El arquitecto de sueños en guayos de Guachené 

El arquitecto de sueños en guayos de Guachené 

Mientras muchos duermen, Seifar Peña ya está en la cancha. Desde hace más de dos décadas llega antes que nadie para entrenar a los jóvenes de Guachené

Autoras: Juliana Vásquez Aponzá y Valeria Taticuán Tapias

Facultad de Humanidades y Artes

En un municipio de 21.000 habitantes, un hombre ha construido un proyecto deportivo sin contratos, sin apoyo institucional y en medio de un contexto marcado por la violencia, que hoy es símbolo de esperanza y transformación social.

Sin contratos, sin apoyo institucional y con la convicción como único salario, Seifar Peña ha dedicado su vida a formar generaciones de jóvenes en Guachené.

Fue el primero de mayo de 2001. El día del trabajo, curiosamente. Seifar Peña recibió una oferta que cambiaría su vida y la de cientos de jóvenes en Guachené: trabajar con muchachos, formarlos, acompañarlos. Aceptó sin dudar. “Me apasioné por instruir a esos muchachos, por formarlos como seres humanos antes que deportistas”, recuerda hoy, con la misma convicción de aquel primer día. Más de dos décadas después, sigue llegando antes que nadie al campo. 

Para una población de apenas 21.000 habitantes, esa cifra no es estadística, es un fenómeno. El propio Seifar lo dimensiona con precisión, expresa “Si hacemos un cuadro comparativo, de cada 10.000 chicos que practican fútbol solamente uno llega al fútbol profesional. Nosotros, con 21.000 habitantes, tenemos más de 35 jugadores a nivel profesional”. Y en el centro de ese fenómeno está el Club Diamante, el cual realiza sus entrenamientos y actividades frecuentemente en el Polideportivo Municipal de Guachené. 

Guachené es un municipio del norte del Cauca que no aparece en los primeros resultados de Google, pero sí en las alineaciones de grandes equipos. De sus calles han salido más de 35 futbolistas profesionales. Entre ellos, Yerry Mina, quien creció en el Club Diamante, bajo la mirada de Seifar y Arley, vistió la camiseta del Barcelona de España, fue goleador con la Selección Colombia en el Mundial del 2018, al igual que Davinson Sánchez, pilar defensivo de la selección mayor. En las categorías juveniles, nombres como Juan David Aponzá, Duvan Mina y Gerónimo Mancilla llegaron al fútbol profesional y hoy hacen parte de la Selección Colombia Sub-19 y continúan el camino. 

Para el concejal Juan Camilo Mina, la historia de Yerry es “el ejemplo más representativo del municipio”, un joven que salió de estas canchas y llegó a los escenarios más grandes del mundo. Cuando Seifar habla de Yerry, no habla de mérito propio, habla de gratitud. “Primero tengo que agradecerle a Dios por haberme elegido a mí para cumplir con esa función. Llegar a formar un jugador que llegó al Barcelona, el mejor equipo del mundo… uno debe sentirse muy bendecido”. 

 

El inicio de todo 

Seifar creció en Guachené en una época en la que el pueblo, según sus propias palabras, “era un lugar donde vivíamos libres”. Pero no fue la libertad lo que lo formó, sino todo lo contrario. “Lo que más me ha marcado son las dificultades, porque en medio de ellas aprendes a tener carácter y eso es lo que me ha llevado a ser lo que soy hoy”, dice. Ese carácter lo puso a prueba cuando el club donde trabajaba, llamado “Raíces”, empezó a fracturarse por conflictos internos. Los directivos, recuerda, “se creyeron dueños del club cuando nosotros éramos quienes hacíamos el trabajo”. 

La respuesta de Seifar no fue rendirse, fue crear algo propio. Así nació el Club Diamante, registrando directamente a los jugadores, poniéndolo como él dice “en manos del Señor”. Resume “En medio de las dificultades hemos obtenido muy grandes respuestas”, no lo dice con nostalgia, lo dice con la calma del que ya no le teme a iniciar de cero. 

Arley Mancilla lleva más de 40 años conociendo a Seifar. Lo vio crecer, lo vio entrenar, lo vio convertirse en lo que es. Por eso, cuando busca las palabras para describirlo, no se queda con el título de entrenador, “En el Club Diamante desempeña un papel muy importante. Podríamos decir que es el alma, es el corazón de nuestro club”. 

Lo que hace a Seifar diferente, según Mancilla, va más allá de los conocimientos técnicos —aunque también los tiene, tras formarse en la Escuela Nacional del Deporte—. “Le gusta investigar, prepararse y, aparte de eso, le da mucha confianza al deportista. No abusa de su figura como profesor, es un amigo para los muchachos”. 

El propio Seifar lo confirma con una lista que suena casi imposible para una sola persona “En el club me ha tocado ser de todo. Soy entrenador, preparador físico, utilero, psicólogo, kinesiólogo y hago el papeleo cuando hay que hablar con algún directivo”. No lo dice con queja, lo dice con orgullo. 

Además, Mancilla también lleva a su hijo Daniel, quien asiste al club y observa desde afuera con claridad que Seifar “Aparte de ser un profesor y un amigo, también es un padre para todos ellos”. 

 

Formar personas, no jugadores 

Juan David Peña creció viendo a su padre desde los dos lugares más cercanos posibles: como hijo y como jugador. La experiencia, admite, no siempre fue fácil. “Siempre ha sido muy estricto conmigo porque quiere lo mejor. Al tiempo entendí que todo lo hacía porque quería prepararme para la vida y para el fútbol”. 

