‘UNA NOCHE EN BICI-ARTE’

‘UNA NOCHE EN BICI-ARTE’

Autor: Lina Margarita Williams Franco.

Facultad de Humanidades y Artes

¿Qué carajos estoy haciendo aquí?, ¿En qué momento se me ocurrió venir sola? Lo que se planteó como un acto pacífico, está a punto de convertirse en una batalla campal.
Cada vez son más los carros que se suman al trancón, en medio de arengas que exigen enviciarte. Nadie entiende de qué se trata y algunos intentan huir, pero la masa se mueve en su contra.

Sé qué estoy haciendo aquí: apoyo una iniciativa por el medio ambiente, que se abre camino entre la gente a través de una bicicleta porque “ciclistas urbanos somos, con conciencia ambiental y de la otra, clandestinos somos”. 

En la distancia, alcanzo a divisar cuatro policías. Tengo miedo, pero no quiero abandonar este barco constituido por más de un centenar de clandestinos urbanos, que está anclado en el hundimiento de la Avenida Colombia. “Déjenme salir, que yo sí trabajo”; grita un hombre que en su afán por llegar a su destino atropella a un compañero con su moto. El calor comienza a subir, el ánimo a exacerbarse y la policía a intervenir. 

Algunos comienzan a correr, otros no dejan de gritar y yo no dejo de preguntarme ¿Qué carajos estoy haciendo aquí?‘En bici-arte’ es una iniciativa que nació un día cualquiera, una tarde de desocupe cuando frente a su computador, mientras compartía fotos y artículos asobre bicis en su muro de Facebook, Diego Ayala, egresado de la Facultad de Educación de Univalle, pensó en fomentar el uso de la bicicleta de la única forma posible: montando en ella. 

Al principio se realizaba el segundo miércoles de cada mes, pero la masiva asistencia de los participantes ha exigido que se reúnan todas las semanas. Desde las siete de la noche, se inicia el recorrido en el Parque de las Banderas. Lo que jamás imaginó Diego fue el gigante que arrastrarían sus pedales y el sentido de identidad y solidaridad que se ven reflejados, una vez más, en esta parte del recorrido. 

Parece que se van a llevar a un guerrero y, así como los mosqueteros, nosotros somos: ‘Uno para todos y todos para uno’. “Aquí no se abandona a nadie”, exclama Diego. 
Cada vez llegan más motorizados, la fuerza pública ejerce una autoridad que no se escucha en medio de este desorden que ahora se acrecienta por un taxista que, no contento con atropellar a otro ciclista, se baja amenazando al grupo con una pesa enorme. 

Mide casi 1.80 metros y su masa corporal no se compara con la del chico que lo reta con un palo de guadua, que ante la intimidación convierte su artilugio en un arma corto punzante.No sé cuánto tiempo llevemos aquí, pero el amor al arte se nos está saliendo de las manos y de este pequeño infierno puede nacer la llama que queme las buenas intenciones. Las mismas que, según Diego, buscan “construir con las cicletiada un cambio generacional, crear alternativas de desplazamiento, reclamar espacio en las vías”. 

El director de esta obra, además, grita en coro: “¡Es mejor en bicicleta!” 

Por fin, el recorrido se reanuda. Ante mis ojos se levanta un tapete de colores adornado por caballitos de acero, patinetas, algunos pares de zapatos con llantas en línea y un velocípedo montado por su comandante, a quien le gusta que lo llamen el Ché. Además, está ‘La Coja’; entiendo que viene de vez en cuando y lo hace acompañada de Nacho. El alias se lo ganó porque en su llanta principal, el buje se encuentra ubicado de manera lateral, convirtiendo su caminar en una danza con ritmo diferente. 

Ya de vuelta, nos aproximamos al Parque de las Banderas, el recorrido ha terminado y yo ya sé qué estoy haciendo aquí: apoyo una iniciativa por el medio ambiente, que se abre camino entre la gente a través de una bicicleta porque “ciclistas urbanos somos, con conciencia ambiental y de la otra, clandestinos somos”. 

 …“ciclistas urbanos somos, con conciencia ambiental y de la otra, clandestinos somos”.

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A ciegas

A ciegas

Autor: Natalya Daza Fernández.

Facultad de Humanidades y Artes

Palabras que dicen más que una mirada.

La Sala Borges, un espacio de inclusión y participación para los discapacitados de Cali.
Nace en 1999 con el fin de acoger desde la cultura, a la población con discapacidad visual en Cali. Hoy, es un sitio de encuentro donde las discapacidades quedan a un lado, para darle paso al desarrollo de potencialidades.

Pasar un rato a su lado, deja la sensación de estar con personas mucho más sensibles que cualquiera con sus cinco sentidos de frente. 

