A ciegas

A ciegas

Autor: Natalya Daza Fernández.

Facultad de Humanidades y Artes

Palabras que dicen más que una mirada.

La Sala Borges, un espacio de inclusión y participación para los discapacitados de Cali.
Nace en 1999 con el fin de acoger desde la cultura, a la población con discapacidad visual en Cali. Hoy, es un sitio de encuentro donde las discapacidades quedan a un lado, para darle paso al desarrollo de potencialidades.

Pasar un rato a su lado, deja la sensación de estar con personas mucho más sensibles que cualquiera con sus cinco sentidos de frente. 

Es Jorge Luis Borges, el reconocido escritor argentino quien plasma la contradicción del destino al permitir que en él se aferrara el amor por la literatura y a la vez, una enfermedad congénita que apagaba sus ojos. Si bien es cierto, aunque en la vida se presentan circunstancias como barreras para lograr cumplir los sueños, en el trajín del centro de Cali, se encuentra un ejemplo de tenacidad ante estos casos.
En las instalaciones de la secretaria de Cultura, uno de los espacios más conocidos y admirado por todos, es la llamada “Sala Borges”, inspirada en la memoria del maestro Jorge Luis. Este sitio amplío y colorido, acoge diariamente a invitados especiales por su forma de ser, de hablar, de pensar, pero, sobre todo, por su forma de percibir el mundo. 

A partir de este proyecto, se planteó un concurso nacional de cuento y poesía, para incentivar a personas con discapacidades a presentar sus obras literarias. Hoy, en la XII versión del concurso, se presta el servicio de talleres temáticos para perfeccionar las obras de quienes decidan participar, así lo afirma la coordinadora de la sala, Luz Marina Gamboa. 

Yamileth Guzmán, es la encargada del Taller de escritura creativa, psicóloga con maestría en lingüística y español de la Universidad del Valle, describe la experiencia entusiasmada, porque además tiene la posibilidad de brindar sus conocimientos para las personas que, como ella, presentan discapacidad visual. 

En la sala, un lugar lleno de sonrisas, se encuentran cuatro hombres que reciben el taller: Jhon Jurado, Raúl Ramírez, José Jiménez y Alexander López; quienes convierten el sitio en un espacio de experiencias. 

Los primeros en hablar son José Jiménez y Jhon Jurado. Participan por primera vez en el concurso, coincidiendo en la motivación por el poder de la imaginación que han logrado desarrollar a partir de su condición de discapacidad. 

En Raúl Ramírez se puede identificar la pasión por la protección de sus derechos, pues confiesa que su vida no ha sido fácil. Tuvo que soportar a un docente universitario que intentaba limitarlo con palabras despectivas, sin embargo, cuenta cómo este hecho le sirvió de incentivo para lograr llegar hasta quinto semestre de derecho.  

Habla además de su participación en proyectos que podrían llegar a incluir de mejor manera a los discapacitados visuales. Raúl es quien está decidido a cambiar sus condiciones de vida: “Nosotros los ciegos no necesitamos intérpretes o alguien que nos lea lo que queremos. Si hablamos de igualdad, los demás deberían entender que nuestro sistema de lectura es el braille y que así deben presentarse las herramientas, pues esa es la manera en la que podemos vivir la experiencia de la lectura”. 

Por último, está Alexander López, o como sus compañeros lo llaman “el poeta”, quien ha encontrado en la sala Borges un lugar para demostrar sus dotes, pues ya fue ganador del concurso de cuento y poesía en el 2012. Este logro derribó muchas barreras que había creado a partir del miedo que le producía el noble acto de expresarse. 

Pasar un rato a su lado, deja la sensación de estar con personas mucho más sensibles que cualquiera con sus cinco sentidos de frente. Son personas con una manera de hablar distinta, conocen sin ver, hablan directo y de esa manera sientes que te miran a los ojos, porque hablan desde el alma. 

Termina la conversación y queda un pensamiento en la cabeza “qué inconformes estamos los que parecemos completos”, mientras José se levanta, sonríe y dice: “nos vemos luego”  

 …en la vida se presentan circunstancias como barreras para lograr cumplir los sueños.

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LA RUTA DE CAICEDO

LA RUTA DE CAICEDO

Autor: José Julián Mena Rivera.

