Cuando la política se vuelve un termómetro emocional

Cuando la política se vuelve un termómetro emocional

Autor:  Pedro Pablo Aguilera

La política colombiana tiene algo de clima tropical: cambia con rapidez, a veces sin aviso, y deja a todos mirando al cielo para adivinar si viene tormenta o un raro día despejado. Así amaneció Colombia este 12 de marzo de 2026. Hace apenas una semana, el relato dominante parecía escrito con tinta gruesa: un duelo entre polos, casi una versión electoral de los viejos westerns. De un lado, Iván Cepeda y el proyecto del Pacto Histórico; del otro, la irrupción ruidosa —y mediáticamente eficaz— de Abelardo de la Espriella.

Pero la política, como los ríos de montaña, tiene la costumbre de cambiar de cauce cuando menos se espera.

La confirmación de la fórmula Paloma Valencia – Juan Daniel Oviedo ha alterado el tablero con una precisión quirúrgica. No fue un estallido espectacular; más bien un movimiento silencioso, casi administrativo. Sin embargo, sus efectos han sido sísmicos. La llamada Gran Consulta por Colombia se cerró y, de repente, la derecha tradicional dejó de sonar únicamente a discurso ideológico para empezar a hablar —al menos en apariencia— el idioma de las cifras, los datos y las planillas de Excel.

El fenómeno Oviedo: cuando las estadísticas entran a la campaña

Hay números que parecen fríos, pero a veces arden políticamente.
1.255.510 votos.

Ese fue el capital político con el que Juan Daniel Oviedo llegó a la mesa de negociación con el uribismo. No es poca cosa. En un país donde la abstención suele ser la sombra constante de cada elección, reunir más de un millón de votos sin maquinaria tradicional es como encontrar agua en medio del desierto electoral.

Oviedo representa algo peculiar: la tecnocracia convertida en figura pública. Un exdirector del DANE que habla de datos con la naturalidad de quien comenta el clima. Y esa imagen —mitad estadístico, mitad administrador pragmático— se ha convertido en el puente que el Centro Democrático necesitaba para cruzar el ancho río del antiuribismo.

En ciudades como Cali ese efecto se percibe con claridad. En el sur y en ciertos sectores empresariales, donde el voto suele refugiarse en el blanco o en la abstención cuando la polarización se vuelve insoportable, la figura de Oviedo actúa como una especie de válvula emocional de descompresión.

Paloma Valencia aporta la narrativa de autoridad; Oviedo, la calculadora.
Uno habla de firmeza; el otro de indicadores.

Es una combinación curiosa: mano firme y hoja de cálculo. Una antítesis que, precisamente por eso, empieza a funcionar.

Las primeras mediciones sitúan la fórmula entre 18% y 21% de intención de voto, con una proyección ascendente que ya inquieta a sus competidores. No es todavía una avalancha, pero sí un deshielo que podría alimentar un río mayor.

La maquinaria silenciosa: la política que no sale en TikTok

Mientras tanto, lejos de los focos, se mueve otro engranaje menos visible pero históricamente decisivo: las maquinarias regionales.

En Colombia, las elecciones no se ganan únicamente en debates televisados ni en redes sociales. También se ganan —o se pierden— en reuniones discretas, en oficinas de gobernaciones, en llamadas telefónicas que nunca aparecen en titulares. Allí donde la política se parece menos a un espectáculo y más a una negociación permanente.

En ese territorio se mueve la influencia de figuras como Roy Barreras y de partidos tradicionales —La U, sectores liberales y conservadores— que poseen algo que las campañas digitales suelen olvidar: estructura territorial.

Según varios análisis, ese voto no responde tanto a ideologías como a expectativas de estabilidad económica. Dicho sin rodeos: busca el puerto que parezca más seguro para los negocios y la gobernabilidad.

