Las consecuencias psicológicas después de un terremoto

Las consecuencias psicológicas después de un terremoto

El miedo, la ansiedad y las alteraciones del sueño pueden aparecer incluso semanas después de un desastre. Los expertos advierten sobre la importancia de reconocer estas señales y buscar ayuda profesional.

Por: Valeria Sánchez

Facultad de Humanidades y Artes

Cuando la tierra deja de moverse, la emergencia no necesariamente termina. Para quienes viven un terremoto, el peligro puede desaparecer físicamente, pero permanecer durante días, semanas o incluso años en forma de miedo, ansiedad, insomnio o recuerdos constantes.
Después de un desastre natural, las heridas no siempre son visibles. Mientras algunas personas deben enfrentar la pérdida de su vivienda, sus pertenencias, su negocio o parte de su rutina, otras deben afrontar las consecuencias emocionales de haber sentido que su vida estaba en peligro.
La psicóloga Pilar Mejía, del Hospital de Siloé, explica que entre las reacciones más frecuentes después de un terremoto están el miedo, la ansiedad, la hipervigilancia, la tristeza, la irritabilidad, las dificultades para concentrarse y las alteraciones del sueño. También pueden presentarse manifestaciones físicas como palpitaciones, tensión muscular y una sensación constante de sobresalto.
“Estas respuestas, suelen ser normales durante los primeros días. El cerebro está intentando adaptarse a una situación que percibió como una amenaza. Por eso, sentir miedo después de un terremoto no significa necesariamente que exista un trastorno psicológico”, señala Mejía.
Stephanie Moreno, psicóloga de la Red de Salud de Ladera, agrega que estas respuestas pueden incluir estados de shock, confusión y una sensación de funcionar “en automático”. También son frecuentes el llanto, los temblores, la taquicardia y la necesidad de hablar repetidamente sobre lo ocurrido. Según la especialista, estas manifestaciones hacen parte de las respuestas normales del cuerpo ante una situación de peligro.
Una de las particularidades de las experiencias traumáticas es que sus efectos no siempre aparecen inmediatamente. Durante la emergencia, el organismo puede entrar en un estado de supervivencia en el que la prioridad es protegerse, evacuar, encontrar a familiares o llegar a un lugar seguro.
Una vez desaparece el peligro inmediato, el cuerpo reduce la respuesta de emergencia y el cerebro comienza a procesar lo sucedido. Es entonces cuando pueden aparecer síntomas como ansiedad, llanto, recuerdos constantes, miedo o dificultades para dormir.
“Es una respuesta completamente esperable y no significa que la persona esté empeorando; significa que está elaborando la experiencia”, explica Mejía.
La psicóloga Moreno señala que, durante la emergencia, la adrenalina permite que la persona se concentre en protegerse y responder al peligro. Sin embargo, cuando la situación se estabiliza, el cerebro comienza a procesar lo sucedido con mayor profundidad. “Días o semanas después, cuando ya estás a salvo, el cerebro empieza a procesar lo que pasó. Ahí aparecen la ansiedad, pesadillas o el miedo”. Este procesamiento tardío puede hacer que algunas personas sientan malestar emocional incluso cuando la emergencia ya terminó.
Laura Rodríguez, psicóloga del ICBF de Yumbo, explica que algunas personas pueden sentirse tranquilas inmediatamente después del desastre porque están concentradas en resolver necesidades inmediatas, como salir del lugar, proteger a sus familiares, verificar daños o ayudar a otras personas. Por eso, que una persona inicialmente se muestre tranquila no significa necesariamente que la experiencia no la haya afectado.
El temor a que vuelva a ocurrir un terremoto también puede convertirse en una preocupación cotidiana. Un ruido fuerte, una vibración o un movimiento pueden ser suficientes para activar nuevamente la sensación de peligro, especialmente durante la noche, cuando disminuyen las distracciones y aumenta la percepción de vulnerabilidad.

