“Yo soy el rey del universo, Yo soy el rey del universo, Yo soy el rey del universo, …” Y así, una plana de 15 hojas (a mano), debíamos entregar en el año 2000 al profesor de la clase de Espíritu Empresarial.
Estudiantes, disfruten la universidad, sus espacios, tengan paciencia que los arreglos no se hacen con fichas de lego, recuerden que más que el dinero que han invertido, es el tiempo dedicado, lo aprendido y lo vivido, en ustedes está que al llevar su currículum profesional a una empresa, sean vistos como egresados de una excelente universidad.
Su esfuerzo por hacernos entender que nosotros éramos los responsables del éxito o del fracaso, se convertía en una especie de susurro acompañado por el zumbido de las aspas de un viejo ventilador que repartía equitativamente los 35° Celsius filtrados por el techo falso del aula 436. Recuerdo que justo a las 12:30 del mediodía terminaba la clase y había que esperar a que salieran los de adelante para poder llegar hasta la puerta, es que ese salón soportaba a casi 60 estudiantes, eso sí, todos bien prensados.
Logramos ser un grupo muy unido. Recuerdo que casi todos teníamos un leve coqueteo con los medios tradicionales; unos radio, otros prensa y por supuesto, los menos tímidos, frente a la cámara. Cuando se trataba de clases relacionadas con organizacional era como para sentarse a llorar. Pocos querían ver números o la Teoría Administrativa de Fayol, o Clásica o Humanista; queríamos manejar equipos, grabar y producir, pero nos aplicaban la frase: Ver y no tocar. Hoy, muchos de ellos trabajan en empresas y en medios, de mucho sirvió lo vivido y aprendido.
En 2008 ingresé a la USC como profesor; los primeros años como docente cátedra, pero llegó el momento de la debacle y por supuesto no podía pasar desapercibido en semejante barullo. Un día, un grupo de estudiantes intentó sacarme del salón con la excusa: “Queremos una universidad libre”. Recuerdo que en broma les dije: “Esa universidad queda por San Fernando…” Luego del mal chiste, un joven encapuchado pero con buena actitud me solicitó que abandonara el salón porque venían cosas desastrosas. Llegué al acuerdo con ellos de terminar mi clase en 10 minutos más. Accedieron, cerraron la puerta y siguieron, megáfono en mano, lanzando arengas contra un animal: “Fuera rata, salga de su madriguera”.
Al concluir la clase, salimos del aula para ver la magnitud de lo sucedido mientras yo hablaba de Nuevas Tecnologías. Al parecer, había entrado un huracán de spray y piedras. “Profesor, esto se puso feo”, “ahora sí se acabó la U”, decían los estudiantes que abandonaban la universidad por el parqueadero de los docentes.
En las noticias observé cómo presentaba los hechos uno de mis compañeros de universidad: “Es momento de que la USC sea intervenida o cerrada, es caótico lo que vemos aquí”. Entonces pensé: Si yo estuviera inconforme con lo que pasa en mi casa, lo primero que haría es hablar con las personas con quienes vivo, pero no atentaría contra una ventana o una pared, o contra el comedor. Eso es inerte, no responderá a mi rabia.
Ah, pero sabía que algunos argumentaban: “Es una forma de expresar rebeldía y desacuerdo” y digo: sí, pero hasta para eso hay que pensar. En segundo lugar, mi compañero, en su ‘intelectualidad’, trataba de hacernos caer en cuenta de que la USC estaba pasando por un mal rato, aseverando que la solución era cerrar la universidad. El inocente no sabía que, si se cerraba la universidad, uno de los más afectados era él, pues con experiencia lo digo, cerrar es desaparecer; desaparecer el registro académico, financiero y demás. Como quien dice: Señor, ¿usted de qué universidad es? ¿De la que ya no existe? No me quería ni imaginar si hubiera pasado eso. Así deben estar muchos en la Universidad San Martín.
Por fortuna, esta pesadilla terminó. Hoy, como egresado y docente, me siento tranquilo -para no sonar ‘mamerto’-. Estoy en un centro académico apetecido por muchos bachilleres próximos a convertirse en universitarios, reconocido nuevamente en el ámbito educativo, en progreso y sí, en transformación. Pero aquí quiero hacer hincapié: Hace días vengo escuchando a estudiantes molestos con el polvo y la tierra, dicen que no son condiciones dignas para recibir el conocimiento. Es más, estamos en un mundo que no es digno para vivir, hay demasiada maldad y contaminación. Pero tengo dos caminos, hago de lo malo algo bueno o me quedo en el burladero criticando.
Cuando mis compañeros visitan la USC, y por cierto el periodista aquel ha venido con frecuencia a la U a ver si hay ‘chamba’ en su adorada Alma Mater, les digo que debemos cuidarla, no solo en lo físico, también en lo que decimos de ella. Como cita el adagio popular: Somos dueños de lo que callamos y esclavos de lo que decimos. Es lo mismo cuando se habla mal del país o de la casa donde uno vive; sencillo, si no te gusta, ya sabes cuál es el camino.
