Porte legal de armas en Colombia: el decreto que reabrió el debate entre la defensa propia y el miedo ciudadano

Porte legal de armas en Colombia: el decreto que reabrió el debate entre la defensa propia y el miedo ciudadano

El presidente Abelardo De la Espriella firmó el Decreto 1368, que levanta la suspensión general del porte de armas vigente desde 2018. La medida no autoriza el porte libre, pero reactiva los permisos ya otorgados y reabre el debate entre el derecho a la defensa propia y el temor ciudadano.

 

Por: Joselyn Ceballos Castaño y Wendy Sofía Guatibonza Bastidas

Facultad de Humanidades y Artes

Colombia amaneció el 8 de septiembre de 2026 bajo una nueva etapa de su política de seguridad. Ese día, el presidente Abelardo De la Espriella firmó el Decreto 1368 de 2026, con el que se levanta la suspensión general que durante años limitó el porte de armas de fuego en todo el territorio nacional. La norma fue publicada en la edición 53.619 del Diario Oficial y entró en plena vigencia el 9 de septiembre.

“Durante años se restringió al ciudadano que cumple la ley mientras los criminales siguieron armándose ilegalmente hasta los dientes. Eso tiene que cambiar”, afirmó el mandatario al anunciar la medida en un video difundido en sus redes sociales.

El Gobierno respaldó la decisión con cifras operativas: entre el 1 de enero y el 3 de septiembre de 2026 la Fuerza Pública incautó 15.700 armas de fuego en el país, de las cuales 14.179 estaban vinculadas a la comisión de delitos. De ese total, 980 pertenecían a disidencias de las Farc, 551 al Clan del Golfo y 339 al ELN, incluyendo 380 fusiles y 65 morteros de 60 milímetros.

Sin embargo, la medida no pasó inadvertida: reabrió el debate sobre la seguridad ciudadana, la llamada justicia por mano propia y el papel del Estado frente al monopolio de las armas, en momentos en que el país atraviesa una ola de inseguridad urbana y rural.

Desde esta semana hemos recibido casi el doble de solicitudes de información sobre el curso obligatorio de manejo de armas…

El decreto deroga las restricciones vigentes desde 2018, prorrogadas sucesivamente hasta el 31 de diciembre de 2026, y pone fin a un modelo de suspensión que había comenzado en 2014, durante el gobierno de Juan Manuel Santos. Pero, como lo aclaró el propio Gobierno, la norma no constituye una autorización general para portar armas en la calle: el Estado conserva el monopolio sobre las armas, municiones de guerra y explosivos consagrados en la Constitución Política, y siguen vigentes todos los requisitos y controles del Decreto Ley 2535 de 1993.

Para entender cómo se prepara quien quiere portar un arma de manera legal, hay que empezar por el polígono, donde se forma y se evalúa a los futuros portadores.

Esteban Suárez, instructor del polígono y profesor de la academia Ecolvip, asegura que las consultas aumentaron notablemente tras la firma del decreto. “Desde esta semana hemos recibido casi el doble de solicitudes de información sobre el curso obligatorio de manejo de armas”, cuenta. Sin embargo, advierte que no todos llegan con el mismo nivel de responsabilidad: “Hay personas que vienen realmente convencidas de que necesitan el arma por seguridad, y capacitarse a fondo; pero también hay quienes lo ven como un trámite rápido para cumplir el requisito, y eso es justamente lo que más me preocupa como instructor”.

Lady Milena Vega, psicóloga encargada de aplicar los exámenes de aptitud psicofísica exigidos por la ley, explica en qué consiste esa evaluación: “Se valoran estabilidad emocional, control de impulsos, manejo de la ira, capacidad de juicio bajo presión y ausencia de rasgos que sugieren riesgo para sí mismo o para terceros”. Aun así, reconoce los límites del proceso: “Si alguien muestra impulsividad alta, consumo problemático de sustancias, antecedentes de violencia, ideación suicida u homicida, o inestabilidad emocional marcada, el permiso no se otorga, decreto o no decreto”.

Pero la capacitación es apenas una parte del proceso: del otro lado están quienes trabajan con estos permisos y los ven desde el negocio y desde la calle.

Wilson Bastidas Garzón, representante legal de Seguridad Servigpoder Ltda., expresa que fueron años de preocupación: “Con el gobierno de Petro tuvimos años difíciles, la suspensión del porte de armas nos cerró la puerta a ofrecer el servicio a los clientes que lo pedían, perdimos contratos y puestos porque simplemente no podíamos tramitar los permisos. Eso tocó directamente el negocio.”, pero indica con alivio “Con el decreto del presidente De la Espriella eso cambió, volvimos a tramitar con el Departamento Control Comercio de Armas, Municiones y Explosivos (DCCAE) y hoy podemos ofrecer el servicio completo otra vez”.

José Castro, Escolta de Seguridad Servigpoder Ltda., con más de quince años de experiencia, mira la norma desde su oficio. “Nosotros pasamos meses de entrenamiento en manejo de estrés, tiro y protocolos de reacción. Un civil que apenas aprueba un curso básico no tiene esa misma preparación para reaccionar en una situación real”, explica. Su preocupación central es la confusión entre estar armado y estar preparado: “La ley permite portar el arma, pero no le enseña a nadie a decidir en una fracción de segundo si debe o no usarla. Ese vacío es el que más me inquieta”.

Y una vez el permiso queda en manos del ciudadano, quien debe verificarlo y hacerlo cumplir en la calle es la Policía.

Desde la Policía Nacional, el Intendente Gustavo Flórez reconoce que el decreto añade un reto operativo. “Nuestra labor operativa pasa de la prohibición absoluta a una validación técnica rigurosa. Al ya no existir una autorización especial, las patrullas y los cuadrantes enfocarán sus esfuerzos en verificar minuciosamente, que el permiso individual ordinario esté completamente vigente y sin restricciones. Asimismo, seremos inflexibles en la fiscalización de las armas con permisos exclusivos de tenencia y no sean movilizadas ilegalmente en espacios públicos”, explica.

Flórez admite que existe una alerta preventiva bajo tres preocupaciones principales que puede transmitir la medida: “La primera preocupación es que hay un mayor riesgo en el procedimiento de rutina, ya que las patrullas o los uniformados se enfrentarán a escenarios de mayor peligro potencial al interactuar con civiles armados. La segunda es el escalamiento de la violencia: la intolerancia social, las riñas o accidentes de tránsito pueden pasar de ser un incidente menor a algo fatal. Y la tercera es el riesgo del hurto: se eleva una probabilidad de que la delincuencia común trate de hacer daño de elementos desviando sus armas hacia un mercado negro Igualmente, la Policía Nacional pretende garantizar la vida y los bienes de los cuales siguen siendo nuestra máxima prioridad”, manifestó.

Estas preocupaciones operativas dependen de lo que la norma realmente permite, y es en ese punto donde entra la mirada jurídica.

El abogado penal Mauricio Mosquera aclaró que “La medida del presidente Abelardo De la Espriella no significa que el Estado comience a repartir a todos los ciudadanos nuevos permisos de porte de armas”. Según explicó, lo que hace el decreto es levantar la suspensión que regía desde 2015, de modo que quienes ya tenían una autorización vigente antes de esa fecha pueden recuperarla, siempre dentro de las condiciones que establece la normativa.

“El monopolio continúa siendo del Estado”, sostuvo Mosquera, al explicar que la posibilidad de portar un arma bajo un permiso no modifica la facultad de regular y controlar estos elementos.

