La congestión y los desafíos operativos del sistema MIO en Cali

La congestión y los desafíos operativos del sistema MIO en Cali 

Entre demoras, bloqueos y denuncias de inseguridad, el MIO enfrenta un reto que va más allá de las cifras oficiales.

Por: Valeria Loaiza Sandoval y Laurie Dahian Waitoto Asprilla

Facultad de Humanidades y Artes

A mediodía, decenas de pasajeros esperan en las estaciones de Unidad Deportiva, Pampalinda y Universidades mientras los buses tardan en llegar. Retrasos, sobrecupo y largas filas se suman a la preocupación por la inseguridad dentro del MIO, aunque las autoridades reportan una reducción de hasta el 41% en hurtos, la percepción de riesgo persiste, manteniendo a los usuarios en tensión. 

Además de las cifras oficiales que muestran una reducción de hurtos dentro del MIO, la experiencia diaria de quienes trabajan en las estaciones evidencia que la seguridad sigue siendo un desafío. 

La descripción de situaciones de riesgo, como conflictos entre pasajeros o presuntos casos de escopolamina, aporta un componente de alerta importante

Claudia Robles, vendedora con puesto fijo de salchipapas ubicado antes de entrar a la estación Pampalinda, asegura que, aunque se siente protegida por las cámaras de vigilancia y la rápida reacción de la policía, la inseguridad sigue siendo un desafío diario. Relata que ha presenciado robos y accidentes dentro de la estación y que incluso un día un habitante de la calle la amenazó con agredirla cuando se negó a darle comida gratis: “Le dije que no, porque trabajo para ganarme la vida, y que, si le daba a él, seguirían viniendo otros esperando lo mismo. Me amenazó, diciendo que me iba a poner horrible, que la cara me la iba a poner horrible. Yo nunca he sufrido, no tengo miedo, y saqué mi cuchillo de picar salchichas para defenderme”. 

Además, Claudia señala que los riesgos no solo provienen de los pasajeros: la imprudencia vial y accidentes en la estación también representan un peligro constante. Sin embargo, asegura que la vigilancia de la cámara 360 y la respuesta inmediata de la policía le han permitido sentirse relativamente segura trabajando, aunque reconoce que la inseguridad, la congestión y las situaciones de irrespeto son parte de su día a día. 

Juan Camilo Herrera, estudiante universitario de 22 años que utiliza el MIO todos los días para desplazarse desde el sur hasta el centro de la ciudad, asegura que las demoras son frecuentes. “Hay días en los que uno espera 20 o 30 minutos. Y cuando por fin llega el bus, ya viene lleno. Me ha pasado incluso que he esperado hasta dos horas”, afirma. Para él, la incertidumbre es el mayor problema: nunca sabe con certeza cuánto tardará en llegar a su destino. 

El MIO constituye el eje principal de movilidad urbana en Cali. Conecta zonas residenciales, comerciales, educativas e industriales y en 2025 movilizó 89,3 millones de pasajeros en el año, según cifras basadas en la Encuesta de Transporte Urbano de Pasajeros del DANE. Esto confirma que miles de ciudadanos dependen diariamente del sistema para estudiar, trabajar o realizar actividades cotidianas. Sin embargo, en diferentes estaciones de la ciudad se repite un mismo panorama: acumulación de pasajeros en plataformas que dificultan el abordaje y tiempos de espera prolongados. 

Una observación realizada el 24 de febrero entre las 12:00 p.m. y la 1:00 p.m. en las estaciones Pampalinda, Universidades y Unidad Deportiva permitió constatar una afluencia constante de usuarios. En promedio, más de 40 personas esperaban en cada plataforma. Aunque el ambiente se mantenía relativamente organizado sin discusiones visibles ni alteraciones mayores el flujo continuo evidenciaba una presión operativa que tiende a intensificarse en las primeras horas de la mañana y al final de la jornada laboral. 

Detrás de esa espera hay una dinámica operativa compleja. José Ever Arias, conductor con 14 años de experiencia en el sistema, explica que los retrasos no siempre dependen del conductor; “Trabajamos bajo tiempos establecidos. Si ocurre una falla mecánica, un accidente en vía o cualquier novedad, la frecuencia se altera. Y cuando un bus se retrasa, el siguiente también se ve afectado”, señala. Según él, el efecto es en cadena: un imprevisto puede impactar varias rutas en cuestión de minutos. 

Diego García, orientador del sistema encargado de supervisar el flujo de pasajeros y el cumplimiento de frecuencias, coincide en esa explicación. Cada vehículo opera bajo un control de tiempos y reportes internos. Cuando se presenta una novedad técnica o un retraso, la programación se ajusta, pero esa reorganización no siempre evita la acumulación de usuarios en plataforma. “La gente ve que el bus no llega y piensa que es desorden, pero muchas veces es una situación que ya se está reportando desde la operación”, afirma. 

Mientras los trabajadores explican la presión técnica, los usuarios experimentan la congestión de forma directa. El sobrecupo en horas pico dificulta el ingreso a los vehículos y genera incomodidad. En algunos casos, quienes no logran abordar deben esperar el siguiente bus, prolongando aún más su trayecto. 