Pero más allá de la exigencia, lo que Juan David destaca de su padre es algo que pocos entrenadores de base priorizan: “Realmente se preocupa por la integridad de los jóvenes. No solo piensa en ganar partidos, sino en cómo están ellos como personas”. 

Esa filosofía tiene raíces profundas en Seifar. “Más que formar un futbolista profesional, lo que se necesita es formar una gran persona, un gran ser humano. Eso es lo que me ha caracterizado a mí”, dice. El fútbol, le enseñó a su hijo, “puede abrir muchas puertas, pero son los valores los que realmente lo mantienen a uno en lo alto”. 

Norda, madre de uno de los jugadores del equipo, sabe exactamente como era su hijo antes de entrar al Club, expresa que “ese pequeño era muy rebelde”. Sin embargo, ese mismo muchacho viajó a Brasil a sus 16 años a jugar con un equipo extranjero, y desde allá le mandaba reportes que ninguna madre olvida, le hablaban muy bien de cómo se portaba. 

Aunque el miedo de que tomara un mal camino lo sintió, como la gran mayoría de los padres en Guachené. Pero también logró ver la otra cara de la historia, señala “Mi hijo hoy es una gran persona, donde quiera que llegue es realmente valorado”. Por otra parte, lo que la entristece es que el conflicto armado que se vive en el municipio le cierra un poco las puertas a jóvenes que quieren llegar y no pueden. Le gustaría que muchas personas se sumen al proyecto ya que considera que “Guachené es una tierra que tiene mucho talento”. 

 

Le hemos arrebatado muchachos a la calle 

En Guachené, como en muchos municipios del norte del Cauca, la cancha compite todos los días con la calle. La violencia intrafamiliar, el consumo de drogas, el pandillismo y el conflicto social son adversarios que no aparecen en la planificación de un partido, pero Seifar los enfrenta cada vez que un muchacho falta al entrenamiento sin avisar. 

“El temor se siente todos los días”, admite. Seifar, agrega “La descomposición del tejido social es muy inminente y lo que tratamos es de que el muchacho siempre esté firme, mirando un norte”. 

Su estrategia no es solo deportiva. Es humana. “Primero es decirle la verdad en cuanto a los riesgos que pueden correr en la calle. Y segundo, brindarle estímulos por medio del deporte, mostrándole que el deporte no es una pérdida”. 

Arley Mancilla lo resume con una frase que lleva años construyendo: “Nosotros acá, a través del tiempo en el Club Diamante, sinceramente le hemos arrebatado a muchos muchachos a la calle”. 

El concejal Juan Camilo Mina, quien ha observado el trabajo del club desde la institucionalidad, lo confirma y expresa que “El Club Diamante ha sido ese espacio que permite combatir los temas de violencia intrafamiliar, la descomposición social de las familias y el rescate de la juventud”. 

 

La historia que lo marcó 

Entre tantos años y tantos jugadores, hay una historia que Seifar no puede contar sin que la voz cambie de peso. Un muchacho que había perdido a su abuela —quien lo sostenía— seguía entrenando, pero algo no cuadraba. La exigencia no encontraba respuesta en la cancha. 

Un día el muchacho le dijo: “Profe, usted me exige, pero yo no he desayunado”. 

Seifar no tenía salario en ese momento. Pero su esposa, Beatriz Lorena, sí. Le pidió el favor y ella aceptó. El muchacho empezó a almorzar en casa de Seifar y a cenar donde Arley Mancilla. Así, entre los dos, garantizaron que pudiera competir. 

“Ese muchacho pudo lograr un cambio en su vida, llegó a jugar como un profesional y le hizo la casa a su mamá”, cuenta Seifar. “Eso es muy satisfactorio para mí como profesor. Esa historia me marcó”. 

Beatriz Lorena recuerda ese momento con la misma nitidez. Para ella, define quién es su esposo mejor que cualquier título o trofeo, lo describe como un hombre íntegro, con un don de servir que, dice, “lleva en las venas”. También añade “Lo que más le preocupa al profe Seifar es que en nuestro municipio hay jóvenes con mucho talento y su gran preocupación es que se vean permeados por la situación que nos acoge en el municipio”. 

 

Sin contrato, sin rendirse 

El Club Diamante ha operado durante años sin respaldo económico institucional. No hay entidad que firme cheques, ni federación que garantice uniformes. Beatriz Lorena lo pone en perspectiva con una honestidad que duele: “Cuando uno hace un trabajo, espera que sea remunerado. En ese sentido no lo ha sido así. Es una persona que, a pesar de no haber tenido un contrato laboral ni remuneración, ha seguido siempre allí, todo el tiempo”. 

El concejal Mina conoce de cerca esa realidad. “Él, sin tener contrato —porque desde allí parte, ellos no están contratados en ninguna entidad— ha venido haciendo ese trabajo desinteresadamente”. Y advierte sobre lo que significaría perderlo: “Si hoy decayera o desapareciera el Club Diamante, sería un golpe muy duro para las familias que hoy tienen sus esperanzas puestas en estos chicos”. 

Seifar Peña, tiene 52 años y es la cabeza del club Diamante junto a sus colegas Jairo y Arley. Él no habla de sacrificio, habla de convicción, pues su único trabajo ha sido entrenar a estos jóvenes y la recompensa de ello es el resultado económico de cada contrato que cierra con otros equipos profesionales por jugador, agrega “Siempre tuve claro que con trabajo y lucha se logran cosas muy grandes. Hemos colocado todo en manos del Señor y, vuelvo y repito, no hemos tenido el apoyo directo de alguna entidad de la alcaldía o del Estado, pero ahí vamos, dando buenos resultados y frutos para nuestra región”. 