Durante semanas, no se creyó en ese bloque. Ahora, es una realidad y comienza a ganar fuerza y a inclinarse hacia la fórmula Valencia–Oviedo. No por entusiasmo ideológico, sino por cálculo político.

Una paradoja clásica de la democracia colombiana: la pasión decide el discurso; el pragmatismo decide las alianzas.

Si ese movimiento se consolida, la dupla podría acercarse al 30% de intención de voto, lo suficiente para desplazar a De la Espriella hacia un tercer lugar incómodo.

Cepeda y De la Espriella: los extremos frente al espejo

Mientras tanto, los dos polos que dominaron la narrativa inicial enfrentan desafíos distintos.

Iván Cepeda sigue siendo el puntero en muchos escenarios. Su discurso de paz, memoria histórica y justicia restaurativa resuena con fuerza en sectores populares y rurales, así como en regiones que ven en su proyecto una continuidad del cambio político iniciado años atrás.

Pero liderar no siempre significa ganar sin obstáculos. Su principal barrera sigue siendo el temor al salto demasiado brusco. En una parte del electorado urbano persiste la pregunta —a veces explícita, a veces apenas susurrada— sobre hasta dónde llegarían las transformaciones propuestas.

Abelardo de la Espriella, por su parte, enfrenta un problema diferente. Su estilo frontal, casi teatral, le permitió conquistar rápidamente la atención pública. En redes sociales —especialmente en TikTok— su presencia es dominante. Allí la política se mueve al ritmo del algoritmo, como si la democracia fuera una pista de baile digital.

Pero las redes sociales, por influyentes que sean, no sustituyen una estructura territorial. Y mientras De la Espriella domina el espectáculo, otros candidatos avanzan en terrenos menos visibles: gremios, notarías, juntas de acción comunal.

Es la vieja antítesis entre ruido y organización.

Valle del Cauca: un espejo del país

Pocas regiones sintetizan mejor estas tensiones que el Valle del Cauca.

Cali, en particular, parece un mapa político dividido en capas emocionales. En el norte y en sectores del sur urbano crece la simpatía por la narrativa de eficiencia administrativa que encarna Oviedo. En contraste, la ladera y el oriente mantienen una identificación fuerte con el discurso de resistencia social representado por Cepeda.

Es casi como observar dos relojes que marcan horas distintas dentro de la misma ciudad.

Uno mide la ansiedad por estabilidad económica. El otro, la demanda persistente de transformación social.

Ambos laten al mismo tiempo.

¿El regreso de la tecnocracia?

El mensaje político de marzo empieza a perfilarse con cierta claridad. Después de años dominados por discursos intensamente ideológicos, la tecnocracia parece intentar su regreso al escenario electoral colombiano.

Pero no lo hace sola. Llega acompañada de una derecha que, consciente de sus límites, ha decidido suavizar su tono para ampliar su base. Como un hierro que se templa al enfriarse, el discurso busca ahora parecer más técnico que confrontacional.

La gran incógnita es si ese equilibrio podrá sostenerse.

Si la fórmula Paloma–Oviedo logra mantener cohesionada la consulta y absorber el pragmatismo de las maquinarias tradicionales, la segunda vuelta de 2026 podría no ser un referendo sobre el pasado —como tantas elecciones colombianas— sino una disputa sobre algo más difícil de prometer: la previsibilidad del futuro.

Copyright: © 2026 Facultad de Humanidades y Artes | USC – Grupo Análisis de Medios (GHUN) Coordinación: Pedro Pablo Aguilera.

Pero la política, como los ríos de montaña, tiene la costumbre de cambiar de cauce cuando menos se espera.”

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2026: la batalla por el alma visual de Colombia. Una mirada desde el análisis de medios

Derecho a la pereza

Autor:  Pedro Pablo Aguilera

En 2026, la contienda presidencial colombiana no se libra únicamente en debates ni en plazas públicas. Se disputa, sobre todo, en el terreno invisible pero decisivo de los símbolos. Las campañas de Iván Cepeda, Sergio Fajardo y Abelardo De La Espriella han comprendido algo que Maquiavelo habría celebrado con una sonrisa discreta: antes que gobernar un país, hay que imaginarlo. Y para imaginarlo, nada más eficaz que una narrativa visual coherente.