Finalmente, más allá de los permisos, los controles y las normas, están quienes viven la seguridad todos los días: los ciudadanos.

Martha Teresa Villalobos, de 66 años y residente del norte de Cali, ve la medida con más calma que preocupación. “Yo entiendo que la gente quiera protegerse, uno ha visto tanta inseguridad en todas partes que no me parece mal que quien cumpla los requisitos pueda tener su arma legal”, comenta. Para ella lo más importante es que el proceso siga siendo estricto: “Mientras el Estado siga exigiendo lo que tiene que exigir, no le veo problema. Al final, quien la tramita legal no es el que anda haciendo el daño en la calle”.

Una visión distinta tiene Juan Manuel Alcaraz, de 27 años. “Es una decisión de difícil manejo ya que vivimos en un país en el que se van a querer romper las reglas para poder adquirir este producto”, afirma. Confesó que la medida lo deja bastante intranquilo: “Me preocupa porque entre la gente mala, ya esas personas que compraban armas de fogueo para intimidar ya no van a ser de fogueo, van a ser de verdad y nos van a poder amedrentar y la excusa seguramente será que fue por ‘defensa’”.

 

Entre las cifras del Gobierno, los requisitos legales que siguen intactos y las voces de quienes tendrán que convivir con esta nueva realidad, el Decreto 1368 deja una certeza y una incógnita. La certeza es que el porte legal de armas volvió a ser posible para quienes ya tenían su permiso vigente. La incógnita es si esa posibilidad, sumada al mercado ilegal que sigue circulando en el país, termina fortaleciendo la defensa de los ciudadanos que cumplen la ley o simplemente reparte el riesgo entre más manos.

La respuesta, como suele ocurrir con las decisiones que tocan la seguridad y la vida cotidiana, no la tienen solo los expertos ni el Gobierno: también la construyen día a día en la calle, en el trabajo y en la casa quienes de un lado u otro sienten los efectos de esta medida.

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Mientras el Estado siga exigiendo lo que tiene que exigir, no le veo problema. Al final, quien la tramita legal no es el que anda haciendo el daño en la calle”.

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Bajo el suelo de Cali: las huellas del Cañaveralejo tras el terremoto

Bajo el suelo de Cali: las huellas del Cañaveralejo tras el terremoto

El terremoto del 10 de agosto dejó graves daños en Cuarto de Legua y abrió una pregunta sobre el territorio: ¿pudo el antiguo recorrido del río Cañaveralejo influir en la respuesta del suelo y las edificaciones?

Por: David Guillermo Betancourt Obando y Evelin Eliana Ayala Trujillo

Facultad de Humanidades y Artes

En Cuarto de Legua, el miedo todavía permanece. Aunque el suelo dejó de moverse, hay edificios cerrados, familias que no han podido regresar a sus viviendas, estructuras en demolición y otras esperando para serlo. Para quienes estuvieron allí, el terremoto del 10 de agosto no terminó cuando cesó el movimiento.

Carmen lo recuerda desde el interior de un ascensor: subía hacia el noveno piso del edificio Atalanta, donde funciona la oficina de abogados en la que trabaja, cuando comenzó a sentir el balanceo. Al llegar al noveno piso, el ascensor se detuvo, pero las puertas no se abrieron. “Yo me llené de muchísimo miedo, de pánico, pensar que me iba a quedar ahí atrapada o que el ascensor se iba a desplomar”, recuerda. Fueron segundos que para ella parecieron interminables: “Me pareció una eternidad, la verdad. No sé cuánto tiempo estuve allí sin que la puerta abriera, pero fue horrible, fueron unos segundos muy, muy traumáticos para mí”.

Cuando finalmente pudo salir, el edificio todavía se movía. Las paredes comenzaron a desprenderse y caer, mientras el agua salía de algunas oficinas y apartamentos. Carmen empezó a gritar y, junto con su compañera María Isabel, terminó bajando por las escaleras entre los escombros. Afuera, desde el Parador de la Quinta, pudo observar parte de la destrucción. Lo vivido, sin embargo, continuó después de abandonar el lugar. “Después de este terremoto, después de esto que yo viví, la verdad, yo he quedado como con susto”, cuenta. “La verdad, el susto como tal a mí no me ha pasado vivo, a veces como con sobresaltos”.

En otros puntos del sector, el terremoto significó perder una vivienda, esperar una demolición o enfrentarse a la incertidumbre de no saber cuándo será posible regresar. Estefanía García Ospina estaba dentro de su apartamento, en el conjunto residencial Ariguaní, junto con su hermana, cuando una de las dos torres gemelas del conjunto colapsó. Las dos lograron salir con vida. “Yo me encontraba dentro de mi apartamento, junto con mi hermana. En el momento en que la torre se vino abajo, no habíamos logrado salir del apartamento. Logramos salir después de que pasó el terremoto”, relata.

Ahora Estefanía no puede regresar a la vivienda en la que apenas llevaba alrededor de 40 días. La torre que permanece en pie deberá ser demolida, según la información que ha recibido. Lo más difícil, dice, ha sido volver a empezar: “Volver a empezar de cero es lo más difícil”. A pesar de todo, encuentra una razón para continuar en aquello que logró conservar: su vida. “Encuentro motivación cada día en haber logrado salir de ahí, salir con vida y estar aquí”.

Las historias de Carmen y Estefanía muestran que los daños no se limitaron a las estructuras que colapsaron. También quedaron personas que tuvieron que abandonar sus viviendas y habitantes que continúan sintiendo miedo después del movimiento. Pero esas diferencias abrieron otra pregunta: ¿por qué algunas edificaciones resultaron gravemente afectadas mientras otras permanecieron en pie? Para entenderlo hay que mirar no solamente lo que estaba construido sobre la superficie, sino también aquello que permanecía debajo.

Algunos tipos de suelo, como los arcillosos o con lodo, pueden amplificar las ondas sísmicas y hacer que el movimiento sea más fuerte en ese lugar…

Lo que quedó debajo de la ciudad

Mucho antes de que Cuarto de Legua estuviera rodeado de edificios, vías y conjuntos residenciales, por este territorio pasaba el río Cañaveralejo. Su recorrido urbano fue transformado durante las obras de infraestructura hidráulica que acompañaron el crecimiento de Cali. El trabajo de grado Sobre el comportamiento sísmico de los depósitos de suelos del área de Cañaveralejo, Cali, Colombia, elaborado en 2001 por Cristina Isabel Rosales Climent, de la Universidad del Valle, bajo la dirección del geofísico Hansjürgen Meyer y con la asesoría de Andrés Velásquez, entonces director del OSSO, documenta parte de esta transformación. El documento registra las obras de infraestructura hidráulica realizadas entre 1964 y 1971, entre ellas el Interceptor Oriental I y II, el Colector Cañaveralejo, su estación de bombeo y los canales para aguas lluvias Puente Palma y Cañaveralejo.

Otra fuente, el trabajo de grado Elementos históricos y urbanos en la generación de desastres por inundaciones y deslizamientos en Cali, 1950-2000, elaborado por Nayibe Jiménez Pérez en 2005 en el Programa de Historia de la Universidad del Valle, documenta cómo estas intervenciones modificaron el recorrido urbano del Cañaveralejo. Según el estudio, el cauce fue desviado por la actual Carrera 50 hasta entregar sus aguas en el Canal CVC Sur, aproximadamente 1,5 kilómetros al sur de su curso original, a través del barrio El Guabal. Las tierras dejadas por el antiguo cauce fueron posteriormente ocupadas por la expansión urbana.