 

Un legado que se construye 

Juan David entendió el verdadero tamaño de su padre el día que dejó de ser solo su hijo para convertirse en testigo. “Lo entendí cuando empecé a ver muchachos que llegaban con problemas personales y poco a poco cambiaban gracias al proceso. Ver jóvenes soñando con un futuro diferente y agradeciéndole a mi papá por ayudarlos”. 

Y sobre el sueño que mueve a Seifar, Juan David no tiene dudas: “Quiere que el club siga creciendo y que Guachené sea reconocido por el talento y las oportunidades, no por la violencia o los problemas sociales”. 

Arley Mancilla, su colega de décadas, lo cierra con una frase que no necesita adornos: “No alcanzan los adjetivos calificativos para exaltar toda esa labor que él viene haciendo a través de largos 25 o casi 30 años. Guachené está en deuda con el profesor Seifar”. 

Más de dos décadas después de aquel primero de mayo, Seifar Peña sigue llegando antes que nadie al campo. Y los jóvenes de Guachené siguen llegando detrás de él. 

De un municipio de apenas 21.000 habitantes han surgido más de 35 futbolistas profesionales.

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Una descarga eléctrica le arrebató ambas manos, pero no sus sueños. Luis Fernando Lara Rodallega transformó la adversidad en fuerza, convirtiéndose en paraatleta de alto rendimiento

Autoras: Laura Nicole Aparicio Escobar y María Camila Culma Beitia

Facultad de Humanidades y Artes

La vida de Luis Fernando Lara Rodallega cambió para siempre tras un accidente eléctrico que le provocó la amputación de ambas manos en 2017. Sin embargo, lejos de definirlo por la tragedia, su historia está marcada por la serenidad, la fe y la capacidad de reinventarse. De ser un joven apasionado por el fútbol en El Carmelo, Valle del Cauca, pasó a convertirse en paraatleta de alto rendimiento y representante de Colombia en los Juegos Paralímpicos de París 2024. Este perfil reconstruye el camino de resiliencia, disciplina y superación que lo llevó a transformar la adversidad en una fuente de inspiración para su comunidad y para el deporte colombiano. 

Luis Fernando Lara demuestra que la verdadera grandeza no está en evitar las caídas, sino en levantarse después de ellas.

Hay historias que parecen estar marcadas por un único acontecimiento. Historias que suelen resumirse en un antes y un después. En el caso de Luis Fernando Lara Rodallega, sería fácil decir que todo cambió el 10 de julio de 2017, cuando una descarga eléctrica de alta tensión le provocó la amputación de ambas manos y transformó el rumbo que imaginaba para su vida. Sin embargo, quienes han compartido su camino coinciden en que reducirlo a ese episodio sería desconocer quién es realmente.  

Antes del accidente existía un joven apasionado por el deporte, querido por su comunidad y profundamente unido a su familia. Después del accidente apareció un paraatleta de talla internacional que representó a Colombia en los Juegos Paralímpicos de París 2024. Pero entre ambas etapas hay algo que nunca cambió: la serenidad con la que ha enfrentado cada desafío. 

En El Carmelo, corregimiento de Candelaria, Valle del Cauca, muchos ni siquiera lo llaman por su nombre. Su madre, Ana Lilia Rodríguez Vargas, cuenta que cuando las personas la encuentran en la calle suelen preguntarle simplemente: “¿Cómo está el niño?”. Aunque Luis ya tiene 26 años, el apodo permanece como una muestra del cariño que la comunidad siente por él.  

Allí creció rodeado de familiares, amigos y vecinos que lo vieron correr por las calles del corregimiento, jugar en las canchas del pueblo y construir los sueños que, por entonces, parecían tener una única dirección. Su infancia transcurrió entre la casa de sus abuelas, la de su abuelo y los diferentes rincones de El Carmelo.  

Cuando recuerda aquellos años, Luis habla de una niñez feliz, llena de juegos y travesuras. Entre las anécdotas que conserva aparece una que todavía provoca risas en su familia. “Mi mamá me perseguía con un palo por toda una finca y yo salía corriendo”, cuenta divertido. Más allá de la anécdota, esos recuerdos revelan la cercanía de una familia que ha estado presente en cada etapa de su vida. 

Ana Lilia recuerda que desde pequeño fue un niño tranquilo y obediente. “Si tú lo ponías ahí sentadito, ese se quedaba allí sentadito”, afirma entre risas. No era un niño conflictivo ni impulsivo. Por el contrario, siempre se caracterizó por su calma. La misma percepción conserva Numandia Ortiz, una de sus profesoras durante la etapa escolar. Al describirlo, utiliza palabras que se repetirán una y otra vez a lo largo de las entrevistas realizadas para este perfil: tranquilo, sereno, respetuoso y tímido. 

“Participaba de la recocha solo con su risa”, recuerda la docente. Mientras otros estudiantes buscaban protagonismo o se involucraban en las bromas del salón, Luis prefería observar. Se sentaba en los últimos puestos, hablaba poco y mantenía un perfil discreto. “Era un niño muy dulce, muy suave y respetuoso”, agrega Ortiz. Académicamente no era el estudiante que sobresalía por sus calificaciones, pero tampoco generaba preocupaciones. Cumplía con sus responsabilidades y se mantenía al margen de los conflictos. 

Más allá de su familia, Luis Fernando creció rodeado de una comunidad que lo conocía por su sencillez. En El Carmelo, un corregimiento donde la mayoría de los vecinos se conocen por nombre y apellido, era común verlo recorrer las calles en bicicleta, jugar con sus amigos o pasar las tardes en las canchas del pueblo.  

