Luis Fernando Lara Rodallega: la fuerza tranquila 

Una descarga eléctrica le arrebató ambas manos, pero no sus sueños. Luis Fernando Lara Rodallega transformó la adversidad en fuerza, convirtiéndose en paraatleta de alto rendimiento

Autoras: Laura Nicole Aparicio Escobar y María Camila Culma Beitia

Facultad de Humanidades y Artes

La vida de Luis Fernando Lara Rodallega cambió para siempre tras un accidente eléctrico que le provocó la amputación de ambas manos en 2017. Sin embargo, lejos de definirlo por la tragedia, su historia está marcada por la serenidad, la fe y la capacidad de reinventarse. De ser un joven apasionado por el fútbol en El Carmelo, Valle del Cauca, pasó a convertirse en paraatleta de alto rendimiento y representante de Colombia en los Juegos Paralímpicos de París 2024. Este perfil reconstruye el camino de resiliencia, disciplina y superación que lo llevó a transformar la adversidad en una fuente de inspiración para su comunidad y para el deporte colombiano. 

Luis Fernando Lara demuestra que la verdadera grandeza no está en evitar las caídas, sino en levantarse después de ellas.

Hay historias que parecen estar marcadas por un único acontecimiento. Historias que suelen resumirse en un antes y un después. En el caso de Luis Fernando Lara Rodallega, sería fácil decir que todo cambió el 10 de julio de 2017, cuando una descarga eléctrica de alta tensión le provocó la amputación de ambas manos y transformó el rumbo que imaginaba para su vida. Sin embargo, quienes han compartido su camino coinciden en que reducirlo a ese episodio sería desconocer quién es realmente.  

Antes del accidente existía un joven apasionado por el deporte, querido por su comunidad y profundamente unido a su familia. Después del accidente apareció un paraatleta de talla internacional que representó a Colombia en los Juegos Paralímpicos de París 2024. Pero entre ambas etapas hay algo que nunca cambió: la serenidad con la que ha enfrentado cada desafío. 

En El Carmelo, corregimiento de Candelaria, Valle del Cauca, muchos ni siquiera lo llaman por su nombre. Su madre, Ana Lilia Rodríguez Vargas, cuenta que cuando las personas la encuentran en la calle suelen preguntarle simplemente: “¿Cómo está el niño?”. Aunque Luis ya tiene 26 años, el apodo permanece como una muestra del cariño que la comunidad siente por él.  

Allí creció rodeado de familiares, amigos y vecinos que lo vieron correr por las calles del corregimiento, jugar en las canchas del pueblo y construir los sueños que, por entonces, parecían tener una única dirección. Su infancia transcurrió entre la casa de sus abuelas, la de su abuelo y los diferentes rincones de El Carmelo.  

Cuando recuerda aquellos años, Luis habla de una niñez feliz, llena de juegos y travesuras. Entre las anécdotas que conserva aparece una que todavía provoca risas en su familia. “Mi mamá me perseguía con un palo por toda una finca y yo salía corriendo”, cuenta divertido. Más allá de la anécdota, esos recuerdos revelan la cercanía de una familia que ha estado presente en cada etapa de su vida. 

Ana Lilia recuerda que desde pequeño fue un niño tranquilo y obediente. “Si tú lo ponías ahí sentadito, ese se quedaba allí sentadito”, afirma entre risas. No era un niño conflictivo ni impulsivo. Por el contrario, siempre se caracterizó por su calma. La misma percepción conserva Numandia Ortiz, una de sus profesoras durante la etapa escolar. Al describirlo, utiliza palabras que se repetirán una y otra vez a lo largo de las entrevistas realizadas para este perfil: tranquilo, sereno, respetuoso y tímido. 