La congestión no solo impacta a pasajeros y conductores. También modifica las dinámicas de seguridad dentro del sistema. Lina Marcela, guarda en una de las estaciones del sur de la ciudad, explica que en horas de alta demanda especialmente al mediodía y en la tarde el volumen de pasajeros aumenta considerablemente. “Cuando hay mucha gente, es más difícil mantener el orden. A veces se presentan discusiones por el espacio o intentos de colarse”, comenta.  

En términos operativos, el sistema contó con 853 vehículos afiliados, de los cuales 623 estuvieron en servicio, lo que evidencia que una parte importante de la flota no se encuentra en circulación activa. Esta situación impacta directamente la frecuencia de paso y la cobertura en distintas rutas, especialmente en servicios alimentadores. 

Durante 2026, el sistema enfrenta nuevos desafíos y ajustes. Desde el 10 de enero de 2026, la tarifa del pasaje se fijó en $3.500 pesos, tras un incremento aprobado por la administración distrital. El ajuste busca contribuir a la sostenibilidad financiera del sistema, en un contexto de recuperación de pasajeros, pero con limitaciones operativas persistentes. 

En paralelo, Metro Cali anunció la incorporación de 47 nuevos buses, entre ellos unidades eléctricas y vehículos con tecnología Euro VI, como parte de un proceso de renovación de flota. Estas unidades comenzarán a integrarse progresivamente durante el año, con el objetivo de reemplazar buses que ya cumplieron su vida útil, especialmente en el componente alimentador. 

En materia de seguridad, durante los primeros meses de 2026 las autoridades reportaron operativos reforzados dentro del sistema, con capturas por delitos cometidos en estaciones y buses, decomiso de armas cortopunzantes y aumento de presencia policial en terminales estratégicas. 

A pesar de estas medidas, la experiencia cotidiana recogida en estaciones como Universidades muestra que el aumento en la demanda, sumado a una flota parcialmente activa y a factores externos como bloqueos y congestión vial, continúa incidiendo en los tiempos de espera y en la percepción de eficiencia del sistema.

Impacto económico de la congestión 

La congestión también tiene un impacto económico. Juan Carlos Arango, quien vende rosquillas caleñas de manera informal desde hace 11 años, asegura que en momentos de mayor saturación prefiere subirse a los buses menos transitados. “Cuando hay demasiada gente no se puede ni caminar. Se vuelve difícil trabajar”, explica, haciendo énfasis en cómo la acumulación de pasajeros limita tanto su movilidad como la capacidad de ofrecer sus productos de manera segura y eficiente. 

María Suárez, otra vendedora informal, coincide en que el flujo excesivo de usuarios complica la circulación dentro de la estación, generando dificultades para moverse entre los puntos de venta y acceder a los buses. En situaciones de sobrecupo, los vendedores deben adaptarse rápidamente, atendiendo a los clientes que logran acercarse mientras intentan evitar accidentes o empujones. 

Por su parte, Claudia Robles, la vendedora de salchipapas, señala que además de la congestión se han presentado cortes de energía y situaciones operativas que afectan tanto el tránsito de pasajeros como la actividad comercial. “Si el sistema se detiene o hay fallas, todo se siente. No solo para los que viajan, también para los que trabajamos aquí en la estación”, comenta. 

Desde la institucionalidad, el énfasis ha estado en reforzar la seguridad y mostrar avances en reducción de delitos. No obstante, el desafío operativo relacionado con frecuencias, fallas técnicas y sobrecupo sigue siendo un tema sensible para los usuarios. Las autoridades destacan los planes implementados y las cifras positivas en seguridad, pero la experiencia diaria de quienes utilizan el sistema revela que la congestión y los retrasos continúan siendo una preocupación constante. 

 Tensión en el abordaje: cuando la congestión escala a situaciones de riesgo 

En la estación Universidades, la congestión no solo genera incomodidad: en ocasiones ha derivado en episodios de violencia entre pasajeros. María Elena, vendedora informal de la estación, describe un ambiente donde el desorden al abordar los buses puede convertirse en detonante de conflictos. 

En horas de alta demanda, explica, las personas “entran como muy en montones” y el afán por subir provoca empujones y discusiones. Hace aproximadamente tres meses, presenció un altercado que escaló peligrosamente cuando, en medio de una disputa por un asiento, uno de los involucrados sacó un arma. “Uno se sentó encima al otro y ahí sacó uno el arma para dispararle”, relata. 

La comerciante asegura que intervino para evitar que la situación pasara a mayores: “yo me metí en el medio, tratando de calmar para que no hubiera sangre”. El testimonio evidencia cómo la presión por abordar vehículos con alta ocupación puede transformarse en un escenario de riesgo para los usuarios. 