IVÁN CEPEDA: LA POLÍTICA COMO REVELACIÓN MORAL

En la pieza titulada El Poder de la Verdad, Cepeda aparece iluminado por una luz cenital que cae sobre su rostro como si descendiera de una cúpula invisible. La escena no es casual. La iluminación vertical evoca revelación, casi epifanía. No se trata de un candidato que debate: es un candidato que “descubre”.

El uso de tipografía manuscrita para la palabra “Verdad” funciona como firma, como testamento. En un país acostumbrado a promesas impresas en tipografía industrial —idénticas entre sí como recibos de supermercado—, la escritura que parece hecha a mano sugiere autenticidad, incluso sacrificio personal. La verdad no como eslogan, sino como herida abierta.

El púrpura y el naranja, colores de transformación y energía, refuerzan esa idea de tránsito: del pasado al porvenir, del silencio a la palabra. Cepeda construye una estética de esperanza ética. El suyo es el arquetipo del Sabio —o del Mago político— que promete convertir la memoria en justicia.

Hay, sin embargo, una ironía sutil: la política latinoamericana ha invocado tantas veces la “verdad” que el término corre el riesgo de vaciarse. Pero Cepeda apuesta precisamente a lo contrario: saturarlo de significado moral hasta hacerlo irresistible.

 

SERGIO FAJARDO: LA PEDAGOGÍA COMO MÉTODO DE GOBIERNO

Si Cepeda mira hacia lo alto, Fajardo mira a los ojos. En “Conversemos”, el micrófono no es accesorio, es protagonista. No está guardado ni en reposo: está activo. Es una democracia en funcionamiento.

El flujo visual es horizontal. No hay pedestal ni gesto solemne. La cámara se sitúa a la misma altura que el espectador, anulando jerarquías. La semiótica es clara: aquí no hay redentor ni comandante; hay facilitador. Fajardo encarna el arquetipo del Maestro.

Sus colores —azules institucionales combinados con púrpura— evocan estabilidad y sensatez. Frente a la épica moral de la izquierda y la marcialidad de la derecha, el centro ofrece método. Si Cepeda promete una transformación, Fajardo promete procedimiento. Puede sonar menos heroico, pero quizá más gobernable.

La antítesis es evidente: mientras unos apelan a la emoción moral o al orgullo nacional, Fajardo apela a la razón técnica. En tiempos de polarización, su apuesta es casi contracultural: hablar en voz baja en medio del griterío. Es como intentar afinar un violín en plena tormenta, confiando en que alguien aún valore la música.

 

ABELARDO DE LA ESPRIELLA: LA NACIÓN COMO FORTALEZA

La pieza “Firme por la Patria” no deja lugar a ambigüedades. El saludo militar y la bandera que ondea en seda construyen un escenario de orden y mando. La verticalidad domina la composición. Aquí la política no es diálogo ni revelación: es dirección.

El tricolor nacional ocupa el centro emocional del mensaje. No es fondo decorativo; es símbolo absoluto. La nación aparece como algo que debe ser defendido, quizá incluso restaurado. El gesto marcial, combinado con un traje de alta costura, crea una figura híbrida: el Caballero Defensor. Elegante, pero dispuesto a combatir.

La semántica es de rescate. En contraste con la estética luminosa de Cepeda y la horizontalidad conversacional de Fajardo, De La Espriella construye una narrativa de autoridad. Su arquetipo es el Soberano —o el Guerrero— que promete orden frente al caos.