“Participaba de la recocha solo con su risa”, recuerda la docente. Mientras otros estudiantes buscaban protagonismo o se involucraban en las bromas del salón, Luis prefería observar. Se sentaba en los últimos puestos, hablaba poco y mantenía un perfil discreto. “Era un niño muy dulce, muy suave y respetuoso”, agrega Ortiz. Académicamente no era el estudiante que sobresalía por sus calificaciones, pero tampoco generaba preocupaciones. Cumplía con sus responsabilidades y se mantenía al margen de los conflictos. 

Más allá de su familia, Luis Fernando creció rodeado de una comunidad que lo conocía por su sencillez. En El Carmelo, un corregimiento donde la mayoría de los vecinos se conocen por nombre y apellido, era común verlo recorrer las calles en bicicleta, jugar con sus amigos o pasar las tardes en las canchas del pueblo.  

 

Quienes compartieron con él durante esos años coinciden en que nunca fue una persona conflictiva ni amante de los protagonismos. Prefería mantenerse al margen de las discusiones y relacionarse desde la tranquilidad que todavía hoy lo caracteriza.  

 

Esa cercanía con la comunidad hizo que el accidente de 2017 se viviera como una tragedia colectiva. La noticia se propagó rápidamente por el corregimiento y generó preocupación entre quienes lo conocían. Muchas personas se acercaron a la familia para brindar apoyo, acompañarlos en las jornadas más difíciles y demostrarles que no estaban solos.  

 

Para Ana Lilia, ese respaldo fue fundamental en un momento en el que la incertidumbre parecía dominar cada día.  

 

“La gente nos acompañó mucho. Había personas que llegaban a preguntar cómo seguía Luis y a ofrecer cualquier ayuda que estuviera a su alcance”, recuerda. Aquellas muestras de solidaridad reforzaron el vínculo entre la familia y la comunidad que los había visto crecer. 

Aunque dentro del salón era reservado, había un tema capaz de despertar toda su atención: el fútbol. Para quienes lo conocieron durante la infancia y la adolescencia resulta imposible hablar de Luis sin mencionar un balón.  

Su madre recuerda que todas las conversaciones terminaban girando alrededor de ese deporte. “Todo era fútbol para él. Decía que cuando estuviera grande iba a ser futbolista”.  

Su padre, Miguel Lara Carvajal, coincide con esa descripción. “Desde pequeño era: ‘Papá, yo juego fútbol, yo juego fútbol’”, recuerda. La pasión por el fútbol era tan intensa que llegó a convertirse en un proyecto de vida. Luis entrenaba constantemente y soñaba con llegar al profesionalismo. Miguel hizo todo lo posible para apoyarlo en ese camino. Gracias a unos contactos consiguió que realizara pruebas deportivas con el club Orsomarso, una oportunidad que representaba un paso importante hacia la meta que ambos compartían.  

Luis jugó tres partidos frente a los entrenadores y demostró sus condiciones. Sin embargo, la respuesta final no fue la que esperaban.  

“Me llamaron aparte y me dijeron que era un gran jugador, pero que estaban buscando otro tipo de futbolista”, recuerda Miguel.  

Después de la prueba, padre e hijo se sentaron a comer unas empanadas. Allí tuvieron una conversación que hoy adquiere un significado especial. “Yo le dije que tal vez hasta ahí llegaba esa oportunidad y él me respondió: ‘Sí, papá. No luchemos más con esto’”. Para ambos parecía el final de un sueño. Lo que no sabían era que la vida todavía tenía preparado un cambio mucho más profundo. 

Antes del accidente, Luis había construido gran parte de su identidad alrededor del fútbol. Sus días giraban en torno a los entrenamientos, los partidos y la ilusión de convertirse en profesional. Por eso, cuando despertó en el hospital y comprendió la magnitud de lo ocurrido, una de las primeras cosas que pasó por su mente fue la imposibilidad de volver a jugar.  

 

La pérdida de sus manos representaba mucho más que una limitación física. También significaba la ruptura de un proyecto de vida que había construido desde la infancia. Sin embargo, quienes estuvieron cerca de él recuerdan que rara vez expresaba esa frustración frente a los demás. Prefería guardar silencio y concentrarse en el proceso de recuperación. 

