Las pérdidas que no se pueden medir
El impacto de un terremoto tampoco se limita a los daños materiales. Perder una vivienda significa perder, además de un espacio físico, estabilidad, privacidad y una sensación de seguridad. Lo mismo ocurre con quienes pierden un negocio, sus pertenencias o la posibilidad de mantener la rutina que tenían antes del desastre.
“Es una sensación indescriptible no poder volver a casa, un espacio que habitamos por más de 10 años. Tantas historias y momentos que simplemente quedarán en la memoria. Ahora tengo mucha tristeza de no estar en mi espacio, pero al mismo tiempo siento un miedo gigante de volver ya que la experiencia fue traumática”, comentó Valentina Llanos una de las personas damnificadas por el terremoto.
Desde la psicología, estas situaciones pueden entenderse como múltiples pérdidas. La incertidumbre sobre el futuro puede generar ansiedad, tristeza, frustración e incluso culpa en quienes sobrevivieron mientras otras personas resultaron afectadas.
La psicóloga Laura Rodríguez explica que el impacto psicológico de un terremoto puede comenzar incluso después de que termina el movimiento de la tierra. Perder una vivienda, por ejemplo, no representa únicamente una pérdida económica, sino también la ausencia de un espacio asociado con recuerdos, seguridad, identidad familiar y proyectos construidos durante años. De igual manera, perder un negocio puede afectar la autonomía, la estabilidad económica y el proyecto de vida de una persona.
A estas pérdidas se suma las alteraciones de las rutinas cotidianas, que pueden generar incertidumbre, frustración e impotencia. Por ello, la recuperación emocional también depende de que las personas puedan reconstruir progresivamente condiciones básicas de seguridad, estabilidad y apoyo social.
La experiencia de Santiago Henao víctima del terremoto, muestra cómo la pérdida de una vivienda puede trascender el daño material. Sus padres vivían en uno de los edificios afectados y, después de la evacuación, la familia tuvo que sacar sus pertenencias de manera apresurada.
“La verdad esta experiencia me cambió en todos los sentidos me ha afectado porque me tocó ver como mis papás, mis hermanos, mi hermana y yo, con mi pareja y un amigo sacábamos cosas de la casa sin ningún orden o sea sencillamente lo que más pudiéramos agarrar desesperados”, recuerda.
Ahora la familia vive en la casa de sus abuelos. Aunque sus integrantes se encuentran bien, Henao asegura que permanece una sensación de incertidumbre por haber perdido el lugar donde creció. “Ya no hay como esa tranquilidad de saber que uno pues está la casa y eso sino, que estamos viviendo donde mis abuelos, y pues a pesar de qué mi familia está bien, siempre está como la zozobra de qué perdimos la casa y el lugar donde crecimos”.
Para la especialista Stephanie Moreno, perder una vivienda, un negocio o la rutina cotidiana representa un proceso de duelo que va más allá de los objetos materiales. Estas pérdidas pueden generar desarraigo, incertidumbre sobre el futuro, tristeza profunda y dificultades para tomar decisiones.
Por esta razón, la reconstrucción no debería entenderse únicamente como el levantamiento de edificios o viviendas. La recuperación emocional de las personas también forma parte del proceso.
Niños, adultos mayores y personas vulnerables
El impacto psicológico tampoco se manifiesta de la misma manera en todas las personas. Los niños, por ejemplo, pueden expresar el miedo mediante comportamientos que antes no: tenían querer dormir con sus padres, llorar con frecuencia, presentar pesadillas, sentir temor a separarse de sus cuidadores o experimentar cambios en el apetito y en el juego.
En los adolescentes pueden aparecer aislamiento, cambios de humor, problemas para dormir, pérdida de interés en actividades habituales o una preocupación excesiva por la seguridad de sus familiares.
También existe una mayor vulnerabilidad entre personas que ya tenían dificultades emocionales antes del desastre. Sin embargo, tener antecedentes de ansiedad o depresión no significa necesariamente que una persona vaya a desarrollar un trastorno después de vivir un terremoto.
Con los adultos mayores, según Andrés Pérez psicólogo de consulta externa de la IPS CardioPrevent el proceso es diferente, “Terapia cognitiva conductual enfocada a lo que son técnicas de reestructuración cognitiva y desensibilización sistemática, se recomienda tener una red de apoyo que gradualmente los ayude a salir y se busca brindarles algún tipo de objeto anclaje (algo que les ayude a sentir que están seguros en su aquí y su ahora), haga de cuenta una pelota antiestrés o en su defecto en casa tener un kit de primeros auxilios que le genere la seguridad de que pueda estar tranquila en cualquier situación de riesgo”.
Catalina Zambrano, estudiante de Psicología de la Universidad Santiago de Cali, señala que los adultos mayores pueden experimentar miedo, ansiedad, estrés, alteraciones del sueño y un estado constante de alerta después de un terremoto. Sin embargo, en ellos puede aparecer además una mayor sensación de vulnerabilidad, especialmente cuando el desastre implica la pérdida o destrucción de su hogar.
La psicóloga en formación explica que el acompañamiento debe adaptarse a las necesidades de cada persona y puede incluir estrategias de afrontamiento, fortalecimiento de las redes de apoyo y, cuando sea necesario, valoración de su estado cognitivo. La familia cumple un papel importante durante este proceso, especialmente cuando el adulto mayor debe enfrentarse a cambios en sus rutinas oa la pérdida de espacios que le proporcionan seguridad.