Estudiantes, disfruten la universidad, sus espacios, tengan paciencia que los arreglos no se hacen con fichas de lego, recuerden que más que el dinero que han invertido es el tiempo dedicado, lo aprendido y lo vivido, en ustedes está que, al llevar su currículum profesional a una empresa, sean vistos como egresados de una excelente universidad. La responsabilidad es de todos y honrosamente digo que soy egresado de la Universidad Santiago de Cali y hasta ahora nunca me han abroncado ese orgullo.
“
…Estamos en un mundo que no es digno para vivir, hay demasiada maldad y contaminación. Pero tengo dos caminos, hago de lo malo algo bueno o me quedo en el burladero criticando.
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La primera vez que Carmen, pisó una cárcel llevaba un ‘huevo’ de 200 gramos de marihuana en su vagina.
…“Aquí adentro cada gramo de droga tiene un valor de $20.000, pero no es tan fácil, ya que hay consumidores que no cancelan sus deudas y tienen que “pagar con sangre”, siendo apuñalados”, produciéndoles con frecuencia heridas de gravedad, como ya ha ocurrido en dos ocasiones en el centro de reclusión.
Ahora, esta afrocolombiana tiene 32 años y es madre soltera de dos hijas. Antes de hacer de ‘mula’, trabajaba como empleada del servicio doméstico; la plata no le alcanzaba para nada, según manifiesta.
El ‘huevo’ había sido preparado con tanta minuciosidad, que pudo burlar la guardia canina. Como si fuese un tampón, fue introduciendo el huevo en lo más profundo de su vagina. La primera vez sintió miedo, pero la necesidad era más fuerte que su temor.
“Una amiga del barrio fue la que me habló de este ‘trabajo’ y desde esa primera propuesta ya han pasado cuatro años. Yo tenía necesidades y carencias para educar y mantener a mis hijas y uno por ellos hace lo que sea”, afirmó.
Recuerda que aquella vez, al llegar a la cárcel, debía controlar sus piernas, que temblaban como si tuviese frío. Después de un nuevo respiro se lanzó a terminar el encargo.
La entrega estaba concertada. En el patio la esperaría un tipo canoso, de 1.70 de estatura, de camisa roja y cabello lacio. Al identificarlo, se cruzaron un par de miradas y seguidamente se ubicó en un rincón, hasta donde la siguió. Con una toalla que él le había facilitado, se tapó la entrepierna e introdujo sus dedos hasta palpar en el interior de su intimidad el ‘huevo’ de marihuana, para seguidamente ‘descargarlo’.
Después apareció una piola con una funda de almohada, que fue lanzada de uno de los patios y que sirvió de ascensor para hacer desaparecer el encargo. Sigilosamente fue ascendiendo, hasta el patio indicado. Por esa ‘vuelta’, como ella misma la llama, le pagaron 500 mil pesos.
De esta manera, este tipo de organizaciones consagradas al tráfico de estupefacientes en los centros penitenciarios captan la atención de mujeres de bajos recursos, ofreciéndoles una actividad muy bien remunerada y las engañan con la idea de dinero fácil.
Por ese tipo de trabajos pueden llegar a pagar desde 400 mil hasta un millón de pesos, asegura Carmen, “los productos no siempre son los mismos, a veces es marihuana; otras, cocaína o bazuco”, añade. Durante cuatro años se ha dedicado a transportar drogas. Si la guardia canina obstaculiza su ingreso por olores extraños, inmediatamente busca la manera de evadir la rigurosidad de la requisa. La forma de hacerlo es desnudarse y levantar la voz en reproche ante la ‘injusticia’ para poder ingresar. Inmediatamente, la guardia prefiere despacharla, para evitar revueltas en la entrada.
Ella es consciente de que si la capturan puede pagar una condena de hasta diez años, pues a los detenidos en flagrancia los judicializan por narcotráfico. Carmen cuenta que las familias de los internos son las que costean el vicio por medio de giros, que pueden ser de $20 mil hasta $500 mil, dependiendo de qué tan adicto sea el interno. De igual manera, manifiesta que también pagan con tarjetas telefónicas de $5.000, que son llamadas ‘la plata de la cárcel’.
Según su relato, cuando hay mucha guardia y no pueden bajar el ‘ascensor’, introducen la droga en dedos de caucho para que después sean tragados por una nueva ‘mula’ contratada en el interior. Desde luego, toca esperar a que haga sus necesidades fisiológicas para recuperar la mercancía. Lo peligroso de este mecanismo es que, si se le llegase a explotar al interior del estómago, su vida quedaría en riesgo. Si esto sucede y es detectado a tiempo, conducen al reo al centro de salud de la cárcel o al más cercano, para realizarle un lavado estomacal y evitar así su muerte.
“Es un negocio redondo”, cuenta Pitbull, un interno del Complejo Carcelario y Penitenciario de Jamundí, pues “aquí adentro cada gramo de droga tiene un valor de $20.000, pero no es tan fácil, ya que hay consumidores que no cancelan sus deudas y tienen que “pagar con sangre”, siendo apuñalados”, produciéndoles con frecuencia heridas de gravedad, como ya ha ocurrido en dos ocasiones en el centro de reclusión, según asegura.
Después de este panorama, cabe preguntarse: ¿Qué tan eficaz es el control por los guardias del Inpec y hasta qué punto los drogadictos pueden alcanzar la reinserción social, si en el interior se multiplican las dinámicas de tráfico de drogas?