 Hurtos y presunto uso de escopolamina: la inseguridad que preocupa a los usuarios  

Además de los enfrentamientos, la vendedora María Elena señala que los robos son frecuentes, especialmente contra jóvenes universitarios que transitan por la estación. La modalidad más común sería el hurto de celulares en medio de la aglomeración: “A veces acá roban mucho también los teléfonos, a los muchachos, a los universitarios”, afirma. Según su percepción, en algunos casos se habría utilizado una sustancia en polvo para desorientar a las víctimas: “Han echado esos polvos, ese polvo blanco”, menciona al describir episodios en los que jóvenes comienzan a sentirse mal en o después del abordaje. 

María Elena recuerda particularmente el caso de un muchacho que fue retirado del lugar con síntomas evidentes: “lo sacaron de aquí vomitando y todo, lo llevaron para el hospital”, aunque no asegura haber presenciado directamente el momento del hurto, sí afirma haber visto las consecuencias y la posterior intervención de policías y ambulancias. 

La preocupación por posibles nuevas modalidades de hurto dentro del sistema tomó fuerza tras la viralización de un video en TikTok de la cuenta @elegantperfum.oficial que superó las 430 mil visualizaciones y 25 mil “me gusta”. En él, una joven la cual no menciona su nombre relató un presunto intento de escopolaminización ocurrido el viernes 6 de febrero en el norte de Cali, cuando se movilizaba en la ruta P27D. 

Según su testimonio, el recorrido transcurría con normalidad hasta que notó a una mujer observándola de manera insistente desde los asientos cercanos al conductor. Aunque en un primer momento no le dio importancia, la situación cambió cuando esa misma persona decidió sentarse a su lado, pese a que había otros puestos disponibles. “Se me hace un poco raro porque hay varios puestos disponibles y justo se va a sentar al lado mío”, relata en el video. 

Minutos después comenzó a experimentar síntomas físicos inesperados: mareo repentino, pesadez en los ojos y sensación de somnolencia, ella misma describe que empezó a sentirse “muy mareada” y con la mente “nublada”. Ante esa reacción, decidió enviar su ubicación en tiempo real a su esposo y mantenerse en llamada mientras descendía en la terminal Menga. 

La mujer que había despertado sus sospechas también se bajó del bus y, según el relato, continuó siguiéndola dentro de la estación. Fue entonces cuando acudió a una guarda de seguridad y pidió ayuda: “No dejes que nadie se me acerque… ayúdame, porfa”, según cuenta. 

El personal de la terminal la asistió de inmediato y dio aviso a la Policía. En el video, la joven asegura que los uniformados le indicaron que se trataría de un “modus operandi” que se ha venido incrementando en los últimos meses. Aunque el hecho no terminó en hurto, la experiencia dejó en evidencia la vulnerabilidad que pueden sentir los usuarios ante este tipo de situaciones. 

La joven concluye su mensaje con un llamado a la alerta, insistiendo en la importancia de estar atentos al entorno y escuchar las señales del propio cuerpo cuando algo “se siente raro”. Su testimonio se suma a otras denuncias ciudadanas sobre robos y presunto uso de sustancias dentro del sistema, reforzando una percepción de inseguridad que persiste entre estudiantes y usuarios frecuentes del transporte masivo. 

Hasta ahora no hay una fuente oficial que dé cifras comparativas año contra año de casos de hurto con escopolamina, ni que demuestre que estos hechos hayan aumentado de forma cuantificable en 2025 /2026 en Cali. 

Una hora de espera: cuando caminar parece más eficiente que el bus 

Las demoras en el servicio se han convertido en uno de los principales factores que influyen en las decisiones de movilidad de los estudiantes. Melanie Betancourt, usuaria frecuente del alimentador en la estación Universidades, asegura que ha llegado a esperar hasta una hora por una ruta: “Creo que sí, una hora ha sido lo máximo que he esperado”, afirma. 

Según explica, estos tiempos prolongados han llevado a muchos estudiantes a optar por alternativas como caminar, incluso en trayectos largos. Al referirse a la ruta A19A hacia el sector de La Babilla, señala que “se demora demasiado”, por lo que, en su experiencia, “uno prefiere caminar que esperar el MÍO porque al final es lo mismo”. 

Melanie también menciona que conoce casos de estudiantes que recorren distancias extensas a pie, como desde Cachipay hasta San Martín, un trayecto que puede tomar cerca de una hora caminando. Esta decisión no responde únicamente a una preferencia personal, sino a una percepción compartida de que el tiempo de espera no compensa el uso del sistema. 

A esta realidad se suma el testimonio de Gabriela Tovar, estudiante universitaria que ha reorganizado completamente su rutina de desplazamiento. “Normalmente me dirijo a la universidad caminando, y el trayecto me toma aproximadamente 26 minutos”, explica. Aunque podría utilizar el transporte público, considera que el proceso es más largo y poco práctico. 

“Si tomara el transporte público, primero tendría que caminar hasta la parada, luego esperar el bus, dirigirme a la estación y después trasladarme hasta la estación cercana a la universidad”, detalla. Para ella, ese encadenamiento de tiempos convierte el recorrido en una opción menos eficiente. “Todo ese proceso implica varios minutos adicionales que me ahorro caminando”. 

