria, no habrá olvido, habrá dignidad ante la verdad. Y las banderas clonadas del M-26-7, rojinegras de todas partes, rindan cuenta de sus errores.

“

 A mediados de 1985 vuelven a reunirse miembros del M-19 con Pablo Escobar, y al suceder Álvaro Fayad a Ospina en la dirección del M-19, continuaron las actuaciones conjuntas de ambas organizaciones delictivas”.

Escucha La Radio USC

Otras opiniones