La ironía aquí es doble: en una democracia fatigada por la desconfianza institucional, el gesto militar puede leerse tanto como garantía de disciplina como nostalgia de rigidez. El mismo símbolo que para unos significa protección, para otros puede evocar exceso de control.

 

POLÍTICA TRANSMEDIA: DEL AFICHE AL ALGORITMO

Los tres candidatos coinciden en algo decisivo: la publicidad física es apenas la puerta de entrada. Los códigos QR y nombres de usuario integrados en las piezas indican que la verdadera campaña ocurre en el ecosistema digital.

Pero incluso allí se mantienen las diferencias:

  • Cepeda convoca activistas.
  • Fajardo busca ciudadanos deliberantes.
  • De La Espriella moviliza defensores de una causa cultural.

Tres comunidades distintas, casi tres tribus simbólicas.

La política se vuelve transmedia: el cartel es índice, la red es territorio. Ya no basta con persuadir; hay que construir identidad compartida. Como si cada campaña ofreciera no solo un programa, sino una membresía emocional.

En última instancia, la campaña de 2026 se fragmenta en tres estéticas claras:

  • Esperanza moral: colores vibrantes, apelación ética.
  • Racionalidad institucional: equilibrio cromático, pedagogía democrática.
  • Autoridad patriótica: símbolos nacionales, verticalidad y fuerza.

El elector colombiano enfrenta una decisión que es menos técnica de lo que parece. No elige únicamente políticas públicas; elige una forma de verse a sí mismo: ¿ciudadano indignado que exige justicia?, ¿interlocutor racional que busca acuerdos?, ¿defensor que anhela orden?

Como en toda gran disputa histórica, la batalla no es solo por el poder, sino por el significado del poder. Y en esa arena, los colores, los gestos y la luz importan.

No estamos ante tres planes de gobierno enfrentados; estamos ante tres relatos de país que compiten como constelaciones en un mismo cielo político.

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El estrecho de las sospechas: ¿Infiltración o emboscada?

El estrecho de las sospechas: ¿Infiltración o emboscada?

Autor:  Pedro Pablo Aguilera

El enfrentamiento ocurrido el 25 de febrero en aguas cubanas, con un saldo de cuatro muertos y seis heridos tras el intercambio de disparos entre una lancha de Florida (EEUU) y fuerzas guardafronteras, ha sido presentado por La Habana como una “infiltración terrorista”. Washington, por su parte, ha tomado distancia confirmando la presencia de ciudadanos estadounidenses sin admitir implicación oficial. Hasta aquí, los hechos básicos coinciden: hubo ingreso, disparos y víctimas. Lo que resta pertenece al terreno de la interpretación estratégica y la sospecha operativa.

Para cualquier conocedor de la náutica de las costas cubanas, el incidente presenta una anomalía estadística difícil de ignorar. Cuba posee miles de kilómetros de costa irregular y laberintos de cayos que ofrecen infinitos puntos de entrada discreta. Ernest Heminway en su yate Pilar hizo incursiones en esos mares en busca de los submarinos alemanes en la II Guerra Mundial y narra lo complejo de esa geografía (ver su novela póstuma Islas a la deriva“). A ello se le suma que Cuba es un país con una crisis energética sin precedentes, donde la marina de guerra opera con reservas de combustible al límite, un “encuentro” frente a frente parece menos un azar y más una cita previa.

La logística de la escasez en la isla dicta que no se mueve un motor si no hay una certeza. Navegar en busca de una lancha consume recursos que hoy son un lujo. Si la interceptación fue quirúrgica, como lo fue, es porque las patrulleras no estaban patrullando; estaban posicionadas. En inteligencia, cuando los recursos son mínimos y el resultado es óptimo, el factor sorpresa solo existe para el capturado.

