El periodista Jorge Manrique Grisales relató sus más profundos pensamientos y recuerdos sobre la tragedia de Armero, que incluyó en su más reciente publicación ´Oficio del reportero´.
Por: Laura Vanessa Angulo y Viky Andrade.
El foco central de este escrito resalta una historia que fue un gran hito en Colombia, la avalancha producida por el Volcán del Ruiz, conocida como la Tragedia de Armero, un suceso cargado de miedo, sufrimiento y tenacidad, que ocurrió en noviembre de 1985.
La docente Olga Behar -codirectora de Utópicos 2.0- realizó la entrevista a Jorge Manrique, en la que nos relató la forma como cubrió este insuceso y cómo la erupción del Ruiz era una tragedia anunciada: “Veinticinco mil personas perdieron la vida en las entrañas de una avalancha de lodo y piedras que se descuajó desde las nieves perpetuas del volcán nevado del Ruiz y bajó rauda por los cañones de los ríos que nacen en esa parte de la Cordillera Central”.
La erupción del volcán tomó por sorpresa a los pobladores cercanos; mientras tanto, los medios nacionales e internacionales exponían tal suceso de manera sensacionalista, presentando situaciones como el sufrimiento de la pequeña Omaira antes de su muerte. Por el contrario el periodista Manrique, paso a paso nos cuenta cómo la muerte acechó en cada esquina del municipio, sus lágrimas se reflejaban con la ceniza que caía poco a poco del cielo, cubriendo a los habitantes de esa región.
En su libro cuenta también la historia de Armero basándose en los escritos de un ex alumno de una expedición universitaria que terminó en tragedia el 13 de noviembre del 1985; este personaje es el hoy geólogo Víctor Hernán Cubillos, quien expone que esa noche “se sentía el crujir de las vigas y muros, el estallido de vidrios, el ruido de las latas aplastadas y el chasquido de los arboles cercenados”. Al otro día el dolor se hacía notar, pero en el hotel donde se habían hospedado los estudiantes de Geología de la Universidad de Caldas había pocas quejas; las pocas personas sobrevivientes estaban desfiguradas, les faltaban extremidades y unos pocos lograron curarse. Fue el caso de Cubillos, quien fue trasladado al Hospital Universitario de Caldas por principios de gangrena en un tobillo herido. Ahora cuenta la historia desde Ontario, Canadá, donde actualmente reside.
Leer el libro es aclarar el dolor e imaginar lo inigualable, esta crónica nos relata cada paso en la vida de un sobreviviente que cada 13 de noviembre recuerda tales hechos y llora por la muerte de sus conocidos.
Manrique se refiere estudios de cómo ha ido cambiando el volcán que consumió todo un pueblo, de la composición del nevado del Ruiz -situado a 4.885 metros sobre el nivel del mar-. Después de lo acontecido, las autoridades tomaron más precaución, dado que este fenómeno de la lluvia de ceniza causando actualmente problemas en el cauce de los ríos, así como acidez en sus aguas, lo cual afecta las plantaciones; Igualmente, se revisaron las medidas para prever acciones en caso de una erupción futura del volcán.
Colombia necesita un momento de dolor para actuar, con frecuencia analiza los hechos cuando hay muertos de por medio. Y así como pasó con Armero, pueden ocurrir otros acontecimientos sin que elabore un plan de contingencia.
Los medios nacionales e internacionales posaron sus miradas en Armero un día después de la tragedia; el dolor y las noticias del momento parecían pasabocas para los periodistas, y es aquí cuando este libro nos invita a recordar un momento que no debió pasar, pero que aunque le echen la culpa a la naturaleza, los entes gubernamentales permitieron que sucediera.
A partir de hoy, y durante toda la semana, Utópicos.com.co publicará varios artículos sobre la tragedia de Armero.
Por: Olga Behar
Directora de www.utopicos.com.co
Iniciamos esta serie con una crónica inédita, escrita por José Julián Mena Rivera, comunicador de la ONG Crecer en Familia.