“La verdad esta experiencia me cambió en todos los sentidos me ha afectado porque me tocó ver como mis papás, mis hermanos, mi hermana y yo, con mi pareja y un amigo sacábamos cosas de la casa sin ningún orden o sea sencillamente lo que más pudiéramos agarrar desesperados”…

Las pérdidas que no se pueden medir
El impacto de un terremoto tampoco se limita a los daños materiales. Perder una vivienda significa perder, además de un espacio físico, estabilidad, privacidad y una sensación de seguridad. Lo mismo ocurre con quienes pierden un negocio, sus pertenencias o la posibilidad de mantener la rutina que tenían antes del desastre.
“Es una sensación indescriptible no poder volver a casa, un espacio que habitamos por más de 10 años. Tantas historias y momentos que simplemente quedarán en la memoria. Ahora tengo mucha tristeza de no estar en mi espacio, pero al mismo tiempo siento un miedo gigante de volver ya que la experiencia fue traumática”, comentó Valentina Llanos una de las personas damnificadas por el terremoto.
Desde la psicología, estas situaciones pueden entenderse como múltiples pérdidas. La incertidumbre sobre el futuro puede generar ansiedad, tristeza, frustración e incluso culpa en quienes sobrevivieron mientras otras personas resultaron afectadas.
La psicóloga Laura Rodríguez explica que el impacto psicológico de un terremoto puede comenzar incluso después de que termina el movimiento de la tierra. Perder una vivienda, por ejemplo, no representa únicamente una pérdida económica, sino también la ausencia de un espacio asociado con recuerdos, seguridad, identidad familiar y proyectos construidos durante años. De igual manera, perder un negocio puede afectar la autonomía, la estabilidad económica y el proyecto de vida de una persona.
A estas pérdidas se suma las alteraciones de las rutinas cotidianas, que pueden generar incertidumbre, frustración e impotencia. Por ello, la recuperación emocional también depende de que las personas puedan reconstruir progresivamente condiciones básicas de seguridad, estabilidad y apoyo social.
La experiencia de Santiago Henao víctima del terremoto, muestra cómo la pérdida de una vivienda puede trascender el daño material. Sus padres vivían en uno de los edificios afectados y, después de la evacuación, la familia tuvo que sacar sus pertenencias de manera apresurada.
“La verdad esta experiencia me cambió en todos los sentidos me ha afectado porque me tocó ver como mis papás, mis hermanos, mi hermana y yo, con mi pareja y un amigo sacábamos cosas de la casa sin ningún orden o sea sencillamente lo que más pudiéramos agarrar desesperados”, recuerda.
Ahora la familia vive en la casa de sus abuelos. Aunque sus integrantes se encuentran bien, Henao asegura que permanece una sensación de incertidumbre por haber perdido el lugar donde creció. “Ya no hay como esa tranquilidad de saber que uno pues está la casa y eso sino, que estamos viviendo donde mis abuelos, y pues a pesar de qué mi familia está bien, siempre está como la zozobra de qué perdimos la casa y el lugar donde crecimos”.
Para la especialista Stephanie Moreno, perder una vivienda, un negocio o la rutina cotidiana representa un proceso de duelo que va más allá de los objetos materiales. Estas pérdidas pueden generar desarraigo, incertidumbre sobre el futuro, tristeza profunda y dificultades para tomar decisiones.
Por esta razón, la reconstrucción no debería entenderse únicamente como el levantamiento de edificios o viviendas. La recuperación emocional de las personas también forma parte del proceso.
Niños, adultos mayores y personas vulnerables
El impacto psicológico tampoco se manifiesta de la misma manera en todas las personas. Los niños, por ejemplo, pueden expresar el miedo mediante comportamientos que antes no: tenían querer dormir con sus padres, llorar con frecuencia, presentar pesadillas, sentir temor a separarse de sus cuidadores o experimentar cambios en el apetito y en el juego.
En los adolescentes pueden aparecer aislamiento, cambios de humor, problemas para dormir, pérdida de interés en actividades habituales o una preocupación excesiva por la seguridad de sus familiares.
También existe una mayor vulnerabilidad entre personas que ya tenían dificultades emocionales antes del desastre. Sin embargo, tener antecedentes de ansiedad o depresión no significa necesariamente que una persona vaya a desarrollar un trastorno después de vivir un terremoto.
Con los adultos mayores, según Andrés Pérez psicólogo de consulta externa de la IPS CardioPrevent el proceso es diferente, “Terapia cognitiva conductual enfocada a lo que son técnicas de reestructuración cognitiva y desensibilización sistemática, se recomienda tener una red de apoyo que gradualmente los ayude a salir y se busca brindarles algún tipo de objeto anclaje (algo que les ayude a sentir que están seguros en su aquí y su ahora), haga de cuenta una pelota antiestrés o en su defecto en casa tener un kit de primeros auxilios que le genere la seguridad de que pueda estar tranquila en cualquier situación de riesgo”.