Facultad de Humanidades y Artes

Guillermo Lemos fue la persona que leyó por primera vez, en voz alta, Que viva la música, en compañía de su autor Andrés Caicedo y cuatro paquetes de Piel Roja y una onza de marihuana y tres gramos de coca y una canasta de cerveza.

El mismo Guillermo que desde hace cuatro años vive con su madre, la cual nunca imaginó que fuera su travieso y a veces incontrolable hijo quien la acompañaría en el colofón de su trasegar en la vida y, al relatar sus historias con Andrés o sin él, te das cuenta de que tiene mucho por contar.

Fueron cinco años de amistad de Guillermo con Caicedo. Juntos recorrieron la Cali de los setenta. La misma Cali que inspiró las dos grandes obras del autor caleño; El atravesado y Que viva la música. 

Quien mejor que él, para nutrir de comentarios un recorrido cultural que nació de la iniciativa de dos grandes amantes de la obra caicediana; Guillermo Lemos y la licenciada Ángela Rosa Giraldo. La Ruta de Caicedo tiene en su haber tres recorridos realizados y acaba de ganar la Convocatoria Estímulos 2013, en Industrias Culturales de Cali, adscrita a la Secretaría de Cultura y turismo. 

“Yo tuve la suerte de compartir con Andrés Caicedo el momento creativo de sus obras. A mí me llegaron todos los datos de primera mano”, afirma Lemos. No está de más decir que fue a Guillermo quien dedicó El atravesado. 

Pero detrás del mesurado individuo, que sabe que lo cobija la sombra de uno más grande, se deja ver un hombre que no pretende ser “respetable, ni una vaca sagrada”, como él mismo dice, sino alguien que siempre será el hombre embluyinado, el eterno alumno. 

Andrés Caicedo decidió acabar la obra de su vida, el 4 de marzo de 1977, después de tomar 60 secobarbitales, cuando estaba en su apartamento, el 101 del Edificio Corkidi, en la Avenida Sexta. De la vida y de la muerte habló muchas veces con Guillermo Lemos; Caicedo le decía al respecto: “Yo quiero morir joven, porque la genialidad se termina, es perecedera; porque la madurez es la aceptación de las derrotas”. Y en contradicción con su amigo, Guillermo contestaba: “Yo quiero morir viejo, yo voy a vivir largos años, porque amo infinitamente la vida”. 

Tanto el uno como el otro, se salieron con la suya. Aunque, paradójicamente, durante muchos años para ‘Guillermito’, como cariñosamente lo llamaba Andrés, había una búsqueda, inconsciente, de la muerte, que nunca llegó. “Estaba metido siempre en cosas muy riesgosas, viviendo la vida de un drogadicto, casi de un desechable, y experimentando cada día el tema de la limpieza social. Dos veces me intentaron matar. Llegó un momento en que me insensibilicé”. 

Cuando ves Angelitos empantanados (que son los fragmentos editados por Luis Ospina de un video de Andrés Caicedo y Eduardo Carvajal, alias ‘La Rata’, en donde aparecen Clarisol Lemos, Guillermo Lemos, Carlos Tofiño y Fosforito te imaginas que el futuro de esas pequeñas criaturas sería incierto, acepción que no estaba tan lejos de la realidad. A pesar de que la obra era una improvisación teatral, más tarde se convertiría en el preludio de una vida de excesos para algunos de ellos. 

“Nosotros no vivíamos para la droga, no era visto como algo delincuencial pero en los ochenta viene el basuco y como lo dije en el documental El ángel del pantano (dirigido por Oscar Campo y lo repito: ‘El basuco no tiene amigos, es egoísta, te destruye; me había robado mi valía”. Se encaminó entonces a su propia autodestrucción. “Porque si yo era la mierda más grande, me voy a destruir”, pensaba. 

“Con el documental me volvió la autoestima. Sin llegar a la petulancia y al egocentrismo. Me di cuenta de que, si los demás contaban conmigo, por qué yo no. Tuve la oportunidad de hablar por muchos que no hablaron. Fue como una catarsis”, explicó, mientras encendía su segundo Pielroja. 