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“Los productos no siempre son los mismos, a veces es marihuana; otras, cocaína o bazuco”.
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Hugo Mario Cárdenas López y Héctor Fabio Mosquera fueron galardonados durante la ceremonia de la 40ª versión del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, como ‘Mejor Reportaje en Prensa’ y ‘Mejor trabajo periodístico investigativo en radio’.
Desde el 2008 hasta ahora, Hugo Mario ha recibido ocho reconocimientos por su arduo trabajo como editor de la Unidad Investigativa de El País. En esta ocasión, su investigación puso al descubierto una red de falsificadores de Aguardiente Blanco del Valle,
Por otra part, Héctor Mosquera y su compañera de la FM Angélica Barrera, en su trabajo titulado ‘Una lucha que quebranta a los niños con huesos de cristal”, narran la historia de variosinfantes de una misma familia que padecen de Osteogénisis imperfecta, más conocida como una enfermedad en la que su sistema óseo es tan débil que se quiebra, por ejemplo, con tan solo dar un abrazo.
Felicitaciones a los egresados por tan buen desempeño en los medios de comunicación del país.
Cerramos esta serie con el análisis del profesor de la Universidad Nacional, historiador, doctor en sociología y autor de numerosos libros y artículos académicos sobre la violencia en Colombia, Carlos Miguel Ortiz, que www.utopicos.com.co extrajo de su intervención en el Congreso Nacional de Historia, recientemente realizado en Bogotá (versión editada por Olga Behar).
No voy a hablar del centenar de víctimas de esas 27 horas. Recientemente, he desarrollado mi análisis centrado solamente las víctimas de los desaparecidos, con un profundo respeto hacia esas 13 víctimas y una gran admiración por esa lucha titánica, por ya 30 años, que están librando los familiares, que todavía esperan la entrega y recuperación de los cadáveres, sin que el Estado responda hasta hoy a esa angustia, de no poder hacer el duelo como lo pudieron hacer con el resto de cadáveres de ese centenar de víctimas.
¿Hubo o no hubo un golpe de Estado, como lo ha planteado la periodista y escritora Olga Behar? Yo no voy a entrar en la controversia en este momento, pero pese a lo insólito de esa falta de control del presidente en esa época, quiero recordar que de todos modos desde años atrás venía habiendo un empoderamiento demasiado grande de los militares.
No es que ese día, como cosa rara, los militares tuvieran el control; justamente se relaciona con inscribir esos hechos en un proceso histórico, mirar la correlación de fuerzas que lo antecede. Primero, estábamos en la anterior Constitución, la de 1886, que en su artículo 121 estableció el Estado de Sitio, que dio lugar a que se pusiera en paréntesis todo el resto de la Constitución, todas las garantías, el equilibrio de los tres poderes, todo lo clásico de la tradición francesa en las democracias. Se ponían en paréntesis por arte de magia.
La Comisión de la Verdad que rindió informe en el 2010 sobre estos hechos, al hablar del contexto, explicó cómo antes del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán se había utilizado el estado de sitio. Pero, desde 1948 hasta la Constitución del 91 se volvió rutinario y esquemático el Estado de Sitio. La justicia penal militar se encargaba de juzgar a civiles cuando eran ‘sospechosos’ -que se refería a tener relación con grupos armados- y los delitos que no tenían que ver con combate, como que alguien se disfrazara de civil y desapareciera a otro. Cuando se trataba de militares y policías, podían ser conocidos y juzgados por la justicia penal militar, cuando organismos como la corte insistían en que esos delitos no podían procesarse por los mismos militares, eso era un absurdo absoluto y se dio gracias al Estado de Sitio.
A finales del 77, hubo una presión de los militares muy fuerte: presentaron un proyecto que era el germen del futuro Estatuto de Seguridad, que el Presidente Alfonso López Michelsen no firmó. Entonces, se lo pasaron al presidente siguiente Turbay Ayala, que sí lo firmó. Fue el decreto 193 del 5 de septiembre de 1978, el Estatuto de Seguridad, que reunía todas estas joyas que acabo de mencionar. De esa manera, se hicieron muchísimas detenciones a los que se veían sospechosos de nexos con el M-19, a raíz del robo de 5.700 armas del Cantón Norte (en la noche de año nuevo).
El mismo primero de enero de 1979, empezó una cacería de brujas tremenda a la sombra de este decreto; 3.043 personas fueron detenidas de esta forma a partir de ese día. Incluso, los miembros del gabinete ni siquiera pudieron ir al consejo de ministros porque estaban en vacaciones, y el consejo fue el 10 de enero, o sea que durante esos 10 días detuvieron a muchísimos de ellos y luego hicieron la legalización por parte del consejo de ministros.
Los militares, empoderados en el sector judicial como si fueran jueces, dejaron por el suelo la división de los tres poderes, clásica de la tradición francesa. Desde el 79 todo no solo se daba esto, también una pelea muy dura por parte de la insurgencia. El M-19 entre agosto de 1984 y junio del 1985, cuando se rompió la tregua, estaba en tregua pero hacia ataques y en algunos de esos campamentos, no solo estuvieron conversando de paz. Fueron tremendos los ataques del otro lado en pleno proceso de paz, como contra el campamento de Yarumales, después del atentado en Cali, en una la cafetería, donde perdió una pierna Antonio Navarro Wolff.