Catalina Zambrano, estudiante de Psicología de la Universidad Santiago de Cali, señala que los adultos mayores pueden experimentar miedo, ansiedad, estrés, alteraciones del sueño y un estado constante de alerta después de un terremoto. Sin embargo, en ellos puede aparecer además una mayor sensación de vulnerabilidad, especialmente cuando el desastre implica la pérdida o destrucción de su hogar.
La psicóloga en formación explica que el acompañamiento debe adaptarse a las necesidades de cada persona y puede incluir estrategias de afrontamiento, fortalecimiento de las redes de apoyo y, cuando sea necesario, valoración de su estado cognitivo. La familia cumple un papel importante durante este proceso, especialmente cuando el adulto mayor debe enfrentarse a cambios en sus rutinas oa la pérdida de espacios que le proporcionan seguridad.
Laura Rodríguez, psicóloga del ICBF de Yumbo, explica “Que en los niños el impacto emocional no siempre se expresa verbalmente. Puede manifestarse mediante una mayor necesidad de permanecer cerca de sus padres, miedo a dormir solos, pesadillas, llanto frecuente, irritabilidad, temor a separarse de sus cuidadores o regresiones, como volver a conductas que ya habían superado. También pueden presentar dolores de cabeza o estómago, cambios en la alimentación, dificultades de concentración y juegos o dibujos relacionados repetidamente con el terremoto”.
En los adolescentes, las señales pueden incluir aislamiento, irritabilidad, alteraciones del sueño, preocupación excesiva, disminución del rendimiento académico o evitación de determinadas actividades. Frente a estas manifestaciones, el especialista recomienda que los adultos transmitan seguridad sin negar lo ocurrido. Validar el miedo y expresar acompañamiento puede ser más útil que pedirles simplemente que no tengan miedo.
Desde la perspectiva de Zambrano, el trabajo psicológico con los niños puede realizarse mediante el juego, los dibujos y otras actividades que les permiten expresar emociones que todavía no pueden explicar directamente con palabras. Además de identificar sus miedos, el objetivo es ayudarlos a recuperar progresivamente sus rutinas y la sensación de seguridad, mientras se orienta a los padres sobre las formas adecuadas de acompañarlos.
Con los adolescentes, Zambrano considera importante establecer espacios de conversación directa en los que puedan hablar sobre lo que vivieron, sus temores y los cambios que han experimentado después del terremoto. También pueden aprender estrategias para manejar la ansiedad y el estrés, siempre desde una escucha que no minimice sus emociones.
Se advierte que algunos adolescentes pueden afirmar que se encuentran bien mientras todavía procesan internamente lo ocurrido según la psicóloga en formación. Por esta razón, el acompañamiento no debería limitarse a preguntar si están bien, sino también observar posibles cambios en su comportamiento, sueño, relaciones y actividades cotidianas.
El apoyo familiar, las redes sociales, el acceso a atención psicológica y las estrategias de afrontamiento pueden convertirse en factores de protección importantes.
Las redes sociales: información y ansiedad
En una emergencia, las redes sociales pueden convertirse en una herramienta fundamental para conocer lo que está ocurriendo. Sin embargo, el consumo constante de imágenes, videos y testimonios relacionados con el desastre puede tener un efecto contrario y aumentar la ansiedad.
La exposición repetida a imágenes del terremoto puede mantener activo el sistema de alarma del cerebro y hacer que una persona reviva emocionalmente lo sucedido, incluso cuando ya se encuentra esencialmente fuera de peligro.
Por ello, la recomendación de los especialistas es mantenerse informado mediante fuentes confiables, limitar el tiempo dedicado a consumir noticias y evitar la exposición a este tipo de contenidos antes de dormir.
La exposición constante a videos, testimonios dramáticos y noticias relacionadas con el desastre puede mantener al cerebro en estado de alerta, como si el terremoto estuviera ocurriendo nuevamente, advierte la especialista Stephanie Moreno. Por ello, se recomienda establecer momentos específicos para informarse, consultar fuentes oficiales y evitar el consumo de este tipo de contenidos antes de dormir.
“Existe una diferencia entre mantenerse informado y permanecer conectado continuamente a contenido angustiante. La exposición repetida a videos de edificios moviéndose, personas afectadas, daños materiales, predicciones no verificadas o testimonios alarmantes puede aumentar la sensación de que el peligro continúa presente”, señala la psicóloga Laura Rodríguez.
Por ello, se recomienda consultar principalmente fuentes oficiales, establecer momentos específicos del día para informarse y evitar revisar constantemente el contenido relacionado con el terremoto, especialmente antes de dormir. También considera importante no compartir rumores o información sobre supuestos nuevos movimientos sísmicos sin verificar su procedencia.