 

Quienes compartieron con él durante esos años coinciden en que nunca fue una persona conflictiva ni amante de los protagonismos. Prefería mantenerse al margen de las discusiones y relacionarse desde la tranquilidad que todavía hoy lo caracteriza.  

 

Esa cercanía con la comunidad hizo que el accidente de 2017 se viviera como una tragedia colectiva. La noticia se propagó rápidamente por el corregimiento y generó preocupación entre quienes lo conocían. Muchas personas se acercaron a la familia para brindar apoyo, acompañarlos en las jornadas más difíciles y demostrarles que no estaban solos.  

 

Para Ana Lilia, ese respaldo fue fundamental en un momento en el que la incertidumbre parecía dominar cada día.  

 

“La gente nos acompañó mucho. Había personas que llegaban a preguntar cómo seguía Luis y a ofrecer cualquier ayuda que estuviera a su alcance”, recuerda. Aquellas muestras de solidaridad reforzaron el vínculo entre la familia y la comunidad que los había visto crecer. 

Aunque dentro del salón era reservado, había un tema capaz de despertar toda su atención: el fútbol. Para quienes lo conocieron durante la infancia y la adolescencia resulta imposible hablar de Luis sin mencionar un balón.  

Su madre recuerda que todas las conversaciones terminaban girando alrededor de ese deporte. “Todo era fútbol para él. Decía que cuando estuviera grande iba a ser futbolista”.  

Su padre, Miguel Lara Carvajal, coincide con esa descripción. “Desde pequeño era: ‘Papá, yo juego fútbol, yo juego fútbol’”, recuerda. La pasión por el fútbol era tan intensa que llegó a convertirse en un proyecto de vida. Luis entrenaba constantemente y soñaba con llegar al profesionalismo. Miguel hizo todo lo posible para apoyarlo en ese camino. Gracias a unos contactos consiguió que realizara pruebas deportivas con el club Orsomarso, una oportunidad que representaba un paso importante hacia la meta que ambos compartían.  

Luis jugó tres partidos frente a los entrenadores y demostró sus condiciones. Sin embargo, la respuesta final no fue la que esperaban.  

“Me llamaron aparte y me dijeron que era un gran jugador, pero que estaban buscando otro tipo de futbolista”, recuerda Miguel.  

Después de la prueba, padre e hijo se sentaron a comer unas empanadas. Allí tuvieron una conversación que hoy adquiere un significado especial. “Yo le dije que tal vez hasta ahí llegaba esa oportunidad y él me respondió: ‘Sí, papá. No luchemos más con esto’”. Para ambos parecía el final de un sueño. Lo que no sabían era que la vida todavía tenía preparado un cambio mucho más profundo. 

Antes del accidente, Luis había construido gran parte de su identidad alrededor del fútbol. Sus días giraban en torno a los entrenamientos, los partidos y la ilusión de convertirse en profesional. Por eso, cuando despertó en el hospital y comprendió la magnitud de lo ocurrido, una de las primeras cosas que pasó por su mente fue la imposibilidad de volver a jugar.  

 

La pérdida de sus manos representaba mucho más que una limitación física. También significaba la ruptura de un proyecto de vida que había construido desde la infancia. Sin embargo, quienes estuvieron cerca de él recuerdan que rara vez expresaba esa frustración frente a los demás. Prefería guardar silencio y concentrarse en el proceso de recuperación. 

 

“Era consciente de que había cosas que ya no podría hacer de la misma manera, pero nunca lo vimos quedarse lamentándose”, recuerda Patricia. Esa actitud llamó la atención incluso de los profesionales que lo acompañaron durante la rehabilitación. Mientras otros pacientes atravesaban largos periodos de negación o desesperanza, Luis parecía enfocado en descubrir qué podía hacer a partir de su nueva realidad. 

 

El 10 de julio de 2017 comenzó como un día especial para la familia Lara Rodallega. Era el cumpleaños de Ana Lilia. Nadie imaginaba que esa fecha quedaría grabada para siempre por una razón completamente distinta. Luis ayudaba a mover una reja metálica desde el segundo piso de una vivienda. Mientras la sostenía, la estructura hizo contacto con cables de alta tensión. La descarga eléctrica fue inmediata.  

Al recordar ese momento, Luis mantiene la misma serenidad que tantas personas destacan en él. Explica que la corriente lo mantuvo atrapado durante varios segundos hasta que el transformador explotó. Aquello, paradójicamente, terminó salvándole la vida.  

Primero fue trasladado al hospital de Candelaria y posteriormente remitido al Hospital Universitario del Valle, donde permaneció hospitalizado durante más de un mes. Durante ese tiempo los médicos intentaron salvar sus manos. Sin embargo, las lesiones eran demasiado graves. El 24 de julio se realizó la amputación de la mano izquierda. Días después llegó el turno de la derecha. Luis recuerda que esa segunda decisión fue tomada por él mismo. “Ya había visto el hueso y el músculo. Sabía que si la infección avanzaba podía ser peor”, explica. 

Lo que para muchas personas habría significado el derrumbe definitivo de cualquier proyecto de vida, para él se convirtió en el inicio de un proceso de reconstrucción. No fue fácil. Luis reconoce que hubo momentos de frustración. “Intentaba coger las cosas como si todavía tuviera mis manos”, recuerda.  

La adaptación implicó depender nuevamente de otras personas para actividades básicas y aprender una forma completamente distinta de relacionarse con el mundo.  