Pero conocer esa historia no basta para explicar lo ocurrido el 10 de agosto. La pregunta es qué características tienen actualmente esos terrenos y cómo pueden responder frente a un movimiento sísmico. Para Cristopher Angola Ararat, Ingeniero Civil de la Universidad del Valle, una variable fundamental es el suelo. “Esto se relaciona con los efectos de sitio”, explica. “Algunos tipos de suelo, como los arcillosos o con lodo, pueden amplificar las ondas sísmicas y hacer que el movimiento sea más fuerte en ese lugar”.

La relación entre el terreno y la respuesta sísmica de Cañaveralejo tampoco es una pregunta nueva. En 2001, Cristina Isabel Rosales Climent estudió los depósitos de suelo de esta zona e identificó un comportamiento sísmico singular sobre los depósitos aluviales de Cañaveralejo. La investigación analizó sus características geológicas e hidrológicas, las condiciones de los terrenos antes de la urbanización y los perfiles geotécnicos disponibles. Sus mediciones encontraron características compatibles con materiales de arcillas saturadas y plantearon una relación entre el efecto de sitio y una capa de más de 28 metros de espesor conformada principalmente por arcillas saturadas y con baja velocidad de propagación de las ondas S, las cuales hacen que el suelo se mueva de lado a lado o hacia arriba y abajo, de manera perpendicular a la dirección de propagación.

El antiguo recorrido del Cañaveralejo vuelve entonces a cobrar importancia, pero no como una explicación única de los daños. Valeria Jiménez Rivera, Ingeniera Topográfica de la Universidad del Valle, explica que “el comportamiento del suelo depende de factores como el tipo de material, qué tan duro o blando es, qué tan compacto está y cuánta agua contiene”. En un antiguo cauce pueden permanecer materiales con diferentes características de compactación y humedad, por lo que dos lugares cercanos pueden responder de manera distinta ante un mismo terremoto.

Existe además un antecedente técnico. El informe El sismo de Pizarro (Bajo Baudó, Chocó) del 15 de noviembre de 2004: parámetros de la fuente, movimiento fuerte y daños, elaborado por INGEOMINAS, incluye observaciones sobre Cali y utiliza información de microzonificación sísmica para caracterizar los depósitos del abanico de Cañaveralejo. El documento no estudió el terremoto de 2026, sino el sismo de Pizarro de 2004, y recoge la importancia de las condiciones del subsuelo en la respuesta sísmica de Cali.

La microzonificación permite acercarse a esa relación. Según Cristopher Angola Ararat, para determinar qué ocurrió sería necesario cruzar “el mapa de microzonificación sísmica, las características del suelo del sector y las características del sismo, especialmente su período o frecuencia”, además de estudiar las estructuras que presentaron daños y sus períodos naturales. Valeria Jiménez Rivera plantea identificar el antiguo cauce mediante “mapas antiguos, fotografías aéreas, imágenes satelitales y modelos del terreno” y cruzar esa información con la ubicación de los daños mediante un Sistema de Información Geográfica, SIG.

La pregunta, por ahora, permanece abierta. No está demostrado que el antiguo cauce del Cañaveralejo haya causado los daños ocurridos el 10 de agosto. Lo que existe es una relación territorial e histórica que puede investigarse a partir de la historia del territorio, las características del suelo, la distribución de las afectaciones y las condiciones particulares de cada edificación.

El suelo no cuenta toda la historia

Si el terreno es una parte de la explicación, las edificaciones constituyen otra. Diego Fernando Dorado, arquitecto, explica que antes de construir una estructura es fundamental conocer las condiciones del lugar. “Cuando uno va a construir un proyecto, lo primero que debe hacer después de los diseños arquitectónicos es poder realizar un estudio de suelos”. Ese estudio permite determinar si el terreno es blando, firme o arcilloso y, a partir de esa información, definir las condiciones de la cimentación.

En una edificación también existen elementos estructurales y no estructurales. Entre los primeros están la cimentación, las columnas, las vigas, las losas y las escaleras; entre los segundos, ventanas, mampostería, cielos falsos, cubiertas e instalaciones. Los daños visibles no necesariamente significan que toda la estructura haya fallado. Además, las características de construcción pueden aumentar la vulnerabilidad. “Hay gente que construye cinco pisos, pero resulta que las columnas las hacen de sección muy pequeñas. Entonces, por eso fallan los edificios porque no se diseñan bien estructuralmente”, explica Dorado.

En Colombia, la primera normativa nacional de construcción sismo resistente fue expedida en 1984 mediante el Decreto 1400. Posteriormente se expidieron reglamentos como la NSR-98 y la NSR-10, vigente desde 2010. Por eso, cuando se habla de edificaciones antiguas es necesario conocer bajo qué reglamento fueron diseñadas, cómo fueron construidas y si tuvieron modificaciones posteriores.

La experiencia de Estefanía García Ospina muestra que esta discusión también tiene una dimensión para quienes hoy no saben qué ocurrirá con sus viviendas. Según la información que recibió, la torre que permanece en pie deberá ser demolida y el conjunto no cumplía con determinadas normas de diferentes épocas. Establecer técnicamente qué normas cumplía una edificación, cómo fue construida y qué factores influyeron en su comportamiento corresponde, sin embargo, a estudios estructurales.

Para Erik Gaviria, director de Arquitectura de la Universidad Autónoma de Occidente, esa evaluación no puede reducirse a una sola causa. “Es imposible tratar de determinar un factor específico en el marco de un desastre natural”, afirma. Su explicación parte de la combinación de condiciones que rodean una edificación: el suelo, el diseño, la construcción, los estudios realizados, el cumplimiento de las normas y las modificaciones que los propietarios hayan podido hacer con el tiempo. Por eso considera necesario que los colapsos sean estudiados mediante investigaciones y peritajes especializados.

La discusión vuelve entonces al territorio. Para Gaviria, comprender la diversidad de suelos y la riqueza hídrica de Cali es fundamental antes de proyectar nuevas edificaciones. “La arquitectura tiene una responsabilidad civil enorme y por tanto nosotros tenemos casi que un ejercicio de arqueología sobre el territorio y debemos investigar e indagar sobre las huellas que hay en el territorio antes de proyectar”. Su reflexión tampoco se limita al Cañaveralejo: “Tener digamos esta preocupación sobre un solo río es genuina, pero yo creo que también es un poco un llamado a que se expanda no sólo el río Cañaveralejo”, plantea, al referirse también a los ríos Pance, Lili y Meléndez.

Hay otra variable que Cristopher Angola Ararat, Ingeniero Civil considera necesaria: la resonancia. “Los sismos no solamente se diferencian por su magnitud, sino también por su período o frecuencia”. Si el período del movimiento sísmico coincide con el período natural de una estructura, esta puede entrar en resonancia y vibrar con mayor intensidad. Por eso, para comprender por qué edificaciones cercanas respondieron de manera diferente, es necesario comparar las características del movimiento con las condiciones estructurales de cada edificio.

A estas investigaciones se suma un análisis realizado después del terremoto de 2026. La Pontificia Universidad Javeriana Cali publicó el 16 de agosto el documento Cali sobre su propio suelo, elaborado por los profesores Harold Medina Garzón y Carlos Duarte. El estudio analiza la distribución de los daños ocasionados por el sismo del 10 de agosto y plantea observar conjuntamente las características del suelo y las edificaciones. De acuerdo con la información publicada sobre el estudio, una parte importante de los daños se concentró en sectores asociados al abanico aluvial del río Cañaveralejo, con diferencias incluso entre edificaciones ubicadas en los mismos barrios.