Es Jorge Luis Borges, el reconocido escritor argentino quien plasma la contradicción del destino al permitir que en él se aferrara el amor por la literatura y a la vez, una enfermedad congénita que apagaba sus ojos. Si bien es cierto, aunque en la vida se presentan circunstancias como barreras para lograr cumplir los sueños, en el trajín del centro de Cali, se encuentra un ejemplo de tenacidad ante estos casos.
En las instalaciones de la secretaria de Cultura, uno de los espacios más conocidos y admirado por todos, es la llamada “Sala Borges”, inspirada en la memoria del maestro Jorge Luis. Este sitio amplío y colorido, acoge diariamente a invitados especiales por su forma de ser, de hablar, de pensar, pero, sobre todo, por su forma de percibir el mundo. 

A partir de este proyecto, se planteó un concurso nacional de cuento y poesía, para incentivar a personas con discapacidades a presentar sus obras literarias. Hoy, en la XII versión del concurso, se presta el servicio de talleres temáticos para perfeccionar las obras de quienes decidan participar, así lo afirma la coordinadora de la sala, Luz Marina Gamboa. 

Yamileth Guzmán, es la encargada del Taller de escritura creativa, psicóloga con maestría en lingüística y español de la Universidad del Valle, describe la experiencia entusiasmada, porque además tiene la posibilidad de brindar sus conocimientos para las personas que, como ella, presentan discapacidad visual. 

En la sala, un lugar lleno de sonrisas, se encuentran cuatro hombres que reciben el taller: Jhon Jurado, Raúl Ramírez, José Jiménez y Alexander López; quienes convierten el sitio en un espacio de experiencias. 

Los primeros en hablar son José Jiménez y Jhon Jurado. Participan por primera vez en el concurso, coincidiendo en la motivación por el poder de la imaginación que han logrado desarrollar a partir de su condición de discapacidad. 

En Raúl Ramírez se puede identificar la pasión por la protección de sus derechos, pues confiesa que su vida no ha sido fácil. Tuvo que soportar a un docente universitario que intentaba limitarlo con palabras despectivas, sin embargo, cuenta cómo este hecho le sirvió de incentivo para lograr llegar hasta quinto semestre de derecho.  

Habla además de su participación en proyectos que podrían llegar a incluir de mejor manera a los discapacitados visuales. Raúl es quien está decidido a cambiar sus condiciones de vida: “Nosotros los ciegos no necesitamos intérpretes o alguien que nos lea lo que queremos. Si hablamos de igualdad, los demás deberían entender que nuestro sistema de lectura es el braille y que así deben presentarse las herramientas, pues esa es la manera en la que podemos vivir la experiencia de la lectura”. 

Por último, está Alexander López, o como sus compañeros lo llaman “el poeta”, quien ha encontrado en la sala Borges un lugar para demostrar sus dotes, pues ya fue ganador del concurso de cuento y poesía en el 2012. Este logro derribó muchas barreras que había creado a partir del miedo que le producía el noble acto de expresarse. 

Pasar un rato a su lado, deja la sensación de estar con personas mucho más sensibles que cualquiera con sus cinco sentidos de frente. Son personas con una manera de hablar distinta, conocen sin ver, hablan directo y de esa manera sientes que te miran a los ojos, porque hablan desde el alma. 

Termina la conversación y queda un pensamiento en la cabeza “qué inconformes estamos los que parecemos completos”, mientras José se levanta, sonríe y dice: “nos vemos luego”  

 …en la vida se presentan circunstancias como barreras para lograr cumplir los sueños.

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LA RUTA DE CAICEDO

LA RUTA DE CAICEDO

Autor: José Julián Mena Rivera.

Facultad de Humanidades y Artes

Guillermo Lemos fue la persona que leyó por primera vez, en voz alta, Que viva la música, en compañía de su autor Andrés Caicedo y cuatro paquetes de Piel Roja y una onza de marihuana y tres gramos de coca y una canasta de cerveza.

El mismo Guillermo que desde hace cuatro años vive con su madre, la cual nunca imaginó que fuera su travieso y a veces incontrolable hijo quien la acompañaría en el colofón de su trasegar en la vida y, al relatar sus historias con Andrés o sin él, te das cuenta de que tiene mucho por contar.

Fueron cinco años de amistad de Guillermo con Caicedo. Juntos recorrieron la Cali de los setenta. La misma Cali que inspiró las dos grandes obras del autor caleño; El atravesado y Que viva la música. 