 

“Era consciente de que había cosas que ya no podría hacer de la misma manera, pero nunca lo vimos quedarse lamentándose”, recuerda Patricia. Esa actitud llamó la atención incluso de los profesionales que lo acompañaron durante la rehabilitación. Mientras otros pacientes atravesaban largos periodos de negación o desesperanza, Luis parecía enfocado en descubrir qué podía hacer a partir de su nueva realidad. 

 

El 10 de julio de 2017 comenzó como un día especial para la familia Lara Rodallega. Era el cumpleaños de Ana Lilia. Nadie imaginaba que esa fecha quedaría grabada para siempre por una razón completamente distinta. Luis ayudaba a mover una reja metálica desde el segundo piso de una vivienda. Mientras la sostenía, la estructura hizo contacto con cables de alta tensión. La descarga eléctrica fue inmediata.  

Al recordar ese momento, Luis mantiene la misma serenidad que tantas personas destacan en él. Explica que la corriente lo mantuvo atrapado durante varios segundos hasta que el transformador explotó. Aquello, paradójicamente, terminó salvándole la vida.  

Primero fue trasladado al hospital de Candelaria y posteriormente remitido al Hospital Universitario del Valle, donde permaneció hospitalizado durante más de un mes. Durante ese tiempo los médicos intentaron salvar sus manos. Sin embargo, las lesiones eran demasiado graves. El 24 de julio se realizó la amputación de la mano izquierda. Días después llegó el turno de la derecha. Luis recuerda que esa segunda decisión fue tomada por él mismo. “Ya había visto el hueso y el músculo. Sabía que si la infección avanzaba podía ser peor”, explica. 

Lo que para muchas personas habría significado el derrumbe definitivo de cualquier proyecto de vida, para él se convirtió en el inicio de un proceso de reconstrucción. No fue fácil. Luis reconoce que hubo momentos de frustración. “Intentaba coger las cosas como si todavía tuviera mis manos”, recuerda.  

La adaptación implicó depender nuevamente de otras personas para actividades básicas y aprender una forma completamente distinta de relacionarse con el mundo.  

Las grandes victorias deportivas suelen ocupar los titulares, pero pocas veces se habla de las pequeñas conquistas que las hacen posibles. Para Luis, una de las etapas más complejas fue recuperar la independencia en actividades que antes realizaba automáticamente. Vestirse, comer, abrir una puerta o utilizar un teléfono se convirtieron en desafíos diarios. Cada tarea exigía tiempo, paciencia y creatividad. Muchas veces debía intentar varias alternativas antes de encontrar una forma de resolver algo aparentemente simple.  

El proceso estuvo acompañado por momentos de frustración. Había ocasiones en las que reaccionaba de manera instintiva e intentaba tomar un objeto como si todavía tuviera las manos. Cuando eso ocurría, la realidad volvía a golpearlo. Sin embargo, poco a poco fue desarrollando nuevas habilidades y estrategias para desenvolverse con autonomía. 

La recuperación no consistió únicamente en sanar heridas físicas. También implicó reconstruir la confianza en sí mismo y comprender que su valor como persona no dependía de una condición corporal. Esa comprensión sería determinante para todo lo que vendría después. 

Sin embargo, incluso en los momentos más difíciles, quienes estaban a su alrededor encontraron en él una fortaleza inesperada. Su madre recuerda que fue precisamente durante la recuperación cuando más orgullosa se sintió de su hijo. “Era él quien me decía: ‘No mamá, de esto vamos a salir’”. La situación parecía afectar más a la familia que al propio Luis. 

Esa misma impresión tuvo Patricia, entrenadora de para-atletismo, quien lo conoció apenas tres meses después del accidente. “Tenía una mentalidad muy fuerte. Yo le preguntaba por lo que había pasado y respondía con normalidad, como si hubiera aceptado que eso era parte de su vida”, afirma.  