Del trauma al crecimiento
Aunque un desastre puede dejar consecuencias psicológicas importantes, la experiencia traumática no necesariamente termina únicamente en sufrimiento.
Un estudio realizado por National Center for Biotechnology Information con víctimas del huracán Katrina, en Estados Unidos, encontró que cerca del 5 % de las personas evaluadas presentó una mejoría en su salud mental después de la experiencia. Algunas personas que antes del desastre presentaban altos niveles de angustia y estrés mostraron años después niveles considerablemente menores.
Este fenómeno es conocido como crecimiento postraumático.
Los científicos todavía no han podido explicar completamente por qué ocurre. Una de las posibilidades es que el desastre lleve a algunas personas a buscar por primera vez ayuda profesional, permitiendo no solo atender las consecuencias del trauma, sino también problemas emocionales que ya existían.
Otra explicación está relacionada con los cambios que una catástrofe puede provocar en la vida. La necesidad de reconstruir desde cero puede llevar a algunas personas a encontrar nuevas oportunidades laborales, educativas o afectivas.
El crecimiento postraumático también puede manifestarse en una percepción diferente de la propia vida: sentirse más fuerte, valorar más las relaciones personales, identificar nuevas oportunidades o desarrollar una mayor conexión espiritual.
Esto no significa que el trauma sea positivo ni que todas las víctimas deban encontrar algo bueno en lo ocurrido. Significa que algunas personas pueden desarrollar nuevas herramientas y perspectivas después de atravesar una experiencia extremadamente difícil.
Acontecimientos de esta magnitud también pueden contribuir a que la salud mental sea reconocida como una parte esencial de la recuperación. Las emergencias permiten visibilizar que sus consecuencias no son únicamente físicas o materiales, sino también emocionales considera la especialista Rodríguez. En ese contexto, buscar orientación psicológica no debe entenderse necesariamente como señal de una enfermedad mental, sino también como una medida preventiva para desarrollar herramientas de afrontamiento y fortalecer los recursos personales, familiares y comunitarios.

 