Gabriela concluye que, en términos prácticos, el sistema no representa una ventaja en su caso: “Para cuando llegara desde la estación hasta la entrada de la universidad y luego hasta el salón, probablemente ya habría llegado mucho antes si hubiera ido caminando”. 

En situaciones excepcionales, cuando se le hace tarde o surge algún imprevisto, opta por una alternativa distinta: “en algunas ocasiones excepcionales me dirijo en didi moto”, un trayecto que le toma “alrededor de 17 minutos en total”. 

Los testimonios evidencian una tendencia clara: cuando el transporte público no garantiza tiempos predecibles, caminar deja de ser una alternativa secundaria y se convierte, para muchos estudiantes, en la opción más eficiente y confiable. 

Bloqueos estudiantiles y desvíos: el efecto dominó en la operación 

Desde la mirada institucional en estación, Clarenas Sepúlveda, orientadora del sistema, reconoce que uno de los factores que más impacta la operación de los buses son los bloqueos, particularmente en el entorno de la Universidad del Valle. 

Cuando se presentan estas situaciones, las rutas deben modificar su recorrido o suspender temporalmente el servicio en ciertas estaciones, lo que genera represamientos y retrasos acumulados. “Se presenta la congestión y de ahí viene la molestia del usuario”, explica, al describir cómo la alteración en un punto específico termina afectando tiempos de llegada en distintos sectores de la ciudad. 

En esos momentos, su labor consiste en informar sobre los cambios operativos: “orientamos al usuario qué desvío va a haber, qué rutas van a seguir operando, cuáles se van a cancelar”. Los bloqueos no solo interrumpen el tránsito de los buses, sino que obligan a extender recorridos y alterar frecuencias, lo que incrementa los tiempos de espera en estaciones como Universidades generando acumulación de pasajeros en las estaciones. 

Clarenas subraya el límite de su función dentro del sistema: “nuestra función solo es informar”, ante emergencias médicas o situaciones críticas, el procedimiento es reportar y dar aviso a las autoridades correspondientes, mientras mantienen a los usuarios actualizados. 

Los testimonios recogidos en las estaciones del transporte público MIO permiten identificar un fenómeno estructural más amplio: los bloqueos en el entorno universitario alteran la operación regular del sistema, generan desvíos y retrasos acumulados, y estos a su vez, incrementan la congestión en plataformas y vehículos. La congestión prolongada no solo impacta los tiempos de llegada, sino que eleva los niveles de tensión entre usuarios, creando un ambiente propicio para conflictos, empujones y situaciones de riesgo.  

Paralelamente, la percepción de inseguridad alimentada por denuncias de hurtos y episodios violentos y la sensación de ineficiencia, reflejada en esperas de hasta una hora, terminan afectando la confianza en el servicio. Así, bloqueos, demoras, aglomeración y problemas de seguridad no aparecen como hechos aislados, sino como manifestaciones interconectadas de un sistema que enfrenta presiones operativas y sociales que trascienden la experiencia individual de cada usuario. 

  

El enfoque en la percepción de inseguridad es clave, ya que demuestra que no basta con reducir cifras delictivas; la confianza del usuario es igual de importante para evaluar el funcionamiento del sistema.

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La soledad del turno que nadie ve.

La soledad del turno que nadie ve

La crónica narra la rutina silenciosa de Víctor, un vigilante que enfrenta la noche desde la portería de una unidad residencial en Cali. Entre rondas, café y el eco del silencio, su historia refleja la soledad, el cansancio y la disciplina de quienes cuidan mientras los demás duermen, recordando el valor invisible del trabajo nocturno.

Por: Tatiana Ramírez Laines

Facultad de Humanidades y Artes

El reloj marca las 5:45 de la tarde cuando Víctor llega a la portería de una unidad residencial en el barrio Limonar, al sur de Cali. Todavía queda luz, pero la jornada ya empieza. Ajusta el cinturón, acomoda el radio y recibe el arma de dotación. “Siempre llego un poco antes, para no correr. Hay que revisar todo lo que uno recibe”, dice mientras firma la minuta y anota que todo está en buenas condiciones. Mientras firma la minuta, una residente pasa con su perro y lo saluda. “Don Víctor nunca falta, siempre está ahí”, dice doña Patricia, vecina de la casa 13. Él sonríe, acostumbrado a esas voces que lo acompañan al comienzo de cada turno.

Lleva ocho años en este trabajo. “Me acostumbré a la noche porque no había otra opción. En el día no hay casi puestos.” Sus jornadas son de doce horas seguidas, con un solo día de descanso a la semana. “A veces el cuerpo no distingue si es martes o domingo. Uno duerme cuando puede, no cuando quiere.” En esta portería pasará doce horas de turno, por un salario mensual cercano al mínimo, sin derecho a dormirse ni un minuto.

En Cali, miles de vigilantes cumplen turnos similares en conjuntos residenciales, empresas y colegios. Son quienes velan por la seguridad cuando la ciudad duerme. Su oficio mezcla disciplina, resistencia y observación, deben permanecer alerta ante cualquier ruido o movimiento, aunque la noche parezca tranquila.

