Señales del fin de los tiempos: entre la tierra que tiembla, la fe y la mente humana

Señales del fin de los tiempos: entre la tierra que tiembla, la fe y la mente humana

Por: Luisa María Flor Mestizo, Nicolás Arturo López Pérez y Santiago Murillo Achipis

Facultad de Humanidades y Artes

Por unos segundos, el mundo puede parecer acabado. Un terremoto puede dejar edificios en ruinas, pero también despertar una pregunta que atraviesa el miedo, la fe y la razón ¿es solo un fenómeno natural o puede ser interpretado como una señal del fin de los tiempos? 

¿Por qué ocurrió? ¿Qué significa? ¿Podría ser una señal de algo que está por venir? 

Un terremoto no solo mueve edificios. También puede cambiar la forma en que las personas entienden lo que está pasando. Cuando el suelo deja de ser estable, aparecen preguntas que van más allá de la emergencia. ¿Por qué ocurrió? ¿Qué significa? ¿Podría ser una señal de algo que está por venir? 

Para el psicólogo social Juan Valencia, buscar una explicación en medio de una catástrofe puede ser una manera de afrontar mentalmente lo ocurrido. “Esto es como una explicación, pues como un efecto placebo de decirse a sí mismo y encontrarles una explicación a las catástrofes o al por qué de lo que sucedió o de lo que puede suceder” explica. Para algunas personas, encontrar una respuesta, incluso desde lo místico o lo fatalista, puede ayudarles a darle sentido a una situación que resulta difícil de comprender. 

La relación entre los desastres naturales y las creencias religiosas tampoco tiene una sola interpretación. Para algunas personas, un terremoto puede despertar preguntas sobre las profecías bíblicas y el llamado fin de los tiempos. Sin embargo, dentro de las mismas comunidades religiosas existen diferentes maneras de entender estos acontecimientos. 

Alejandro Díaz, integrante de los Testigos de Jehová, sostiene que los terremotos aparecen mencionados en la Biblia, pero considera que no es correcto convertir cada movimiento sísmico en una señal específica de que el fin está próximo. Desde su perspectiva, utilizar un acontecimiento particular para intentar determinar cuándo llegará el fin puede llevar a especulaciones. “El fin del mundo no es la destrucción de la Tierra, sino el comienzo de un paraíso terrenal” afirma Díaz. 

Su recomendación ante el temor es evitar conclusiones apresuradas y acudir a la Biblia como fuente de orientación, en lugar de dejarse llevar por rumores. Esta postura permite entender que, incluso cuando un desastre despierta interpretaciones sobre el fin de los tiempos, la respuesta de una persona creyente no necesariamente está relacionada con el miedo, sino también con la búsqueda de orientación frente a aquello que no puede controlar. 

La pastora cristiana Ángela María Ovalle, de la Iglesia Cristiana Casa de Dios, Altar de Oración, también reconoce que la Biblia habla de terremotos y otros acontecimientos relacionados con los últimos tiempos. Sin embargo, considera que estos temas deben abordarse con responsabilidad y sin convertirlos en motivos de temor. “Nos llevan a la reflexión, pero no a vivir atemorizados” afirma. 

La diferencia también aparece cuando se habla de un posible castigo divino. Ovalle rechaza la idea de señalar automáticamente a quienes sufren una tragedia como personas castigadas por Dios. Prefiere hablar de una advertencia que invite a la reflexión espiritual y no de una condena. 

“No comparto la idea de señalar automáticamente a las personas que sufren un desastre, ni decir que están siendo castigados por Dios” sostiene la pastora. Para ella, esa interpretación no corresponde con la idea de un Dios basado en el amor, la misericordia y la gracia. 

Las palabras de los líderes religiosos coinciden en un punto: el terremoto puede despertar preguntas espirituales, pero no necesariamente ofrece una respuesta sobre el futuro. Esa incertidumbre, precisamente, es una de las razones por las que las personas buscan explicaciones después de vivir una experiencia extrema. 

La explicación religiosa tampoco significa necesariamente que todas las personas experimenten ansiedad frente a la idea del fin del mundo. El psicólogo Valencia señala que, en algunos casos, la interpretación espiritual puede incluso producir tranquilidad. Para ciertas personas, pensar que un acontecimiento tiene un significado divino puede convertirse en una manera de encontrar sentido y esperanza en medio de una tragedia. 

En el caso de Natalia Otero, licenciada en Lenguas Extranjeras de la Universidad Santiago de Cali, la experiencia tuvo precisamente ese efecto. Su fe no desapareció después del terremoto. Por el contrario, asegura que se fortaleció. “Nunca pensé en echarle la culpa a Dios” cuenta. 

Su reacción fue agradecer por haber sobrevivido y por tener una nueva oportunidad. El respaldo de familiares, amigos y personas cercanas también se convirtió en una parte importante de su recuperación. 

“De amor sí se vive”, afirma Natalia al recordar el acompañamiento que recibió después de la emergencia. 

Pero antes de poder hablar de recuperación, Natalia tuvo que enfrentarse al momento en que todo ocurrió. La experiencia de Natalia Otero muestra cómo esa sensación puede aparecer en cuestión de segundos. El día del terremoto se encontraba en su apartamento junto a su esposo, Daniel. El primer impulso fue salir. Mientras descendían por las escaleras, escuchó cómo el ascensor caía y sintió que la estructura del edificio comenzaba a ceder. Entonces, un ladrillo la golpeó. 