Era una tregua armada de lado y lado, y era muy tensionante, porque además, el gobierno se vio un poco arrinconado -desde Turbay- por el apoyo popular hacia la guerrilla, que crecía. Muchas acciones del M-19 hicieron crecer el apoyo popular; la revista Semana hablaba de que el 75% de la gente quería que se hiciera un diálogo que se fuera por las formulaciones de paz y no solo por pacificación a la fuerza ,que era el planteamiento de Turbay, presionado por los militares.
Esta presión es muy importante tenerla en cuenta porque ellos ya tenían mucho control desde el gobierno de Turbay Ayala y continuaron con ese referente en el gobierno de Belisario. Entonces se daba un problema, porque Belisario tenía la intención de cambiar en 180 grados la política de Turbay, de pacificación a la fuerza, pero los militares no entraban en eso y en una entrevista que le hizo la Comisión de la Verdad a Betancur él dijo: Me faltó pedagogía, porque yo quise llegar de una vez a imponerles ese cambio a los militares y ellos me lo rechazaron totalmente y por debajo de cuerda me sabotearon lo que yo estaba haciendo.
Incluso lo hacían públicamente; el general Fernando Landazábal Reyes dio declaraciones (a la periodista Margarita Vidal, que fueron publicadas por la revista Cromos) y el presidente lo destituyó en enero de 1984. Posteriormente, el General Miguel Vega Uribe llegó a ese ministerio.
La frase “salvamos la democracia, maestro” es ya clásica, la dijo a los periodistas el coronel Luis Alfonso Plazas Vega (durante el operativo de retoma del Palacio, el 6 de noviembre). Recibió la sentencia condenatoria de la juez tercera penal de Bogotá, a 30 años de prisión, por desaparición forzada que él, obviamente, no ha querido aceptar. Después fue al Tribunal Superior de Bogotá, que ratificó la sentencia, y la llevó a la Sala de Casación de la Corte Suprema de Justicia, que en este momento todavía no se ha pronunciado.
Después de los hechos del Palacio de Justicia hemos sido testigos de cómo en el proceso de la justicia sobre esos hechos se siguió dando esa presión tan tremenda de los militares, lo que dificultaba que se lograra efectivamente justicia y la dificultad persiste hasta el día de hoy. Los procesos los ha tomado la justicia penal militar paralelamente a la justicia ordinaria, tratando de suplantar sus atribuciones.
Y hasta ahora, la justicia penal militar no ha condenado a uno solo; la ordinaria sí. Entonces se presenta un conflicto de intereses que, además, el Estado no sabe manejar. La presión de los militares ha sido muy fuerte en el proceso de justicia, a lo que yo me refiero es a la dimensión de esa desaparición forzada. Esto es de conocimiento público porque ya están las sentencias, tanto de la juez tercera penal como de la 51, como del Tribunal Superior de Bogotá que ratificó las sentencias anteriores en 2012 y como la Comisión de la Verdad, en su informe del 2010. E inclusive en el Consejo de Estado, con sentencias de 1994 y de 1997, hay una abundante jurisprudencia que aporta al problema tremendo de la desaparición de estas personas, pero que todavía dejan una cantidad de vacíos y desamparadas a las familias de los 13 desaparecidos.
Salvo dos casos, no entregan los cadáveres y eso porque quienes saben en dónde están no quieren hablar, porque continúan pataleando en sus recursos hasta lograr que los declaren inocentes, y si llegan a decir donde están, obviamente se auto declararían culpables.
Esa es la terrible tragedia de los familiares, vamos a ver si con la justicia transicional de la que se habla, que cobijará a los militares que digan la verdad, estos quiebran ese orgullo y ese espíritu de cuerpo -en el que los unos están tapando a los otros- y logran por fin los familiares, o algunos de ellos, que les digan dónde están los cadáveres, que es su principal angustia.
En el inicio del proceso, las desapariciones forzadas que se conocieron fueron de 12 personas, pero después se sumó la desaparición forzada con ejecución extrajudicial del magistrado auxiliar del Consejo de Estado, Carlos Horacio Urán Rojas, de nacionalidad uruguaya, esposo de nuestra colega de historia, Ana María Bidegaín, sobre el cual posiblemente recayeron no se sabe todavía qué tipo de torturas y una ejecución extraña, porque aparece con un tiro de gracia muy cerquita del cuerpo, pero lo hacen aparecer como víctima sumaria entre los incinerados o muertos a bala, con unos cambios en la posición misma del cadáver que incluso Medicina Legal, en su acta, dijo que estaba en una posición que no correspondía a los impactos que él tenia.
Es decir, que hay muchas pruebas de que hubo ejecución extrajudicial, pero ese cadáver lo lograron encontrar rápido porque fue hallado en la morgue y precisamente estaba en la sección de guerrilleros, a pesar de que él era magistrado del Consejo de Estado. Todo eso hace pensar que lo tuvieron como sospechoso para sacarle información, pensando en que, al ser uruguayo, dado que el M1-9 había tenido en sus inicios unos contactos con los tupamaros, antes de surgir como organización a raíz del fraude de las elecciones de Rojas Pinilla y Pastrana, que es cuando se conoce oficialmente el M-19.
