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Mateo, Una tarde en Cielito Lindo
Un labrador de tres años Llamado Mateo compartió junto a su dueña, Marcela, Una tarde de viernes caluroso, juegos entre, sabores y colores, en Lugar Mismo ONU. El día E, Ambos disfrutaron Diferentes Helados Que paladares SUS cautivaron.
En el rostro del Posible se reflejan felicidad y Satisfacción Cada Vez Que Degusta su paleta de trocitos de pollo, Porque le Recuerda Que La Comida en casa Marcela Diariamente le da.
Alrededor de Mateo, saltos entre, aruñones ladridos Y, están Canela y Mechis jugando y disfrutando de esta inigualable pasabocas. Como si fueran Niños y buenos amigos, Ellos se encuentran Cada viernes Para Vivir esta experiencia linda.
Todos los días a las cinco de la mañana, María Córdoba, de 72 años, se levanta a orarle a José Gregorio Hernández. Es un ángel espiritual al que desde muy pequeña le ha tenido fe, debido a que –asegura- siempre la guía por buen camino, para que ese don que ella posee desde que nació sea utilizado en favor de todos los niños que tienen mal de ojo, ‘pujo’, o estén ‘empachados’ por las malas energías que transmiten algunas personas.
Por: Héctor Fabio Grueso.
Su rutina de trabajo comienza a cuando termina de dar veinte vueltas al Parque Bolivariano, donde ella cura a los niños que desde muy tempranas horas comienzan a hacer fila junto a sus padres para ser atendidos por la curandera más reconocida del norte de Cali.
Cuando tenía 16 años, María fue internada por sus familiares en un convento en el Chocó, para que más adelante fuera monja. Desde ese momento, ella descubrió que tenía un don que era inexplicable, debido a que inconscientemente se sulfuraba y tenía el desespero de romper las almohadas, sacándoles todo el algodón para curar las cortadas de las compañeras que se lastimaban tejiendo las batas que utilizaban en el convento.
En ese entonces la gente la miraba raro, pensaban que estaba loca, pero lo que no sabían era que María Córdoba tenía un don que apenas estaba desarrollando, ese mismo don que ahora muchos le agradecen. “Después de un tiempo me salí de ese convento porque me di cuenta que la religión nace, pero no se hace, eso no era para mí, no me nacía, a los tres meses de salir del internando me llegó el novio ideal y con el tiempo salí casada”, afirma.Desde que María se casó, comenzó a curar el mal de ojo de los niños (as) que le llevaban a la casa llorando y con una mirada aterrorizada mientras se retorcían de dolor sin explicación alguna.
En 1970, María decidió irse con su familia a vivir Cali y comenzar una nueva vida como curandera, dejando en su mente los bellos recuerdos del pueblito de Condoto, en el Chocó, donde aprendió muchas de las técnicas que ahora aplica para el bien de los niños de la ciudad.
Desde que llego al barrio Porvenir comenzó a destacarse como una de las curanderas más efectivas de niños afectados por el mal de ojo.
“Cuando me traen niños graves, casi que agonizando, siento una energía pesada, me da tembladera y un frío irresistible en el cuello que tengo que afrontar para poder combatir contra ese mal de ojo; después de que le ponga la mano en la barriga y haga mis oraciones, el niño queda curado y garantizado”, asegura María.
Con más frecuencia, los clientes la visitan después de que les han hospitalizado al hijo y les han realizado varios de exámenes que arrojan como resultado que no tienen ningún problema en el cuerpo, así sigan con síntomas inexplicables como vómito, mareo, diarrea y un llanto que no los deja dormir durante la noche.
“Los médicos vienen a traerme los hijos para que les cure del mal ojo, y yo aprovecho y les pregunto, doctor ustedes por qué no creen en el mal de ojo, y me responden: María, de creer uno puede creer, pero si nosotros nos ponemos a decirle a la gente que crean en esto, entonces ¿para qué estudiamos tantos años una carrera en una universidad?”, comenta.
María no solicita pago por su labor, pero lo que sí pide después de curar a un niño es que los padres le prendan cinco velones al santo José Gregorio Hernández, que es el que le da las energías, después de Dios.
Los males de ojos más reconocidos son; Ojo seco, el reventador, la espina de pescado y el ojo cariñoso; este último es el único que puede curar la misma familia, abrazando al niño.
A su vez, el más peligroso es el que no tiene ningún síntoma, el niño se siente agotado, con el tiempo deja de comer y se adelgaza tanto que su cuerpo queda como un esqueleto.
“Hay personas que tienen energías fuertes, téngale miedo al mal de ojo y el descuajo, es cuando se caen y les entra un aire al estómago.