¿Cuándo pedir ayuda?
Sentirse triste, angustiado, ansioso o estresado después de un terremoto no debería generar culpa. Son respuestas humanas ante una situación extraordinaria.
Sin embargo, es importante identificar cuándo esas reacciones dejan de ser transitorias y comienzan a interferir significativamente con la vida cotidiana.
El insomnio intenso que permanece durante semanas, evitar salir de casa, experimentar ataques de pánico, revivir constantemente el terremoto, tener dificultades para trabajar o estudiar o sentir una profunda desesperanza son señales que requieren atención profesional.
La recomendación es no esperar a que el sufrimiento desaparezca por sí solo cuando empieza a limitar la vida diaria.
“Es importante ayuda profesional cuando, después de tres o cuatro semanas, los síntomas buscar no disminuyen o incluso aumentan. También se debe solicitar atención cuando el miedo impide retomar el trabajo, el estudio o las actividades cotidianas; aparecen ataques de pánico, insomnio persistente, recuerdos intrusivos o una pérdida marcada de la motivación”, explica Stephanie Moreno.
Laura Rodríguez señala que no se debe observar únicamente cuánto tiempo ha pasado desde el terremoto, sino también la intensidad de las reacciones y cuánto interfieren con la vida cotidiana. La persistente dificultad para dormir, las crisis de ansiedad frecuentes, la evitación de lugares o actividades, el aislamiento y el deterioro en el estudio o el trabajo son señales que requieren atención.
Según Zambrano psicóloga en formación, el miedo, la ansiedad y el estrés pueden ser respuestas esperables durante los primeros días o semanas. Sin embargo, se convierten en señales de alerta cuando empiezan a interferir con las actividades habituales, dificultan el sueño, llevan a la persona a evitar salir de casa o provocan una angustia que aumenta progresivamente. La aparición de pensamientos o conductas relacionadas con hacerse daño requiere atención profesional inmediata.
Recuperarse también es volver a vivir
Para la psicóloga Pilar Mejía “La recuperación emocional comienza con acciones sencillas pero importantes: reconocer las emociones, hablar con personas de confianza, recuperar progresivamente las rutinas, dormir adecuadamente, alimentarse bien y realizar actividad física”.
También es fundamental contar con una red de apoyo. Familiares, amigos y comunidad cumplen un papel esencial porque sentirse acompañado puede reducir la sensación de soledad y fortalecer la capacidad de afrontar la adversidad. La recuperación después de un desastre señala la especialista, no es solamente individual: también es un proceso colectivo.
Entre las primeras herramientas de intervención se encuentran los Primeros Auxilios Psicológicos (PAP), orientados a brindar apoyo inmediato después de una situación de emergencia. Zambrano, psicóloga en formación explica que este acompañamiento comienza escuchando a la persona, identificando cómo se siente y ayudándola a manejar sus emociones para recuperar progresivamente la sensación de seguridad.
Cuando el miedo persiste ante ruidos o vibraciones, la psicóloga Moreno recomienda validar las emociones y recordar que el estado de alerta puede ser una respuesta al peligro vivido. También sugiere técnicas de conexión con el presente, como el ejercicio de los sentidos 5-4-3-2-1, que consiste en identificar cinco cosas que se ven, cuatro que se pueden tocar, tres que se escuchan, dos que se huelen y una que se saborea. A esto se suma la respiración 4-6, que propone inhalar durante cuatro segundos y exhalar durante seis.
Moreno resalta lo importante que es retomar progresivamente el sueño, la alimentación, el movimiento ligero y las conversaciones con personas de confianza. Si el miedo comienza a impedir el funcionamiento cotidiano, se recomienda solicitar una consulta psicológica profesional.
Por otro lado, la psicóloga Laura Rodríguez recomienda practicar respiración lenta, identificar conscientemente el lugar donde se encuentra la persona y reconocer qué está ocurriendo en el momento presente. También sugiere mantener rutinas, descansar adecuadamente, realizar actividades agradables y reducir la exposición repetitiva a contenidos relacionados con el terremoto.
Rodríguez destaca que es fundamental contar con un plan familiar de emergencia y conocer las rutas seguras. Prepararse para una eventual situación de riesgo, explica, es diferente a vivir permanentemente esperando que ocurra otra emergencia.
Después de un terremoto, reconstruir una ciudad puede tomar meses o años. Reconstruir la sensación de seguridad de quienes la habitan también puede requerir tiempo.
Maicol Mosquera, voluntario rescatista cuenta que, retomar su vida después de varios días removiendo escombros en los puntos afectados de la ciudad fue complejo “Amo el deporte, pero no tenía ganas de hacer nada más que no fuera ayudar y seguir aportando desde mis posibilidades, aunque el agotamiento era inmenso, solo podía sacar fuerzas para ir a ayudar”.
Para Santiago Henao damnificado por el terremoto, el acompañamiento de las personas cercanas también se convirtió en uno de los principales recursos para afrontar la pérdida. Su pareja estuvo presente durante los momentos en que los recuerdos de su vivienda y de su perro que murió bajo los escombros provocaban tristeza, mientras que familiares y amigos lo acompañaron durante la evacuación y los días posteriores.
“Si he recibido ayuda emocional, sobre todo de mi pareja, de mi novia que ella es la que estaba ahí para escucharme para estar ahí mientras me dan como momentos en los que recuerdo a mi perrito al cual encontré debajo de los escombros sin vida, el apartamento y me coloco a llorar, ella es la que está ahí para ayudarme para recordarme que todo va a salir bien”, cuenta.
También recuerda especialmente la respuesta de un amigo que acudió inmediatamente cuando supo lo ocurrido y ayudó a sacar las pertenencias de la vivienda. Para Henao, esa experiencia le permitió reconocer la importancia del apoyo de quienes lo rodeaban.
“Realmente en la evacuación me di cuenta de la importancia de las amistades, porque yo llamé a un amigo y él apenas se dio cuenta lo que me ha pasado, él llegó y de una subió a ayudarme a bajar cosas y estuvo pendiente de mí, igualmente mi pareja y la familia de ella estaban súper pendientes, entonces me di cuenta como verdaderamente el cariño que me tenían”.
Desde su experiencia en el trabajo comunitario, Rodríguez destaca que “La recuperación después de un desastre no es únicamente individual. La familia puede contribuir al restablecimiento de las rutinas y ofrecer espacios de conversación, mientras que amigos y vecinos pueden convertirse en redes de apoyo fundamentales”. Escuchar, acompañar y evitar minimizar las emociones permite que las personas afectadas no tengan que afrontar solas las consecuencias de lo ocurrido.
Para Santiago Henao, permanecer unido a su familia y recibir el apoyo de su pareja ha sido fundamental para afrontar la incertidumbre después de la evacuación. La red cercana se convirtió en una forma de acompañamiento durante los momentos en que los recuerdos y las pérdidas volvieron a hacerse presentes.
Por eso, mirar únicamente las grietas de los edificios puede dejar fuera una parte fundamental de la emergencia: las grietas emocionales que no siempre se ven.
El desafío después de un desastre no consiste solamente en volver a levantar lo que se cayó, sino también en acompañar a quienes todavía están intentando recuperar la tranquilidad. Porque cuando la tierra deja de moverse, comienza otro proceso: aprender nuevamente a sentirse seguro.