Así, la condición del terreno no puede analizarse separada de las características de las construcciones. El suelo puede influir, pero también lo hacen la edad del edificio, los materiales, el diseño, la forma de construcción, el mantenimiento, las modificaciones posteriores y las características del movimiento sísmico. Determinar cuál de esos elementos tuvo mayor peso en cada caso requiere estudios específicos.

Después del movimiento

El terremoto dejó preguntas técnicas, pero también consecuencias que no aparecen en los mapas ni en los estudios de suelo. Para quienes perdieron sus viviendas o presenciaron los colapsos, el movimiento de la tierra se convirtió en una experiencia que continúa después de que las calles recuperan su actividad.

Luz Adriana García llegó a una de las zonas afectadas después de que su hija sobreviviera al colapso de una edificación mientras pasaba en motocicleta. “Le cayó una roca en la moto, en la punta de la moto, la elevó de la moto, ella cayó acostada y vio cuando el edificio caía y todas las personas estaban gritando”. Después, ella y su esposo permanecieron varios días apoyando las labores y llevando alimentos y ayudas. “Nosotros no dormimos bien. Nosotros salimos de acá a doce, una de la mañana y entramos temprano”. El impacto también llegó a su vida cotidiana: “En las noches yo llego, yo me pego mis lloradas”. Sus hijas y nietos, cuenta, también han sentido las consecuencias. “Psicológicamente estamos afectados”, afirma.

Melvi Muñoz, profesora del sector, ha observado una situación parecida desde el entorno educativo. Para ella, el terremoto fue una experiencia nueva y difícil de asimilar: “Estar atento al celular, a la alarma que suene, estar muy pendiente de la familia, de los amigos y colaborar en lo que más se puede, es fundamental para mí como persona”. Las imágenes y los testimonios posteriores también hicieron más difícil procesar lo ocurrido. “Ver las redes sociales, ver los videos, ver las cosas, conocer personas que están cercanas a uno, que se les cayeron las casas, que se murieron familiares, es durísimo”. Como docente, además, ha tenido que acompañar a estudiantes afectados y considera que la recuperación emocional será un proceso gradual.

Para quienes estuvieron allí, el terremoto sigue presente en la memoria. En Carmen aparece en los sobresaltos y el miedo ante una alarma; en Luz Adriana García, en las noches sin dormir y las imágenes de los escombros; en Melvi Muñoz, en sus estudiantes y en la necesidad de acompañarlos; y en Estefanía García Ospina, en tener que comenzar nuevamente después de haber perdido el lugar que acababa de convertir en su hogar.

El terremoto dejó preguntas que todavía no tienen una respuesta definitiva. No está demostrado que el antiguo cauce del Cañaveralejo haya causado los daños de Cuarto de Legua, ni que el suelo, por sí solo, explique el colapso de determinadas edificaciones. Lo que existe es una coincidencia territorial que merece ser estudiada: una concentración de afectaciones en sectores asociados al abanico de Cañaveralejo y un territorio cuya historia geológica y urbana está relacionada con antiguos cauces y depósitos sedimentarios.

Responder qué ocurrió requiere revisar estudios de suelo, registros sísmicos, normas de construcción, características estructurales y mapas que permitan reconstruir cómo cambió Cali. También implica mirar el territorio antes de pensar únicamente en volver a construir.

Cali ha crecido sobre un territorio que no comenzó con sus edificios. Debajo de las calles, los conjuntos residenciales y las avenidas permanecen las huellas de los ríos, los sedimentos y las transformaciones que durante décadas acompañaron el crecimiento de la ciudad. Las investigaciones realizadas antes del terremoto ya habían advertido que los depósitos de Cañaveralejo presentan características particulares y que su comportamiento sísmico merece ser estudiado. El terremoto del 10 de agosto volvió a poner esas condiciones frente a los ojos de la ciudad.

El río forma parte de la historia de Cali. Recordar por dónde pasó, qué dejó en el territorio y cómo la ciudad fue construyendo sobre esos terrenos puede ayudar a comprender mejor lo ocurrido y, sobre todo, a pensar cómo construir lo que viene después.

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Estar atento al celular, a la alarma que suene, estar muy pendiente de la familia, de los amigos y colaborar en lo que más se puede, es fundamental para mí como persona”.

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Estudiantes de Publicidad de la USC obtienen el BRÍO INTERNACIONAL con una campaña que invita a compartir experiencias

Estudiantes de Publicidad de la USC obtienen el BRÍO INTERNACIONAL con una campaña que invita a compartir experiencias

Stiven Cruz Alvarez, Laura Vanessa García, Ángel Jiménez y Valentina Losada, estudiantes de la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Santiago de Cali, recibieron este reconocimiento internacional gracias a una propuesta publicitaria centrada en la experiencia y el encuentro con otras personas.

Por: Nathalia Aguilar

Facultad de Humanidades y Artes

La creatividad de los estudiantes de la Universidad Santiago de Cali continúa destacándose en escenarios internacionales. En esta oportunidad, cuatro estudiantes del programa de Publicidad, Stiven Cruz Alvarez, Laura Vanessa García, Ángel Jiménez y Valentina Losada, obtuvieron el BRÍO INTERNACIONAL, un reconocimiento que pone en valor su capacidad para desarrollar ideas innovadoras desde el campo publicitario.

La propuesta surgió a partir del brief asignado para el proyecto, cuyo propósito estaba relacionado con una fundación en Chile dedicada a personas con discapacidad intelectual. A partir de este contexto, los estudiantes decidieron construir una campaña que invitara al público a acercarse a la fundación desde la experiencia compartida y el encuentro con las personas que hacen parte de ella.

De esta manera nació el concepto “Ven por la experiencia, quédate por la gente”, una idea que busca motivar a las personas a visitar la fundación, compartir momentos y conocer de cerca a quienes la integran. La propuesta plantea que el primer acercamiento puede surgir de la curiosidad por vivir una experiencia diferente, pero que el vínculo humano que se construye durante la visita es lo que motiva a las personas a permanecer.

Más allá de comunicar un mensaje, la campaña parte de la posibilidad de generar conexiones a través de experiencias compartidas. Así, los estudiantes llevaron el ejercicio publicitario hacia una propuesta que pone en el centro las relaciones humanas y la importancia de crear espacios de encuentro.

Este reconocimiento también destaca el trabajo creativo y estratégico que los futuros profesionales desarrollan durante su formación académica, al enfrentarse a retos que les exigen comprender un contexto, identificar oportunidades de comunicación y convertir una idea en una propuesta con sentido.

Desde la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Santiago de Cali, este logro representa un motivo de orgullo y una oportunidad para visibilizar el talento de sus estudiantes, quienes continúan explorando nuevas formas de hacer publicidad y de llevar sus ideas a escenarios internacionales.

La USC felicita a Stiven Cruz Alvarez, Laura Vanessa García, Ángel Jiménez y Valentina Losada por este reconocimiento y por demostrar que la creatividad publicitaria también puede abrir espacios para el encuentro, la empatía y la construcción de experiencias significativas.

 

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Más allá de comunicar un mensaje, la campaña parte de la posibilidad de generar conexiones a través de experiencias compartidas.” 

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Las consecuencias psicológicas después de un terremoto

Las consecuencias psicológicas después de un terremoto

El miedo, la ansiedad y las alteraciones del sueño pueden aparecer incluso semanas después de un desastre. Los expertos advierten sobre la importancia de reconocer estas señales y buscar ayuda profesional.