“Estoy muy orgullosa de saber después de 23 años que la señora María me curo a mí cuando tenía tan solo seis meses de nacida. Y ahora curó del mal de ojo a mi hijo de dos años. Yo les recomiendo a todos, madres y padres, que le pongan una contra de color negro en el pie derecho para que no reciba ningún maleficio”, dice finalmente una de sus pacientes, Viviana Bustamante.
Por un momento el silencio reinó después de escuchar los primeros disparos, luego una ráfaga incesante profanó la tranquilidad de los tres campesinos que esa mañana trabajaban en una finca en la vereda El Carmen de Santander de Quilichao. El primero en darse cuenta de que algo no andaba bien fue Saulo Palacios; acto seguido, lanzó un grito desesperado: ¡todos al suelo, que nos matan!
De inmediato, los compañeros de Saulo atendieron el llamado, se ubicaron bocabajo casi besando la tierra, supieron que sus vidas no estaban seguras; escucharon los disparos tan cerca de sus cuerpos que la única solución fue lanzarse rodando por un barranco hasta caer al río Dominguillo, que en esa temporada de inicio de 2001 era más piedra que agua.
“Mientras caminábamos por el río sentíamos más fuertes los disparos y por momentos avanzábamos arrastrados. Al llegar a mi vivienda vi que muchas personas estaban desocupando sus casas y me decían: vecino, corra y saque sus cosas que los paramilitares se metieron”, relata Saulo evocando aquella época nefasta para su comunidad.
El primer día de combates estuvo plagado de disparos y estallidos ensordecedores, los protagonistas de aquellos hechos eran el Bloque Calima de los paramilitares y la guerrilla de las Farc; los primeros, buscaban llegar a la parte alta de la montaña con a eliminar cualquier rastro guerrillero de la región; los segundos, trataban de replegar desde la montaña los ataques de sus enemigos, con un objetivo similar al de sus contradictores: eliminar todo lo que no estuviera de su lado.
Según el Portal Verdad Abierta, los combatientes de los paramilitares eran aproximadamente 200 al mando de Ever Velosa, alias ‘HH’. Datos que se acercan a los señalados por la comunidad que indica haber visto a más de 250 ‘paras’.
La vereda El Carmen es un corregimiento de Santander de Quilichao, que tiene una sola vía de acceso vehicular atestada de polvo y piedras; es estrecha, demarcada por naturaleza, la polvareda se diluye entre los matorrales y el verde choca con el azul del cielo. Las pequeñas montañas cultivadas de frutas y verduras son el principal sustento económico de la comunidad, en su gran mayoría afrodescendientes. El río, que parece más una quebrada, se sitúa abajo, al lado o en medio de la carretera que tiene tantas curvas como un escenario automovilístico.
Los combates no cesaron a ninguna hora; en el tercer día de confrontaciones armadas, Saulo y los demás miembros de la comunidad escuchaban cómo en la vereda aledaña, El Toro, los paramilitares habían encerrado a toda la colectividad en una sola vivienda, y con actos temerarios les pedían que develaran información de los guerrilleros que frecuentaban esas zonas.
Leonidas Mera también sintió de cerca los combates que duraron una semana en la vereda. “En ese entonces se oían disparos aquí y allá; como no conocían el terreno, mataron a algunos amigos, como a un muchacho que les pidió permiso para entrar a una finca donde él trabajaba y solo por eso lo mataron. Al ver eso y saber que por cualquier cosa lo podían matar a uno, la comunidad se puso muy nerviosa”.
Ese nerviosismo hizo que algunos emigraran y dejaran abandonadas sus viviendas, pero no alcanzó para que la mayoría se fuera. En un acto desafiante, la comunidad decidió no abandonar sus casas; por el contrario, se organizaron y utilizando el miedo como trampolín, decidieron en colectivo defender su tierra, aquella defensa solo constaba de su presencia.
El libro Basta Ya, del Centro Nacional de Memoria Historia (Capítulo IV, pág. 71), exterioriza que “las víctimas tienen en la memoria un espacio para darle sentido a sus experiencias, sean estas de sufrimiento y dolor o valor y resistencia”.
Lorena Calapsú, investigadora del conflicto armado en Colombia del grupo Gicovi de la USC, indicó que la presencia de grupos paramilitares en el norte del Cauca se dio para contrarrestar el flagelo del secuestro y por intereses de particulares sobre las tierras de esta región. “La incursión de los paramilitares en el norte del Cauca se da después de pasar por el Valle. Luego del secuestro de la Iglesia la María, se tienen indicios de que ciertos grupos de empresarios, narcotraficantes y personas muy adineradas del Valle se reunieron con Carlos Castaño y decidieron traer tropas para enfrentar a la guerrilla que tenía como base de operaciones el Cauca”.
