Del dulce aroma del café al siniestro sabor de las drogas

Autor: Sebastián David Moncayo

Facultad de Humanidades y Artes.

Pero esta vez el objetivo no era la visita familiar, sino conocer a Dúber Vélez, un joven de 24 años, recolector de café hasta los 18 y padre de 2 hijos. Para comodidad de Dúber, la cita fue en un café situado en una esquina del Parque de la Concordia. Vestía una camisa manga larga, celeste de rayas horizontales azul oscuro que cubrían sus brazos tatuados casi totalmente, por dentro de su pantalón color jean y una correa de hebilla grande en forma de serpiente; sus zapatos eran viejos, era notable su esfuerzo para que se vieran bien.

Su mayor ilusión es que algún día la vida del campesino sea digna y bien remunerada para que muchos, como él, no tengan que desviar su camino.
“Nací en este pueblo con una cultura muy bonita, este olor me recuerda muchos atrás cuando mi cucho me enseñó a recolectar café”, expresó. En su rostro se pueden observar los vejámenes de años difíciles, de trabajo desde temprana edad, el sol ha marcado su rostro y algunas cicatrices por el acné en sus mejillas lo hacen ver como un tipo rudo. Sus ojos negros y los labios carnosos le dan un aspecto de crudeza.

Después de un tiempo y algunos sorbos de café campesino endulzado con panela, reflexiona sobre lo que pasa cuando en Colombia los jóvenes prefieren otros negocios más fáciles que trabajar en el campo y recolectar café. Creció en una familia pequeña, campesina y siempre con la iniciativa de trabajo; nunca fue a la escuela, desde que tiene memoria ha sido recolector de café.

Afirma que el trabajo en el campo es difícil y mal pago, el trato es grosero, los mosquitos dejan residuos -se señala las mejillas-, los ‘patrones’, como él los llama, son personas que sólo quieren explotar al pobre recolector y cada vez pagan con más tacañería.
Por eso prefirió, a los 18 años, buscar otros métodos de conseguir dinero. Después de hablar con sus amigos y conocer la situación de ellos, encontró una forma: las drogas. Ya había conocido las sustancias sicoactivas -a los 14-, consumió varias veces en medio de trabajadores mayores que él, nunca se sintió cómodo pero llamó a sus plones recargar baterías, pues –confiesa- de esa manera es como se recolecta energía normalmente en el campo.
Un día tuvo un problema con un administrador que no le quería pagar y decidió abandonar el campo, definitivamente se sentía en el lugar incorrecto. Ese día, al llegar a las 2:00 p.m. a su casa, su esposa lo recibió con un vaso de aguapanela y limón. Fue cuando pensó en buscar a sus amigos y pedirles ayuda para encontrar posibles salidas; venía su primer hijo en camino y no quería que llegara sin estar preparados.
-Pacho, ¿me va a incluir en el negocio?
–Usted sabe que conmigo la tiene clara-, contestó Francisco, a quien llama ‘su pana’. De esa manera entró en un mundo desconocido. Se sentía preocupado, tenía miedo y entre sus planes no estaba ir a una cárcel. Además, no quería que eso afectara su relación familiar.
Fue fácil, la plata y los clientes ya estaban, Dúber empezó a adquirir más dinero, estar en su casa cuando él quería y de vez en cuando consumía con sus amigos.
En sus ojos se puede percibir la decisión con la que maneja el tema, al segundo café decide contrastar los únicos dos trabajos que ha tenido en la vida con una analogía: “Uno tiene que ser como un pájaro que no tiene casa, si no la hay, busca ramas y se la construye, esos pájaros que se la pasan consiguiendo ramas para otros nidos, luego llega el viento y los deja sin nada”.
Para él, su forma de hacer las cosas es la correcta y afirma sin remordimientos que definitivamente no volvería al campo porque no viviría como lo hace ahora.

Este típico café fue el escenario de la charla del joven Jíbaro con Utópicos.

Cada fin de semana, solía abordar un bus estrecho, con asientos uno muy pegado del otro y con un olor impregnado a aromatizantes para carros; tres horas de paisajes verdes hasta Sevilla, norte del Valle.

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