Los olvidados invisibles

LOS OLVIDADOS INVISIBLES 

Autor: John Hamilton|Sebastián Valencia.

Facultad de Humanidades y Artes

La supervivencia del habitante en calle expone las problemáticas de una sociedad indiferente. 

En ese instante, desaparecieron las barreras entre dos desconocidos, la conexión humana floreció en toda su plenitud. Con su humildad, Breiner me demostró, en su esencia misma, su constante lucha por una vida mejor. 

Levantarse todas las mañanas es una tarea a la que todos están acostumbrados; sin embargo, nadie certifica que esto pase ante las mejores condiciones para un habitante de calle. Con el sol abrasador de un nuevo día en la mirada, la incertidumbre de tener “un plato sobre la mesa”, sin nada alrededor más que un maletín y un cartón para cubrirse del frío, así viven diariamente quienes no tienen un hogar. 

Breiner, más conocido como ‘el mono’, vive en la calle. Junto a su fiel compañera, la escoba, Breiner labora en las cuadras del barrio Ciudad 2000, ofreciendo servicios de aseo. Y como todo colombiano, ante la falta de empleo maniobra buscando algo de dinero. Los vecinos lo han visto cargar escombros, jardinear, barrer andenes, limpiar calles y hasta rellenar los huecos de las vías. A cambio, solo pide ser recompensado con algo que calme su hambre.  

De acuerdo con el Ministerio de Salud y Protección Social, “los habitantes de calle son aquellas personas que hacen de la calle su lugar de habitación ya sea de forma permanente o transitoria (Ley 1641 de 2013), es decir, desarrollan todas las dimensiones de su vida en el espacio público”. Esta situación es compleja en todo el mundo por factores que limitan sus recursos básicos de vida. 

Eran las 8:04 de la mañana de un jueves cualquiera. Desde las primeras luces naturales, un aire de expectación llenaba el ambiente. El sol ascendía majestuoso en el cielo, iluminando los rostros de tres individuos en igualdad de condiciones, mientras dormían en el suelo. Entre ellos, estaba el protagonista de esta historia, Breiner, un hombre risueño de cuerpo delgado. Al notar mi presencia, rápidamente se sentó, para mostrar, con un gesto, una tradición arraigada: persignarse antes de iniciar la jornada. 

Al darme los buenos días le pregunto por lo que susurra; ‘el mono’ se ríe. “Lo primero que hago es agradecerle a Dios por otro día, porque hoy nuevamente pude abrir los ojos, no sé si usted sabe, pero en la calle uno está expuesto a que lo perjudiquen e incluso a morir por solo dormir en ella”, explica. 

Lo cierto es que despertó en el frío suelo de la fachada de un bar que le sirve como colchón. Entre cartones que acaloran su enflaquecido cuerpo y su almohada, se ve una pequeña maleta en la que guarda tres camisetas, unos pantalones y, curiosamente para esas personas que señalan su aseo, porta un jabón azul Rey. Me imagino que, a lo mejor, él también cree en el viejo dicho caleño que dice que “bañarse con jabón azul limpia las malas energías”, y quién sino él vive frente al lado oscuro de una sociedad indiferente. 

Breiner Alejandro Bermúdez tiene 30 años, es oriundo de la Esmeralda, un pequeño corregimiento aledaño a Corinto, en el departamento del Cauca, ese mismo que por décadas ha sido golpeado por la violencia. Llegó a Cali cuando apenas era un menor y manifiesta que entonces, su única esperanza fue darle un rumbo diferente a la tragedia que vivió en su niñez. 

Recorrido al pasado 

Caminamos para escaparnos del abrasador sol de verano que se vive en estos tiempos. Ante la pregunta de por qué está en la calle, reina un breve silencio, para luego responder: “Salí huyendo de la casa con el miedo encima, me iban a matar porque demandé a mi viejo. Él mató a mi mamá”.  