Por unos instantes, Natalia pensó que iba a morir. Su esposo logró sostenerla y ambos continuaron buscando una salida. Al día siguiente, el lugar que habían construido con esfuerzo ya no podía ser habitado. La pérdida de la vivienda significó mucho más que dejar un espacio físico, también era abandonar una parte de la vida que habían construido allí. “En cuestión de minutos uno puede pasar a ser una simple ceniza más” recuerda Natalia. 

Después del terremoto, también cambió su manera de mirar las cosas cotidianas. Las discusiones y los asuntos pendientes adquirieron otra dimensión. Para ella, la emergencia dejó una idea clara, la vida puede cambiar de un momento a otro y aquello que se deja de decir puede terminar pesando más que cualquier objeto perdido. 

La experiencia de Natalia ayuda a entender por qué, después de una tragedia, las preguntas sobre la vida, la muerte y el sentido de lo ocurrido pueden aparecer con tanta fuerza. Sin embargo, el miedo no termina cuando deja de moverse la tierra. También puede continuar a través de aquello que las personas escuchan, leen y comparten después de la emergencia. 

Pero el miedo no aparece únicamente cuando la tierra comienza a moverse. También puede crecer a través de los mensajes que circulan después de una tragedia. Valencia advierte que las cadenas falsas, los comunicados que aparentan ser oficiales y las interpretaciones alarmistas pueden aumentar la angustia de quienes ya se encuentran afectados. 

“Lo que tenemos que hacer es preservar la calma para así poder encontrar soluciones y pues no generar más caos” señala el psicólogo. En una situación de emergencia, la información puede ayudar a orientar a las personas, pero también puede aumentar el miedo cuando no tiene sustento. 

La necesidad de mantener la calma no significa ignorar lo ocurrido. Significa diferenciar entre una reacción provocada por el miedo y una respuesta que permita actuar. Mientras algunas personas buscaban respuestas desde la religión y otras intentaban comprender la situación desde la psicología, en las calles aparecía otra forma de enfrentar la emergencia: ayudarse entre desconocidos. 

Juan Velázquez, quien estuvo cerca de la zona afectada y participó de manera voluntaria en labores de ayuda, pese a no ser bombero ni contar con formación formal como rescatista, recuerda especialmente el caso de una mujer que quedó atrapada bajo una pared. Sin las herramientas necesarias para liberarla, tuvo que esperar junto a ella hasta que llegara el equipo especializado: “A pesar de que fue la primera vez que estuve en una situación así, no sabía qué hacer y me dejé llevar por mis instintos” 

Durante aproximadamente 40 minutos, Velázquez intentó mantenerla tranquila y hablarle mientras llegaba la ayuda. La situación, dice, permaneció en su memoria mucho después de que terminó la emergencia. 

Ese momento también muestra otra dimensión del miedo. Mientras una persona esperaba ser rescatada, otra intentaba acompañarla para evitar que enfrentara sola la incertidumbre. En medio de una situación en la que nadie tenía control sobre lo que estaba ocurriendo, la compañía se convirtió en una forma de resistencia frente al temor. 

Velázquez también recuerda cómo cambiaron las relaciones entre los vecinos. Personas que antes apenas se hablaban o incluso tenían conflictos terminaron ayudándose como si fueran una familia. 

La solidaridad aparece, así como otra respuesta frente a una situación que puede hacer sentir que todo está perdido. No responde a la pregunta sobre el fin del mundo, pero sí muestra qué ocurre cuando una comunidad enfrenta un momento límite. En ese contexto, las explicaciones sobre lo ocurrido pueden ser diferentes, pero la necesidad de actuar y proteger al otro termina siendo común. 

Para Ovalle, creer y buscar explicaciones espirituales no significa abandonar el conocimiento científico. La pastora reconoce el trabajo de quienes estudian las placas tectónicas, los fenómenos climáticos y las causas naturales de estos acontecimientos. También considera necesario atender las recomendaciones de las autoridades. 

La ciencia y la fe, desde su perspectiva, no tienen que convertirse necesariamente en caminos enfrentados. 

Esa mirada permite volver a la pregunta inicial. Si un terremoto puede explicarse desde las causas naturales, ¿por qué para algunas personas también despierta preguntas relacionadas con el fin de los tiempos? La respuesta parece estar menos en el fenómeno físico que en la manera en que cada persona intenta comprender aquello que amenaza sus certezas. 

En esa misma línea, Velázquez pone el énfasis en la preparación. El miedo, explica, es una reacción normal ante una emergencia, pero quedarse paralizado puede dificultar la respuesta. Tener un plan familiar, identificar puntos de encuentro y contar con una mochila de emergencia son medidas que pueden marcar una diferencia cuando ocurre un desastre. 

Así, la experiencia de quienes estuvieron allí también plantea una respuesta práctica frente a la incertidumbre. Más allá de interpretar el terremoto desde la fe, la ciencia o la psicología, existe una responsabilidad concreta: estar preparados para cuando vuelva a ocurrir una emergencia. 

Al final, el terremoto no responde por sí solo si el mundo está llegando a su fin. Lo que sí deja al descubierto es otra realidad, cuando las certezas se quiebran, las personas buscan explicaciones en distintos lugares. Algunas recurren a la ciencia, otras a la fe y otras necesitan comprender lo ocurrido desde la psicología. Muchas también encuentran una respuesta inmediata en las personas que tienen a su lado. 

La tierra puede dejar edificios destruidos, familias desplazadas y preguntas sin respuesta. Pero también puede mostrar la manera en que una comunidad enfrenta el miedo, buscando sentido, compartiendo información, ayudando al otro y tratando de reconstruir aquello que parecía perdido. 

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La ciencia y la fe, desde su perspectiva, no tienen que convertirse necesariamente en caminos enfrentados”.

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