“Lo más duro es cuando la familia está despierta y uno no”, cuenta. Vive con su esposa y su hija menor de 13 años que estudia en primaria. “Ella me dice que soy como un búho, porque cuando ella se levanta yo me acuesto y cuando se acuesta yo me levanto.”

En la caseta, el silencio empieza a instalarse y el cambio de luz anuncia el inicio de otra larga noche…

El compañero que entrega el turno le pasa también el bastón eléctrico y las llaves. Aunque tiene un arma asignada, solo puede usarla en casos extremos, cuando su vida o la de un residente esté en peligro. La empresa los capacita, pero les recuerda siempre que la prioridad es prevenir, no disparar. En la caseta, el silencio empieza a instalarse y el cambio de luz anuncia el inicio de otra larga noche. Afuera, en el parque, los niños juegan por última vez antes de que los llamen a cenar y adentro, el vigilante se prepara para cuidar la calma de los demás.

“Mi esposa me empacó la comida antes de venir- cuenta-. Hoy me mandó carne con arroz y ensalada. A veces le pone algo dulce porque dice que las noches son largas”. En el microondas calienta su plato y deja el termo con café al lado. Pues sabe que esa bebida será su mejor aliada.

“Una noche un gato se metió por debajo de la puerta y tumbó el termo. Yo pensé que era un ladrón, agarré el radio y la lintern y era el gato lamiendo el piso. Me reí solo, pero el susto fue terrible”

Cuando el reloj marca las seis en punto, la portería se convierte en su mundo. Empieza el movimiento: entran carros, se registran visitantes, saludan residentes. Cada ingreso queda anotado en el libro de control, como si las páginas fueran testigos de todo lo que pasa.

Con el paso de las horas, la unidad se apaga. Las luces de los apartamentos parpadean una a una, los televisores bajan el volumen y la calle queda vacía. Desde su silla, el vigilante observa cómo poco a poco la unidad va quedando en silencio.

De vez en cuando revisa las cámaras del circuito cerrado. “Uno aprende a conocer el lugar solo por los sonidos. Si algo suena distinto, algo pasa”, comenta sin apartar la vista del monitor. En las pantallas, los pasillos lucen tranquilos; solo se mueven los gatos que ya son parte de la rutina nocturna.

En la caseta, el silencio es tan grande que el ruido del radio suena como un recordatorio de que no está solo. “Para quemar tiempo, a veces miro una serie, pero con los audífonos bajito” aclara “Uno no puede distraerse mucho, pero también toca quemar tiempo, las noches son eternas”.

Cerca de las once, un residente recibe un domicilio y al pasar por la portería le dice: “Buenas noches, don Víctor”, Víctor le devuelve el saludo con una sonrisa, sabiendo que para él la noche apenas va por la mitad. “Ellos duermen, pero uno sigue despierto”, dice mientras anota la llegada del domiciliario en el libro de control.

Recuerda también una Navidad en la que le tocó el turno. “A las doce se escuchaban la pólvora, la gente abrazándose, música por todo lado. Yo estaba solo con mi termo de café. Esa noche sí sentí la soledad más fuerte y estuve muy nostálgico.”

A las once de la noche, la unidad queda completamente dormida. Es la hora en que el cuerpo empieza a pedir cama, pero el deber lo obliga a mantenerse despierto. Cada hora, la empresa exige un reporte por radio. “Todo bien, sin novedad”, responde siempre con voz firme.

Entre ronda y ronda, revisa los puntos de marcación. Son quince en total, distribuidos por toda la unidad. “Toca marcarlos cada cuarenta minutos. Es la forma de demostrar que uno sí está trabajando”, explica mientras enciende la linterna. El sonido de este interrumpe el silencio.

Camina por el parque, por los pasillos, por las casas, revisa los carros, los seguros, las rejas. El viento sopla fuerte y mueve las hojas de los arbustos. A veces, los gatos lo acompañan, corriendo de un lado a otro. Cuando regresa a la caseta, calienta otro café. “El tinto no puede faltar, dice sonriendo. Es el único que no lo abandona a uno.”

En las cámaras, todo parece tranquilo. Pero su mente no descansa “Hay noches en que no pasa nada y uno igual termina cansado.”

A eso de la una de la mañana, el sueño golpea más fuerte. Es la hora en que la ciudad parece suspendida De pronto, un ruido lo sobresalta. Se levanta de inmediato, toma la linterna y apunta hacia el sonido. Entre las sombras, algo se mueve rápido, cuando alumbra, descubre a un gato saltando sobre una caneca de basura. Suspira, medio riéndose, “Siempre hay sustos. A veces no es nada, pero uno no puede confiarse”.

Ya más tranquilo, entre las dos y tres de la mañana, se dispone a colocar los avisos de pico y placa en las puertas vehiculares, es parte de la rutina asegurarse de que todo quede listo antes del amanecer. Mientras los pega, vuelve a mirar alrededor, por si acaso.