Pero a Carlos Horacio Urán, que era de unos grupos de teología de la liberación, lo mismo que Ana María, los militares lo relacionaban –equivocadamente- con esos antecedentes, lo que posiblemente explique por qué estaba en la sesión de los guerrilleros.
Todas las evidencias que conoce después la Fiscalía, que terminan en las sentencias de las jueces tercera y 51, son por desaparición forzada de estas 13 personas y por torturas a tres que sobrevivieron pues, para el momento de los fallos judiciales, de esos desaparecidos solo se recuperaron el cadáver de Urán, ahí mismo en la morgue, y 16 años después, en 2001, el cadáver de Ana Rosa Castiblanco ,que era asistente de cocina de la cafetería, que se encontró en una fosa común del Cementerio del Sur. Entre los que quedan pendientes, está el de la guerrillera Irma Franco.
Es la única persona que desde el principio, por pruebas, incluso en los mismos tribunales militares han tenido que decir que fue desaparecida, pero respecto a los otros, siempre han negado la desaparición forzada. Elloseran 3 visitantes y 7 empleados de la cafetería, personas inocentes, que no eran cuadros del M-19 y sin embargo parecen que fueron torturadas, lo que explica la desaparición forzada por sospecha, porque ese día, de las casi 400 personas que había, 94 murieron.
Entre quienes estaban en el Palacio, murieron 11 magistrados de la Corte Suprema de Justicia y de los 35 guerrilleros (25 hombres y 10 mujeres) solos se sabe con certeza de dos mujeres, Clara Elena Enciso, que apareció viva y la otra, Irma Franco, de quien siempre se ha reconocido que fue desaparecida.
Ese día, los que salían pasaban a la Casa de Florero y de allí a locaciones militares como la Escuela de Caballería; esta estuvo encargada de sacar información, además que unos 15 días antes, el M-19 había hecho un atentado en el que salió herido el comandante del ejército, el general Rafael Samudio Molina. Entonces, estaba todo enfocado contra ellos, a sacar la máxima información posible y a obtenerla mediante tortura, algo que tampoco es insólito, que venía dándose como una práctica sistemática para obtener información, ante la precariedad de la Inteligencia, que era mucho más débil que hoy, que está dotada de avances informáticos. Por eso, esa falencia se reemplazaba muchas veces por la técnica de la tortura
Ese fue el papel de la Escuela de Caballería y del coronel Plazas Vega, como su director, porque hubo testigos que declararon, como un suboficial, Bernardo Garzón y el cabo Edgar Villamizar Espinel, quienes se retractaron 15 años después, pero los jueces, muy sabiamente, dijeron: no, esa es la declaración que tomamos, la que fue hecha en caliente; en la retractada se nota que fue manejada después, posiblemente por estos personajes del ejército.
En ultimas, las condenas fundamentalmente fueron apenas dos de la justicia ordinaria; la justicia penal militar dijo quehabía una sola desaparición y tortura, pero el argumento fue que no había pruebas contra nadie específicamente; por lo tanto, determinaron cesación de procedimiento contra el jefe de la operación de Inteligencia en la Casa del Florero, coronel Edilberto Sánchez Rubiano, que hasta el día de hoy está libre porque la justicia ordinaria tampoco lo ha condenado.
La otra condena de la justicia ordinaria fue contra el comandante de la retoma, el general Jesús Armando Arias Cabrales a 35 años (confirmada ya por la Corte Suprema de Justicia), y al coronel Plazas Vega a 30 años (actualmente en casación en la Corte). El día que condenaron al coronel Plazas, el propio comandante del ejército, Alejandro Navas, se pronunció públicamente en contra de una declaración de un juez que tiene que ser respetada por todos los miembros del Estado, y dijo, a nombre de las Fuerzas Militares “el coronel Plazas es nuestro héroe”, él no es ningún culpable, es nuestro héroe”, es increíble que haya dado esa declaración pública por los medios de comunicación.
Finalmente, y con el objetivo de que el público pueda profundizar sobre los diversos elementos, hay algunos documentos. En principal es el informe de la Comisión de la Verdad que fue integrada por la Corte Suprema de Justicia, avalado por las altas cortes en Colombia. Ese es un informe muy importante, que llega hasta un punto, tiene temas de interpretación o de hechos que aún están pendientes; uno de ellos, el relacionado con la desaparición forzada en Palacio y un pronunciamiento más firme frente al hecho de las desapariciones. Pero es un documento central y es el referente más importante. En él hay algo que no está en discusión, la responsabilidad del M-19, cuál era la intencionalidad de esta organización y cuáles fueron las dinámicas de sus desaciertos. Sobre eso hay especulaciones e interpretaciones, algunos califican que fue una acción mercenaria, financiada por el narcotráfico para la destrucción de unos expedientes.
