El estrecho de las sospechas: ¿Infiltración o emboscada?

Autor:  Pedro Pablo Aguilera

El enfrentamiento ocurrido el 25 de febrero en aguas cubanas, con un saldo de cuatro muertos y seis heridos tras el intercambio de disparos entre una lancha de Florida (EEUU) y fuerzas guardafronteras, ha sido presentado por La Habana como una “infiltración terrorista”. Washington, por su parte, ha tomado distancia confirmando la presencia de ciudadanos estadounidenses sin admitir implicación oficial. Hasta aquí, los hechos básicos coinciden: hubo ingreso, disparos y víctimas. Lo que resta pertenece al terreno de la interpretación estratégica y la sospecha operativa.

Para cualquier conocedor de la náutica de las costas cubanas, el incidente presenta una anomalía estadística difícil de ignorar. Cuba posee miles de kilómetros de costa irregular y laberintos de cayos que ofrecen infinitos puntos de entrada discreta. Ernest Heminway en su yate Pilar hizo incursiones en esos mares en busca de los submarinos alemanes en la II Guerra Mundial y narra lo complejo de esa geografía (ver su novela póstuma Islas a la deriva“). A ello se le suma que Cuba es un país con una crisis energética sin precedentes, donde la marina de guerra opera con reservas de combustible al límite, un “encuentro” frente a frente parece menos un azar y más una cita previa.

La logística de la escasez en la isla dicta que no se mueve un motor si no hay una certeza. Navegar en busca de una lancha consume recursos que hoy son un lujo. Si la interceptación fue quirúrgica, como lo fue, es porque las patrulleras no estaban patrullando; estaban posicionadas. En inteligencia, cuando los recursos son mínimos y el resultado es óptimo, el factor sorpresa solo existe para el capturado.

Bajo estas premisas surge la pregunta inevitable: ¿Sabía La Habana que esa lancha venía? En la doctrina de contrainteligencia, el concepto de “dejar hacer” es una herramienta sofisticada. Si los servicios de seguridad conocían la trayectoria, ya sea por infiltración en ese grupo irresponsable y aislado que actuó desde la Florida o por monitoreo de comunicaciones, permitieron el ingreso a aguas jurisdiccionales antes de actuar,  sin establecer contacto con la Coast Guard de EEUU como se ha hecho muchas veces para casos de salidas ilegales, accidentes, rescates, la naturaleza del hecho cambia radicalmente.

Dejar que el “delito” se consuma antes de intervenir permite legitimar el uso de fuerza letal y controlar el escenario para maximizar el costo político. El incidente real se convierte así en una prueba irrefutable de “amenaza externa”, una narrativa vital para un sistema que necesita desplazar de la agenda pública temas críticos como la crisis económica, los apagones, el descontento social y los presos políticos como los “Muchachos del 4TICO”.

No se trata de especulación pura o tesis conspirativas, sino de que hay precedentes verificables. La historia del conflicto Cuba-EEUU, está marcada por la capacidad de la inteligencia cubana para penetrar diferentes grupos opositores. Organizaciones como Alpha 66 (caso Cayo Piedras,1980).

 y Omega 7 fueron infiltradas en su momento, y el trágico derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate en 1996 ilustró cómo la información previa de agentes cubanos condujo a un desenlace letal diseñado para producir un alto impacto político.

Para mí, el episodio constituye una “bandera falsa” en el sentido de una fabricación del incidente. No tengo pruebas, pero si el conocimiento de la historia. La eficiencia de la emboscada a un grupo de irresponsables sin trayectoria militar en un contexto geopolítico que vive Cuba como estado fallido, inclina la balanza hacia la instrumentalización política que justamente necesita la dictadura para victimizarse.

El Estrecho de Florida, pasa a ser el estrecho de la sospecha y donde la visibilidad náutica suele ser clara, este incidente permanece envuelto en una bruma estratégica. La sospecha de que el guion ya estaba escrito antes de que el motor de la lancha tipo Pro-Line diseñada para la pesca deportiva, se encendiera, es una línea de análisis obligatoria a la que no me niego.

A lo largo de más de sesenta años de conflicto, el control de los hechos sobre el estrecho de la sospecha ha sido tan ferozmente disputado como la interpretación política que de ellos se hace.

Para mí, el episodio constituye una “bandera falsa” en el sentido de una fabricación del incidente. No tengo pruebas, pero si el conocimiento de la historia.

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