Yo Opino

Una mira personal a las cosas del mundo

Goodfellas y los lavaperros
de la sucursal del cielo

Autor: Sandro Buitrago Parias

La primera vez (sí, la primera porque la he visto muchas) que vi la película Buenos Muchachos, de Martin Scorcesse, no pude evitar aguantar la respiración, observar con la boca abierta, y admirar a un Director que era capaz de jugar con varios narradores, diseñar y realizar unos planos secuencia asombrosos, en medio de una historia de Gangsters con actores talentosos y reconocidos.

Una buena traducción al español latinoamericano, The Goodfellas, los panas, muchachos, amigotes. Un filme que habla no sólo de la mafia norteamericana, sino de la lealtad (o falta de ella) la adicción a las drogas, y una época como los años 70 y 80 donde se consagró la ambición y la codicia como un valor que aún rige nuestra sociedad.

Ambientada en una Nueva York dominada por familias italianas que controlan los negocios turbios, Buenos Muchachos se me hacía entonces una representación cercana a algunos aspectos de mi vida en Cali, Colombia, durante los años 90. Una ciudad, que al igual que aquella Nueva York, padecía de unas familias de narcotraficantes que controlaban los negocios sucios de la urbe, y unos “lavaperros” que deseaban ser parte de los “duros”, los ascendidos, tal como Tommy De Vito, el personaje de Joe Pesci, que al igual que muchos de estos aspirantes a narcos locales, termina muerto de manera cruel.

La diferencia es que en la diégesis de los filmes de Scorcesse, los delincuentes mantienen cierto código de honor, sólo ciertas personas podían ser ascendidas. En el caso del personaje de Ray Liotta, Henry Hill, al ser de ascendencia irlandesa y no italiana, le negaban la oportunidad de volverse un Capo, o como diríamos en nuestra tierra “un duro”.

En Cali, cualquier mandadero de narco se creía (o cree aún) con derecho a llegar a un lugar y esperar ser atendido como Rock Star, intimidar, y coquetear con cualquier mujer del lugar, bajo la premisa de que quien se oponga sentirá el rigor de su maldad. Me remonto entonces a esa Cali de los años 90, donde la cantidad de delincuentes de poca monta que se regodeaban en la crapulencia de una ciudad sin Dios ni ley, la hacían invivible para los ciudadanos comunes y corrientes.

Personas que sólo iban a sus trabajos toda la semana y tal vez deseaban divertirse en un bar o discoteca los viernes y sábados, pero se encontraban con espacios lúdicos atiborrados de bandidos, mujeres trofeo y hasta lamebotas de los mandaderos de turno. Una situación que podría haber sido bien retratada en la película Lavaperros del cineasta caleño Carlos Moreno, pero no lo fue, pues su argumento se fue por otro lado, tal vez menos interesante. El ambiente mafioso de las calles de Cali, se podía sentir en restaurantes, gasolineras, supermercados, la Calle 5ª, la Avenida 6ª, y especialmente en las tiendas de ropa, donde quienes atendían se creían también “duros”, porque atendían a “duros”.

Esta es una historia que nuestro cine no ha contado. Se ha repetido hasta el cansancio la historia de los narcos, de sus mujeres, de los traquetos, pero no la de la gente de a pie que se hizo cómplice del narcotráfico, que lo acogió y lo adoptó con brazos abiertos, con ambición, sin ética y sin pudor. Una historia que represente esa ciudad más cercana a Ciudad Gótica que a la “Sucursal del Cielo”, más cercana a los personajes de Goodfellas, a esos jóvenes clase media, como Alias Chupeta, que dejaron de estudiar porque el narcotráfico brindaba un acceso más rápido al dinero.

Hace falta ese retrato de toda una generación que como Henry Hill en Goodfellas, desde pequeños sólo se dijeron a sí mismos “desde que tengo memoria, solo quise ser un gangster”. * Dedicado a la imagen de la mafia italiana en el cine.

En Cali, cualquier mandadero de narco se creía (o cree aún) con derecho a llegar a un lugar y esperar ser atendido como Rock Star, intimidar, y coquetear con cualquier mujer del lugar, bajo la premisa de que quien se oponga sentirá el rigor de su maldad“.

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