Desde adentro del M-19, se han encontrado dos aproximaciones, unos dicen que hubo un error técnico y que a si ese búnker del Palacio de Justicia hubieran entrado con todo el armamento, el ejército no hubiera ingresado y se hubiera dado la negociación y evitado el holocausto. Otra interpretación es que hubo una falla de diseño político, un planteamiento político desmesurado, completamente innegociable, que no podría tener ningún otro desenlace que el trágico. El hecho cierto es que este desacierto ocasionado por el M-19 no solo tuvo repercusiones dolorosas en el Palacio sino también efectos muy graves en la historia siguiente en el país.
Por otro lado, se arguye que la retoma fue una operación planeada, consentida, que fue retirada la guardia, la vigilancia policial y todo tipo de custodia del Palacio para permitir la entrada del M-19. Por eso, los tanques llegaron desde el Cantón Norte como en un cuarto de hora, y en esa lógica fue que se desarrolló la gran tragedia, porque hubo una determinación política militar.
Otras razones que se argumentan proponen que era una retaliación por las afrentas del M-19 a las Fuerzas Armadas, por acciones como el robo de las armas en el Cantón Norte, pero el hecho cierto y contundente es que hubo una planeación sistemática de la operación de retoma, el M-19 fue descubierto totalmente y fue ‘ayudado’ a que se tomara el Palacio de Justicia. Eso concluye la Comisión de la Verdad.
Además, la Comisión contrasta el tratamiento de la toma del M-19, la de la Embajada Dominicana y la del Palacio de Justicia. Siendo Turbay el presidente de la fuerza, hubo un cuidado enorme y un control directo del jefe del Estado para la protección de los rehenes, porque eran diplomáticos de distintos países.
En cambio, en la segunda no importaron para nada los rehenes, habiendo entre ellos integrantes de las altas Cortes. La Comisión de la Verdad se atreve a decir que los militares querían cobrarles también a los jueces sus posiciones, porque el propio presidente de la Corte, Alfonso Reyes Echandía, siempre fue muy claro en sus tesis contra esta interpretación del artículo 121, de que los militares podían juzgar a civiles, porque había unas condenas del Consejo de Estado respecto a casos específicos y porque había pronunciamientos de jueces latinoamericanos sobre desapariciones anteriores. Desde el 82 también se había dado la desaparición de 13 personas, en su mayoría jóvenes estudiantes, por un crimen que se atribuyó al Movimiento Autodefensa Obrera; también en el 84 la desaparición forzada de Luis Eduardo Lalinde, del EPL, en Antioquia. Entonces los jueces empezaban a denunciar y la Comisión de la Verdad anota que había un resentimiento de los militares frente al poder judicial.
Sobre la responsabilidad de los más altos representantes del gobierno, en el 86, el procurador Carlos Jiménez Gómez denunció al Presidente Betancur y al ministro de defensa Vega Uribe, ante su juez natural, la Comisión de Acusaciones, que los absolvió, argumentando que el presidente no ordenó las desapariciones ni la retoma siquiera. Por eso, 30 años después, no hay una sola sentencia ejecutoriada.
Los episodios fueron dramáticos y, en buena parte, la manera cómo reaccionó el gobierno civil de Belisario Betancur correspondió a la sensación de inercia y desconcierto, que fue hábilmente aprovechada por quienes terminaron al mando del timonel del Estado.
Empecemos por la censura a los medios de comunicación electrónicos, al ordenar suspender todas las informaciones sobre lo que estaba ocurriendo en el Palacio de Justicia y dar instrucciones para que, en su lugar, se transmitiera un partido de fútbol.
Sobre ese tema, cuya principal responsable es la dirigente conservadora Noemí Sanín–en ese momento ministra de comunicaciones- he reflexionado mucho y he vivido diferentes situaciones emocionales a lo largo de estos 30 años. Mi primera reacción fue de mucha rabia, al ver cómo una ministra del ‘gobierno de la paz’, una mujer a quien conocíamos como decente, demócrata, se atrevía a dar esa orden a los medios de comunicación. Después de mucho dolor, porque eso pudo haber cambiado parte de los acontecimientos -si esas voces se hubieran escuchado de pronto algo hubiera diferente podido suceder-, he pasado a la compasión frente a lo que hizo Noemí Sanín.
Hoy creo que Belisario y muchos de sus ministros no supieron entender qué era lo que estaba pasando ni la dimensión de los hechos. En el fondo, tal vez ellos no se imaginaban que en 27 horas todo iba a terminar; supongo que pensaron -como muchos en el país lo hicimos cuando supimos de la acción, así como lo creyó el M-19-, que iba a ser otra especie de toma de la Embajada Dominicana, que durante sesenta días o más, se negociaría una salida incruenta y que, finalmente, todos estarían a salvo.
Compasión porque creo que esa sombra ha perseguido a Noemí Sanín hasta hoy; siempre ha surgido este tema cuando ha sido candidata, cuando ha aspirado a alguna posición pública. La verdad es que ella, hasta ahora, no se ha arrepentido; esperemos que algún día acuda a la Comisión de la Verdad y diga que se equivocó, que diga: no debí haber censurado a los medios porque defiendo los postulados de la democracia.