Para ella resultaba sorprendente encontrar tanta serenidad en una persona que atravesaba un proceso tan complejo. Patricia llegó a la vida de Luis gracias a una recomendación del entonces concejal Andrés, quien le habló de un joven de El Carmelo que había sido futbolista y acababa de sufrir un grave accidente. Como entrenadora especializada en deporte adaptado, Patricia decidió conocerlo. Lo que encontró fue a un muchacho alto, con una actitud positiva y una enorme disposición para intentarlo nuevamente. “Muchos veían la discapacidad. Yo veía potencial”, asegura. 

Quince días después de conocerlo lo llevó a una competencia en Cali. Allí Luis descubrió el mundo del para-atletismo. Observó a otros deportistas con discapacidad compitiendo al máximo nivel y comprendió que todavía existían caminos por recorrer dentro del deporte. “Me di cuenta de que no solamente me gustaba el fútbol. Me gustaba el deporte”, recuerda. 

Ese descubrimiento marcó el comienzo de una nueva etapa. Los primeros entrenamientos estuvieron llenos de desafíos. Necesitaba ayuda para amarrarse los zapatos, para algunas actividades cotidianas e incluso para alimentarse. Patricia recuerda que sus compañeros de entrenamiento siempre estuvieron dispuestos a colaborar. “Tenía niñera para rato”, dice entre risas. Pero detrás de la broma se esconde una realidad importante: Luis encontró en el deporte una nueva familia. 

A medida que avanzaban los entrenamientos, también comenzaron a llegar los resultados. Patricia observaba cómo aquel joven que apenas meses atrás se recuperaba de un accidente desarrollaba habilidades para competir al más alto nivel. Su capacidad de adaptación sorprendía incluso a quienes tenían experiencia trabajando con deportistas en condición de discapacidad. 

En 2019 llegó uno de los primeros grandes hitos de su carrera: la convocatoria a la Selección Colombia para participar en un Mundial Juvenil en Suiza. Para Luis fue la confirmación de que podía aspirar a objetivos que parecían imposibles apenas unos años atrás. “Fue ahí cuando entendí que podía llegar lejos”, afirma.  

Los años siguientes estuvieron marcados por entrenamientos, competencias internacionales y un crecimiento constante dentro del para-atletismo. Patricia recuerda especialmente el momento en que consiguió la marca para asistir a su primer campeonato mundial. “La hizo entrenando en Candelaria, sin una pista adecuada y prácticamente solo con técnica. Eso demuestra que sí se pueden formar grandes deportistas”, asegura. 

Pero el punto más alto de su carrera llegaría con los Juegos Paralímpicos de París 2024. Allí compitió frente a los mejores atletas del planeta y consiguió un histórico cuarto lugar, además de romper dos veces su marca personal durante la competencia. Para cualquier deportista, alcanzar ese escenario representa la culminación de años de trabajo.  

Cuando se le pregunta qué significa representar a Colombia, su respuesta es breve y contundente: “Amor a la patria”.  

Cuando se habla de Luis Fernando Lara hay algo que se destaca: la fe. Para su familia, la recuperación física y emocional que experimentó después del accidente no puede entenderse sin la dimensión espiritual que ha acompañado su vida desde la infancia. Su madre recuerda que, incluso durante los días más difíciles en el hospital, Luis mantenía la confianza en que podría superar la situación. 

“Lo primero que hacía era darle gracias a Dios”, recuerda Ana Lilia. Para ella, esa actitud fue fundamental porque ayudó a mantener viva la esperanza cuando los diagnósticos médicos no siempre eran alentadores. Mientras la familia enfrentaba el miedo y la incertidumbre, Luis parecía concentrarse en aquello que todavía tenía y no únicamente en lo que había perdido. La fe también se convirtió en una herramienta para afrontar los cambios que llegaron después de las amputaciones. Adaptarse a una nueva realidad implicaba enfrentar desafíos diarios, aceptar ayuda de otras personas y reconstruir proyectos de vida que parecían haber desaparecido. En ese proceso, Luis encontró en sus creencias una fuente permanente de fortaleza. 