Cuando conoció a Andrés, estaba en compañía de su hermana Clarisol en la presentación de una pieza teatral (en el Auditorio 5 de la Universidad del Valle), escrita y dirigida por Caicedo, en el año de 1972, 

Posteriormente, el lugar de encuentro fue el Cine Club de Cali, “Andrés me dijo ‘Yo quiero escribir literatura para jóvenes, pero tengo que buscar los elementos, porque no quiero que mi literatura pierda el realce local, el que es en Cali’”. 

Lejos de la imagen que relata de sí mismo, de su pasado, encontramos a un hombre mayor, de pómulos pronunciados, sentado con la tranquilidad de aquel que no le debe nada a la vida, con la paz interior que le deja el “estar limpio” – así es como le llama al haber dejado las drogas hace 19 años- eso sí, pagando el precio de una salud disminuida que se refleja en su repetida tos. 

El mismo Guillermo que desde hace cuatro años vive con su madre, la cual nunca imaginó que fuera su travieso y a veces incontrolable hijo quien la acompañaría en el colofón de su trasegar en la vida y, al relatar sus historias con Andrés o sin él, te das cuenta de que tiene mucho por contar. 

Cualquier calle, cualquier rincón de la Sultana del Valle servían como rescoldo inspirador para el literato de la urbe. “Caicedo volvió la ciudad como algo lírico. Sus personajes siempre están en movimiento, recorriendo la ciudad”, la misma ciudad de Andrés, de Guillermo, la misma Cali tuya y mía, la misma que se recorre en La Ruta de Caicedo. 

 …“Yo tuve la suerte de compartir con Andrés Caicedo el momento creativo de sus obras. A mí me llegaron todos los datos de primera mano”.

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Un día en la vida de…. Un limpiador de vidrios, Una selva de cemento

Mientras las oportunidades escasean y la tasa de desempleo aumenta, la informalidad reina, el rebusque y las diferentes formas de sustento aparecen para que miles de caleños sobrevivan a la mala economía ya la deficienteadministración departamental que se ve reflejada en miles de historias.


Por Diego Samudio y Claudia Lasso

[email protected]

@Claudita193

Cuando los primeros rayos de sol aparecen y las calles caleñas comienzan a cobrar vida, el rebusque se hace presente y Cristian Grueso sale a su segundo hogar a buscar el pan de cada día. “En una ciudad donde hay tantos autos, tenía que haber alguien que se preocupara porque estuvieran limpios, porque sus espejos estuvieran transparentes, ese es mi propósito:limpiar y ganar dinero”, expresaCristian.

Para la mayoría de caleños que tienen sus automóviles, los trabajadores ambulantes a veces son molestos e incomodan por su forma de ganarse la vida. Sin embargo, la otra cara de la moneda nos muestra cómo a diario se disputa una lucha económica para muchos de los vendedores y limpiavidrios de la sucursal del cielo, una lucha en la que en muchas ocasiones puede haber riesgos, tales como despojo por parte de las autoridades y conflictos por disputa de territorio, entre otros muchos problemas.

”Yo nací en la calle, me crie en este ambiente, mi sustento es esta selva de cemento”, dice Cristian, que es uno de los caleños que piensa que su hogar es la calle, pues desde muy niño ha tenido que crecer trabajando y viendo cómo el mundo le brinda pocas oportunidades de salir adelante dignamente.

“Mi mamá siempre ha trabajado en la calle de vendedora ambulante y yo, como no tenía con quien quedarme en la casa porque mis otros dos hermanos también trabajaban, iba a trabajar con mamá, y un día vi que unos primos tenían un punto para limpiar vidrios de carros y como yo ya tenía 10 años, me tocaba ayudarle con los gastos a mi mamá, entonces desde los 10 años trabajo en esto, y ahora tengo 22 años”, expresa Cristian.

La calle es una selva de cemento y de fieras salvajes cómo no, canta Cristian al relatar su historia de vida. Para él es normal ganarse entre 12 y 18 mil pesos al día; también es normal dormir, comoél lo dice “en un apartamento de un día”, que le cuesta aproximadamente cinco mil pesos.
“Yo soy feliz con lo que tengo, Dios me ha dado la oportunidad de valerme por mí mismo, pues doy gracias que al menos tengo cómo sostenerme”.