Bajo estas premisas surge la pregunta inevitable: ¿Sabía La Habana que esa lancha venía? En la doctrina de contrainteligencia, el concepto de “dejar hacer” es una herramienta sofisticada. Si los servicios de seguridad conocían la trayectoria, ya sea por infiltración en ese grupo irresponsable y aislado que actuó desde la Florida o por monitoreo de comunicaciones, permitieron el ingreso a aguas jurisdiccionales antes de actuar,  sin establecer contacto con la Coast Guard de EEUU como se ha hecho muchas veces para casos de salidas ilegales, accidentes, rescates, la naturaleza del hecho cambia radicalmente.

Dejar que el “delito” se consuma antes de intervenir permite legitimar el uso de fuerza letal y controlar el escenario para maximizar el costo político. El incidente real se convierte así en una prueba irrefutable de “amenaza externa”, una narrativa vital para un sistema que necesita desplazar de la agenda pública temas críticos como la crisis económica, los apagones, el descontento social y los presos políticos como los “Muchachos del 4TICO”.

No se trata de especulación pura o tesis conspirativas, sino de que hay precedentes verificables. La historia del conflicto Cuba-EEUU, está marcada por la capacidad de la inteligencia cubana para penetrar diferentes grupos opositores. Organizaciones como Alpha 66 (caso Cayo Piedras,1980).

 y Omega 7 fueron infiltradas en su momento, y el trágico derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate en 1996 ilustró cómo la información previa de agentes cubanos condujo a un desenlace letal diseñado para producir un alto impacto político.

Para mí, el episodio constituye una “bandera falsa” en el sentido de una fabricación del incidente. No tengo pruebas, pero si el conocimiento de la historia. La eficiencia de la emboscada a un grupo de irresponsables sin trayectoria militar en un contexto geopolítico que vive Cuba como estado fallido, inclina la balanza hacia la instrumentalización política que justamente necesita la dictadura para victimizarse.

El Estrecho de Florida, pasa a ser el estrecho de la sospecha y donde la visibilidad náutica suele ser clara, este incidente permanece envuelto en una bruma estratégica. La sospecha de que el guion ya estaba escrito antes de que el motor de la lancha tipo Pro-Line diseñada para la pesca deportiva, se encendiera, es una línea de análisis obligatoria a la que no me niego.

A lo largo de más de sesenta años de conflicto, el control de los hechos sobre el estrecho de la sospecha ha sido tan ferozmente disputado como la interpretación política que de ellos se hace.

Para mí, el episodio constituye una “bandera falsa” en el sentido de una fabricación del incidente. No tengo pruebas, pero si el conocimiento de la historia.

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El Viejo Google Bajo Amenaza

El Viejo Google Bajo Amenaza

Autor:  Pedro Pablo Aguilera

Hubo un tiempo —no tan lejano— en que Google era el monarca absoluto de la red. Su corona de enlaces brillaba más que cualquier sol digital y su palabra (o, mejor dicho, su algoritmo) era ley. Hoy, sin embargo, su trono ya no tiembla: cruje. Y no es por un nuevo buscador con más colores o un logo minimalista, sino por un adversario que ni siquiera “busca”: la inteligencia artificial.

Según un estudio de Semrush, para 2028 la mayoría de visitantes de tu página web no vendrán guiados por el viejo oráculo del buscador, sino escoltados por asistentes de IA. Es decir, la puerta de entrada ya no será un índice de resultados, sino un párrafo personalizado que te dirá qué leer, cuándo y por qué… sin preguntarte si quieres otra opción.

Esto implica un cambio de reglas. El viejo SEO, ese arte —o superstición— de seducir a Google con palabras clave y enlaces, tiene ahora dos compañeros de viaje:

  • GEO: el SEO adaptado a los modelos de lenguaje como ChatGPT o Claude.
  • AEO: la estrategia para aparecer en esos resúmenes con los que Gemini o Bing Copilot creen salvarte la vida.

Si el SEO ya era como escalar una montaña en chanclas, ahora el reto es hacerlo mientras soplas un saxofón.