Poco después llega el supervisor, el vehículo se detiene frente a la portería y pregunta por las novedades. “Todo en orden”, responde él, con la tranquilidad de quien sabe que todo salió bien.

A las cinco de la mañana, el cielo empieza a aclarar. “Cuando veo el amanecer, siento que al fin podré descansar”.

Prepara la minuta final, anota lo que pasó, lo que no pasó, deja todo listo para su compañero. Revisa por última vez las cámaras, guarda la linterna y acomoda el radio sobre la mesa.

Afuera, los primeros residentes salen apresurados, camino al trabajo. Algunos lo saludan con un gesto, otros pasan sin mirar. Finalmente, entrega la dotación, firma la salida y recoge su mochila.

Al salir de la caseta, el aire fresco de la mañana lo golpea suave. Camina hacia su moto, se coloca el casco y enciende el motor. “Yo cuido el sueño de los demás, pero el mío empieza cuando sale el sol”

Uno aprende a conocer el lugar solo por los sonidos. Si algo suena distinto, algo pasa”.

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El abrazo del oso: una Santiaguina en Berlín.

Un viaje de más de 24 horas, la mayoría de ellas en el aire. Tres escalas, la primera, Cali – Bogotá, hasta ahí nada grave; pero la segunda era la que más temor me despertaba, porque me habían dicho que demoraba cerca de once horas.

Berliner Dom, la catedral más grande de Berlín.

Bogotá – Frankfurt me abría la puerta a una de las mayores experiencias de vida como estudiante, tener la posibilidad de conocer otro país, otro continente, otra cultura de la que poco o nada sabía, además de la barrera del lenguaje, algo difícil pero no imposible de sortear, pues el inglés se ha convertido en el idioma universal para los alemanes. Todo salió bien y el tercer vuelo, Frankfurt – Berlín de solo una hora, fue la culminación del largo viaje.

Berlín me recibió en primavera, lo que suena muy bonito y hasta poético, pero en realidad no me imaginaba qué era estar en esa época del año, pocas veces vi el sol, la mayor parte del tiempo el pronóstico indicaba una temperatura entre 1 y 5 grados centígrados, acompañados a veces de viento y lluvia. Debía ponerme cinco capas de ropa para lograr adaptarme, algo impensable bajo nuestro maravilloso sol caleño.

Todo era impactante, al salir del aeropuerto tomé un bus articulado cuyo piso casi tocaba el andén, de tal manera que los viajeros podíamos subir la maleta sin mayor esfuerzo; además, sin sentirme como sardina enlatada y a punto de ebullición. Me llevó a una estación de tren con dirección a Rudow y de ahí hasta la Berliner Strasse, la calle donde estaba ubicado el hostal donde me hospedé durante los 28 días de mi pasantía.

Los paisajes, la gente, las calles, estatuas de osos por doquier, los enormes edificios que se alzaban imponentes, me obligaban a las comparaciones, pues a diferencia de los países de América Latina que crecen de manera horizontal, Alemania crece verticalmente, lo que le permite abrir calles amplias, repletas de árboles a lado y lado.

Celebración del día del trabajo en la puerta de Brandemburgo.

Algo que fue inevitable sentir a la llegada fue  la tranquilidad y seguridad que ofrece a propios y visitantes, Berlín te abraza y te ofrece esa sensación de no tener que preocuparte por un robo, la gente deja sus bicicletas sin candado en plena calle y nada les pasa, ni un rasguño.

Ni qué decir del sistema de transporte público, ya lo anhelaríamos en Cali, es tan efectivo que cuenta con subterráneo (Uban), tren de superficie (Sban), buses articulados de dos pisos, tranvía y taxis, la posibilidad de tener varias alternativas o rutas para llegar a un mismo sitio, además tiene ciclo rutas por toda la ciudad y senderos peatonales. Esta ciudad fue pensada para ser recorrida por todos, nada de trancones, cero huecos.

Berlín es un gigante que se levantó después de pasar por dos guerras mundiales y la división de un muro por 38 años entre orientales y occidentales. Cargado de memoria, cientos de monumentos cuentan en presente la magnitud del horror que dejó la guerra, el impacto de las masacres, el monumento a los judíos caídos, el cementerio Ruso, el memorial a los Soviéticos, la casa memorial de Wannsee, el campo de concentración Nazi Sachsenhausen, un kilómetro del muro que aún sigue en pie, por mencionar algunos. Con cada uno de ellos podría contar una historia que marca y eriza la piel.

Un mes entre libros, más de lo habitual.

Mi vida estuvo llena de libros por un mes, tal vez más que de costumbre; la idea era hacer una revisión bibliográfica en el Instituto Iberoamericano de Berlín, que cuenta con más de un millón de libros en español, de toda América Latina. Es una pequeña muestra de la información que alberga Alemania; justo al lado queda  el gran edificio de la Biblioteca Pública de Berlín que tiene no menos de doce millones de libros en todos los idiomas y acceso al conocimiento sin restricciones.

En el instituto se entrelazan varias culturas, tiempo compartido entre argentinos, uruguayos, mexicanos, peruanos, chilenos, colombianos, gente de todas partes desarrollando investigación sobre América Latina desde Europa.