La miseria y la poca ayuda de una sociedad indolente hacen que a diario se presenten historias como ésta, de las que en algunas ocasiones ni nos enteramos y en otras, conocemos muy poco. Pero las ganas de salir adelante y el trabajo duro, son una pequeña luz a la falta de oportunidades ya la alta tasa de desempleo que se vive en la cuidad.

Cita con el mundo real.

Martes de pan y agua de panela, día en que un grupo de voluntarios sale al centro de Cali a calmar el hambre de habitantes de los andenes y ‘ollas’ del sector.


Por Ana María Ramos y Lorena Vargas

@ana_0621 – @LoreenitaVargas

¿Hasta qué punto conocemos realmente a los habitantes de nuestra ciudad? No es fácil ver la realidad de quienes viven en las calles del centro de Cali, en condiciones infra humanas.
La fundación Samaritanos de la Calle´ nació en febrero de 1998. Es una entidad de la Arquidiócesis de Cali y está presidida por el Padre José González. Su función es resocializar, no solo rehabilitar a los habitantes de la calle, ya que no desintoxican el cuerpo, sino la mente y el alma.Todos los martes, los voluntarios de la Fundación hacen un recorrido para alimentar a quienes viven y transitan por las oscuras calles del centro de la ciudad.

UNA NOCHE CON LOS SAMARITANOS
El recorrido se inició después de una misa entretenida. Salimos con los voluntarios, en su mayoría de la tercera edad, que iban dispuestos a entregar el pan y el agua de panela a quienes, hacia las ocho de la noche, no tienen un solo bocado para sus estómagos ni los de sus familias.

En cuestión de segundos llegaron ansiosos por su alimento, muchas veces pidiendo más, “deme otra para llevar pa’ la casa”. Comían con desespero y conseguían botellas y bolsas para guardar más provisiones, seguramente para sus hijos y para aguantar hasta el martes siguiente.

Entre más cuadras pasábamos, el ambiente se tornaba más denso; el padre José González, director de la Fundación, intentaba amenizarlo con bromas y muestras de cariño hacia los habitantes de la calle.

“La Fundación Samaritanos de la Calle tiene varios servicios, entre ellos están: La escuela móvil, el ropero y el centro escucha”.

Las casas se veían vacías desde afuera y las personas permanecían sentadas en los andenes conversando y viendo pasar a los voluntarios; se podían ver las basuras, algunos acostados el suelo, los que se acercaban a pedir comida y los niños, que con tarro de Sacol en mano, interactuaban con el padre.

Llegamos a un sector aledaño al Palacio de Justicia. Frente a la fachada de la residencia El Fortín’ observamos que de su interior salían varios con la cabeza en Marte; esa es una de las tantas ‘ollas’ que comercializan y expenden las sustancias que hunden a muchos, que pueden ser taxistas, ejecutivos vestidos de saco y corbata, hasta personas que solo llevaban pantalones y costales.

Se veía mucha miseria, pero también la buena voluntad de quienes repartían amor además de comida. Es evidente que el trabajo de esta Fundación es desinteresado y beneficioso para la comunidad de las calles.

Los Samaritanos tienen un hogar de paso y varias casas en las que los habitantes de la calle reciben atención médica, alimentaria, psicológica, odontológica, hospedaje y también les brindan la posibilidad de bañarse, recibir educación y entretenerse en una sala de televisión.
Otras son las noches en las que cientos mendigos deben hurgar las basuras y mendigar para poder comer. Sus historias de vida quizás puedan enseñar a valorar la vida y lo que se tiene. Pero también son quienes inspiran a fundaciones como la de los Samaritanos, que cada martes se reúnen para ir a una cita con el mundo real.

ENTRE MANGONES Y ASESINOS EN SERIE

ENTRE MANGONES Y ASESINOS EN SERIE

Autor: Ana María Ramos Ospina.

Facultad de Humanidades y Artes

Leyendas de una Cali Joven

Década de los sesenta. Mientras Cali bailaba al naciente ritmo de la salsa, se fraguaba una leyenda aterradora en una ciudad recién llegada al progreso y a la urbanización.

Reconstruir estos hechos es una manera de recordar para no repetir y para revivir épocas emblemáticas de una Cali que pocos conocen, la Cali joven. 