Quien mejor que él, para nutrir de comentarios un recorrido cultural que nació de la iniciativa de dos grandes amantes de la obra caicediana; Guillermo Lemos y la licenciada Ángela Rosa Giraldo. La Ruta de Caicedo tiene en su haber tres recorridos realizados y acaba de ganar la Convocatoria Estímulos 2013, en Industrias Culturales de Cali, adscrita a la Secretaría de Cultura y turismo. 

“Yo tuve la suerte de compartir con Andrés Caicedo el momento creativo de sus obras. A mí me llegaron todos los datos de primera mano”, afirma Lemos. No está de más decir que fue a Guillermo quien dedicó El atravesado. 

Pero detrás del mesurado individuo, que sabe que lo cobija la sombra de uno más grande, se deja ver un hombre que no pretende ser “respetable, ni una vaca sagrada”, como él mismo dice, sino alguien que siempre será el hombre embluyinado, el eterno alumno. 

Andrés Caicedo decidió acabar la obra de su vida, el 4 de marzo de 1977, después de tomar 60 secobarbitales, cuando estaba en su apartamento, el 101 del Edificio Corkidi, en la Avenida Sexta. De la vida y de la muerte habló muchas veces con Guillermo Lemos; Caicedo le decía al respecto: “Yo quiero morir joven, porque la genialidad se termina, es perecedera; porque la madurez es la aceptación de las derrotas”. Y en contradicción con su amigo, Guillermo contestaba: “Yo quiero morir viejo, yo voy a vivir largos años, porque amo infinitamente la vida”. 

Tanto el uno como el otro, se salieron con la suya. Aunque, paradójicamente, durante muchos años para ‘Guillermito’, como cariñosamente lo llamaba Andrés, había una búsqueda, inconsciente, de la muerte, que nunca llegó. “Estaba metido siempre en cosas muy riesgosas, viviendo la vida de un drogadicto, casi de un desechable, y experimentando cada día el tema de la limpieza social. Dos veces me intentaron matar. Llegó un momento en que me insensibilicé”. 

Cuando ves Angelitos empantanados (que son los fragmentos editados por Luis Ospina de un video de Andrés Caicedo y Eduardo Carvajal, alias ‘La Rata’, en donde aparecen Clarisol Lemos, Guillermo Lemos, Carlos Tofiño y Fosforito te imaginas que el futuro de esas pequeñas criaturas sería incierto, acepción que no estaba tan lejos de la realidad. A pesar de que la obra era una improvisación teatral, más tarde se convertiría en el preludio de una vida de excesos para algunos de ellos. 

“Nosotros no vivíamos para la droga, no era visto como algo delincuencial pero en los ochenta viene el basuco y como lo dije en el documental El ángel del pantano (dirigido por Oscar Campo y lo repito: ‘El basuco no tiene amigos, es egoísta, te destruye; me había robado mi valía”. Se encaminó entonces a su propia autodestrucción. “Porque si yo era la mierda más grande, me voy a destruir”, pensaba. 

“Con el documental me volvió la autoestima. Sin llegar a la petulancia y al egocentrismo. Me di cuenta de que, si los demás contaban conmigo, por qué yo no. Tuve la oportunidad de hablar por muchos que no hablaron. Fue como una catarsis”, explicó, mientras encendía su segundo Pielroja. 

Cuando conoció a Andrés, estaba en compañía de su hermana Clarisol en la presentación de una pieza teatral (en el Auditorio 5 de la Universidad del Valle), escrita y dirigida por Caicedo, en el año de 1972, 

Posteriormente, el lugar de encuentro fue el Cine Club de Cali, “Andrés me dijo ‘Yo quiero escribir literatura para jóvenes, pero tengo que buscar los elementos, porque no quiero que mi literatura pierda el realce local, el que es en Cali’”. 

Lejos de la imagen que relata de sí mismo, de su pasado, encontramos a un hombre mayor, de pómulos pronunciados, sentado con la tranquilidad de aquel que no le debe nada a la vida, con la paz interior que le deja el “estar limpio” – así es como le llama al haber dejado las drogas hace 19 años- eso sí, pagando el precio de una salud disminuida que se refleja en su repetida tos. 

El mismo Guillermo que desde hace cuatro años vive con su madre, la cual nunca imaginó que fuera su travieso y a veces incontrolable hijo quien la acompañaría en el colofón de su trasegar en la vida y, al relatar sus historias con Andrés o sin él, te das cuenta de que tiene mucho por contar. 

Cualquier calle, cualquier rincón de la Sultana del Valle servían como rescoldo inspirador para el literato de la urbe. “Caicedo volvió la ciudad como algo lírico. Sus personajes siempre están en movimiento, recorriendo la ciudad”, la misma ciudad de Andrés, de Guillermo, la misma Cali tuya y mía, la misma que se recorre en La Ruta de Caicedo. 