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 La recuperación después de un desastre no es únicamente individual. La familia puede contribuir al restablecimiento de las rutinas y ofrecer espacios de conversación, mientras que amigos y vecinos pueden convertirse en redes de apoyo fundamentales”.

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Señales del fin de los tiempos: entre la tierra que tiembla, la fe y la mente humana

Señales del fin de los tiempos: entre la tierra que tiembla, la fe y la mente humana

Por: Luisa María Flor Mestizo, Nicolás Arturo López Pérez y Santiago Murillo Achipis

Facultad de Humanidades y Artes

Por unos segundos, el mundo puede parecer acabado. Un terremoto puede dejar edificios en ruinas, pero también despertar una pregunta que atraviesa el miedo, la fe y la razón ¿es solo un fenómeno natural o puede ser interpretado como una señal del fin de los tiempos? 

¿Por qué ocurrió? ¿Qué significa? ¿Podría ser una señal de algo que está por venir? 

Un terremoto no solo mueve edificios. También puede cambiar la forma en que las personas entienden lo que está pasando. Cuando el suelo deja de ser estable, aparecen preguntas que van más allá de la emergencia. ¿Por qué ocurrió? ¿Qué significa? ¿Podría ser una señal de algo que está por venir? 

Para el psicólogo social Juan Valencia, buscar una explicación en medio de una catástrofe puede ser una manera de afrontar mentalmente lo ocurrido. “Esto es como una explicación, pues como un efecto placebo de decirse a sí mismo y encontrarles una explicación a las catástrofes o al por qué de lo que sucedió o de lo que puede suceder” explica. Para algunas personas, encontrar una respuesta, incluso desde lo místico o lo fatalista, puede ayudarles a darle sentido a una situación que resulta difícil de comprender. 

La relación entre los desastres naturales y las creencias religiosas tampoco tiene una sola interpretación. Para algunas personas, un terremoto puede despertar preguntas sobre las profecías bíblicas y el llamado fin de los tiempos. Sin embargo, dentro de las mismas comunidades religiosas existen diferentes maneras de entender estos acontecimientos. 

Alejandro Díaz, integrante de los Testigos de Jehová, sostiene que los terremotos aparecen mencionados en la Biblia, pero considera que no es correcto convertir cada movimiento sísmico en una señal específica de que el fin está próximo. Desde su perspectiva, utilizar un acontecimiento particular para intentar determinar cuándo llegará el fin puede llevar a especulaciones. “El fin del mundo no es la destrucción de la Tierra, sino el comienzo de un paraíso terrenal” afirma Díaz. 

Su recomendación ante el temor es evitar conclusiones apresuradas y acudir a la Biblia como fuente de orientación, en lugar de dejarse llevar por rumores. Esta postura permite entender que, incluso cuando un desastre despierta interpretaciones sobre el fin de los tiempos, la respuesta de una persona creyente no necesariamente está relacionada con el miedo, sino también con la búsqueda de orientación frente a aquello que no puede controlar. 

