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Cuando la política se vuelve un termómetro emocional
Cuando la política se vuelve un termómetro emocional
Autor: Pedro Pablo Aguilera
La política colombiana tiene algo de clima tropical: cambia con rapidez, a veces sin aviso, y deja a todos mirando al cielo para adivinar si viene tormenta o un raro día despejado. Así amaneció Colombia este 12 de marzo de 2026. Hace apenas una semana, el relato dominante parecía escrito con tinta gruesa: un duelo entre polos, casi una versión electoral de los viejos westerns. De un lado, Iván Cepeda y el proyecto del Pacto Histórico; del otro, la irrupción ruidosa —y mediáticamente eficaz— de Abelardo de la Espriella.

Pero la política, como los ríos de montaña, tiene la costumbre de cambiar de cauce cuando menos se espera.
La confirmación de la fórmula Paloma Valencia – Juan Daniel Oviedo ha alterado el tablero con una precisión quirúrgica. No fue un estallido espectacular; más bien un movimiento silencioso, casi administrativo. Sin embargo, sus efectos han sido sísmicos. La llamada Gran Consulta por Colombia se cerró y, de repente, la derecha tradicional dejó de sonar únicamente a discurso ideológico para empezar a hablar —al menos en apariencia— el idioma de las cifras, los datos y las planillas de Excel.
El fenómeno Oviedo: cuando las estadísticas entran a la campaña
Hay números que parecen fríos, pero a veces arden políticamente.
1.255.510 votos.
Ese fue el capital político con el que Juan Daniel Oviedo llegó a la mesa de negociación con el uribismo. No es poca cosa. En un país donde la abstención suele ser la sombra constante de cada elección, reunir más de un millón de votos sin maquinaria tradicional es como encontrar agua en medio del desierto electoral.
Oviedo representa algo peculiar: la tecnocracia convertida en figura pública. Un exdirector del DANE que habla de datos con la naturalidad de quien comenta el clima. Y esa imagen —mitad estadístico, mitad administrador pragmático— se ha convertido en el puente que el Centro Democrático necesitaba para cruzar el ancho río del antiuribismo.
En ciudades como Cali ese efecto se percibe con claridad. En el sur y en ciertos sectores empresariales, donde el voto suele refugiarse en el blanco o en la abstención cuando la polarización se vuelve insoportable, la figura de Oviedo actúa como una especie de válvula emocional de descompresión.
Paloma Valencia aporta la narrativa de autoridad; Oviedo, la calculadora.
Uno habla de firmeza; el otro de indicadores.
Es una combinación curiosa: mano firme y hoja de cálculo. Una antítesis que, precisamente por eso, empieza a funcionar.
Las primeras mediciones sitúan la fórmula entre 18% y 21% de intención de voto, con una proyección ascendente que ya inquieta a sus competidores. No es todavía una avalancha, pero sí un deshielo que podría alimentar un río mayor.
La maquinaria silenciosa: la política que no sale en TikTok
Mientras tanto, lejos de los focos, se mueve otro engranaje menos visible pero históricamente decisivo: las maquinarias regionales.
En Colombia, las elecciones no se ganan únicamente en debates televisados ni en redes sociales. También se ganan —o se pierden— en reuniones discretas, en oficinas de gobernaciones, en llamadas telefónicas que nunca aparecen en titulares. Allí donde la política se parece menos a un espectáculo y más a una negociación permanente.
En ese territorio se mueve la influencia de figuras como Roy Barreras y de partidos tradicionales —La U, sectores liberales y conservadores— que poseen algo que las campañas digitales suelen olvidar: estructura territorial.
Según varios análisis, ese voto no responde tanto a ideologías como a expectativas de estabilidad económica. Dicho sin rodeos: busca el puerto que parezca más seguro para los negocios y la gobernabilidad.
Durante semanas, no se creyó en ese bloque. Ahora, es una realidad y comienza a ganar fuerza y a inclinarse hacia la fórmula Valencia–Oviedo. No por entusiasmo ideológico, sino por cálculo político.
Una paradoja clásica de la democracia colombiana: la pasión decide el discurso; el pragmatismo decide las alianzas.
Si ese movimiento se consolida, la dupla podría acercarse al 30% de intención de voto, lo suficiente para desplazar a De la Espriella hacia un tercer lugar incómodo.