Quienes lo conocen aseguran que rara vez se le escucha preguntarse por qué ocurrió el accidente. En lugar de quedarse en esa pregunta, optó por enfocarse en lo que podía hacer a partir de esa experiencia. Esa manera de entender la vida le permitió asumir cada reto con una actitud positiva y evitar que las dificultades definieran completamente su identidad. 

 Con el paso de los años, esa misma convicción ha acompañado su carrera deportiva. Antes de cada competencia, durante los entrenamientos y en los momentos decisivos de su trayectoria, Luis ha mantenido la misma confianza que mostró durante su recuperación. Para su familia, esa fortaleza espiritual explica en gran medida la serenidad que tantas personas destacan cuando hablan de él. 

Más allá de los resultados, quienes lo conocen insisten en que los logros deportivos no explican completamente quién es Luis Fernando Lara. Su hermana María José lo describe como una persona valiente que ha demostrado una enorme fortaleza frente a las dificultades. “Luis nos ha enseñado mucha fuerza por todo lo que ha pasado”, afirma.  

Su padre destaca la humildad como uno de sus valores más importantes. “Siempre le enseñé que con la humildad se llega a todas partes”, dice. Su profesora recuerda la nobleza de aquel estudiante reservado que prefería observar antes que hablar. Patricia lo define como perseverante y soñador. Su madre resume todo en dos palabras: “fortaleza y fe”. 

Cuando es él quien debe definirse, elige tres características: resiliente, responsable y amoroso. Sin embargo, después de escuchar a quienes han compartido su vida, existe una cualidad que aparece con más frecuencia que cualquier otra: la serenidad.  

La serenidad del niño que observaba desde el último puesto del salón, la del joven que aceptó el final de su sueño futbolístico, la del paciente que enfrentó la amputación de ambas manos y la del atleta que hoy compite frente a los mejores del mundo.  

Por eso, la historia de Luis Fernando Lara no puede resumirse únicamente en el accidente que cambió su vida ni en las medallas que llegaron después. Su verdadera historia está en la forma en que decidió enfrentar cada etapa. Está en la capacidad de seguir adelante sin renunciar a quien siempre fue. Y está, sobre todo, en la frase con la que él mismo resume su recorrido: “Mi historia no se basa en lo que perdí sino de todo lo que aprendí para seguir adelante”. 

Sin proponérselo, Luis Fernando Lara se ha convertido en un referente para muchos jóvenes de El Carmelo y de otros municipios del Valle del Cauca. Su historia demuestra que las circunstancias más difíciles no necesariamente determinan el destino de una persona. Lo que marca la diferencia es la manera en que se enfrentan los obstáculos. 

Patricia asegura que muchos deportistas que llegan al deporte adaptado encuentran inspiración en el recorrido de Luis. No solamente por los resultados obtenidos, sino por la disciplina y la constancia que ha demostrado desde sus primeros entrenamientos. Su historia sirve como ejemplo de que el talento necesita estar acompañado por esfuerzo, compromiso y perseverancia. 

 En su comunidad, el reconocimiento también va más allá de los escenarios deportivos. Para muchos vecinos sigue siendo el mismo joven sencillo que creció recorriendo las calles del corregimiento y compartiendo con quienes lo rodeaban. La diferencia es que ahora su ejemplo trasciende las fronteras del pueblo y llega a personas que encuentran en él una muestra de superación. 

Luis, sin embargo, prefiere hablar poco sobre ese papel. Mantiene el perfil discreto que lo ha caracterizado desde niño y continúa concentrado en sus objetivos deportivos. Pero quienes observan su trayectoria coinciden en que su historia ya dejó una huella importante en quienes la conocen. 

“Mi historia no se basa en lo que perdí, sino en todo lo que aprendí para seguir adelante”.

Hoy, después de superar uno de los momentos más difíciles de su vida, Luis Fernando Lara es símbolo de resiliencia, fe y perseverancia.

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