Mientras compartía detalles intrigantes de su vida, reveló el motivo de una cicatriz prominente que surca su frente, “toda mi familia es mala, porque se han relacionado con la guerrilla; no quise esa vida junto a ellos. Cuando me disponía a irme, mi tío me apuñaló con un destornillador, me hizo una herida en el pecho y otra en la frente, esa noche me apresuré a esconderme debajo de un carro. Encendieron el carro, me agarré muy fuerte, llegué al peaje de Villa Rica, luego me enmonté en un camino y aquí estoy”.  Desde entonces las calles de la ciudad caleña han sido el hogar de Breiner. 

Es triste constatar cómo un niño, como lo fue Breiner, perdió su madre, familia, el lugar donde creció y de paso su inocencia. Cuando compartía sus recuerdos más lacerantes, le pregunté por su madre; sus ojos se humedecieron y su voz se quebró, con su rostro indicando el cielo comentó: “Mi mamá, aún veo su rostro, pensar los buenos momentos junto a ella me ayuda seguir adelante”, confirmando que sin amor estamos vacíos. 

Ya era mediodía. Avanzamos hasta llegar a un parque, pronto me empezaron a crujir las tripas y con inocente imprudencia le dije a Breiner:  

-Me dio hambre. 

Tocando mi hombro, respondió 

-Sí, un poco.   

Con frecuencia, más vacío debe sentirse el estómago de Breiner y ahora sé que su respuesta fue empática. 

Nos sentamos a compartir un almuerzo que había comprado antes de salir a su encuentro. Emocionado, comía entre risas, hasta que… se detuvo por un momento, señalando las casas que estaban en frente.  

-Yo sé que a lo mejor todas estas casas tienen sus neveras llenas, incluso, puede que les sobre comida, pero ¿sabe?, aunque me digan cosas feas y me señalen, yo quiero que a ellos nunca les falte nada, porque sé lo que es no tener nada”. 

El pastor Luis Felipe Cobo Cocha, director de Fundación Familia (Fundafam) en Cali, lleva 20 años trabajando con habitantes de calle. En un esfuerzo por cambiar la percepción de los menos favorecidos la sociedad, revela que “actualmente, el focus de indigencia se ha disparado. La sociedad no participa y se queja mucho”. Invita a que las personas se involucren en la labor de servir y ayudar a quien lo necesita y no solo cuando este flagelo toque un integrante de su familia. 

Como si de aventuras se tratara, entre risas mencionó las veces que ha sido despertado con baldes de agua y ahuyentado con piedras. Es que, por lo general, el colombiano carece de empatía y tolerancia. Pero ¿quién culpa la urgencia de otro por conseguir un poco de dinero si el total de la riqueza se queda en el 1% de los habitantes del país? Sus anécdotas fluían con la serenidad que solo alguien que ha encontrado paz en su corazón puede transmitir.  

Hace dos años, el entonces ministro de Salud y Protección Social Fernando Ruiz informó que por lo menos 34.000 habitantes que vivían en la calle, sin contar a los migrantes –principalmente venezolanos- que terminaron en la calle después de migrar a Colombia. En esos momentos, las cifras indicaban que el 87% eran hombres y que la mayoría estaba entre 25 y 40 años de edad. 

Escapar de la realidad 

La charla es interrumpida por la presencia de un joven, aparentemente menor de edad, tenía un comportamiento extraño, pasos cansados, al borde de caerse, con repentinos y continuos movimientos de cabeza, un ser que deambulaba como alma camino al purgatorio esperando ser juzgada. Entre sus dedos se escondía un cigarro de marihuana, reconocible por su olor, ‘el mono’, moviendo su cabeza, desaprobó lo que veía. 