Cepeda y De la Espriella: los extremos frente al espejo
Mientras tanto, los dos polos que dominaron la narrativa inicial enfrentan desafíos distintos.
Iván Cepeda sigue siendo el puntero en muchos escenarios. Su discurso de paz, memoria histórica y justicia restaurativa resuena con fuerza en sectores populares y rurales, así como en regiones que ven en su proyecto una continuidad del cambio político iniciado años atrás.
Pero liderar no siempre significa ganar sin obstáculos. Su principal barrera sigue siendo el temor al salto demasiado brusco. En una parte del electorado urbano persiste la pregunta —a veces explícita, a veces apenas susurrada— sobre hasta dónde llegarían las transformaciones propuestas.
Abelardo de la Espriella, por su parte, enfrenta un problema diferente. Su estilo frontal, casi teatral, le permitió conquistar rápidamente la atención pública. En redes sociales —especialmente en TikTok— su presencia es dominante. Allí la política se mueve al ritmo del algoritmo, como si la democracia fuera una pista de baile digital.
Pero las redes sociales, por influyentes que sean, no sustituyen una estructura territorial. Y mientras De la Espriella domina el espectáculo, otros candidatos avanzan en terrenos menos visibles: gremios, notarías, juntas de acción comunal.
Es la vieja antítesis entre ruido y organización.
Valle del Cauca: un espejo del país
Pocas regiones sintetizan mejor estas tensiones que el Valle del Cauca.
Cali, en particular, parece un mapa político dividido en capas emocionales. En el norte y en sectores del sur urbano crece la simpatía por la narrativa de eficiencia administrativa que encarna Oviedo. En contraste, la ladera y el oriente mantienen una identificación fuerte con el discurso de resistencia social representado por Cepeda.
Es casi como observar dos relojes que marcan horas distintas dentro de la misma ciudad.
Uno mide la ansiedad por estabilidad económica. El otro, la demanda persistente de transformación social.
Ambos laten al mismo tiempo.
¿El regreso de la tecnocracia?
El mensaje político de marzo empieza a perfilarse con cierta claridad. Después de años dominados por discursos intensamente ideológicos, la tecnocracia parece intentar su regreso al escenario electoral colombiano.
Pero no lo hace sola. Llega acompañada de una derecha que, consciente de sus límites, ha decidido suavizar su tono para ampliar su base. Como un hierro que se templa al enfriarse, el discurso busca ahora parecer más técnico que confrontacional.
La gran incógnita es si ese equilibrio podrá sostenerse.
Si la fórmula Paloma–Oviedo logra mantener cohesionada la consulta y absorber el pragmatismo de las maquinarias tradicionales, la segunda vuelta de 2026 podría no ser un referendo sobre el pasado —como tantas elecciones colombianas— sino una disputa sobre algo más difícil de prometer: la previsibilidad del futuro.
Copyright: © 2026 Facultad de Humanidades y Artes | USC – Grupo Análisis de Medios (GHUN) Coordinación: Pedro Pablo Aguilera.
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Pero la política, como los ríos de montaña, tiene la costumbre de cambiar de cauce cuando menos se espera.”

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En la pieza titulada “El Poder de la Verdad”, Cepeda aparece iluminado por una luz cenital que cae sobre su rostro como si descendiera de una cúpula invisible. La escena no es casual. La iluminación vertical evoca revelación, casi epifanía. No se trata de un candidato que debate: es un candidato que “descubre”.
Si Cepeda mira hacia lo alto, Fajardo mira a los ojos. En “Conversemos”, el micrófono no es accesorio, es protagonista. No está guardado ni en reposo: está activo. Es una democracia en funcionamiento.
La pieza “Firme por la Patria” no deja lugar a ambigüedades. El saludo militar y la bandera que ondea en seda construyen un escenario de orden y mando. La verticalidad domina la composición. Aquí la política no es diálogo ni revelación: es dirección.
El elector colombiano enfrenta una decisión que es menos técnica de lo que parece. No elige únicamente políticas públicas; elige una forma de verse a sí mismo: ¿ciudadano indignado que exige justicia?, ¿interlocutor racional que busca acuerdos?, ¿defensor que anhela orden?