A sus 477 años, Cali ha creado un sinfín de leyendas urbanas en las que se tejen historias de fenómenos sobrenaturales, algo común en una ciudad que primero fue pueblo, evolucionó con el paso del tiempo y fue dejando muchos sitios, monumentos, personajes e hitos que conservan la tradición oral y relatos como el que les quiero contar.
Las historias de Cali tienen un sabor pueblerino y sobrenatural que puede dejar perplejos a sus visitantes, pero en realidad no hay algo más aterrador que la de un asesino en serie, que como dice la leyenda del ‘Chupa cabras’, les sacaba la sangre a sus víctimas, siempre y cuando estas fueran niños. 

“Por allá en los años sesenta empezaron a aparecer en los sitios descubiertos, en los alrededores de la ciudad, niños de diferentes edades muertos y la leyenda decía que aparecían extremadamente pálidos, y se afirmaba que les habían extraído la sangre”, cuenta Phanor Luna, periodista de la época, en un especial de mitos y leyendas realizado por un periódico local. 

La leyenda contaba que había un sádico; después se dijo que era una banda que capturaba niños, hombrecitos que no superaban los quince o dieciséis años, y les sacaban la sangre para luego dejarlos tirados en los ‘mangones’, terrenos baldíos que para la época se encontraban en medio de casas y en zonas alejadas de la parte urbanizada; los niños aparecían en matorrales lejanos en condiciones deplorables. 

“En la década de los sesenta, el ‘Monstruo de los Mangones’ o la banda de sádicos, atemorizaron a los caleños, causando la desaparición de más de 30 varones; solo se reportó el asesinato de una niña en abril de 1966”. 

‘El Monstruo de los Mangones’, como fue bautizado el supuesto sádico por un periodista de la redacción del periódico El País, fue una leyenda que marcó a toda una generación de abuelos, tíos, padres y medios de comunicación, fue un fenómeno que transgredió una simple denuncia de desaparición.
Esta leyenda se usó como un ‘cuento’ que tenía una verdad que hasta el sol de hoy no se ha descubierto, para que los niños no salieran a la calle y menos en las noches. 

LAS DIVERSAS CARAS DE LA HISTORIA
Estaba en mi casa, navegando por las redes sociales y buscando información para nutrir esta historia y encontré un grupo en Facebook llamado “Fotos Antiguas Santiago de Cali”, en donde comparten fotografías e historias ancestrales. 

Revisando las publicaciones de este grupo tuve la curiosidad de preguntar si sabían algo del ‘Monstruo de los Mangones’, y debo decir que si las nuevas generaciones estuviésemos un poco más interesadas por nuestra ciudad y sus historias, seríamos un mar de tradición oral incomparable. 

El ‘Monstruo de los Mangones’ tiene muchos protagonistas y hay muchas versiones. “Era un adinerado de familia prestante que requería sangre para hacerse diálisis y mandaba a sus empleados a conseguirla con niños que abandonaban en los mangones de Cali”, expresó Roberto Valencia, integrante del grupo en Facebook.
Después de ver la información que daban los internautas y algunas de las producciones audiovisuales sobre este tema, como la película “Pura Sangre” del director de cine Luis Ospina, decidí irme para la Biblioteca Departamental a indagar en la prensa. 

Mientras pasaban las horas en la biblioteca pude detectar dos versiones, una muy famosa y utilizada en películas, como la de Ospina y otras proporcionadas por la prensa de la época, pues seguramente no les convenía creer en la primera.
Hice una indagación en dos periódicos locales, El Occidente y El País, y lo que encontré me trasladó a esa época y, al igual que a los que vivieron este fenómeno, sentí terror y gran impresión. 

“Cadáver de otro menor fue hallado en La Flora” y “Asesinado un niño a golpes de punzón”; titulares como estos fueron los que erizaron mi piel y alimentaron mis ganas de seguir en la búsqueda. Estas historias, publicadas en su mayoría en el mes de abril de 1966, contaban las torturas a las que eran sometidos los niños caleños de ese entonces, heridos con elementos corto punzantes. 

La prensa hablaba primero del ‘Monstruo de los Mangones’, pero tiempo después se conocieron nombres como Arturo Delgado Jaramillo y Luis Eduardo Caicedo, quienes eran presuntos sindicados de ser los autores intelectuales de los más de treinta asesinatos de menores que se presentaron. 