Por: Valeria Sánchez

Facultad de Humanidades y Artes

Cuando la tierra deja de moverse, la emergencia no necesariamente termina. Para quienes viven un terremoto, el peligro puede desaparecer físicamente, pero permanecer durante días, semanas o incluso años en forma de miedo, ansiedad, insomnio o recuerdos constantes.
Después de un desastre natural, las heridas no siempre son visibles. Mientras algunas personas deben enfrentar la pérdida de su vivienda, sus pertenencias, su negocio o parte de su rutina, otras deben afrontar las consecuencias emocionales de haber sentido que su vida estaba en peligro.
La psicóloga Pilar Mejía, del Hospital de Siloé, explica que entre las reacciones más frecuentes después de un terremoto están el miedo, la ansiedad, la hipervigilancia, la tristeza, la irritabilidad, las dificultades para concentrarse y las alteraciones del sueño. También pueden presentarse manifestaciones físicas como palpitaciones, tensión muscular y una sensación constante de sobresalto.
“Estas respuestas, suelen ser normales durante los primeros días. El cerebro está intentando adaptarse a una situación que percibió como una amenaza. Por eso, sentir miedo después de un terremoto no significa necesariamente que exista un trastorno psicológico”, señala Mejía.
Stephanie Moreno, psicóloga de la Red de Salud de Ladera, agrega que estas respuestas pueden incluir estados de shock, confusión y una sensación de funcionar “en automático”. También son frecuentes el llanto, los temblores, la taquicardia y la necesidad de hablar repetidamente sobre lo ocurrido. Según la especialista, estas manifestaciones hacen parte de las respuestas normales del cuerpo ante una situación de peligro.
Una de las particularidades de las experiencias traumáticas es que sus efectos no siempre aparecen inmediatamente. Durante la emergencia, el organismo puede entrar en un estado de supervivencia en el que la prioridad es protegerse, evacuar, encontrar a familiares o llegar a un lugar seguro.
Una vez desaparece el peligro inmediato, el cuerpo reduce la respuesta de emergencia y el cerebro comienza a procesar lo sucedido. Es entonces cuando pueden aparecer síntomas como ansiedad, llanto, recuerdos constantes, miedo o dificultades para dormir.
“Es una respuesta completamente esperable y no significa que la persona esté empeorando; significa que está elaborando la experiencia”, explica Mejía.
La psicóloga Moreno señala que, durante la emergencia, la adrenalina permite que la persona se concentre en protegerse y responder al peligro. Sin embargo, cuando la situación se estabiliza, el cerebro comienza a procesar lo sucedido con mayor profundidad. “Días o semanas después, cuando ya estás a salvo, el cerebro empieza a procesar lo que pasó. Ahí aparecen la ansiedad, pesadillas o el miedo”. Este procesamiento tardío puede hacer que algunas personas sientan malestar emocional incluso cuando la emergencia ya terminó.
Laura Rodríguez, psicóloga del ICBF de Yumbo, explica que algunas personas pueden sentirse tranquilas inmediatamente después del desastre porque están concentradas en resolver necesidades inmediatas, como salir del lugar, proteger a sus familiares, verificar daños o ayudar a otras personas. Por eso, que una persona inicialmente se muestre tranquila no significa necesariamente que la experiencia no la haya afectado.
El temor a que vuelva a ocurrir un terremoto también puede convertirse en una preocupación cotidiana. Un ruido fuerte, una vibración o un movimiento pueden ser suficientes para activar nuevamente la sensación de peligro, especialmente durante la noche, cuando disminuyen las distracciones y aumenta la percepción de vulnerabilidad.

“La verdad esta experiencia me cambió en todos los sentidos me ha afectado porque me tocó ver como mis papás, mis hermanos, mi hermana y yo, con mi pareja y un amigo sacábamos cosas de la casa sin ningún orden o sea sencillamente lo que más pudiéramos agarrar desesperados”…