De la prehistoria digital a los reyes algorítmicos

En los primeros días de Internet, encontrar una página era tan difícil como localizar un libro en una biblioteca sin estanterías. Después vinieron los directorios como Yahoo, con su ejército de catalogadores humanos, clasificando páginas como si fueran unas Páginas Amarillas con esteroides.

Hasta que apareció Google con PageRank y convirtió la web en una especie de democracia: cada enlace era un voto y los votos de los poderosos valían más. El SEO nació de esa fiebre por la visibilidad, mutando con el tiempo hacia un examen más exigente: calidad, autoridad, experiencia del usuario… y ese acrónimo casi eclesiástico, EEAT.

Google pasó de ser un índice frío a un escaparate interactivo con fotos, vídeos, mapas y respuestas rápidas. Pero entonces surgieron los LLM —ChatGPT, Gemini, Perplexity— y la premisa cambió. Ya no buscaban por ti: respondían por ti. Y esa diferencia, sutil pero letal, transformó la intención del usuario: de explorar, a simplemente recibir la respuesta correcta (o casi).

¿Quién gana la partida?

  • Investigación académica: Los LLM resumen y estructuran como nadie, pero el rigor y la profundidad siguen en manos de Google Scholar. Perplexity empieza a pisar fuerte con búsquedas semánticas y citas instantáneas.
  • Noticias y tendencias: Empate técnico. La IA condensa y analiza; los medios tradicionales aportan credibilidad y contexto (cuando quieren).
  • Comparar productos y precios: Google tiene velocidad y actualización; los LLM ofrecen personalización sin anuncios invasivos, lo que suena a paraíso… al menos hasta que descubran el negocio.

Ni vencedores ni vencidos

No hay un campeón absoluto. Los buscadores tradicionales son un mapa para explorar; la IA, un guía que te lleva directo al mirador. El problema es que, a veces, ese guía se inventa el paisaje.

Por eso, la verdadera habilidad ya no es dominar una herramienta, sino elegirla con criterio. Y mientras el trono de Google se inclina, la pregunta inevitable es:

¿Seguirás tocando a la puerta del viejo rey… o dejarás que un asistente te abra una ventana nueva?

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Los medios en Colombia: entre algoritmos

Los medios en Colombia:
entre algoritmos

Autor:  Pedro Pablo Aguilera

En un país donde la selva amazónica convive con rascacielos de concreto y las telenovelas compiten con las tragedias del Congreso, los medios de comunicación no son solo un espejo de la realidad: son también sus mejores ilusionistas. Colombia, con sus 52 millones de habitantes y una conectividad del 77%, parece estar más informada que nunca. Pero no necesariamente mejor informada. El 2025 nos encuentra ante una paradoja deliciosa: mientras la tecnología avanza como tren sin frenos, la confianza en las noticias retrocede como cangrejo mareado.

 Propietarios de todo, creadores de poco

La concentración de medios en Colombia no es noticia, pero sí escándalo permanente. Un puñado de conglomerados posee lo que se oye, se ve y se lee. Nada nuevo bajo el sol. Lo curioso es que ahora este sol lo empañan nubes importadas: Netflix, Disney+, … plataformas que no solo conquistan la atención del público, sino también su tiempo, su afecto y sus datos.

El caso del Canal 1 ilustra bien esta danza de desposesión nacional. Prisa, el grupo español que ya controla buena parte del espectro radial colombiano, desembarca ahora en televisión. ¿El resultado? La caída del noticiero CM&, un bastión informativo liderado por Yamid Amat durante 30 años, sustituido por cámaras fijas y boletines que parecen diseñados por un algoritmo con insomnio. Así, el canal estatal deviene en escaparate de radio con video, donde el periodismo original se evapora como tinta barata bajo el sol de la eficiencia.