Pero el interés de los paramilitares iba más allá, señaló Calapsú, ya que esta zona funciona como una frontera por la que deben pasar los productos que vienen de los departamentos de Nariño, Putumayo, y el sur del Cauca. Ese control territorial les representaba mayores ingresos económicos; además, en zonas donde hubo desplazados por el conflicto armado -como Lomitas en Santander de Quilichao- cuando los habitantes regresaron a sus casas, los ‘paras’ ya habían vendido sus terrenos a ingenios azucareros, que actualmente producen biocombustible.
Cuando los combates en el Carmen se hacían más y más inaguantables para la comunidad, Luis Mina, tomando la vocería como líder comunitario, les recordó a sus coterráneos que huir no era la mejor opción, pese a que cinco días después de haberse iniciado los combates, en la zona se empezaron a evidenciar asesinatos selectivos de nativos.
“Ellos no tenían campamento aquí, pero subían y bajaban. Los combates eran de días enteros. Al saber lo que ocurría en otras veredas, el pánico aumentaba, pero la decisión de irnos nunca estuvo por delante de nosotros”, afirma Luis.
La comunidad de la vereda no es muy grande. No hay un censo oficial sobre los habitantes de esta región, pero a simple vista no sobrepasan las cincuenta familias. Las viviendas están a la orilla de la carretera, casi todas tienen un diseño particular y aunque están diseñadas en materiales como ladrillos o farol, en sus techos hay una especie de ático, muy parecido a los refugios de sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial.
Algunas costumbres africanas acompañan las tradiciones del lugar, como La Fuga, en la que la población baila de forma circular al compás de los tambores y las voces de las cantaoras nativas.
No es la primera vez que esta comunidad afrodescendiente sufre el rigor del conflicto, a comienzos del siglo XX la guerra de los Mil Días también perturbó su tranquilidad. Pero en aquella ocasión José Cinecio Mina se levantó en armas junto a cien negros que plantaron resistencia a los bandos liberales y conservadores, que paradójicamente también peleaban por el control territorial y el exterminio de las ideas políticas y sociales de su rival.
Por esa época, mientras Cinecio luchaba por la estabilidad de los negros en la región, Domingo Lasso, un ilustre profesor afrodescendiente, fundaba la vereda El Carmen, recibiendo en su improvisada escuela a todos los negros que venían huyendo de la guerra y solo encontraban refugio en las montañas. Allí, Lasso les enseñó a leer y escribir.
En la vereda hasta los mayores de 80 años saben leer; en comparación con otras comunidades alejadas del casco urbano, su nivel de lectura es alto. Esto puede considerarse como un dato menor o irrelevante, pero fue ese oficio colectivo y el entendimiento de su condición, sus ancestros y su tierra, lo que los llevó a conservar su posición y persuadir a los actores armados de abandonar sus territorios. Sin armas, se convirtieron en agentes de paz y reconocimiento cultural.
Ese ejemplo de resistencia colectiva hacia actores armados del conflicto, lo han empleado otras comunidades como el Cabildo Canoas de manera más directa, utilizando la fuerza. En cambio, el no empleo de la ella sino de la estrategia hizo de El Carmen un caso particular en el que hasta hoy sus voces han estado ocultas.
La caída de cilindros, bombas y granadas hizo que en el sexto día de enfrentamientos, la comunidad se refugiara de manera colectiva en la finca Santo Domingo al amparo del ‘otro’, que no revestía la fuerza sino la compañía; ese ‘otro’ eran los vecinos, hermanos, padres, era la comunidad misma.
Los paramilitares insistían en tomar el control territorial a sangre y fuego. En ese momento de la guerra hubiera significado un triunfo posicional muy productivo ya que la vereda El Carmen es una vía alterna para llegar a las montañas del Cauca, un pasaje estratégico plagado de naturaleza que conecta el casco urbano con la parte alta de la Cordillera Central, evitando así cruzar la carretera Panamericana, principal paso hacia el sur del país.
Este Geppetto caleño es el encargado de recuperar la vida de los muñecos que se han dañado por el paso del tiempo y el maltrato.
Álvaro Pinzón se dedica hace más de 45 años al arreglo de muñecos, profesión que escogió por tradición familiar, en especial de su abuelo, quien le enseñó, desde los 12 años, los cuidados y manejos que se deben tener para salvar la vida de sus ‘pacientes’.
Su negocio se llama “El hospital de los Muñecos”, nombre atribuido a la famosa canción de Pinocho. Se encuentra ubicado en San Bosco, un barrio tradicional de Cali,. Allí espera a diario a los pacientes para realizarles la cirugía, que no es otra cosa que la reparación y el mantenimiento de los juguetes,
Un recorrido en el “Hospital de los muñecos”
Las cabezas de unas muñecas sobre la reja deteriorada del hospital, llaman la atención de quienes pasan por la fachada, sobre la Calle Quinta. Álvaro asegura que su intención es despertar la curiosidad, para que se acerquen a preguntar de qué se trata.