Alguien alguna vez me dijo “esos desechables solo piden dinero para drogarse”, aproveché tal momento para preguntarle a Breiner su opinión sobre la escena que acabábamos de presenciar. “No puedo opinar, porque no sé qué lo lleva a eso. La calle produce mucho problema mental; el menosprecio, el no tener familia, no tener una moneda para comprarme un alimento. Las veces que me llaman loco, indigente, desechable y todas las formas hirientes que se les ocurre, me han llevado hacer cosa que de niño nunca quise y yo consumo drogas para olvidar por un momento lo que me está pasando, quizá el joven lo hace por algo parecido” 

Las drogas son una forma de adormecer el dolor 

El caleño Carlos Enrique Serrano Silva (59 años) pasó 12 años viviendo en las calles y actualmente trabaja con Fundación Samaritanos de la calle. Además, brinda charlas de educación en prevención y superación del consumo de drogas. Explica que el mayor problema de una persona son las drogas, de ahí que su vida sea caótica. “Comencé a consumir a los 14 años, las drogas son un proceso degenerativo cada vez tocaba más fondo”, relata. Su testimonio es de resiliencia, aunque la superación de su adicción fue gracias a los lazos de amor familiar.  

“Para algunos, las drogas son una forma de adormecer el dolor y el sufrimiento que los acecha en cada esquina, aunque sus consecuencias los condenen a un destino de autodestrucción y, sin saberlo, de desesperanza”, analiza Serrano.  

Durante el mes de abril del presente año, la Fundación Familia hizo un nuevo ejercicio de recolección de datos sobre el consumo de drogas en el emblemático barrio San Bosco, de la ciudad de Cali, que reveló una situación preocupante: De 80 familias encuestadas, al menos un integrante de 65 de ellas consume sustancias psicoactivas, lo que deja al descubierto una situación en ascenso que amerita la acción urgente del Estado. 

Una despedida al atardecer 

El sol se ocultaba lentamente en el horizonte, marcando el fin de un encuentro memorable. Breiner emanó un destello de esperanza y entre titubeos que remarcaba n la importancia de sus palabras, confesó su deseo de revivir su pasado como vendedor ambulante de dulces. Sacando algunas monedas de su bolsillo, símbolo de sus modestos ahorros, me pidió ayuda para completar el dinero necesario para hacer su inversión en un paquete de caramelos. 

En ese instante, desaparecieron las barreras entre dos desconocidos, la conexión humana floreció en toda su plenitud. Con su humildad, Breiner me demostró, en su esencia misma, su constante lucha por una vida mejor. 

Con la bolsita de caramelos en sus manos, me despidió con un abrazo fuerte y gratificante que se asemejaba al de un niño con su madre -como si se tratara de él mismo con su progenitora-, no sin antes agradecerme muchas veces por el momento de calidad que habíamos pasado.  

‘El mono’ es un testimonio de la fuerza del espíritu, de una esencia humana espontánea y sencilla en medio de la adversidad de este mundo egoísta.  

Lo que no sabe Breiner es que el agradecido fui yo, porque Dios nuevamente abrió mis ojos. 

 

Levantarse todas las mañanas es una tarea a la que todos están acostumbrados; sin embargo, nadie certifica que esto pase ante las mejores condiciones para un habitante de calle”.

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La Calle nos llama: Cómo afrontar la habitabilidad en calle

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Autoras: Luis Andrés Urrutia Moreno.

Facultad de Humanidades y Artes

“La desobediencia y el consumo de sustancias psicoactivas fueron mi mayor motivación para caer en el mundo de la calle. Yo viví alrededor de 8 años en esta situación”. Así cuenta Alexandra Muñoz un episodio trágico de su vida, del que, por fortuna, logró salir.

Una de las misiones de la RAC es articularse con empresas del sector privado para que, mediante estrategias de inclusión laboral, la persona en proceso de resocialización pueda tener como premio a su voluntad de salir de las calles una nueva oportunidad en la vida laboral.

Ella era una de las 4.749 habitantes de calle que deambulaban por la capital del Valle del Cauca, según estadísticas del DANE.

