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2026: la batalla por el alma visual de Colombia. Una mirada desde el análisis de medios
Derecho a la pereza
Autor: Pedro Pablo Aguilera
En 2026, la contienda presidencial colombiana no se libra únicamente en debates ni en plazas públicas. Se disputa, sobre todo, en el terreno invisible pero decisivo de los símbolos. Las campañas de Iván Cepeda, Sergio Fajardo y Abelardo De La Espriella han comprendido algo que Maquiavelo habría celebrado con una sonrisa discreta: antes que gobernar un país, hay que imaginarlo. Y para imaginarlo, nada más eficaz que una narrativa visual coherente.
IVÁN CEPEDA: LA POLÍTICA COMO REVELACIÓN MORAL
En la pieza titulada “El Poder de la Verdad”, Cepeda aparece iluminado por una luz cenital que cae sobre su rostro como si descendiera de una cúpula invisible. La escena no es casual. La iluminación vertical evoca revelación, casi epifanía. No se trata de un candidato que debate: es un candidato que “descubre”.
El uso de tipografía manuscrita para la palabra “Verdad” funciona como firma, como testamento. En un país acostumbrado a promesas impresas en tipografía industrial —idénticas entre sí como recibos de supermercado—, la escritura que parece hecha a mano sugiere autenticidad, incluso sacrificio personal. La verdad no como eslogan, sino como herida abierta.
El púrpura y el naranja, colores de transformación y energía, refuerzan esa idea de tránsito: del pasado al porvenir, del silencio a la palabra. Cepeda construye una estética de esperanza ética. El suyo es el arquetipo del Sabio —o del Mago político— que promete convertir la memoria en justicia.
Hay, sin embargo, una ironía sutil: la política latinoamericana ha invocado tantas veces la “verdad” que el término corre el riesgo de vaciarse. Pero Cepeda apuesta precisamente a lo contrario: saturarlo de significado moral hasta hacerlo irresistible.
SERGIO FAJARDO: LA PEDAGOGÍA COMO MÉTODO DE GOBIERNO
Si Cepeda mira hacia lo alto, Fajardo mira a los ojos. En “Conversemos”, el micrófono no es accesorio, es protagonista. No está guardado ni en reposo: está activo. Es una democracia en funcionamiento.
El flujo visual es horizontal. No hay pedestal ni gesto solemne. La cámara se sitúa a la misma altura que el espectador, anulando jerarquías. La semiótica es clara: aquí no hay redentor ni comandante; hay facilitador. Fajardo encarna el arquetipo del Maestro.
Sus colores —azules institucionales combinados con púrpura— evocan estabilidad y sensatez. Frente a la épica moral de la izquierda y la marcialidad de la derecha, el centro ofrece método. Si Cepeda promete una transformación, Fajardo promete procedimiento. Puede sonar menos heroico, pero quizá más gobernable.
La antítesis es evidente: mientras unos apelan a la emoción moral o al orgullo nacional, Fajardo apela a la razón técnica. En tiempos de polarización, su apuesta es casi contracultural: hablar en voz baja en medio del griterío. Es como intentar afinar un violín en plena tormenta, confiando en que alguien aún valore la música.
ABELARDO DE LA ESPRIELLA: LA NACIÓN COMO FORTALEZA
La pieza “Firme por la Patria” no deja lugar a ambigüedades. El saludo militar y la bandera que ondea en seda construyen un escenario de orden y mando. La verticalidad domina la composición. Aquí la política no es diálogo ni revelación: es dirección.
El tricolor nacional ocupa el centro emocional del mensaje. No es fondo decorativo; es símbolo absoluto. La nación aparece como algo que debe ser defendido, quizá incluso restaurado. El gesto marcial, combinado con un traje de alta costura, crea una figura híbrida: el Caballero Defensor. Elegante, pero dispuesto a combatir.
La semántica es de rescate. En contraste con la estética luminosa de Cepeda y la horizontalidad conversacional de Fajardo, De La Espriella construye una narrativa de autoridad. Su arquetipo es el Soberano —o el Guerrero— que promete orden frente al caos.
La ironía aquí es doble: en una democracia fatigada por la desconfianza institucional, el gesto militar puede leerse tanto como garantía de disciplina como nostalgia de rigidez. El mismo símbolo que para unos significa protección, para otros puede evocar exceso de control.
POLÍTICA TRANSMEDIA: DEL AFICHE AL ALGORITMO
Los tres candidatos coinciden en algo decisivo: la publicidad física es apenas la puerta de entrada. Los códigos QR y nombres de usuario integrados en las piezas indican que la verdadera campaña ocurre en el ecosistema digital.
Pero incluso allí se mantienen las diferencias:
- Cepeda convoca activistas.
- Fajardo busca ciudadanos deliberantes.
- De La Espriella moviliza defensores de una causa cultural.
Tres comunidades distintas, casi tres tribus simbólicas.
La política se vuelve transmedia: el cartel es índice, la red es territorio. Ya no basta con persuadir; hay que construir identidad compartida. Como si cada campaña ofreciera no solo un programa, sino una membresía emocional.
En última instancia, la campaña de 2026 se fragmenta en tres estéticas claras:
- Esperanza moral: colores vibrantes, apelación ética.
- Racionalidad institucional: equilibrio cromático, pedagogía democrática.
- Autoridad patriótica: símbolos nacionales, verticalidad y fuerza.
El elector colombiano enfrenta una decisión que es menos técnica de lo que parece. No elige únicamente políticas públicas; elige una forma de verse a sí mismo: ¿ciudadano indignado que exige justicia?, ¿interlocutor racional que busca acuerdos?, ¿defensor que anhela orden?
Como en toda gran disputa histórica, la batalla no es solo por el poder, sino por el significado del poder. Y en esa arena, los colores, los gestos y la luz importan.
“
No estamos ante tres planes de gobierno enfrentados; estamos ante tres relatos de país que compiten como constelaciones en un mismo cielo político.

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