Cuando ingresa algún paciente, lo primero que Pinzón hace es un diagnóstico de los daños ocasionados para luego cumplir su función, que es recuperarlo y traerlo nuevamente a la vida.
A primera vista se observan muchos muñecos esperando un turno, los motivos de consulta más comunes son daño en los ojos, algunas extremidades rotas y rayones en la cara que la mayoría de los niños suelen hacer.
En esta clínica, un muñeco puede permanecer de ocho a quince días hospitalizado, depende del estado en el que se encuentre; los precios varían de acuerdo con el problema. “No importa la enfermedad que tengan, yo les hago un trato medico por igual”, explicó Álvaro.
Cuando está en la ‘sala de urgencias’, utiliza herramientas como: pinzas de punta, cautín, taladro y alicates; se nota el placer que siente desarrollando su oficio: “a mí me gusta mucho mi arte y lo quiero mucho, me trasnocho con esto, me divierto mucho desbaratando y arreglando”.
Después de realizado el procedimiento a los muñecos, son dados de alta. Álvaro asegura que es una satisfacción ver la cara de niños y adultos cuando los entrega en buen estado, con un nuevo aire. “Siento que me vuelve el alma al cuerpo”, precisa entre risas.
Ahora solo espera que alguno de sus siete hijos siga con la tradición que su abuelo le inculcó.
He llegado al punto de sentir culpa por mis actos. Hoy pienso en la cantidad de personas a las cuales les quité la oportunidad de vivir un futuro, de ver crecer a sus hijos.
Un día cualquiera llegaron a mi casa y me dijeron que me alistara, que tenía que salir a trabajar. No lo pensé dos veces, al fin y al cabo a eso me dedicaba; a matar gente.
Hice las preguntas de rutina: ¿Quién es? ¿Dónde está? ¿Cómo está vestido? ¿Qué rasgos físicos tiene? La única pregunta que nunca hice, y que nadie que trabaja en este medio se hace es ¿Por qué? Pero yo me la haría dos semanas más tarde.
Quería hacer mi trabajo sin errores, pero el verdadero error era hacer mi trabajo. Nunca pensé que matar a esa persona dejaría una marca imborrable en mi vida.
Mi arma siempre estaba lista. Me vestí con un buzo negro y unas zapatillas cómodas para salir corriendo del sitio después de matar al ‘fulano’. Sin demora, llegué al lugar que me indicaron. El tipo entraría en su carro con la esposa y el hijo pequeño.
Mis latidos se aceleraron. El personaje llegó. Esperaba acabar rápido mi trabajo, como si fuese una fiesta deseada. Todo pasó muy rápido.
La víctima se bajó del carro, ahora mi corazón se congeló, se convirtió en una fría piedra. Saqué mi revólver y me le abalancé. Le solté unos cuantos disparos, unos en la cabeza, otros en el cuerpo.
Corrí tan rápido como pude. Ya en casa me lavé muy bien para quitarme cualquier rastro de pólvora.
Después de dos semanas salí a buscar un poco de diversión y convidé a una amiga a comer. Sentados a la mesa, hablamos de muchos temas, hasta que por coincidencia me mencionó el asesinato de un señor, sin saber que estaba sentado con la persona que había matado al susodicho.
Empezó a contarme lo buena persona que era, el amor que le tenía a su familia y lo devastados que habían quedado después de su muerte.
Yo trataba de cambiar el tema, pero no podía interrumpir sus lágrimas de indignación por ese homicidio.
Debía escucharla, al fin y al cabo era mi amiga. Estaba dolida y enfatizaba en la calidad de persona que era y en su desprecio por el autor del hecho.
Supe que era trabajador, que había alcanzado a conseguir muchas cosas en la vida como fruto de su trabajo, que amaba a su hijo inmensamente. También, que ayudaba a los más cercanos a salir adelante. Me dijo tantas maravillas del difunto que desde ese momento empecé a preguntarme, por primera vez, ¿Por qué lo mandaron a matar? Nadie mata preguntándose el por qué.
La culpa cubrió aún más mis sentimientos. La orden de muerte se debía a razones de poder: querían quedarse el dinero del difunto, que había recogido tras largos años.
La orden que recibí derrumbó unos sueños. Destruyó una familia. Maté a alguien que lo único que había hecho era trabajar honestamente. Nunca podré mirarlos a la cara y decirles que yo derramé la sangre de aquel inocente.
*El nombre ha sido cambiado para proteger su identidad
Valle del Cauca destaca en cultivo de algodón con semillas genéticamente modificadas, aumentando productividad y tolerancia a plagas. La siembra de algodón en 2023 se realizó de febrero-abril, con cosecha esperada en octubre-noviembre. pic.twitter.com/Ie1joNyLZ9