Desafortunadamente, no todos corrieron con la misma suerte que Muñoz y hoy, cinco años después, ya se cuentan cerca de 5.500 personas sin techo, que gravitan en las calles de Cali, lo que constituye un aumento del 24%, en relación con el 2019.

Hasta hace unos años, Alexandra Muñoz vivía en la calle, consumiendo heroína. Cuando no tenía cómo adquirirla, se dejaba llevar por el bazuco, pero gracias a su proceso de resocialización en la Fundación Samaritanos de la Calle, actualmente labora con esa organización.

“Yo inicié mi vida en calle a la edad de 15 años, ya que, existieron varios detonantes que permitieron que yo cayera en este flagelo. Gracias a la labor de Samaritanos de la Calle pude salir de las garras de la drogadicción. Ahora me encuentro dando a conocer mi historia de vida en diferentes espacios, este ha sido un trabajo realmente gratificante y maravilloso donde he aprendido demasiado lo que me ha permitido crecer personal y financieramente”, explica.

Organizaciones sociales se unen para dignificar la vida en calle

Para establecer un Plan de Acción de Atención Integral dirigida al Habitante de Calle, desde 2019 la Secretaría de Bienestar Social de Cali lidera la estrategia Red Amigos de la Calle, RAC, que nace de la necesidad de articular a la ciudadanía, el sector privado, organizaciones de base y sector público, para dignificar la vida de los habitantes de calle de la ciudad.

El trabajo consiste en atender a la población sin techo y con personas en riesgo de habitar la calle. Su objetivo se enmarca su dignificación, es decir, que los habitantes de calle tengan un mínimo vital de alimentación, ejercicios de autocuidado y puedan descansar en espacios dignos y seguros que han dispuesto la alcaldía y 29 fundaciones que trabajan día y noche.

                                                                                   

La Red está conformada por fundaciones como Samaritanos de la Calle, que es el operador principal de la Alcaldía de Cali; se encarga de atender a la población Habitante de Calle de todo el territorio distrital. También la integran organizaciones sin ánimo de lucro, siendo el trabajo social su principal inspiración. Este programa cuenta con servicios como ducha móvil, atención en salud y espacios de escucha con trabajadores sociales y psicólogos.

La auxiliar de enfermería Sandra Ruiz, quien forma parte del sistema, explica: “Venimos acompañando desde hace 4 años a las fundaciones en sus procesos de postulación a proyectos productivos que propenden a mejorar su calidad de vida. En ese orden de ideas, si la fundación requiere ayuda institucional, nosotros realizamos un diagnóstico de sus necesidades para poder hacer un cronograma de actividades y un plan de acción a ejecutar con ellos”.

Una de las misiones de la RAC es articularse con empresas del sector privado para que, mediante estrategias de inclusión laboral, la persona en proceso de resocialización pueda tener como premio a su voluntad de salir de las calles una nueva oportunidad en la vida laboral.

Otra de las funciones de la RAC es hacer jornadas de asistencia social en los sitios de alta concentración de habitantes de calle, ya que en estos espacios se puede dar a conocer el programa y sus rutas de atención. En estas jornadas de articulación se desarrollan varias actividades, como baños con ducha móvil, vacunación contra la Influenza, Hepatitis B o COVID- 19, ollas comunitarias, entrega de ropa y peluquería.

En muchos casos, estas personas tienen animales de compañía, entonces se hacen jornadas para aplicarles vacunas contra la rabia, desparasitarlos y activarles ruta de atención para ser atendidos en el Centro de Bienestar Animal de la ciudad.

La coordinadora del equipo de Redes de Apoyo del Programa Habitante de Calle, Carolina Aristizábal, cuenta que “Para nosotros es muy gratificante que la comunidad de organice y nos ayude a socializar nuestra hoja de ruta para intervenir adecuadamente a nuestra población. Sabemos que, al no tener política pública de habitabilidad en calle, nuestros recursos son pocos, pero debemos agradecerles a estas personas que desinteresadamente ponen a disposición sus hogares y sus talentos para atender esta situación”.