Las pérdidas que no se pueden medir
El impacto de un terremoto tampoco se limita a los daños materiales. Perder una vivienda significa perder, además de un espacio físico, estabilidad, privacidad y una sensación de seguridad. Lo mismo ocurre con quienes pierden un negocio, sus pertenencias o la posibilidad de mantener la rutina que tenían antes del desastre.
“Es una sensación indescriptible no poder volver a casa, un espacio que habitamos por más de 10 años. Tantas historias y momentos que simplemente quedarán en la memoria. Ahora tengo mucha tristeza de no estar en mi espacio, pero al mismo tiempo siento un miedo gigante de volver ya que la experiencia fue traumática”, comentó Valentina Llanos una de las personas damnificadas por el terremoto.
Desde la psicología, estas situaciones pueden entenderse como múltiples pérdidas. La incertidumbre sobre el futuro puede generar ansiedad, tristeza, frustración e incluso culpa en quienes sobrevivieron mientras otras personas resultaron afectadas.
La psicóloga Laura Rodríguez explica que el impacto psicológico de un terremoto puede comenzar incluso después de que termina el movimiento de la tierra. Perder una vivienda, por ejemplo, no representa únicamente una pérdida económica, sino también la ausencia de un espacio asociado con recuerdos, seguridad, identidad familiar y proyectos construidos durante años. De igual manera, perder un negocio puede afectar la autonomía, la estabilidad económica y el proyecto de vida de una persona.
A estas pérdidas se suma las alteraciones de las rutinas cotidianas, que pueden generar incertidumbre, frustración e impotencia. Por ello, la recuperación emocional también depende de que las personas puedan reconstruir progresivamente condiciones básicas de seguridad, estabilidad y apoyo social.
La experiencia de Santiago Henao víctima del terremoto, muestra cómo la pérdida de una vivienda puede trascender el daño material. Sus padres vivían en uno de los edificios afectados y, después de la evacuación, la familia tuvo que sacar sus pertenencias de manera apresurada.
“La verdad esta experiencia me cambió en todos los sentidos me ha afectado porque me tocó ver como mis papás, mis hermanos, mi hermana y yo, con mi pareja y un amigo sacábamos cosas de la casa sin ningún orden o sea sencillamente lo que más pudiéramos agarrar desesperados”, recuerda.
Ahora la familia vive en la casa de sus abuelos. Aunque sus integrantes se encuentran bien, Henao asegura que permanece una sensación de incertidumbre por haber perdido el lugar donde creció. “Ya no hay como esa tranquilidad de saber que uno pues está la casa y eso sino, que estamos viviendo donde mis abuelos, y pues a pesar de qué mi familia está bien, siempre está como la zozobra de qué perdimos la casa y el lugar donde crecimos”.
Para la especialista Stephanie Moreno, perder una vivienda, un negocio o la rutina cotidiana representa un proceso de duelo que va más allá de los objetos materiales. Estas pérdidas pueden generar desarraigo, incertidumbre sobre el futuro, tristeza profunda y dificultades para tomar decisiones.
Por esta razón, la reconstrucción no debería entenderse únicamente como el levantamiento de edificios o viviendas. La recuperación emocional de las personas también forma parte del proceso.
Niños, adultos mayores y personas vulnerables
El impacto psicológico tampoco se manifiesta de la misma manera en todas las personas. Los niños, por ejemplo, pueden expresar el miedo mediante comportamientos que antes no: tenían querer dormir con sus padres, llorar con frecuencia, presentar pesadillas, sentir temor a separarse de sus cuidadores o experimentar cambios en el apetito y en el juego.
En los adolescentes pueden aparecer aislamiento, cambios de humor, problemas para dormir, pérdida de interés en actividades habituales o una preocupación excesiva por la seguridad de sus familiares.
También existe una mayor vulnerabilidad entre personas que ya tenían dificultades emocionales antes del desastre. Sin embargo, tener antecedentes de ansiedad o depresión no significa necesariamente que una persona vaya a desarrollar un trastorno después de vivir un terremoto.
Con los adultos mayores, según Andrés Pérez psicólogo de consulta externa de la IPS CardioPrevent el proceso es diferente, “Terapia cognitiva conductual enfocada a lo que son técnicas de reestructuración cognitiva y desensibilización sistemática, se recomienda tener una red de apoyo que gradualmente los ayude a salir y se busca brindarles algún tipo de objeto anclaje (algo que les ayude a sentir que están seguros en su aquí y su ahora), haga de cuenta una pelota antiestrés o en su defecto en casa tener un kit de primeros auxilios que le genere la seguridad de que pueda estar tranquila en cualquier situación de riesgo”.
Catalina Zambrano, estudiante de Psicología de la Universidad Santiago de Cali, señala que los adultos mayores pueden experimentar miedo, ansiedad, estrés, alteraciones del sueño y un estado constante de alerta después de un terremoto. Sin embargo, en ellos puede aparecer además una mayor sensación de vulnerabilidad, especialmente cuando el desastre implica la pérdida o destrucción de su hogar.
La psicóloga en formación explica que el acompañamiento debe adaptarse a las necesidades de cada persona y puede incluir estrategias de afrontamiento, fortalecimiento de las redes de apoyo y, cuando sea necesario, valoración de su estado cognitivo. La familia cumple un papel importante durante este proceso, especialmente cuando el adulto mayor debe enfrentarse a cambios en sus rutinas oa la pérdida de espacios que le proporcionan seguridad.
Laura Rodríguez, psicóloga del ICBF de Yumbo, explica “Que en los niños el impacto emocional no siempre se expresa verbalmente. Puede manifestarse mediante una mayor necesidad de permanecer cerca de sus padres, miedo a dormir solos, pesadillas, llanto frecuente, irritabilidad, temor a separarse de sus cuidadores o regresiones, como volver a conductas que ya habían superado. También pueden presentar dolores de cabeza o estómago, cambios en la alimentación, dificultades de concentración y juegos o dibujos relacionados repetidamente con el terremoto”.
En los adolescentes, las señales pueden incluir aislamiento, irritabilidad, alteraciones del sueño, preocupación excesiva, disminución del rendimiento académico o evitación de determinadas actividades. Frente a estas manifestaciones, el especialista recomienda que los adultos transmitan seguridad sin negar lo ocurrido. Validar el miedo y expresar acompañamiento puede ser más útil que pedirles simplemente que no tengan miedo.
Desde la perspectiva de Zambrano, el trabajo psicológico con los niños puede realizarse mediante el juego, los dibujos y otras actividades que les permiten expresar emociones que todavía no pueden explicar directamente con palabras. Además de identificar sus miedos, el objetivo es ayudarlos a recuperar progresivamente sus rutinas y la sensación de seguridad, mientras se orienta a los padres sobre las formas adecuadas de acompañarlos.
Con los adolescentes, Zambrano considera importante establecer espacios de conversación directa en los que puedan hablar sobre lo que vivieron, sus temores y los cambios que han experimentado después del terremoto. También pueden aprender estrategias para manejar la ansiedad y el estrés, siempre desde una escucha que no minimice sus emociones.
Se advierte que algunos adolescentes pueden afirmar que se encuentran bien mientras todavía procesan internamente lo ocurrido según la psicóloga en formación. Por esta razón, el acompañamiento no debería limitarse a preguntar si están bien, sino también observar posibles cambios en su comportamiento, sueño, relaciones y actividades cotidianas.
El apoyo familiar, las redes sociales, el acceso a atención psicológica y las estrategias de afrontamiento pueden convertirse en factores de protección importantes.
Las redes sociales: información y ansiedad
En una emergencia, las redes sociales pueden convertirse en una herramienta fundamental para conocer lo que está ocurriendo. Sin embargo, el consumo constante de imágenes, videos y testimonios relacionados con el desastre puede tener un efecto contrario y aumentar la ansiedad.
La exposición repetida a imágenes del terremoto puede mantener activo el sistema de alarma del cerebro y hacer que una persona reviva emocionalmente lo sucedido, incluso cuando ya se encuentra esencialmente fuera de peligro.
Por ello, la recomendación de los especialistas es mantenerse informado mediante fuentes confiables, limitar el tiempo dedicado a consumir noticias y evitar la exposición a este tipo de contenidos antes de dormir.
La exposición constante a videos, testimonios dramáticos y noticias relacionadas con el desastre puede mantener al cerebro en estado de alerta, como si el terremoto estuviera ocurriendo nuevamente, advierte la especialista Stephanie Moreno. Por ello, se recomienda establecer momentos específicos para informarse, consultar fuentes oficiales y evitar el consumo de este tipo de contenidos antes de dormir.
“Existe una diferencia entre mantenerse informado y permanecer conectado continuamente a contenido angustiante. La exposición repetida a videos de edificios moviéndose, personas afectadas, daños materiales, predicciones no verificadas o testimonios alarmantes puede aumentar la sensación de que el peligro continúa presente”, señala la psicóloga Laura Rodríguez.
Por ello, se recomienda consultar principalmente fuentes oficiales, establecer momentos específicos del día para informarse y evitar revisar constantemente el contenido relacionado con el terremoto, especialmente antes de dormir. También considera importante no compartir rumores o información sobre supuestos nuevos movimientos sísmicos sin verificar su procedencia.

Del trauma al crecimiento
Aunque un desastre puede dejar consecuencias psicológicas importantes, la experiencia traumática no necesariamente termina únicamente en sufrimiento.
Un estudio realizado por National Center for Biotechnology Information con víctimas del huracán Katrina, en Estados Unidos, encontró que cerca del 5 % de las personas evaluadas presentó una mejoría en su salud mental después de la experiencia. Algunas personas que antes del desastre presentaban altos niveles de angustia y estrés mostraron años después niveles considerablemente menores.
Este fenómeno es conocido como crecimiento postraumático.
Los científicos todavía no han podido explicar completamente por qué ocurre. Una de las posibilidades es que el desastre lleve a algunas personas a buscar por primera vez ayuda profesional, permitiendo no solo atender las consecuencias del trauma, sino también problemas emocionales que ya existían.
Otra explicación está relacionada con los cambios que una catástrofe puede provocar en la vida. La necesidad de reconstruir desde cero puede llevar a algunas personas a encontrar nuevas oportunidades laborales, educativas o afectivas.
El crecimiento postraumático también puede manifestarse en una percepción diferente de la propia vida: sentirse más fuerte, valorar más las relaciones personales, identificar nuevas oportunidades o desarrollar una mayor conexión espiritual.
Esto no significa que el trauma sea positivo ni que todas las víctimas deban encontrar algo bueno en lo ocurrido. Significa que algunas personas pueden desarrollar nuevas herramientas y perspectivas después de atravesar una experiencia extremadamente difícil.
Acontecimientos de esta magnitud también pueden contribuir a que la salud mental sea reconocida como una parte esencial de la recuperación. Las emergencias permiten visibilizar que sus consecuencias no son únicamente físicas o materiales, sino también emocionales considera la especialista Rodríguez. En ese contexto, buscar orientación psicológica no debe entenderse necesariamente como señal de una enfermedad mental, sino también como una medida preventiva para desarrollar herramientas de afrontamiento y fortalecer los recursos personales, familiares y comunitarios.