Mientras tanto, Caracol TV y RCN –los dos titanes privados del país– responden con iniciativas digitales que tienen nombre de start-up y ambición de monopolio. Ditu y la app de RCN buscan atraer al usuario distraído que zapea entre un TikTok y una denuncia ciudadana. Pero la pregunta persiste: ¿quién está produciendo el contenido? ¿Y para quién?

 Inteligencia artificial: ¿ayudante o impostor?

La IA se ha convertido en el nuevo becario de la sala de redacción: rápido, obediente y casi gratis. Resúmenes automáticos, traducciones instantáneas, generación de titulares… y, si nadie lo impide, pronto también editoriales con aroma a circuito integrado.

Pero en Colombia, donde la gente aún recuerda con nostalgia cuando los noticieros cerraban con oraciones y gallinas cantoras, el uso de IA despierta más escepticismo que entusiasmo. Según el Instituto Reuters, la mayoría prefiere que haya un periodista humano supervisando la tecnología. Porque una cosa es delegar la transcripción de un discurso presidencial, y otra muy distinta es permitir que lo redacte ChatGPT y se lo crea el país entero.

  Transparencia gubernamental: ¿ventana o vitrina?

El gobierno de Gustavo Petro ha optado por transmitir en directo sus reuniones de gabinete. En teoría, una muestra de transparencia. En la práctica, una tragicomedia nacional. El experimento se estrenó con una pelea ministerial en cadena nacional que terminó con cinco renuncias y medio país preguntándose si estaban viendo política o un spin-off de La Casa de los Famosos.

Lo que debía ser información ciudadana terminó siendo espectáculo involuntario, y no faltó quien se preguntara si, después de todo, no sería mejor la opacidad clásica que al menos nos ahorraba el bochorno.

Mientras tanto, en RTVC, la emisora pública, la tensión también se emite –aunque no siempre en vivo. Acusaciones de acoso laboral, presunto uso propagandístico y amenazas a periodistas como Holman Morris revelan que la prensa oficial no escapa al desgaste que produce la fricción constante entre poder y verdad.

 Confianza bajo mínimos y polarización en esteroides

Solo el 32% de los colombianos confía en las noticias. Un dato que no sorprende en un país donde los noticieros parecen editoriales disfrazadas y los editoriales, combates cuerpo a cuerpo. Influencers de derecha y de izquierda gritan desde sus trincheras digitales, elevando la temperatura del debate hasta niveles tropicales.

El periodismo, atrapado entre la necesidad de likes y la urgencia de subsistir, ha cedido a una lógica de espectáculo donde informar ya no basta: hay que escandalizar. El resultado es una ciudadanía agotada, desconfiada y, paradójicamente, más dependiente que nunca de las redes sociales para saber qué está pasando.

 Redes sociales: el nuevo ágora… infestada de trolls

Facebook sigue siendo el rey, pero TikTok viene con apetito de emperador. Los colombianos consumen noticias en plataformas diseñadas para bailes virales y teorías conspirativas. ¿El riesgo? Que en lugar de informarse, la gente se entretenga. Y en lugar de contrastar, compartan.

El 60% de los usuarios teme caer en noticias falsas, pero sigue confiando en los mismos canales donde proliferan. Como si un pasajero dijera: “No me gusta volar con turbulencia”, mientras aborda por gusto un avión sin piloto.

Entre la promesa y el abismo

Colombia, en 2025, está parada en una encrucijada. Tiene más canales, más herramientas y más datos que nunca. Pero también más ruido, más propaganda y más desconfianza. La inteligencia artificial promete eficiencia; la polarización garantiza conflicto. Y los medios deben decidir si quieren ser centinelas del poder o voceros del caos.

Quizás el futuro de la información en Colombia no dependa tanto de la tecnología, sino de una vieja pregunta ética: ¿para quién se informa, y con qué propósito? Si no la respondemos pronto, corremos el riesgo de saberlo todo… sin entender nada.

¿El riesgo? Que en lugar de informarse, la gente se entretenga.
Y en lugar de contrastar, compartan”.

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