Así mismo, Wilmer Reyes, líder de la fundación Dios es Amor, manifiesta: “Aquí trabajamos bajo la voluntad de Dios; en ese sentido, el habitante que ingresa a este espacio debe estar sujeto a las dinámicas y normas que están establecidas, cuentan con alimentación desde que se levantan hasta que se acuestan y le agradecemos a la Alcaldía de Cali por la disposición y por apoyarnos en esta bella labor.

El alcalde Alejandro Eder busca que el sector privado pueda ser gestor de cambios positivos para las personas que viven en condiciones de extrema vulnerabilidad en el territorio caleño.

…Se cuentan cerca de 5.500 personas sin techo, que gravitan en las calles de Cali, lo que constituye un aumento del 24%, en relación con el 2019″.

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PLAZA CAYZEDO, EN MEDIO DE LA INFORMALIDAD

Es muy común ver a diario gran cantidad de vendedores que transitan por las calles ofreciendo a sus clientes productos necesarios, útiles y a bajo costo, con la justificación de llevarles de comer a sus familias.


Por: Claudia Lorena Lasso Cuéllar

@claudita193


Las cifras lo confirman: “en Colombia, según el Dane, los pobres llegan a 14 millones y en Cali a 508.000” Tomado del blog Esto sucede a pesar de que diferentes gobernantes sostienen que la pobreza ha disminuido a su mínima expresión.

Los vendedores de las calles son objeto de condiciones inciertas de trabajo, falta de seguridad social y múltiples prohibiciones, entre otras.

De acuerdo con el artículo 4.6.1 de los derechos colectivos, “…Cuando una autoridad local se proponga recuperar el espacio público ocupado por vendedores ambulantes titulares de licencias o autorizaciones concedidas por el Estado, este deberá diseñar y ejecutar un adecuado y razonable plan de reubicación de dichos vendedores ambulantes de manera que se concilien en la práctica los intereses de pugna”. Decisiones que uno a uno, los mandatarios locales han ido aplazando.

Un claro ejemplo se ve en la Plaza Cayzedo, donde día a día es común encontrarse con ventas que van desde agua hasta cigarrillos. Policías de la zona, vendedores y encargados del espacio público, cada uno tiene su propia versión.

Las contradicciones aparecen cuando se les pregunta a vendedores y encargados del espacio público sobre las ‘recogidas’; algunos trabajadores ambulantes como Alexander aseguran que “aquí es prohibido trabajar, los policías sacan a los trabajadores por la mañana, al medio día, por la tarde, todo el día”.

Carlos Navia, encargado del espacio público, argumenta: “nosotros pasamos a socializar con los vendedores y advertirles que su permanencia en la Plaza es indebida, días después de realizada la gestión llegamos con la policía en un carro grande negro, para recoger la mercancía de quienes omitieron el aviso”.

Además, algunos vendedores aseguran que deben pagar por recuperar sus cosas. “Cuando la policía realiza los desalojos, se nos llevan el puesto con el surtido y para sacarlo, hay que pagar 300 mil pesos en el CAM”, expresa Viviana.

Pero Navia contra argumenta que “a los trabajadores no se les cobra multa al momento de hacer la devolución de sus pertenencias. Lo único que no se les devuelve son cigarrillos, piratería y licores; de resto, pasados aproximadamente quince días, todo se les devuelve con la constancia de entrega (que se les elabora) cuando se recogen las cosas”.

Ninguno de los vendedores tiene permiso en la Plaza, pues al ser considerado un atractivo turístico, se piensa que los trabajadores ambulantes entorpecen el paso de propios y visitantes; aun así, es muy común encontrar ventas de dulces, agua, jugos, tintos y demás productos.