 …“Yo tuve la suerte de compartir con Andrés Caicedo el momento creativo de sus obras. A mí me llegaron todos los datos de primera mano”.

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Un día en la vida de…. Un limpiador de vidrios, Una selva de cemento

Mientras las oportunidades escasean y la tasa de desempleo aumenta, la informalidad reina, el rebusque y las diferentes formas de sustento aparecen para que miles de caleños sobrevivan a la mala economía ya la deficienteadministración departamental que se ve reflejada en miles de historias.


Por Diego Samudio y Claudia Lasso

[email protected]

@Claudita193

Cuando los primeros rayos de sol aparecen y las calles caleñas comienzan a cobrar vida, el rebusque se hace presente y Cristian Grueso sale a su segundo hogar a buscar el pan de cada día. “En una ciudad donde hay tantos autos, tenía que haber alguien que se preocupara porque estuvieran limpios, porque sus espejos estuvieran transparentes, ese es mi propósito:limpiar y ganar dinero”, expresaCristian.

Para la mayoría de caleños que tienen sus automóviles, los trabajadores ambulantes a veces son molestos e incomodan por su forma de ganarse la vida. Sin embargo, la otra cara de la moneda nos muestra cómo a diario se disputa una lucha económica para muchos de los vendedores y limpiavidrios de la sucursal del cielo, una lucha en la que en muchas ocasiones puede haber riesgos, tales como despojo por parte de las autoridades y conflictos por disputa de territorio, entre otros muchos problemas.

”Yo nací en la calle, me crie en este ambiente, mi sustento es esta selva de cemento”, dice Cristian, que es uno de los caleños que piensa que su hogar es la calle, pues desde muy niño ha tenido que crecer trabajando y viendo cómo el mundo le brinda pocas oportunidades de salir adelante dignamente.

“Mi mamá siempre ha trabajado en la calle de vendedora ambulante y yo, como no tenía con quien quedarme en la casa porque mis otros dos hermanos también trabajaban, iba a trabajar con mamá, y un día vi que unos primos tenían un punto para limpiar vidrios de carros y como yo ya tenía 10 años, me tocaba ayudarle con los gastos a mi mamá, entonces desde los 10 años trabajo en esto, y ahora tengo 22 años”, expresa Cristian.

La calle es una selva de cemento y de fieras salvajes cómo no, canta Cristian al relatar su historia de vida. Para él es normal ganarse entre 12 y 18 mil pesos al día; también es normal dormir, comoél lo dice “en un apartamento de un día”, que le cuesta aproximadamente cinco mil pesos.
“Yo soy feliz con lo que tengo, Dios me ha dado la oportunidad de valerme por mí mismo, pues doy gracias que al menos tengo cómo sostenerme”.

La miseria y la poca ayuda de una sociedad indolente hacen que a diario se presenten historias como ésta, de las que en algunas ocasiones ni nos enteramos y en otras, conocemos muy poco. Pero las ganas de salir adelante y el trabajo duro, son una pequeña luz a la falta de oportunidades ya la alta tasa de desempleo que se vive en la cuidad.

Samaritanos resocializando vidas

La vida en las calles es una problemática social que azota prácticamente a todo el territorio colombiano. Este modus vivendi implica factores como el vicio, abandono, deterioro de las personas, marginación, rechazo y también es una forma de exclusión.


Por Ana María Ramos
@ana_0621

La vida en las calles es una problemática social que azota prácticamente a todo el territorio colombiano. Este modus vivendi implica factores como el vicio, abandono, deterioro de las personas, marginación, rechazo y también es una forma de exclusión.

Si uno pasa por el centro de Cali, en sectores como el Calvario, Sucre y San Pedro, entre otros, se ve el triste panorama de niños, adultos y personas de la tercera edad, que duermen en los andenes, con hambre, frio y sin oportunidades de educación y. mucho menos, de un empleo digno.

Organizaciones no gubernamentales que apoyan y guían a estas personas, como la Fundación ‘Samaritanos de Calle’ trabajan por mitigar los problemas de salud, alimentación, educación e higiene y se encargan de resocializar a los habitantes de la calle.

¿Pero, hasta qué punto las personas pueden volver a la vida digna? Quizá muchos crean que se necesita ayudar a mucha gente para marcar la diferencia. En cambio, ‘Samaritanos’ no se preocupa por la cantidad, sino por la calidad. Con una sola persona que regrese a la vida ciudadana sienten que han hecho un excelente trabajo.
Lo importante es que la ciudadanía se interese por el apoyo voluntario a estas fundaciones, y que como siempre el gobierno las respalde, para que ese esfuerzo dé frutos cuantitativos.