Otro conflicto relevante desde entonces, que no ha sido aclarado 30 años después, es el que se origina en la pregunta de ¿Cuál era el poder real que tenía Belisario Betancur en el país? ¿Tenía la capacidad de maniobra para parar el aparato militar dirigido por el general Miguel Vega Uribe (ministro de la defensa), quien –considero- terminó siendo el presidente de Facto de un gobierno militar no declarado? ¿Qué pasó al interior del gobierno el 6 y 7 de noviembre de 1985? Este debate, al que se suman muchos otros colombianos, generó hace unos años la publicación de un libro, ‘Ni Golpe de Estado ni Vacío de Poder’, de Jaime Castro, ministro de gobierno cuando sucedieron los hechos del Palacio. Según Castro, no hubo lo uno ni lo otro y Belisario siempre estuvo al mando.
Existe, pues, la tesis de que en esos terribles días se produjo un vacío de poder, que como el presidente no sabía muy bien qué hacer y todos estaban desconcertados ante la afrenta a la democracia del grupo insurgente -que quería tomarse el manejo del Estado después de juzgar al Presidente de la República-, el gobierno quedó paralizado, de tal manera que los militares optaron por tomar control y llenar temporalmente ese vacío. Y que como lo que sabían hacer era la guerra, entonces la hicieron.
La teoría que siempre he postulado y defendido es la de un golpe de Estado no declarado, que siguió a la que el Director del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, Camilo González Posso, ha llamado “dictadura civil” de los meses –o años- anteriores, desarrollada en un ejercicio mixto de poder desencadenado a raíz de la aplicación de teorías de la Guerra Fría –como la Doctrina de la Seguridad Nacional-, enseñadas a los militares con precisión por los norteamericanos en la Escuela de las Américas, y facilitadas por el permanente Estado de Sitio que rigió en Colombia durante casi todos los períodos de los mandatos precedentes a los hechos del Palacio de Justicia.
Según este análisis, las Fuerzas Armadas, encabezadas por el Ministro de Defensa, General Miguel Vega Uribe, se apoderaron del gobierno hasta que la toma se resolvió de una manera cruenta, y ya después Belisario recobró el mando (con un discurso desafortunado en la noche del ocho de noviembre en el que asumió toda la responsabilidad sobre la retoma).
Hay otras versiones, como la del coronel Alfonso Plazas Vega, hoy condenado a 30 años de prisión, quien en su momento formuló la frase más irónica de todas las dichas en esas horas, “salvando la democracia, maestro”.
Es decir que, desglosando lo expuesto por Plazas, si había que aniquilar a quienes se encontraran en el edificio para que el andamiaje democrático no se cayera, era preferible hacerlo que ‘arriesgar’ la democracia. Curiosa tesis.
¿Pero, realmente, hasta dónde tenía el mando Belisario? Los hechos indican que el papel jugado por él fue altamente deficiente. No de otra manera se explica que, retornada la calma, los militares pudieran apoderarse de la escena de los hechos, mover, lavar, eliminar pruebas, manipular cadáveres, reingresar al interior los cuerpos inertes de quienes habían sido vistos salir con vida (como al magistrado auxiliar de la Corte, Carlos Urán) y torturar a los detenidos al interior de los batallones.
Según reporte del periódico El Tiempo 22 de octubre de 2015, “Aunque el ministro de Justicia de la época, Enrique Parejo, solicitó el 7 de noviembre de ese año a la directora Seccional de Instrucción Criminal que enviara un equipo de jueces para que iniciara la investigación, las autoridades militares no les permitieron entrar al Palacio. Solo pudieron documentar que, contra todos los protocolos de investigación criminal, los soldados estaban barriendo el piso del edificio”.
¿De qué grosor era la venda del Presidente de la República, que no vio ni escuchó nada? Sentí que la tenía bien puesta para tapar sus ojos cuando, un mes después, lo visité en el Palacio de Nariño. Durante las semanas que siguieron a la retoma, al desenlace fatal de los hechos del Palacio de Justicia, hubo un ejercicio de persecución implacable contra periodistas, escritores, defensores de derechos humanos y artistas, muchos de los cuales perdieron sus puestos de trabajo o los acosaron, llevándolos a una especie de desplazamiento interno. Otra docena de colegas –entre quienes me incluyo, luego del allanamiento ordenado por el ministro de la defensa a mi apartamento- fuimos forzados al exilio.
Mi abogado, Gustavo Gallón Giraldo (fundador de la Comisión Colombiana de Juristas) y yo pudimos deducir que la orden para buscar armas pudo tener un objetivo más radical: desaparecerme, capturarme o matarme. Como estaba fuera de la ciudad, no pudieron conseguir su objetivo. Un centenar de periodistas firmaron una carta de rechazo a estos hechos y se reunieron con el presidente Betancur. Al día siguiente, cuando Belisario me recibió, junto con mi madre y mi abogado, yo solicité unas mínimas garantías para los académicos, intelectuales y defensores. Fue cuando Belisario me dijo que había podido interceder por mí “en esta ocasión, pero no habrá una segunda vez. No puedo hacer nada por ninguno de Ustedes. No puedo ofrecerles las garantías que Usted me pide”.