Junto al docente José Fernelly Domínguez, tomando un buen café después de la jornada de trabajo.

Esta experiencia me ha permitido pensar en la investigación como una forma de producir pequeños cambios, especialmente desde el campo de la memoria social, esa que fue posible descubrir en un país que ha conocido la crueldad de la guerra, donde los alemanes de uno y otro bando han sido participes de la construcción de una nueva sociedad, esa que parece ser nuestra gran meta como colombianos y que ahora nos muestra una posibilidad con el proceso de paz.

Por: Érika Aristizábal 

  @1989earisti 

EL CUARTO PODER VS EL CIUDADANO MEDIÁTICO: EL CASO TRUMP

EL CUARTO PODER VS EL CIUDADANO MEDIÁTICO: EL CASO TRUMP

Autor: Pedro Pablo Aguilera

Facultad de Humanidades y Artes

Cuando cualquiera revisa el papel y el lugar de los medios de comunicación en la campaña electoral de los EEUU se encuentra ante un hecho: Todos o casi todos los grandes medios de comunicación de ese país y el mundo de prensa escrita, tv, radio y digitales están contra Donald Trump.

…Donald Trump ha superado la avalancha continua de críticas que por demás son ciertas, de la prensa liberal y demócrata de CNN, Buzzfeed, UNIVISION, The Huffington Post New York Times, CBS, Washington Post e incluso, las de FOXS News de reconocida influencia mediática que es de filiación republicana y conservadora.

¿Cómo luchar contra ese 4to Poder de los medios de su país y estar hoy a la par o encima de las intenciones de votos en las elecciones? ¿Es que realmente ese 4to poder es o ya dejó de serlo? ¿Es que Trump nos dejará al menos algo bueno en esta campaña al demostrar que los grandes medios no son tan grandes en su influencia y es el ciudadano mediático el que ha tomado el poder de la comunicación con todo lo que significa?

Al parecer es así, pues Donald Trump ha superado la avalancha continua de críticas que por demás son ciertas, de la prensa liberal y demócrata de CNN, Buzzfeed, UNIVISION, The Huffington Post New York Times, CBS, Washington Post e incluso, las de FOXS News de reconocida influencia mediática que es de filiación republicana y conservadora.

Si el 4to Poder, ese que hemos escuchado desde los 70´ hasta hoy con Chomsky, Ramonet y Castells fuera tan real, con su maquinaria cuasi perfecta, cuasi exacta e infernal de manipular. Donald Trump no fuera más que algo que es, un clown haciendo política; pero lo terrible es que es un clown antisistema dentro del sistema.

La comunicación política ha de repensarse tras estas elecciones atípicas en los EEUU, pero también tomando la experiencias de la política mundial por estos tiempos. Trump gane o pierda ha demostrado que se le puede ¨ganar a los grandes medios de comunicación¨ y que estos, ya no son ese poder que llena libros de apocalípticas miradas sobre los comunicadores, periodistas y los medios.

Trump ha sabido aprovechar la gran plataforma mediática que al margen de la política fuera construyendo desde su siempre postura polémica como empresario y lo que es más, como figura mediática por su relación con la empresa del entretenimiento (casinos y concursos de belleza y reality shows).

El anti candidato en la política norteamericana y mundial hoy, supo que tenía una clara visibilidad y como Pulitzer y Hearst comprendió que el escándalo, el amarillismo, el sensacionalismo mueve y atrae y que entre la verdad y la mentira, entre la veracidad y la credibilidad existen espacios en donde el ¨culpable puede llegar a ser víctima¨ y el ¨chico diferente¨ ser identificado como alguien como tú o igual que tú. Recordemos que el ´sueño americano¨ es eso, un sueño al alcance de todos.

Donald Trump ha actuado contra lo ¨políticamente correcto¨ en la tradición de los debates presidenciales que se iniciaran en 1960, justamente cuando la televisión pasara a ser un mediador central en la formación de la opinión pública norteamericana para quedarse definitivamente. Ha hecho del debate político una pelea de bar o cantina. No hay tema vedado o pudor. Todo vale y eso ha generado rating con un saldo sorpresivamente a favor del maltratador de mujeres, discapacitados, xenófobo y todo aquel que tenga un pensamiento liberal. Trump es un luchador sin reglas.

Es el antihéroe, el malo convertido en el Robín Hood de hoy. Mediáticamente cada crítica, cada escándalo ha sido una publicidad gratuita desde los grandes medios de comunicación para hacerlos de contradictores en sus aliados.

¿Entonces que de la calidad de esos mensajes, de esos insultos, de esos disparates? Trump ha roto protocolos, esquemas y modales en los medios. Su desfachatez, soltura, ausencia de maquillaje, su agresividad verbal, gestual e histriónica ha ganado a las grandes audiencias silenciosas por décadas, situados en ese sur que castañea por la pérdida de la Guerra Civil todavía, la masa de jornaleros, campesinos, pequeños propietarios o empleados de clase media-baja con un perfil educativo bajo, los marginales desempleados, desahuciados que no ven salida a la crisis en que los situó la administración Busch y hoy culpan al ¨nigger de Obama¨, en el centro y noreste del país, una gran masa de ciudadanos del rust belt, o llamado «cinturón del óxido» de su falta de futuro. Trump es su portavoz.