“En 2002, catorce niños fueron asesinados en la ciudad de Palmira, en condiciones aterradoras. Según la revista Semana los habitantes de esta ciudad recordaron al ‘Monstruo de los Mangones”. 

Esta historia tiene mucha tela para cortar, pero hay personas que creen que indagar y hablar de ellas es alimentar a más mentes sádicas para continuar este legado de terror. “Para qué recordar esas historias, eso es incitar a los degenerados”, afirma Katherine Díaz Vargas, integrante de un curso que se dictó en una casa -ahora llamada ‘Santa María de los Farallones’- que en realidad perteneció a Adolfo Aristizábal, el señor adinerado que supuestamente hacía capturar niños para extraerles la sangre.
Reconstruir estos hechos es una manera de recordar para no repetir y para revivir épocas emblemáticas de una Cali que pocos conocen, la Cali joven. 

A sus 477 años, Cali ha creado un sinfín de leyendas urbanas en las que se tejen historias de fenómenos sobrenaturales.

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Un día en la vida de Una mujer biónica que no se oxida

Aunque hoy en día, como ella dice, “me dedico a echar verbo” y a esperar la ciudadanía belga, Nidia Chicué de Nates fue la primer mujer en conducir un bus para transporte intermunicipal en el Valle del Cauca.


Por: Laura Núñez
[email protected]

En los años 80 aún no había mujeres manejando vehículos públicos y no hay datos que lo refuten, y las empresas no lo permitían por el machismo que se vivía. Además, al ver una mujer al volante, los ciudadanos no se montaban o desconfiaban.

Así pues, nerviosa al tomar la decisión, cogió una gorra, se quitó los aretes, se puso la ropa de uno de sus hijos y se bajó de los tacones, para poder montarse en su bus y manejarlo cuidadosa de que no se enteraran quién lo conducía.

Esta mujer cambambera cambió su camioneta por una volqueta y ésta por un bus; en principio iba a construir una casa-carro con el armazón de ese antiguo Chevrolet e irse de aventura con sus -hasta entonces- siete hijos hacia el Brasil, pero las autoridades no lo permitieron por falta de condiciones del vehículo. Así que “volví a llenar el aparato con los asientos y me puse a manejarlo, porque mi marido no daba resultado”, resaltó.

Para lograrlo, consiguió su pase de décima categoría, permitida por el nuevo Secretario de tránsito municipal de Yumbo al conocer su historia, pues hacia un tiempo el antecesor de éste se la había negado por menospreciar las capacidades de una mujer.

Dispuesta a combatir la desigualdad, a borrar estereotipos y tumbar prejuicios, decidió mostrar que era ella quien había conducido el bus durante un tiempo. Al precederla su buen trabajo, la aceptaron en el gremio, aunque la molestaban por ser mujer, por el antiguo bus, por la lentitud al manejar pues no tenía bien los frenos, “tanto así que paraba con el freno de emergencia o rozaba las llantas con los andenes; arreglé el problema con troques artilleros para mejorar -dijo Chicué y hasta me apodaron ´La Mujer Biónica´”.

“A mí no me llamaban Nidia, doña Nidia o la vieja Nidia, me decían La Biónica”, tal cual como en la serie The Bionic Woman. Ella ha escuchado que su apodo se extendió por diversos lugares y aún hoy algunos le dicen así. “Hace poco que vine de Bruselas, me subí a la buseta y me dijeron biónica, yo no sé quién”, dice entre risas.
Aún es muy activa, se monta en sillas a limpiar la nevera o las ventanas, echa pala en el jardín y otras actividades que tal vez la edad no dejaría. Pero ella las logra, hace sus quehaceres con la misma entrega de hace años y guarda con cariño sus triunfos pasados.

Hoy, a sus 82 años, esta amante a la música de Frank Sinatra y con un gran amor hacia sus ocho hijos y nietos a los que levantó con tanto esfuerzo, sueña con su casa en el campo y un amplio jardín, después de haber conocido Holanda, España, EEUU, Venezuela y más. Llena de logros y capacidades, la mujer biónica -pero también la mujer de carne y hueso- a pesar del tiempo y sus estragos no se oxida.