Las grandes victorias deportivas suelen ocupar los titulares, pero pocas veces se habla de las pequeñas conquistas que las hacen posibles. Para Luis, una de las etapas más complejas fue recuperar la independencia en actividades que antes realizaba automáticamente. Vestirse, comer, abrir una puerta o utilizar un teléfono se convirtieron en desafíos diarios. Cada tarea exigía tiempo, paciencia y creatividad. Muchas veces debía intentar varias alternativas antes de encontrar una forma de resolver algo aparentemente simple.  

El proceso estuvo acompañado por momentos de frustración. Había ocasiones en las que reaccionaba de manera instintiva e intentaba tomar un objeto como si todavía tuviera las manos. Cuando eso ocurría, la realidad volvía a golpearlo. Sin embargo, poco a poco fue desarrollando nuevas habilidades y estrategias para desenvolverse con autonomía. 

La recuperación no consistió únicamente en sanar heridas físicas. También implicó reconstruir la confianza en sí mismo y comprender que su valor como persona no dependía de una condición corporal. Esa comprensión sería determinante para todo lo que vendría después. 

Sin embargo, incluso en los momentos más difíciles, quienes estaban a su alrededor encontraron en él una fortaleza inesperada. Su madre recuerda que fue precisamente durante la recuperación cuando más orgullosa se sintió de su hijo. “Era él quien me decía: ‘No mamá, de esto vamos a salir’”. La situación parecía afectar más a la familia que al propio Luis. 

Esa misma impresión tuvo Patricia, entrenadora de para-atletismo, quien lo conoció apenas tres meses después del accidente. “Tenía una mentalidad muy fuerte. Yo le preguntaba por lo que había pasado y respondía con normalidad, como si hubiera aceptado que eso era parte de su vida”, afirma.  

Para ella resultaba sorprendente encontrar tanta serenidad en una persona que atravesaba un proceso tan complejo. Patricia llegó a la vida de Luis gracias a una recomendación del entonces concejal Andrés, quien le habló de un joven de El Carmelo que había sido futbolista y acababa de sufrir un grave accidente. Como entrenadora especializada en deporte adaptado, Patricia decidió conocerlo. Lo que encontró fue a un muchacho alto, con una actitud positiva y una enorme disposición para intentarlo nuevamente. “Muchos veían la discapacidad. Yo veía potencial”, asegura. 

Quince días después de conocerlo lo llevó a una competencia en Cali. Allí Luis descubrió el mundo del para-atletismo. Observó a otros deportistas con discapacidad compitiendo al máximo nivel y comprendió que todavía existían caminos por recorrer dentro del deporte. “Me di cuenta de que no solamente me gustaba el fútbol. Me gustaba el deporte”, recuerda. 

Ese descubrimiento marcó el comienzo de una nueva etapa. Los primeros entrenamientos estuvieron llenos de desafíos. Necesitaba ayuda para amarrarse los zapatos, para algunas actividades cotidianas e incluso para alimentarse. Patricia recuerda que sus compañeros de entrenamiento siempre estuvieron dispuestos a colaborar. “Tenía niñera para rato”, dice entre risas. Pero detrás de la broma se esconde una realidad importante: Luis encontró en el deporte una nueva familia. 

A medida que avanzaban los entrenamientos, también comenzaron a llegar los resultados. Patricia observaba cómo aquel joven que apenas meses atrás se recuperaba de un accidente desarrollaba habilidades para competir al más alto nivel. Su capacidad de adaptación sorprendía incluso a quienes tenían experiencia trabajando con deportistas en condición de discapacidad. 

En 2019 llegó uno de los primeros grandes hitos de su carrera: la convocatoria a la Selección Colombia para participar en un Mundial Juvenil en Suiza. Para Luis fue la confirmación de que podía aspirar a objetivos que parecían imposibles apenas unos años atrás. “Fue ahí cuando entendí que podía llegar lejos”, afirma.  

Los años siguientes estuvieron marcados por entrenamientos, competencias internacionales y un crecimiento constante dentro del para-atletismo. Patricia recuerda especialmente el momento en que consiguió la marca para asistir a su primer campeonato mundial. “La hizo entrenando en Candelaria, sin una pista adecuada y prácticamente solo con técnica. Eso demuestra que sí se pueden formar grandes deportistas”, asegura. 

Pero el punto más alto de su carrera llegaría con los Juegos Paralímpicos de París 2024. Allí compitió frente a los mejores atletas del planeta y consiguió un histórico cuarto lugar, además de romper dos veces su marca personal durante la competencia. Para cualquier deportista, alcanzar ese escenario representa la culminación de años de trabajo.  

Cuando se le pregunta qué significa representar a Colombia, su respuesta es breve y contundente: “Amor a la patria”.  

Cuando se habla de Luis Fernando Lara hay algo que se destaca: la fe. Para su familia, la recuperación física y emocional que experimentó después del accidente no puede entenderse sin la dimensión espiritual que ha acompañado su vida desde la infancia. Su madre recuerda que, incluso durante los días más difíciles en el hospital, Luis mantenía la confianza en que podría superar la situación. 

“Lo primero que hacía era darle gracias a Dios”, recuerda Ana Lilia. Para ella, esa actitud fue fundamental porque ayudó a mantener viva la esperanza cuando los diagnósticos médicos no siempre eran alentadores. Mientras la familia enfrentaba el miedo y la incertidumbre, Luis parecía concentrarse en aquello que todavía tenía y no únicamente en lo que había perdido. La fe también se convirtió en una herramienta para afrontar los cambios que llegaron después de las amputaciones. Adaptarse a una nueva realidad implicaba enfrentar desafíos diarios, aceptar ayuda de otras personas y reconstruir proyectos de vida que parecían haber desaparecido. En ese proceso, Luis encontró en sus creencias una fuente permanente de fortaleza. 