“Mi fe se quedó enterrada en el lodo”
Por José Julián Mena Rivera
@josejulianmena
Con lágrimas en los ojos, María Teresa Tovar evoca el drama que vivió hace 30 años, cuando su “fe quedo enterrada en el lodo” en medio de los escombros al lado de los cadáveres, en una tierra de nadie que en otrora se llamaba Armero.
Sus tobillos guardan la cicatriz imborrable de la tragedia “faltó poco para que le amputaran el pie”, recuerda Antonio Rojas, esposo de María Teresa, a la vez que se agacha para masajearla, sin dejar de fruncir sus labios con un sentido de conmiseración.
De nuevo, remontan la postura en el sofá de metal, de seis cojines separados, y entrelazando sus manos, arrugadas por el paso inevitable de los años, se dispone a abrir el baúl que había estado cerrado con candado, aquel que alberga los recuerdos dolorosos.
Al romper el cerrojo, rememoraron las horas previas a la tragedia, el aviso de peligro del párroco por la megafonía de la iglesia, la lluvia de ceniza que desde las cuatro avizoraba del peligro; el apocalipsis anticipado de Armero.
Levantando la mirada hacia el techo, como si tuviera escrito sus pensamientos en él, María recuerda que “esa tarde nadie le puso cuidado al anuncio del párroco, creíamos que era una creciente de agua y nada más. Nunca imaginamos que acabaría con todo, aún no se si es lo que tenía que pasar”.
A las once y media de la noche del 13 de noviembre de 1985, se sintió un fuerte temblor, acompañado de un estallido que levanto la humanidad de María del asiento de la sala. Ante el pánico, se reunieron en el patio de la familia Rojas Tovar; con ellos Vivian tres de sus hijos: Luis, Doris y Olga, y los acompañaba la madre de María Teresa. Al lado de ellos, el carro que con mucho sacrificio había comprado meses antes: pero la naturaleza no entiende de esfuerzos.
Al instante, una sombra se acercaba con la amenaza de envolverlos. Cien millones de metros cúbicos de pantano, lava, hielo y piedra – según las estimaciones de organismos de socorro- y el ruido ensordecedor de personas, reces caballos y toda clase de seres vivientes, que luchaban por su vida en medio del lodazal, se aproximaba cada vez más.
Se cogieron fuerte de las manos, mientras escuchaban el crujir de metales, tablas, y porque no, hasta de huesos. “volteé a mirar y vi como las paredes se reventaron de un solo golpe”, recuerda Doris. “A mi madre nunca la volví a ver, me queda el recuerdo del último roce que se dieron nuestras manos antes de que nos separara la avalancha”, relata con nostalgia María Teresa.
Ana Beatriz, otra hija del matrimonio Rojas Tovar, quien residía en el Líbano, fue presa del pánico, al no saber del paradero de sus familiares. Estaba en los últimos meses de embarazo y aún recuerda con dolor como veía llegar camiones repletos de cadáveres: “Miraba atentamente con lágrimas en los ojos, esperando encontrar a algún familiar”, y cree no equivocarse al afirmar que observaba como algunos cuerpos aún mostraban signos de vida.
“A Luis se le habían salido las tripas, yo las cogí, se las lave y se las volví a embutir”, recuerda Antonio. Después no supo más de su hijo. “Hubo mucha confusión las mujeres y las niñas era conducidas para un lado, los varones, para otro lado. Luis tenía diez años en ese tiempo”.
La familia Rojas Tovar fue repartida por todo el territorio nacional. María Teresa fue trasladada a Ibagué donde permaneció dos largos meses; Antonio, a Cali con su brazo partido en dos, de Luis se sabía que lo tenía una señora en Ibagué y de Doris y Olga, que se encontraban en Bogotá.