Si esto lo dijo el Presidente de la República, el comandante en jefe de las Fuerzas Militares, cabe la pregunta: ¿era él quien gobernaba? El general Vega, pues, continuaba al mando y solo se reinstauró el poder para los civiles, con la connivencia de las Fuerzas Armadas para que el statu quo no se modificara, el 7 de agosto de 1986, con un gobierno (Virgilio Barco) que es suficientemente conocido por los colombianos y por la comunidad internacional, como el periodo en el que el narcotráfico se fortaleció, el paramilitarismo se profesionalizó y se configuró la masacre contra movimientos, como la Unión Patriótica, y representantes de derechos humanos a lo largo y ancho del país.
Ese golpe de Estado no declarado nos permite cuestionar hoy por qué el presidente Belisario Betancur no tuvo la entereza dedenunciarlo y renunciar. Si así hubiera ocurrido, es probable que los líderes de gobiernos extranjeros, que la propia ONU, no hubieran permitido el desenlace que hoy, 30 años después, seguimos lamentando.
Eso fue lo que desencadenó la moderna y contemporánea violencia que todavía nos tiene en este momento negociando un proceso de desmovilización, que no será el único y tampoco será la solución a los problemas del conflicto colombiano. Pero, indudablemente, los hechos del Palacio de Justicia, la toma de poder militar no declarada y la inercia del presidente y su gobierno, cambiaron todo el fenómeno de la violencia en Colombia. Parodiando a Antanas Mockus, a partir de este episodio, se impuso el “todo vale” y eso es lo que nos tiene hoy en donde estamos.
Se rumora que Belisario Betancur escribió un documento que solo podrá ser revelado después de su muerte. Él mismo ha desmentido esta versión. Muchos colombianos anhelamos que solo sea un elemento distractor y que algún día, esté o no Belisario, los colombianos podamos conocer, de sus propias palabras, lo que realmente vivió en esos dramáticos meses.
CALEÑOS APOYAN FESTIVAL DE CINE DOCUMENTAL AMBULANTE
Autor: Yulieth Morales.
Facultad de Humanidades y Artes
En su segunda edición el Festival extendió su gira itinerante nuevamente a Bogotá, Medellín, Barranquilla y Cartagena y el pasado 9 y 13 de septiembre, dónde además visitó por primera vez a la ciudad de Cali, catalogada para muchos como la capital del cine en Colombia.
Con la proyección de 5 aclamados documentales, Cine Colombia se une a la Gira Ambulante Colombia 2015. Una sala de Cine Colombia en cada ciudad contará con esta selección de documentales especialmente curada, que podrán disfrutar los espectadores. Todas las funciones de Ambulante en Cine Colombia tendrán un precio especial.
Algunas de las proyecciones que se disfrutaron fueron: Lust & Sound in West-Berlin, Llévate mis amores, Bikes vs. Cars, Los reyes del pueblo que no existe, Hoax Canular, Life Is Sacred. los invitados de las 42 funciones -que se proyectaron: Arturo González Villaseñor (director Llévate mis amores), Mike Lerner (director The Russian Woodpecker), Pol Roig (director Demonstration), Manuel F. Contreras (director Las últimas Vacaciones), Daniela Abad (directora Carta a una sombra) y Katherine Miranda (protagonista Life is Sacred).
El lanzamiento de Ambulante en la ciudad tubo un excelente público en diferentes lugares como: el reconocido Museo la Tertulia.
Más de 15 sedes de la ciudad se unieron a esta iniciativa que visitó además de La Chillona, El Templete, Siloé y el distrito de Agua Blanca, entre otros lugares a través de la Red de Bibliotecas Púbicas de Cali, con el apoyo de Bibliotek, de la Univalle, la Icesi, Producciones Tikal, Colectivo Mejoda, revista El Clavo entre otros.
Con la proyección de 5 aclamados documentales, Cine Colombia se unió a la Gira Ambulante Colombia 2015.
Una sala de Cine Colombia en cada ciudad contó con esta selección de documentales especialmente curada, que podrán disfrutar los espectadores. Todas las funciones de Ambulante en Cine Colombia tuvieron un precio especial.
Después de no haber tenido apoyo por parte de la secretaria de cultura en su paso por Cali, ya que nunca hubo respuesta al llamado de los organizadores, el festival encontró el apoyo real por parte de los caleños, convirtiéndose en una de las ciudades con la mejor asistencia en Colombia, fueron muchos los jóvenes que manifestaron su deseo de vincularse con el festival “haber participado en ambulante fue una experiencia muy enriquecedora, viví una semana llena de emociones y de documentales que te generan risas, llanto y te enfrentan a situaciones que te ponen a reflexionar sobre la vida diaria” afirma Jessica Diuza voluntaria y participe de los jóvenes en la espera de este desde su versión en el 2014.“Esta era una deuda que tenían con Cali y que estaban contentos de agregar la ciudad a la lista del recorrido que hacen “ expreso el codirector de Ambulante Colombia, Camilo Corredor.
Con la proyección de 5 aclamados documentales, Cine Colombia se une a la Gira Ambulante Colombia 2015. Una sala de Cine Colombia en cada ciudad contará con esta selección de documentales especialmente curada, que podrán disfrutar los espectadores. Todas las funciones de Ambulante en Cine Colombia tendrán un precio especial.
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…“Haber participado en ambulante fue una experiencia muy enriquecedora, viví una semana llena de emociones y de documentales que te generan risas, llanto y te enfrentan a situaciones que te ponen a reflexionar sobre la vida diaria”.
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