Otra de las mencionadas contradicciones queda en evidencia, cuando el auxiliar de policía Gaviria asegura que “en la Plaza Cayzedo se respeta la antigüedad (más de 20 años) de los trabajadores informales”, lo que significa que son personas a quienes no se les ‘toca’ la mercancía. Asegura además que “son ellos mismos quienes se encargan de cuidar el espacio de los nuevos vendedores que llegan a posicionarse”.

Sin embargo, Navia manifiesta que “después de que sea venta ambulante, no puede estar en esta zona. Aquí, no hay ningún vendedor ambulante al que se le respete la antigüedad y nadie tiene permiso, por lo menos no en esta zona”.

Pero asegura que a los vendedores de frutas, ‘mecato’ y demás alimentos no se les incauta la mercancía; “las personas que venden esos productos, no tienen problema, siempre y cuando no estén siempre en el mismo lugar. Si se estacionan, pasa a incautárseles los excedentes, es decir, sillas, sombrillas, carpas y estos elementos son devueltos 15 días después”.

Es muy común ver a los emboladores; en el sector de la Plaza Cayzedo se les permite ubicar siempre y cuando tengan un cliente; de no ser así, se les informa que deben moverse del lugar.
William Saavedra, un santandereano obligado a vivir en Cali y lustrador con cinco años de antigüedad, asegura que nunca le han quitado las cosas porque “cuando los veo cerca, escondo la caja, o salgo y me voy porque ya sé la vuelta”.

“A veces, cuando ellos (Espacio Público) no vienen tan temprano, nos ubicamos en una banca y después estamos un rato en una parte, otro rato en otra y así, hasta que por ahí a las cuatro de la tarde ellos se van”, agrega Saavedra.

Álvaro, otro de los vendedores ambulantes de la zona, dice que siempre ha estado ahí y a pesar de que le han hecho advertencias, nunca le han quitado la caja en la que comercializa cigarrillos. “Yo me paso el día dando vueltas por acá, y sé que el día en que me quiten la caja no me la devuelven, por el producto que vendo, y que si la recogen toca pagar una multa, dizque de 200 mil”.
En medio de contradicciones, días soleados y en muchos casos ventas difíciles, la jornada llega a su fin y con ella se acaban los miedos que durante el día persisten por la posible aparición del ‘Lobo’, que no avisa cuándo vendrá, sólo aparece y en medio de sus feroces dientes, se lleva la única opción de quienes trabajan en medio de la informalidad.

Galeria de fotos:   

Fotos por: Johana Castillo @johacastillo331

Escarbando en el costal de los recuerdos de ‘La Mona’. “Me volví recicladora y soy feliz”

Luces y sombras de una mujer que con el reciclaje le ganó la batalla a sus demonios. Esa es ‘La Mona’, la señora que encontró la felicidad entre latas y desechos, entre plástico y cartón.


Por: Luisa Bolaños

@Lui19bg

No importa si el sol despertó con ganas de incendiar el pavimento de las calles de Cali o si un iracundo ‘San Pedro’ nubló el cielo y mandó un terrible aguacero. A Edith, nada de eso le interesa los lunes, miércoles y viernes, días en los cuales ejerce su trabajo.

En una piecita, dentro de algún edificio ubicado en “La Olla del Centro”, se despierta a las 5:00 a.m. para compartir el desayuno con su hijo de 23 años y su amigo ‘El ñato’.

Los piecitos de Edith caminan desde La Olla hasta el barrio La Campiña, mientras su cuerpo arrastra la carretilla que alquila por dos mil pesos. Al llegar, descarga su chivo para empezar a recorrer las calles.

‘La Ñata’ o ‘La Mona’ -así le dicen- es una mujer que mantiene una sonrisa en su rostro y transpira amabilidad. No siempre fue feliz con su realidad, pues como a muchas le ha tocado duro, pero como pocas les ha ganado la batalla a sus demonios. Ha triunfado a su manera, ¡a punta de cartón! y no con un cartón universitario, ni con millones en el banco; ha vencido en la vida por aceptarse, no avergonzarse y aportarle algo positivo al mundo, desde lo que hace.