 

¿Cuándo pedir ayuda?
Sentirse triste, angustiado, ansioso o estresado después de un terremoto no debería generar culpa. Son respuestas humanas ante una situación extraordinaria.
Sin embargo, es importante identificar cuándo esas reacciones dejan de ser transitorias y comienzan a interferir significativamente con la vida cotidiana.
El insomnio intenso que permanece durante semanas, evitar salir de casa, experimentar ataques de pánico, revivir constantemente el terremoto, tener dificultades para trabajar o estudiar o sentir una profunda desesperanza son señales que requieren atención profesional.
La recomendación es no esperar a que el sufrimiento desaparezca por sí solo cuando empieza a limitar la vida diaria.
“Es importante ayuda profesional cuando, después de tres o cuatro semanas, los síntomas buscar no disminuyen o incluso aumentan. También se debe solicitar atención cuando el miedo impide retomar el trabajo, el estudio o las actividades cotidianas; aparecen ataques de pánico, insomnio persistente, recuerdos intrusivos o una pérdida marcada de la motivación”, explica Stephanie Moreno.
Laura Rodríguez señala que no se debe observar únicamente cuánto tiempo ha pasado desde el terremoto, sino también la intensidad de las reacciones y cuánto interfieren con la vida cotidiana. La persistente dificultad para dormir, las crisis de ansiedad frecuentes, la evitación de lugares o actividades, el aislamiento y el deterioro en el estudio o el trabajo son señales que requieren atención.
Según Zambrano psicóloga en formación, el miedo, la ansiedad y el estrés pueden ser respuestas esperables durante los primeros días o semanas. Sin embargo, se convierten en señales de alerta cuando empiezan a interferir con las actividades habituales, dificultan el sueño, llevan a la persona a evitar salir de casa o provocan una angustia que aumenta progresivamente. La aparición de pensamientos o conductas relacionadas con hacerse daño requiere atención profesional inmediata.
Recuperarse también es volver a vivir
Para la psicóloga Pilar Mejía “La recuperación emocional comienza con acciones sencillas pero importantes: reconocer las emociones, hablar con personas de confianza, recuperar progresivamente las rutinas, dormir adecuadamente, alimentarse bien y realizar actividad física”.
También es fundamental contar con una red de apoyo. Familiares, amigos y comunidad cumplen un papel esencial porque sentirse acompañado puede reducir la sensación de soledad y fortalecer la capacidad de afrontar la adversidad. La recuperación después de un desastre señala la especialista, no es solamente individual: también es un proceso colectivo.
Entre las primeras herramientas de intervención se encuentran los Primeros Auxilios Psicológicos (PAP), orientados a brindar apoyo inmediato después de una situación de emergencia. Zambrano, psicóloga en formación explica que este acompañamiento comienza escuchando a la persona, identificando cómo se siente y ayudándola a manejar sus emociones para recuperar progresivamente la sensación de seguridad.
Cuando el miedo persiste ante ruidos o vibraciones, la psicóloga Moreno recomienda validar las emociones y recordar que el estado de alerta puede ser una respuesta al peligro vivido. También sugiere técnicas de conexión con el presente, como el ejercicio de los sentidos 5-4-3-2-1, que consiste en identificar cinco cosas que se ven, cuatro que se pueden tocar, tres que se escuchan, dos que se huelen y una que se saborea. A esto se suma la respiración 4-6, que propone inhalar durante cuatro segundos y exhalar durante seis.
Moreno resalta lo importante que es retomar progresivamente el sueño, la alimentación, el movimiento ligero y las conversaciones con personas de confianza. Si el miedo comienza a impedir el funcionamiento cotidiano, se recomienda solicitar una consulta psicológica profesional.
Por otro lado, la psicóloga Laura Rodríguez recomienda practicar respiración lenta, identificar conscientemente el lugar donde se encuentra la persona y reconocer qué está ocurriendo en el momento presente. También sugiere mantener rutinas, descansar adecuadamente, realizar actividades agradables y reducir la exposición repetitiva a contenidos relacionados con el terremoto.
Rodríguez destaca que es fundamental contar con un plan familiar de emergencia y conocer las rutas seguras. Prepararse para una eventual situación de riesgo, explica, es diferente a vivir permanentemente esperando que ocurra otra emergencia.
Después de un terremoto, reconstruir una ciudad puede tomar meses o años. Reconstruir la sensación de seguridad de quienes la habitan también puede requerir tiempo.
Maicol Mosquera, voluntario rescatista cuenta que, retomar su vida después de varios días removiendo escombros en los puntos afectados de la ciudad fue complejo “Amo el deporte, pero no tenía ganas de hacer nada más que no fuera ayudar y seguir aportando desde mis posibilidades, aunque el agotamiento era inmenso, solo podía sacar fuerzas para ir a ayudar”.
Para Santiago Henao damnificado por el terremoto, el acompañamiento de las personas cercanas también se convirtió en uno de los principales recursos para afrontar la pérdida. Su pareja estuvo presente durante los momentos en que los recuerdos de su vivienda y de su perro que murió bajo los escombros provocaban tristeza, mientras que familiares y amigos lo acompañaron durante la evacuación y los días posteriores.
“Si he recibido ayuda emocional, sobre todo de mi pareja, de mi novia que ella es la que estaba ahí para escucharme para estar ahí mientras me dan como momentos en los que recuerdo a mi perrito al cual encontré debajo de los escombros sin vida, el apartamento y me coloco a llorar, ella es la que está ahí para ayudarme para recordarme que todo va a salir bien”, cuenta.
También recuerda especialmente la respuesta de un amigo que acudió inmediatamente cuando supo lo ocurrido y ayudó a sacar las pertenencias de la vivienda. Para Henao, esa experiencia le permitió reconocer la importancia del apoyo de quienes lo rodeaban.
“Realmente en la evacuación me di cuenta de la importancia de las amistades, porque yo llamé a un amigo y él apenas se dio cuenta lo que me ha pasado, él llegó y de una subió a ayudarme a bajar cosas y estuvo pendiente de mí, igualmente mi pareja y la familia de ella estaban súper pendientes, entonces me di cuenta como verdaderamente el cariño que me tenían”.
Desde su experiencia en el trabajo comunitario, Rodríguez destaca que “La recuperación después de un desastre no es únicamente individual. La familia puede contribuir al restablecimiento de las rutinas y ofrecer espacios de conversación, mientras que amigos y vecinos pueden convertirse en redes de apoyo fundamentales”. Escuchar, acompañar y evitar minimizar las emociones permite que las personas afectadas no tengan que afrontar solas las consecuencias de lo ocurrido.
Para Santiago Henao, permanecer unido a su familia y recibir el apoyo de su pareja ha sido fundamental para afrontar la incertidumbre después de la evacuación. La red cercana se convirtió en una forma de acompañamiento durante los momentos en que los recuerdos y las pérdidas volvieron a hacerse presentes.
Por eso, mirar únicamente las grietas de los edificios puede dejar fuera una parte fundamental de la emergencia: las grietas emocionales que no siempre se ven.
El desafío después de un desastre no consiste solamente en volver a levantar lo que se cayó, sino también en acompañar a quienes todavía están intentando recuperar la tranquilidad. Porque cuando la tierra deja de moverse, comienza otro proceso: aprender nuevamente a sentirse seguro.