Con cada crítica a Trump, el alcanza visibilidad; y demuestra que es un gringo como muchos, con errores, defectos, común, que se quiere enfrentar a todos. La imagen que deja de Clinton es una mujer acartonada, justificativa ante sus errores, expresión de un continuismo y rodeada de muchos empezando por Obama. Comunicativamente esas comparaciones pesan y ganan espacios en aquellos que dicen ¨es mejor lo por conocer que lo ya conocido¨. Ser rebelde hay veces que paga y en las redes sociales eso funciona. Está funcionando.

Finalmente Trump con sus trinos aparece como la voz de los que no tienen voz impulsando a hablar a muchos. Sus disparates y capacidad de reconocer la incertidumbre de no tener plan, de que todo será sobre la marcha, es una estrategia de golpear a la clase analista a los ¨think tank¨ o gerentes de la política, la clase cool, distante de una realidad social en crisis. Es actuar diciendo que usted puede ser el. Es marcar que llevar la política hasta el nivel de los homelessness.

Hoy la comunicación gira desde y en las redes sociales; si usted no está en ellas, si usted no tiene impacto en ellas, no existe para bien o para mal. Las cifras afirman que Trump es el #1 hoy en todos los medios; tradicionales y digitales y desde agosto del 2015. Esto gracias en mucho al rebote que han generado los medios antitrump. 

Por ello, Trump aunque terriblemente rapaz y lejano de mi forma de pensar ha dejado algo claro: El 4to Poder ha muerto y la comunicación se ha reconocido más de todos. La objetividad es incierta, la verdad, las verdades también están bajo sospecha. La credibilidad depende de muchas cosas, al fin y al cabo, la comunicación es como la fe y no como la razón. Es una decisión personal de aceptar, reconocer y tomar lo que crees para decidir sobre lo que crees tu mundo.

Finalmente Trump con sus trinos aparece como la voz de los que no tienen voz impulsando a hablar a muchos.

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PERIODISMO PARTICULAR: NOCHES DE HUMO.

A Colombia hay que verla con una visión de país diferente, es por ello, que Olga Behar una periodista colombiana, sin límites al hablar de la justicia en Colombia, elaboró una  nueva edición del libro ‘Noches de Humo’, basado en la toma y retoma del Palacio de Justicia.


El periodista Antonio Morales explicó en su entrevista con Olga Behar que esta obra “tiene una estructura general muy bien construida entre el documento, la reflexión y la ficción de la puesta en escena de los acontecimientos, para darle al lector la capacidad de encarretarse con la lectura”. Una de las principales diferencias entre el libro reciente y la primera versión es que cuenta con en esta ocasión, se publica el epílogo, que fue suprimido de la edición original por temas de seguridad.

Noches de Humo es un libro de la periodista y docente Olga Behar. Su primera edición se publicó en el año 1988

La toma del Palacio de Justicia, también conocida como Operación Antonio Nariño por los Derechos del Hombre, fue un asalto perpetrado en Bogotá, Colombia, el miércoles 6 de noviembre de 1985 por un comando de guerrilleros del Movimiento 19 de abril (M-19) al Palacio de Justicia, ubicado en el costado norte de la plaza de Bolívar.

La escritora manifiesta que su edición está basada en el género de novela testimonial o novela de la realidad, donde se descubren, indagan y profundizan los temas de la cotidianidad, resaltando los hechos trágicos ocurridos en esa época. Olga cubrió al M-19, la guerra y la paz, desde el año 77 con fuentes relacionadas con el conflicto del momento, y desde allí pudo elaborar esa cronología histórica de manera natural. Su escrito, siendo una novela histórica, cuenta con un contexto real de los hechos para que la historia tenga verosimilitud, de este modo el escrito obtendría autenticidad permitiendo que la gente viaje hacia el pasado y pueda percibir cada detalle descubierto por quien lo cuenta.

Olga Behar, autora del libro, aseguró: “Yo renuncié a la objetividad en el año 84, cuando dije que quería hacer un periodismo de autora, quería que la gente, cuando prendiera el noticiero y viera que iba a salir yo, subieran el volumen y no que cambiaran de canal. Yo quería que la gente dijera: esta mujer tiene una forma de hacer periodismo particular”.

La periodista y politóloga es docente de la Universidad Santiago de Cali 

Este periodismo particular en varias ocasiones afecta la vida personal, la salud física y mental, debido a la confrontación dada al revelar estas historias que evitan ser contadas, lo que trae consigo un mar de amenazas y consecuencias, que a veces, el tiempo no puede remediar.

Valeria Echeverry, Vanessa moreno, Daniela Ortíz 

   @valeriaecheverry_21 – @vanessaMLO – @Daniela_OM10 

Docente usc

  @gorjeo