Con dolor Antonio trae a memoria el caso de Elías Acosta, quien tenía cinco joyerías y una finca. “Él estaba tendido en el suelo. De por sí, él ya tenía problemas en una piernita, pero al parecer se había lastimado las dos. Íbamos caminando y lo encontramos tendido en el lodo. Me dijo: ‘Antonio présteme un cuchillo o una navaja’, yo le pregunté: ¿para qué?, y me respondió: ‘es que me voy a quitar la vida, porque no me aguanto’, yo le dije ‘tenga paciencia, don Eli, que ya están sacando la gente, aguántese mientras vienen por usted’. Después oímos el comentario de que cuando un socorrista se detuvo para ayudarlo, le quito el cuchillo y se lo clavo en el pecho.
“Solo fue hasta enero de 1986 cuando nos encontramos de nuevo, fueron tres largos meses de sufrimiento, al no saber nada de la familia”, asegura María, mientras enjuaga sus lágrimas al recordar las angustias de su corazón.
El destino, la tragedia o la fatalidad le cambiaron a su pueblo natal de Armero por el municipio de Yumbo. La monja Silvia Correa supo de la historia de la familia Rojas Tovar por un diario local y diligencio, por medio de una comunidad religiosa irlandesa, la compra de un nuevo domicilio para ellos. De ahí en adelante, tendrían que construir una nueva historia en la capital Industrial del Valle y es así, como desde hace 30 años lo han hecho.
La gran pasión de María Lucía Malangón, una palmirana emprendedora, es la lucha por el bienestar de los animales. Gracias a su gran corazón, ayuda a estos seres indefensos, que no pueden hacerlo por sí mismos.
Por: Jorge Iván Barona García
@ivan_barona
Hace dos años, Malagón desarrolló un programa de esterilización. “Con el objetivo de mermar la población canina y felina me propuse hacer esta actividad, la cual pudo ser posible gracias a la aprobación de un proyecto presentado por la Veterinaria Kennel a la Alcaldía Municipal de Palmira. Entre varios líderes que desempeñamos esta labor social, logramos reunir 1.350 animales, entre perros y gatos”.
Pero Malagón no sólo ha hecho esto; también editó un folleto al que llamó ´Hablando por los que no tienen voz´, cuyo principal objetivo es sensibilizar al ser humano para que pueda tener más claridad ante esta problemática social”.
Un folleto que tal vez muchas personas solo lo miren, lo pasen por alto y hasta pueda terminar en la basura, pero para ella los cambios empiezan con hacer reaccionar a la sociedad. “Busco sensibilizar a las personas, tal vez lo lean tres personas de diez y al final solo logre hacer reflexionar a una, pero habrá un cambio, esa persona entenderá que los animales son un regalo de Dios a nuestra vida”.
En su tiempo libre también hace una labor asociada con los animales: “Enseño lo sencillo y económico que son los tratamientos de baño para combatir las garrapatas y pulgas, todo con el fin de que no boten a sus mascotas a la calle, ya que considero este acto como una crueldad imperdonable”.
Junto con 611 personas más de Palmira, María Lucía Malagón se ha hecho sentir también en la Alcaldía del municipio. “El 18 de abril del 2013 enviamos un derecho de petición al alcalde Ritter López, cuyo objetivo primordial es exigir la explicación de por qué no se le brinda atención necesaria al cuidado de los animales y presionar para establecer la Asociación Protectora de Animales en nuestro municipio”.
Y agrega: “Pido a la comunidad Palmirana y a la sociedad en general no más indiferencia con los animales, no solo expresar ´pobrecito´, ya es hora de actuar, de apoyar, de ver que la acción está en nuestras manos y que debemos tomarla para no dejar sufrir más a quienes no lo merecen”.
Oro en el pelo, adrenalina en la sangre, alergia al miedo y valentía de hombre.
Por: VJ @VictorJuliam
José Fernando Mina hace honor a su apellido; es un tesoro que se halla en el fondo, pero no de la tierra sino del agua. Es clavadista. Tiene siete años, ocho medallas y un sin cuenta de sueños que consigue en las aguas. Volando y nadando, sabe pilotear los vientos, tiempos y clavados. Desde sus tres primaveras, cuando acompañaba a su hermano a entrenar, el niño de cabeza dorada fue relacionado con la tabla.