‘La Colombianita’.

Quién iba a pensar que La Mona fue una jovencita de clase media que viajó al Perú, a sus trece años, junto a su padre y su madrastra. En ese país, su inocencia se vio atenuada por los intereses de la mujer de su padre o ‘La peruana’, como ella le dice.

“Mi papá era un borrachín y nunca me cuidaba. La peruana se aprovechó de que él no estaba y me lavó la cabeza, diciéndome que mi hermanito no tenía leche ni pañales y que mi papá era un irresponsable, entonces yo tenía que ayudarle con los gastos”, expresó La Mona.

La peruana, una ex estriptisera, “le iba a enseñar a hacer otra cosa para que la ayudara con los gastos” y hoy es la razón por la cual La Mona afirma que a los niños hay que protegerlos, para que no tengan que vivir lo que a ella le tocó.

“Me llevó a una ‘casa de negocios’ y se paró al lado de la puerta. Mientras yo estaba en una cama, en ropa interior, ella cobraba la plata. ¡Salíamos con las manos llenas! porque como yo era una niña, eso gustaba. A mí me decían ‘La Colombianita’”, comentó.

Pasaron los días entre estudios mañaneros y tardes en las que vendía su cuerpo, hasta que conoció a uno de sus clientes, que era gerente de la empresa Pesca Perú. “¡Tenía una pinta! A él le dio pesar porque le conté mi historia. Entonces, me regaló el pasaje ¡en avión! Y yo le hice firmar a mi papá el permiso”, recordó La Mona, con un fuerte sentimiento de gratitud.

Los ladrones de sus hijos: sus vicios.

La Mona de hoy no conoce de ambición ni derroche, pero a los 16 años, cuando fue recibida por su tía, quería plata y la forma más fácil de conseguirla fue continuar prostituyéndose por dos años más. “Ya venía con mis resabios, me había acostumbrado a tener plata”.

“Quedé en embarazo a los 18 años y como ya había cogido el vicio del trago, el cigarrillo y la droga, mi tío se quedó con el niño. Otro hijo quedó con mi papá y mi otra hija quedó con mi cuñada ¿Y yo? ¿Con qué me quedé? con el vicio”, manifestó con profunda tristeza.

Estaba derrotada por sus vicios y no parecía que la vida le fuera a dar la revancha. En las noches, su cabeza reposaba sobre el asfalto y sus días eran grises, hasta que ‘El Ñato’ la recogió, la llevó a vivir a una pieza y le enseñó las técnicas del valioso trabajo de reciclar.

“¡Qué vicio ni qué nada!”

“No volví a entregármele a hombres, comencé a reciclar, seguía metiendo, pero trabajaba y eso era un gran cambio. Luego vi que mis hijos iban creciendo y dije: ¡Qué vicio ni qué nada! Dejé todas esas cosas”, manifestó.
Nada pudo quitarle ese instinto de madre, pues sus hijos son el motivo por el cual, al terminar la mañana, camina desde La Campiña hasta la Chatarrería del Centro, con su carretilla cargada de cosas que para nosotros solo son basura, pero para ella significan “la comidita”.

Su sueño de ser secretaria, quizás lo esté cumpliendo archivando hojas de papel fino y periódicos. Hoy no puede divertirse bailando mientras le gritan: “¡Shakira!”, pero tiene algo más valioso que una diversión efímera, la pasión por lo que hace.

“El reciclaje para mi es hermoso ¡Es bendito! Vea, a veces, encuentro comida que dejan de las fiestas y la guardan en cajas; ¡ese día yo me doy una pachanga!, voy y caliento el arroz con pollo. Nunca me faltaron unas chancletas, un calzón, un brasier, una olla, nada. Tengo todo lo que necesita una persona, gracias a Dios”, comentó una Mona radiante e incluso más dichosa que muchos de nosotros, y agregó: ¡Yo soy feliz con mi reciclaje!”.