La pastora cristiana Ángela María Ovalle, de la Iglesia Cristiana Casa de Dios, Altar de Oración, también reconoce que la Biblia habla de terremotos y otros acontecimientos relacionados con los últimos tiempos. Sin embargo, considera que estos temas deben abordarse con responsabilidad y sin convertirlos en motivos de temor. “Nos llevan a la reflexión, pero no a vivir atemorizados” afirma. 

La diferencia también aparece cuando se habla de un posible castigo divino. Ovalle rechaza la idea de señalar automáticamente a quienes sufren una tragedia como personas castigadas por Dios. Prefiere hablar de una advertencia que invite a la reflexión espiritual y no de una condena. 

“No comparto la idea de señalar automáticamente a las personas que sufren un desastre, ni decir que están siendo castigados por Dios” sostiene la pastora. Para ella, esa interpretación no corresponde con la idea de un Dios basado en el amor, la misericordia y la gracia. 

Las palabras de los líderes religiosos coinciden en un punto: el terremoto puede despertar preguntas espirituales, pero no necesariamente ofrece una respuesta sobre el futuro. Esa incertidumbre, precisamente, es una de las razones por las que las personas buscan explicaciones después de vivir una experiencia extrema. 

La explicación religiosa tampoco significa necesariamente que todas las personas experimenten ansiedad frente a la idea del fin del mundo. El psicólogo Valencia señala que, en algunos casos, la interpretación espiritual puede incluso producir tranquilidad. Para ciertas personas, pensar que un acontecimiento tiene un significado divino puede convertirse en una manera de encontrar sentido y esperanza en medio de una tragedia. 

En el caso de Natalia Otero, licenciada en Lenguas Extranjeras de la Universidad Santiago de Cali, la experiencia tuvo precisamente ese efecto. Su fe no desapareció después del terremoto. Por el contrario, asegura que se fortaleció. “Nunca pensé en echarle la culpa a Dios” cuenta. 

Su reacción fue agradecer por haber sobrevivido y por tener una nueva oportunidad. El respaldo de familiares, amigos y personas cercanas también se convirtió en una parte importante de su recuperación. 

“De amor sí se vive”, afirma Natalia al recordar el acompañamiento que recibió después de la emergencia. 

Pero antes de poder hablar de recuperación, Natalia tuvo que enfrentarse al momento en que todo ocurrió. La experiencia de Natalia Otero muestra cómo esa sensación puede aparecer en cuestión de segundos. El día del terremoto se encontraba en su apartamento junto a su esposo, Daniel. El primer impulso fue salir. Mientras descendían por las escaleras, escuchó cómo el ascensor caía y sintió que la estructura del edificio comenzaba a ceder. Entonces, un ladrillo la golpeó. 

Por unos instantes, Natalia pensó que iba a morir. Su esposo logró sostenerla y ambos continuaron buscando una salida. Al día siguiente, el lugar que habían construido con esfuerzo ya no podía ser habitado. La pérdida de la vivienda significó mucho más que dejar un espacio físico, también era abandonar una parte de la vida que habían construido allí. “En cuestión de minutos uno puede pasar a ser una simple ceniza más” recuerda Natalia. 

Después del terremoto, también cambió su manera de mirar las cosas cotidianas. Las discusiones y los asuntos pendientes adquirieron otra dimensión. Para ella, la emergencia dejó una idea clara, la vida puede cambiar de un momento a otro y aquello que se deja de decir puede terminar pesando más que cualquier objeto perdido. 

La experiencia de Natalia ayuda a entender por qué, después de una tragedia, las preguntas sobre la vida, la muerte y el sentido de lo ocurrido pueden aparecer con tanta fuerza. Sin embargo, el miedo no termina cuando deja de moverse la tierra. También puede continuar a través de aquello que las personas escuchan, leen y comparten después de la emergencia. 

Pero el miedo no aparece únicamente cuando la tierra comienza a moverse. También puede crecer a través de los mensajes que circulan después de una tragedia. Valencia advierte que las cadenas falsas, los comunicados que aparentan ser oficiales y las interpretaciones alarmistas pueden aumentar la angustia de quienes ya se encuentran afectados. 