Quienes lo conocen aseguran que rara vez se le escucha preguntarse por qué ocurrió el accidente. En lugar de quedarse en esa pregunta, optó por enfocarse en lo que podía hacer a partir de esa experiencia. Esa manera de entender la vida le permitió asumir cada reto con una actitud positiva y evitar que las dificultades definieran completamente su identidad. 

 Con el paso de los años, esa misma convicción ha acompañado su carrera deportiva. Antes de cada competencia, durante los entrenamientos y en los momentos decisivos de su trayectoria, Luis ha mantenido la misma confianza que mostró durante su recuperación. Para su familia, esa fortaleza espiritual explica en gran medida la serenidad que tantas personas destacan cuando hablan de él. 

Más allá de los resultados, quienes lo conocen insisten en que los logros deportivos no explican completamente quién es Luis Fernando Lara. Su hermana María José lo describe como una persona valiente que ha demostrado una enorme fortaleza frente a las dificultades. “Luis nos ha enseñado mucha fuerza por todo lo que ha pasado”, afirma.  

Su padre destaca la humildad como uno de sus valores más importantes. “Siempre le enseñé que con la humildad se llega a todas partes”, dice. Su profesora recuerda la nobleza de aquel estudiante reservado que prefería observar antes que hablar. Patricia lo define como perseverante y soñador. Su madre resume todo en dos palabras: “fortaleza y fe”. 

Cuando es él quien debe definirse, elige tres características: resiliente, responsable y amoroso. Sin embargo, después de escuchar a quienes han compartido su vida, existe una cualidad que aparece con más frecuencia que cualquier otra: la serenidad.  

La serenidad del niño que observaba desde el último puesto del salón, la del joven que aceptó el final de su sueño futbolístico, la del paciente que enfrentó la amputación de ambas manos y la del atleta que hoy compite frente a los mejores del mundo.  

Por eso, la historia de Luis Fernando Lara no puede resumirse únicamente en el accidente que cambió su vida ni en las medallas que llegaron después. Su verdadera historia está en la forma en que decidió enfrentar cada etapa. Está en la capacidad de seguir adelante sin renunciar a quien siempre fue. Y está, sobre todo, en la frase con la que él mismo resume su recorrido: “Mi historia no se basa en lo que perdí sino de todo lo que aprendí para seguir adelante”. 

Sin proponérselo, Luis Fernando Lara se ha convertido en un referente para muchos jóvenes de El Carmelo y de otros municipios del Valle del Cauca. Su historia demuestra que las circunstancias más difíciles no necesariamente determinan el destino de una persona. Lo que marca la diferencia es la manera en que se enfrentan los obstáculos. 

Patricia asegura que muchos deportistas que llegan al deporte adaptado encuentran inspiración en el recorrido de Luis. No solamente por los resultados obtenidos, sino por la disciplina y la constancia que ha demostrado desde sus primeros entrenamientos. Su historia sirve como ejemplo de que el talento necesita estar acompañado por esfuerzo, compromiso y perseverancia. 

 En su comunidad, el reconocimiento también va más allá de los escenarios deportivos. Para muchos vecinos sigue siendo el mismo joven sencillo que creció recorriendo las calles del corregimiento y compartiendo con quienes lo rodeaban. La diferencia es que ahora su ejemplo trasciende las fronteras del pueblo y llega a personas que encuentran en él una muestra de superación. 

Luis, sin embargo, prefiere hablar poco sobre ese papel. Mantiene el perfil discreto que lo ha caracterizado desde niño y continúa concentrado en sus objetivos deportivos. Pero quienes observan su trayectoria coinciden en que su historia ya dejó una huella importante en quienes la conocen. 

“Mi historia no se basa en lo que perdí, sino en todo lo que aprendí para seguir adelante”.

Hoy, después de superar uno de los momentos más difíciles de su vida, Luis Fernando Lara es símbolo de resiliencia, fe y perseverancia.

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Por: Daniel Quiñones Hurtado

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La fe y la esperanza son temas centrales en Un día a la vez, una obra que ofrece mensajes de reflexión y acompañamiento espiritual. A través de sus páginas, la autora transmite la importancia de confiar en Dios y afrontar cada día con serenidad y confianza.

Ficha bibliográfica 

Un día a la vez 

Autor: Martha Pivaral 

Editorial: Martha Pivaral 

Fecha de publicación: 17 de abril de 2020 

Género: Religión y espiritualidad 

Páginas: 64    

  

Un día a la vez es un libro que brinda mensajes de fe, esperanza y confianza en Dios, invitando a vivir cada momento con tranquilidad y gratitud

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Sharay Posada: Cuando el baile cuenta quién eres

Sharay Posada: Cuando el baile
cuenta quién eres
 

La danza ha sido el lenguaje de Sharay Posada desde que era una niña. Hoy, después de años de disciplina, sacrificios y una profunda conexión con el arte.

Por: Valentina Sánchez M. | Ana Isabel García Z.

Facultad de Humanidades y Artes

Desde que era una niña enérgica e inquieta que aprendía a bailar viendo videos, Sharay Posada encontró una forma de contar su historia en una de las expresiones artísticas más representativas de Cali: la danza. Hoy, tras años de disciplina, sacrificios y un profundo amor por el arte, se ha convertido en la ganadora de Red Bull Dance Your Style Colombia 2026.

la bailarina caleña se prepara para representar a Cali en la Final Nacional de Red Bull Dance Your Style 2026, llevando consigo el talento, la energía y la identidad de una ciudad reconocida por bailar al ritmo de sus sueños.