Después de ganar Oro en Medellín, manifestó su inocencia argumentando que quería una medalla de bronce porque sólo esa le faltaba en su pequeño museo.
Mientras otros probaban la chupeta, él se tiraba de cabeza a la pileta. “Los compañeros del hermano jugaban con el niño en la piscina, poniéndolo contento, pues le fascinaban el agua y el recreo, era una piquiña. Así empezó”: José Mina, padre del menor.
Ese fue el comienzo de una pequeña pero enriquecedora historia. Pues desde que entrena, ha conocido ciudad por año: Pereira, Medellín, Ibagué, Bogotá, y no contento con ello, su impulso lo llevó a representar a su patria en Monterrey, México.
Dichos logros no son gratis, en su día normal tiene una disciplina descomunal; después de cumplir sus labores académicas, duerme un rato para cargar la pila que lo pone Duracell, como un conejo saltando en su querida tabla.
Al padre no le da miedo cuando clava, su única preocupación es que lo haga bien
Su entrenamiento es de cuatro horas. Dos de ellas las dedica al acondicionamiento físico con diversos ejercicios que perfeccionan su flexibilidad y resistencia; en el otro par sale a su recreo, salta, goza y clava entrenando pero más disfrutando.
Le gustan los videojuegos, pero gracias a sus padres les da un buen uso, pues solo tiene acceso a ellos los fines de semana. Es clave en su formación, hay disciplina dentro y fuera de las aguas. No se peina, no le gustan las fotos y necesita una medalla de bronce para tener las tres del podio, pero hasta el sol de hoy, le es esquiva.
Como en su profesión, en su vida vuela y aterriza; pues a pesar de sus grandes logros conserva una increíble tranquilidad, prevaleciendo en él la humildad, su más notoria cualidad. Un niño que desde su gateo desconoció el peligro y desafió su valentía, hoy goza de la victoria y tiene hambre de gloria.
Al ver la cárcel desde afuera nos imaginamos muchas situaciones que se pueden presentar adentro. Pero solo quienes han estado detrás de esos muros conocen la realidad. Hace 15 meses me encuentro privado de la libertad, este ya es mi segundo diciembre entre las rejas de Villa Hermosa. Nunca en mi vida me habría imaginado estar aquí, pero nadie está ajeno a vivir una realidad como esta.
Por: John Jairo Rivera Ríos
¿Cómo es una navidad dentro de la cárcel? Es una fecha importante, pero con la rutina que se vive aquí, se convierte en una época común y corriente.
LA DECORACIÓN Las fiestas decembrinas se inician desde noviembre, cuando los presidentes de los pasillos -también reclusos- empiezan a organizarlas. Como en casa, la pintura y el retoque solo se ven en esta época del año. Aunque el dinero está prohibido al interior de los patios, se pide una cuota, pues acá todo es dinero; así como en la vida cotidiana, en la cárcel te da comodidad. Aunque haré En general los internos se preocupan por embellecer los espacios comunes de la cárcel, para que visualmente el ‘canazo’ no pegue tan duro y que la visita se sienta cómoda cuando nos viene a ver: en la cárcel la visita es lo más sagrado del mundo.
Para la decoración navideña, el material de trabajo se pidió en la calle. Familiares y amigos se encargaron de comprarlo y llevarlo hasta la puerta del penal. Al interior buscamos la autorización y la ‘liga’ para el ingreso, en este mismo pedido se aprovechó para pedir los adornos y luces que se iban a instalar. Los trabajos se hicieron antes de la primera visita de diciembre, para que nuestras familias vieran un lugar agradable.
El patio se restauró, se organizaron los techos, se estucaron las paredes y se pintó. Mano de obra profesional sobra, pues son muchos los que en la calle vivían de la construcción; así pues, los trabajos se hicieron con esmero y perfección. También se aprovechó para organizar las celdas, pues es la única época cuando el material entra fácilmente: si no es en diciembre, no es nunca.