“Lo que tenemos que hacer es preservar la calma para así poder encontrar soluciones y pues no generar más caos” señala el psicólogo. En una situación de emergencia, la información puede ayudar a orientar a las personas, pero también puede aumentar el miedo cuando no tiene sustento. 

La necesidad de mantener la calma no significa ignorar lo ocurrido. Significa diferenciar entre una reacción provocada por el miedo y una respuesta que permita actuar. Mientras algunas personas buscaban respuestas desde la religión y otras intentaban comprender la situación desde la psicología, en las calles aparecía otra forma de enfrentar la emergencia: ayudarse entre desconocidos. 

Juan Velázquez, quien estuvo cerca de la zona afectada y participó de manera voluntaria en labores de ayuda, pese a no ser bombero ni contar con formación formal como rescatista, recuerda especialmente el caso de una mujer que quedó atrapada bajo una pared. Sin las herramientas necesarias para liberarla, tuvo que esperar junto a ella hasta que llegara el equipo especializado: “A pesar de que fue la primera vez que estuve en una situación así, no sabía qué hacer y me dejé llevar por mis instintos” 

Durante aproximadamente 40 minutos, Velázquez intentó mantenerla tranquila y hablarle mientras llegaba la ayuda. La situación, dice, permaneció en su memoria mucho después de que terminó la emergencia. 

Ese momento también muestra otra dimensión del miedo. Mientras una persona esperaba ser rescatada, otra intentaba acompañarla para evitar que enfrentara sola la incertidumbre. En medio de una situación en la que nadie tenía control sobre lo que estaba ocurriendo, la compañía se convirtió en una forma de resistencia frente al temor. 

Velázquez también recuerda cómo cambiaron las relaciones entre los vecinos. Personas que antes apenas se hablaban o incluso tenían conflictos terminaron ayudándose como si fueran una familia. 

La solidaridad aparece, así como otra respuesta frente a una situación que puede hacer sentir que todo está perdido. No responde a la pregunta sobre el fin del mundo, pero sí muestra qué ocurre cuando una comunidad enfrenta un momento límite. En ese contexto, las explicaciones sobre lo ocurrido pueden ser diferentes, pero la necesidad de actuar y proteger al otro termina siendo común. 

Para Ovalle, creer y buscar explicaciones espirituales no significa abandonar el conocimiento científico. La pastora reconoce el trabajo de quienes estudian las placas tectónicas, los fenómenos climáticos y las causas naturales de estos acontecimientos. También considera necesario atender las recomendaciones de las autoridades. 

La ciencia y la fe, desde su perspectiva, no tienen que convertirse necesariamente en caminos enfrentados. 

Esa mirada permite volver a la pregunta inicial. Si un terremoto puede explicarse desde las causas naturales, ¿por qué para algunas personas también despierta preguntas relacionadas con el fin de los tiempos? La respuesta parece estar menos en el fenómeno físico que en la manera en que cada persona intenta comprender aquello que amenaza sus certezas. 

En esa misma línea, Velázquez pone el énfasis en la preparación. El miedo, explica, es una reacción normal ante una emergencia, pero quedarse paralizado puede dificultar la respuesta. Tener un plan familiar, identificar puntos de encuentro y contar con una mochila de emergencia son medidas que pueden marcar una diferencia cuando ocurre un desastre. 

Así, la experiencia de quienes estuvieron allí también plantea una respuesta práctica frente a la incertidumbre. Más allá de interpretar el terremoto desde la fe, la ciencia o la psicología, existe una responsabilidad concreta: estar preparados para cuando vuelva a ocurrir una emergencia. 

Al final, el terremoto no responde por sí solo si el mundo está llegando a su fin. Lo que sí deja al descubierto es otra realidad, cuando las certezas se quiebran, las personas buscan explicaciones en distintos lugares. Algunas recurren a la ciencia, otras a la fe y otras necesitan comprender lo ocurrido desde la psicología. Muchas también encuentran una respuesta inmediata en las personas que tienen a su lado. 

La tierra puede dejar edificios destruidos, familias desplazadas y preguntas sin respuesta. Pero también puede mostrar la manera en que una comunidad enfrenta el miedo, buscando sentido, compartiendo información, ayudando al otro y tratando de reconstruir aquello que parecía perdido. 

“

La ciencia y la fe, desde su perspectiva, no tienen que convertirse necesariamente en caminos enfrentados”.

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