La Final Nacional de Red Bull Dance Your Style 2026 reunió en Bogotá a algunos de los mejores exponentes del street dance del país, una disciplina que integra estilos urbanos como el hip-hop, el breaking, el popping y otras expresiones de la danza callejera. En una competencia donde el público fue el único jurado, Sharay Posada Ochoa se coronó como ganadora nacional, obteniendo el derecho de representar a Colombia en la Final Mundial de Red Bull Dance Your Style, que se llevará a cabo en Zúrich, Suiza. Este triunfo no solo la consolidó como una de las bailarinas urbanas más destacadas del país, sino que también convirtió su historia en motivo de orgullo para Cali, la ciudad que ha acompañado y moldeado gran parte de su camino artístico.

A sus casi 15 años de experiencia en la danza se suma una vida entera respaldada por una familia que ha acompañado cada paso de su proceso artístico. Detrás de la bailarina que hoy sube a las tarimas sin miedo y con ganas de iluminarlo todo, existe una historia marcada por la disciplina y el amor a un arte que comenzó antes de que pudiera siquiera comprenderlo.

Desde que era pequeña, Sharay parecía incapaz de quedarse quieta. Sus padres la describen como una niña curiosa que le gustaba moverse constantemente, pero que sobre todo, adoraba bailar. Su padre, Wilmar Posada Gómez, recuerda: “A ella le encantaba ver videos de baile y repetirlos, pasaba horas viéndolos”. Casi como si el arte siempre hubiese estado en las venas de Sharay y solo faltara una chispa para que se revelara. 

Su hermana mayor, también una ávida bailarina, Angélica Penagos Ochoa, quien se presenta artísticamente como Angelwhine, asegura que la conexión de Sharay con la música comenzó incluso antes de que aprendiera a caminar: “Cuando todavía era una bebé, ella ya sentía la música en su corazón”, recuerda.  

Fue gracias a esa relación temprana con el movimiento y las ganas de expresarse que Sharay encontró un lugar para dar a conocer sus habilidades, las academias de salsa de Cali. Aprendiendo a bailar salsa a la corta edad de 4 o 5 años, Sharay explica que su arte era más que un hobby: “Siempre me gustó. Siempre fue emocionante para mí entrenar, bailar y compartir esos espacios”, afirma. Asimismo, para su familia, que Sharay decidiera seguir con su carrera artística nunca fue algo nuevo; su madre, Zorly Andrea Ochoa, lo afirma: “nunca nos sorprendió que Sharay tomara la decisión de dedicarse al baile; era algo que más bien esperábamos” 

Es así que, con el paso de los años para Sharay la danza dejó de ser una actividad extracurricular para convertirse en una parte de sí misma, para ella bailar dejó de ser una palabra que indicaba solamente competencias y trofeos, y se transformó en un lenguaje que expresa lo que quiere que las personas conozcan:  “Es la manera más fácil de desahogarme, de compartir, de expresar y de disfrutar. A través del movimiento digo más claro lo que necesito transmitir que hablando o escribiendo” afirma Sharay, dejando claro que sin el baile ella no sería la persona que es hoy. 

Santiago de Cali, para Sharay como para muchos otros artistas, también se ha convertido en una parte ligada a ella misma, para Sharay su identidad y la danza son mayoritariamente caleñas: “Cali me dio espontaneidad, carisma y diversidad. Siento que transmito esa energía cuando subo al escenario”. asegura. 

Quienes conocen a Sharay coinciden en que el éxito nunca ha cambiado su esencia. De hecho, para su hermana lo que las competencias han hecho ha sido permitirle descubrir nuevas versiones de sí misma, más nunca han transformado quién es: “Las habilidades siempre estuvieron ahí. Lo que ha hecho cada competencia es ayudarla a encontrar la forma de exteriorizarlas”.  

Su hermano Jairo Penagos Ochoa mantiene la misma percepción, asegurando que Sharay siempre ha sido una niña sencilla y humilde que ha bailado toda la vida: “Saray siempre ha sido la misma. Puede estar en una competencia internacional o en una presentación local, pero sigue siendo igual de sencilla”, asegura Jairo. 

Sin embargo, detrás de cada victoria, éxito y reconocimiento existe una historia oculta que guarda todo aquel esfuerzo y sacrificios que desde fuera otros no logran ver. Tanto Sharay como su familia coinciden en que uno de los mayores sacrificios en su carrera ha sido el tiempo. Tiempo que se invertía en horas de entrenamiento, competencias, viajes, clases y jornadas agotadoras que se extendían hasta las casi diez de la noche: “Yo creo que todo artista ha sacrificado lo mismo y eso es el tiempo, ya que nosotros necesitamos estudiar todo lo que abarca nuestro arte para poder destacar en esta área” contó Sharay, resaltando también que si bien su disciplina le ha permitido mejorar hasta sentirse satisfecha consigo misma, cree que le hizo falta su entorno familiar.  

La distancia, a la hora de competir en suelos internacionales, fue otro reto que desde muy pequeña Sharay tuvo que afrontar debido a que no siempre podía estar acompañada de sus padres, “Mis papás siempre han estado apoyándome, pero creo que lo que más me dolía cuando era pequeña era que en algunas competencias ni ellos ni mis hermanos podían estar ahí” cuenta Sharay, afirmando que el problema nunca fue no querer acompañarla, sino que económicamente se les dificultaba.   

Su hermana Angelica, también cuenta como, cuando su hermana iba a estas competencias internacionales de danza urbana: “Ella viajaba solita, y cuando el grupo ganaba ella siempre lloraba y nos mandaba videos mientras la veíamos en las transmisiones”, reconociendo que, si bien su hermana era muy fuerte, debía ser difícil no tener a nadie familiar ahí para celebrar.  