Como en todo, hay simpatizantes y contradictores. Quienes están en contra dicen que ni la propia casa la mantienen así de arreglada. Y los que están a favor, apuntan a tener un ambiente visualmente más tranquilo y organizado. Aunque estas manifestaciones no pueden ser tan públicas, pues criticar es estar inconforme y la inconformidad genera una salida de patio.
LAS CREENCIAS En el establecimiento básicamente se practican dos creencias religiosas, la cristiana y la católica. En la cristiana se hace un fuerte trabajo de fortalecimiento espiritual. Todos los días hay culto, en la mañana, al medio día y en las noches. Es la corriente con mayores adeptos. La religión católica tiene pocos seguidores y solo una vez a la semana viene el cura de la parroquia más cercana a oficiar la eucaristía; pero aun así, se hacen notar.
El patio donde me encuentro (el dos) tiene unos 880 internos, de los cuales el 22% practica algún tipo de creencia, un porcentaje relativamente bajo para la cantidad de personas que lo habitamos. Para muchos, entre los que me incluyo, la creencia en Dios es el alimento diario para mantener las fuerzas, la esperanza, la fe y la convicción de que todo saldrá bien. Quienes estamos en Cristo permanecemos tranquilos y brindamos fortaleza a nuestras familias, que tanto la necesitan. Quienes no, encuentran en el vicio la opción para olvidar los problemas. Para, como dicen ellos, “pasar el ‘cañazo’ más suave”.
El pesebre no faltó, incluso la Directiva del Establecimiento organizó un concurso entre patios para el más visible y mejor elaborado. Pero más que el concurso, siempre estuvieron vivos el espíritu y la tradición, pues no hubo día en que no se realizara la Novena.
EL 24 Y EL 31 DE DICIEMBRE Para navidad, la visita fue en los patios del ala opuesta; no hubo rumba, pocos trasnochados, incluso la ‘tirada’ – la acostada – fue temprano, a las 11:00 de la noche. Eran pocas las personas que llamaban a sus hogares tarde. El 31 nos correspondió la visita; fue especial, pues nuestros hijos pudieron venir.
La rumba también fue escasa, pues el día anterior la guardia hizo ‘Richi’ -el operativo para encontrar todo lo ilegal: celulares, armas, estupefacientes, licor, dinero, entre otros. El 30 se llevaron toda la chicha y el ‘chamber’ (así se le llama al licor que se produce acá). Por ende, no hubo con qué emborracharse.
La visita estuvo numerosa. Tres visitantes por interno es el tope estipulado cada fin de semana, aunque a muchos de los reclusos no les llega nadie, sea porque no tienen familia en esta ciudad y sus alrededores, o porque los han olvidado.
Este día también hubo entrada de alimentos. La comida ‘callejera’ ingresa dos o tres veces al mes, es un respiro gastronómico a la ofrecida por el INPEC, que no es muy buena que digamos; pero que, gracias a Dios, no nos falta.
Carnes frías, costilla, ensaladas, natilla, buñuelos, manjar blanco, pasteles, entre otros, fueron los manjares que recibimos para terminar 2014. Gracias a Dios y a nuestras familias, hubo abundancia de alimentos, que compartimos con quienes no recibieron visita.
Cuando se marcharon, el llanto no faltó. El ideal de muchos es que en 2015 tendrán a sus familiares de nuevo en casa. Tristeza, felicidad, zozobra, quedaron en el aire. A las doce de la noche, la pólvora se escuchó a lo lejos, algunos voladores se dejaron ver a través de rejas y un sonar de palmas entre los internos, que no se decían “feliz año” sino “ya nos vamos, fuerza, ya nos vamos”.
Valle del Cauca destaca en cultivo de algodón con semillas genéticamente modificadas, aumentando productividad y tolerancia a plagas. La siembra de algodón en 2023 se realizó de febrero-abril, con cosecha esperada en octubre-noviembre. pic.twitter.com/Ie1joNyLZ9