Laura Rodríguez, psicóloga del ICBF de Yumbo, explica “Que en los niños el impacto emocional no siempre se expresa verbalmente. Puede manifestarse mediante una mayor necesidad de permanecer cerca de sus padres, miedo a dormir solos, pesadillas, llanto frecuente, irritabilidad, temor a separarse de sus cuidadores o regresiones, como volver a conductas que ya habían superado. También pueden presentar dolores de cabeza o estómago, cambios en la alimentación, dificultades de concentración y juegos o dibujos relacionados repetidamente con el terremoto”.
En los adolescentes, las señales pueden incluir aislamiento, irritabilidad, alteraciones del sueño, preocupación excesiva, disminución del rendimiento académico o evitación de determinadas actividades. Frente a estas manifestaciones, el especialista recomienda que los adultos transmitan seguridad sin negar lo ocurrido. Validar el miedo y expresar acompañamiento puede ser más útil que pedirles simplemente que no tengan miedo.
Desde la perspectiva de Zambrano, el trabajo psicológico con los niños puede realizarse mediante el juego, los dibujos y otras actividades que les permiten expresar emociones que todavía no pueden explicar directamente con palabras. Además de identificar sus miedos, el objetivo es ayudarlos a recuperar progresivamente sus rutinas y la sensación de seguridad, mientras se orienta a los padres sobre las formas adecuadas de acompañarlos.
Con los adolescentes, Zambrano considera importante establecer espacios de conversación directa en los que puedan hablar sobre lo que vivieron, sus temores y los cambios que han experimentado después del terremoto. También pueden aprender estrategias para manejar la ansiedad y el estrés, siempre desde una escucha que no minimice sus emociones.
Se advierte que algunos adolescentes pueden afirmar que se encuentran bien mientras todavía procesan internamente lo ocurrido según la psicóloga en formación. Por esta razón, el acompañamiento no debería limitarse a preguntar si están bien, sino también observar posibles cambios en su comportamiento, sueño, relaciones y actividades cotidianas.
El apoyo familiar, las redes sociales, el acceso a atención psicológica y las estrategias de afrontamiento pueden convertirse en factores de protección importantes.
Las redes sociales: información y ansiedad
En una emergencia, las redes sociales pueden convertirse en una herramienta fundamental para conocer lo que está ocurriendo. Sin embargo, el consumo constante de imágenes, videos y testimonios relacionados con el desastre puede tener un efecto contrario y aumentar la ansiedad.
La exposición repetida a imágenes del terremoto puede mantener activo el sistema de alarma del cerebro y hacer que una persona reviva emocionalmente lo sucedido, incluso cuando ya se encuentra esencialmente fuera de peligro.
Por ello, la recomendación de los especialistas es mantenerse informado mediante fuentes confiables, limitar el tiempo dedicado a consumir noticias y evitar la exposición a este tipo de contenidos antes de dormir.
La exposición constante a videos, testimonios dramáticos y noticias relacionadas con el desastre puede mantener al cerebro en estado de alerta, como si el terremoto estuviera ocurriendo nuevamente, advierte la especialista Stephanie Moreno. Por ello, se recomienda establecer momentos específicos para informarse, consultar fuentes oficiales y evitar el consumo de este tipo de contenidos antes de dormir.
“Existe una diferencia entre mantenerse informado y permanecer conectado continuamente a contenido angustiante. La exposición repetida a videos de edificios moviéndose, personas afectadas, daños materiales, predicciones no verificadas o testimonios alarmantes puede aumentar la sensación de que el peligro continúa presente”, señala la psicóloga Laura Rodríguez.
Por ello, se recomienda consultar principalmente fuentes oficiales, establecer momentos específicos del día para informarse y evitar revisar constantemente el contenido relacionado con el terremoto, especialmente antes de dormir. También considera importante no compartir rumores o información sobre supuestos nuevos movimientos sísmicos sin verificar su procedencia.
Del trauma al crecimiento
Aunque un desastre puede dejar consecuencias psicológicas importantes, la experiencia traumática no necesariamente termina únicamente en sufrimiento.
Un estudio realizado por National Center for Biotechnology Information con víctimas del huracán Katrina, en Estados Unidos, encontró que cerca del 5 % de las personas evaluadas presentó una mejoría en su salud mental después de la experiencia. Algunas personas que antes del desastre presentaban altos niveles de angustia y estrés mostraron años después niveles considerablemente menores.
Este fenómeno es conocido como crecimiento postraumático.
Los científicos todavía no han podido explicar completamente por qué ocurre. Una de las posibilidades es que el desastre lleve a algunas personas a buscar por primera vez ayuda profesional, permitiendo no solo atender las consecuencias del trauma, sino también problemas emocionales que ya existían.
Otra explicación está relacionada con los cambios que una catástrofe puede provocar en la vida. La necesidad de reconstruir desde cero puede llevar a algunas personas a encontrar nuevas oportunidades laborales, educativas o afectivas.
El crecimiento postraumático también puede manifestarse en una percepción diferente de la propia vida: sentirse más fuerte, valorar más las relaciones personales, identificar nuevas oportunidades o desarrollar una mayor conexión espiritual.
Esto no significa que el trauma sea positivo ni que todas las víctimas deban encontrar algo bueno en lo ocurrido. Significa que algunas personas pueden desarrollar nuevas herramientas y perspectivas después de atravesar una experiencia extremadamente difícil.
Acontecimientos de esta magnitud también pueden contribuir a que la salud mental sea reconocida como una parte esencial de la recuperación. Las emergencias permiten visibilizar que sus consecuencias no son únicamente físicas o materiales, sino también emocionales considera la especialista Rodríguez. En ese contexto, buscar orientación psicológica no debe entenderse necesariamente como señal de una enfermedad mental, sino también como una medida preventiva para desarrollar herramientas de afrontamiento y fortalecer los recursos personales, familiares y comunitarios.