Y aunque el tiempo y en ocasiones la distancia fueron algunos de los mayores retos que Sharay tuvo que enfrentar, su familia considera que el mayor obstáculo en su carrera como artista fue la pandemia, no solo ante la imposibilidad de relacionarse con otras personas, sino el enfrentarse ante la realidad de no poder asistir presencialmente a sus clases, algo que afectaba su proceso de formación. Su Padre Wilmar, lo afirma: “Tener que ver sus clases de forma virtual la frustraba, no era lo mismo”.  

No obstante, ni la distancia, las dificultades económicas o los obstáculos impuestos por la pandemia lograron apartar a Sharay de aquello que siempre ha sentido como parte de su ser. Cada complicación terminó convirtiéndose en una nueva oportunidad para fortalecer su disciplina y confirmar su amor por la danza. 

Esa misma disciplina es la que hoy la ha acompañado en cada entrenamiento. Aunque competir implica una preparación previa física, Sharay considera que gran parte de todo su proceso ocurre en la mente. Para ella, el baile no se reduce únicamente a la técnica o al deseo de ganar: “Muchas veces entramos en la mentalidad de que hay que ganar, pero se nos olvida por qué estamos aquí. Yo disfruto esto, lo hago por amor y quiero compartir esa energía”, explica. 

Su esencia, según Sharay, es una combinación de autenticidad, versatilidad y energía. A lo largo de su formación ha tenido la oportunidad de aprender diversos géneros y técnicas que han enriquecido su estilo en el baile. Sin embargo, más allá de los movimientos, considera que lo más importante es la honestidad con la que logra transmitir sus emociones al espectador. 

Dependiendo de la música, de la historia que quiera contar o simplemente de cómo se sienta ese día, Sharay utiliza el baile para expresar diferentes emociones. A veces transmite alegría; otras veces, fuerza, nostalgia o amor. Para ella no existe una única manera de bailar, porque cada presentación representa una oportunidad distinta para conectar con quienes la observan. Tal vez por eso quienes la rodean tienen dificultades para imaginarla lejos de una pista de baile. Su hermana Angélica lo resume de forma sencilla: “El baile y ella son uno solo”. 

Después de años de preparación, entrenamientos y competencias, Sharay fue elegida como representante de Cali para la Final Nacional de Red Bull Dance Your Style 2026. La noticia fue celebrada por toda su familia, que ha sido testigo del esfuerzo que ha acompañado cada etapa de su formación artística. 

Para Angélica, este logro es el resultado de la constancia que su hermana ha demostrado desde niña. Jairo comparte esa visión y asegura que el baile ha estado presente en toda la vida de Sharay. “Desde que tengo memoria, siempre la he visto bailar”, recuerda. Sus padres consideran que este reconocimiento es consecuencia de años de dedicación. Ambos coinciden en que Sharay tiene una forma especial de conectar con el público y que, cuando sube al escenario, logra captar la atención de quienes la observan. “Sharay es una niña que cuando sube al escenario lo ilumina”. 

Representar a Cali significa mucho para ella. No solo porque es la ciudad donde descubrió su pasión por la danza, sino porque siente que gran parte de su identidad artística nació allí. El carisma, la espontaneidad y la energía que caracterizan a la capital vallecaucana son elementos que, según ella misma reconoce, también están presentes en su forma de bailar. 

Hoy, mientras se prepara para asumir uno de los retos más importantes de su carrera representando a Colombia en Zurich, Suiza, Sharay sigue siendo aquella niña inquieta que encontraba cualquier excusa para moverse al ritmo de la música. Su historia demuestra que detrás de cada logro hay mucho más que una presentación o una competencia. Hay una familia que acompaña, una ciudad que inspira y una pasión que ha crecido junto a ella desde la infancia. En el caso de Sharay Posada, la danza no es solamente una disciplina artística; es la manera en la que ha aprendido a contar quién es, y es aquello precisamente lo que le permitió triunfar en la Final Nacional de Red Bull Dance Your Style 2026.

 

Desde las academias de salsa de Cali hasta una de las competencias de danza urbana más importantes del país, Sharay Posada ha convertido el baile en su forma de vida. Su clasificación a la Final Nacional de Red Bull Dance Your Style 2026 refleja años de trabajo y una identidad artística construida al ritmo de la capital vallecaucana”.

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Por: Maria Helena Hinestroza Estrada

Facultad de Humanidades y Artes

 

Este texto, escrito por Edna Liliana Valencia Murillo, más allá de ser una obra literaria, se convierte en una voz de fortaleza, identidad y resistencia para muchas mujeres negras que, en algún momento de sus vidas, han sentido inseguridad o baja autoestima debido al racismo y a los prejuicios impuestos por la sociedad. 

 

Desde mi perspectiva, este libro tiene un valor muy especial porque logra transformar el dolor en poder. Cada página invita a reflexionar sobre esas heridas invisibles que deja el odio indiscriminado, pero también enseña que nuestra piel, nuestro cabello, nuestra historia y nuestras raíces no son motivo de vergüenza, sino de orgullo y dignidad. 

A través de una mirada íntima y crítica, El racismo y yo aborda las experiencias y consecuencias del racismo en la vida cotidiana…

 

Ficha Bibliográfica  

El racismo y yo 

Autor: Edna Liliana Valencia Murillo 

Editorial: Intermedio Editores 

Año de publicación: 2022 

Páginas: 192 

¿Qué ocurre cuando una persona aprende a transformar el dolor en fortaleza? El racismo y yo es un libro que habla sobre identidad, resistencia y amor propio, recordándonos que nuestras características

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