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 La recuperación después de un desastre no es únicamente individual. La familia puede contribuir al restablecimiento de las rutinas y ofrecer espacios de conversación, mientras que amigos y vecinos pueden convertirse en redes de apoyo fundamentales”.

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“Vine a inspirar y servir a la comunidad”: Liss Burgos González, una vida al servicio de Candelaria

“Vine a inspirar y servir a la comunidad”: Liss Burgos González, una vida al servicio de Candelaria

Odontóloga egresada de la Universidad Santiago de Cali, líder social y política candelareña, Liss Burgos González encontró en el servicio comunitario el propósito de su vida: transformar Candelaria desde la cercanía con su comunidad.

Por: Maria Camila Culma Beitia

Facultad de Humanidades y Artes

Antes de ser diputada, concejala o lideresa social, Liss Burgos González fue una niña tímida que encontró en el colegio el espacio para descubrir su voz. Años después, esa misma voz la llevaría a recorrer las calles de Candelaria, liderar proyectos sociales y convertir el servicio a la comunidad en el propósito de su vida.
Nacida y criada en Candelaria, Liss se define, antes que cualquier cargo, como una mujer candelareña y madre. “Soy una candelareña, nacida y criada en Candelaria. Soy mamá”, afirma al recordar sus orígenes. Aunque desde muy pequeña asumió roles de liderazgo, reconoce que durante su infancia la timidez era una de sus principales barreras. “En un principio era muy tímida; después de que entré al colegio ya solté esa pena”, recuerda.
Odontóloga egresada de la Universidad Santiago de Cali, especialista en Gerencia en Salud y Gerencia Pública, ha construido una trayectoria que combina el ejercicio profesional con el liderazgo social y político. Entre sus experiencias se encuentran la gerencia del Hospital Local de Candelaria, una curul como diputada del Valle del Cauca durante el periodo 2020-2023 y su paso por el Concejo Municipal de Candelaria.
Sin embargo, más allá de los cargos, identifica un momento clave que marcó el rumbo de su vida. Durante su formación universitaria en la Universidad Santiago de Cali participó en actividades sociales que la acercaron a distintas realidades humanas. Las visitas a la cárcel de mujeres y las prácticas realizadas en jardines infantiles del barrio Marroquín despertaron en ella una sensibilidad especial por el trabajo comunitario. “Ahí fue como la primera inmersión en lo social. Ahí dije: ‘esto está muy chévere'”, recuerda.
Aunque creció en un hogar donde la política siempre estuvo presente gracias a la influencia de su padre, asegura que fue en la universidad donde comprendió que su verdadera vocación estaba en el servicio social. “Mi papá siempre ha sido político, pero fue en la universidad donde entendí que el tema social me gustaba”.

“A mí no me ha tocado fácil. Mucha gente cree que todo me ha llegado en bandeja de plata, pero cada espacio y cada logro me los he tenido que ganar”…

Para Liss Burgos, representar a las mujeres en espacios de liderazgo implica una responsabilidad especial. Considere que aún existen escenarios donde las mujeres deben esforzarse más para demostrar sus capacidades. “A las mujeres no nos toca fácil. Estamos en un medio machista y cuando una tiene esa voz y ese voto, hay que hacerlo con mucha responsabilidad para hacer quedar bien a todas las mujeres”.
Su visión de liderazgo está estrechamente ligada al servicio. Lo define como la capacidad de “inspirar, construir, ayudar y dejar huella”. Además, asegura que un verdadero líder no es quien más recursos entrega, sino quien tiene la disposición de escuchar. “El mejor líder no es el que más da; es el que más escucha”.
La honestidad es otro de los valores que se consideran fundamentales. “Para mí la honestidad es vital. Hablar siempre con la palabra y que la palabra tenga peso”, asegura.
Cuando habla de referentes, evita centrarse en figuras públicas. Prefiere destacar a las personas que trabajan silenciosamente por sus comunidades. “A mí los que más me inspiran son los líderes de los territorios, porque son ellos los que realmente hacen un trabajo social por su comunidad”.
Su lectura de las necesidades de Candelaria surge precisamente de esa cercanía con la comunidad. Considere que la salud es uno de los principales desafíos del municipio. “No tenemos hospital y varios puestos de salud están cerrados”. A ello suma la inseguridad, la falta de oportunidades para los jóvenes y la necesidad de fortalecer la oferta deportiva, educativa y de atención a la primera infancia.
No obstante, insiste en que hablar de Candelaria implica reconocer la diversidad de sus territorios. “Cuando uno habla de Candelaria piensan automáticamente en la cabecera, pero también están Villa Gorgona, El Carmelo, San Joaquín y cada territorio tiene necesidades diferentes”.
Su mayor anhelo es que los habitantes recuperan el orgullo por su municipio. “Quiero que los candelareños se sientan orgullosos de ser candelareños, que amen su territorio, lo cuiden y lo respeten”.
Dentro de su trabajo comunitario destaca Casa Rosa, una iniciativa que ha permitido acompañar a ciudadanos en procesos relacionados con el acceso a la salud y el fortalecimiento de redes de apoyo. Desde allí han gestionado tutelas para procedimientos médicos y atención especializada, impactando la vida de numerosas familias.
Sin embargo, uno de los casos que más la conmueve es el de Grecia, una compañera de primaria que logró superar una situación de consumo de drogas gracias al acompañamiento recibido. “Hoy me siento muy orgullosa de Grecia. Si Grecia puede, yo sé que muchas más personas también pueden”.
Su apuesta por el futuro también está enfocada en los jóvenes. A través del colectivo Listos ha impulsado procesos de formación en liderazgo, personería y contraloría estudiantil. Considere que las nuevas generaciones necesitan más oportunidades en educación, emprendimiento y empleabilidad para convertirse en protagonistas del desarrollo del municipio.
Asimismo, sostiene que es necesario enseñar a los jóvenes a proponer soluciones y no únicamente a señalar problemas. “Criticar es muy fácil; lo importante es ser propositivos para solucionar los problemas”.
En cuanto al liderazgo femenino, reconoce que uno de los principales retos sigue siendo la falta de apoyo entre mujeres. “A veces las que más duro critican son las mujeres”, admite. Por ello, hace un llamado a construir desde el respeto: “Así pensemos distinto, no deberíamos atacarnos ni hablar unas de otras para destruirnos”.
Actualmente trabaja en la consolidación de iniciativas que permitan impulsar el liderazgo femenino desde Casa Rosa, con el propósito de brindar herramientas que contribuyan al desarrollo personal y comunitario de las participantes.
Fuera del escenario público, encuentra su principal fuente de inspiración en su hija Lucía. “Tengo un motorcito que se llama Lucía. Ella es mi mayor inspiración”, dice con una sonrisa.
Al reflexionar sobre el legado que desea dejar, no habla de cargos ni de reconocimientos. Habla de inspiración, perseverancia y servicio. “A mí no me ha tocado fácil. Mucha gente cree que todo me ha llegado en bandeja de plata, pero cada espacio y cada logro me los he tenido que ganar”.
Por eso, cuando resume su propósito de vida, lo hace con una sola palabra: “Inspirar”. Inspirar a los jóvenes, a las mujeres, a las familias ya toda la comunidad para que crean en sus capacidades, persistan en sus metas y encuentren en el servicio a los demás una forma de transformar su entorno.

 

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A las mujeres no nos toca fácil. Estamos en un medio machista y cuando una tiene esa voz y ese voto, hay que hacerlo con mucha responsabilidad para hacer quedar bien a todas las mujeres”.

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