Masacre. Una palabra que debería estremecernos… y, sin embargo, ya no lo hace. La escuchamos cada día, la leemos en titulares, la repetimos en redes… y no sentimos nada. En Colombia, el horror dejó de ser un acontecimiento para convertirse en paisaje. Nos hemos convertido en espectadores de nuestra propia tragedia, especialistas en mirar hacia otro lado, en desayunar con la muerte y continuar con la vida como si nada ocurriera. Ese, me temo, es nuestro pecado más grande: la indiferencia. Vivimos anestesiados, insensibilizados, cómodos en el letargo.
Las cifras son tan frías como demoledoras. Según la Oficina de Derechos Humanos de la ONU, en 2024, 252 personas fueron asesinadas en 72 masacres; 89 defensores de derechos humanos cayeron en el mismo período. Cada número es una vida que no volverá. Cada dato es un grito que se apaga en silencio. Y, aún así, el país gira. Los nombres cambian: disidencias, clanes, autodefensas, carteles. Las siglas se transforman, los uniformes varían, pero el resultado permanece: gente inocente muere… y nadie responde.
No puedo imaginar un hecho que refleje mejor esta tragedia que lo ocurrido el pasado 21 de agosto de 2025. Ese día, Cali fue testigo de un nuevo capítulo de horror. Un camión bomba se estalló cerca de la Escuela Militar de Aviación Marco Fidel Suárez, dejando al menos siete muertos y más de setenta heridos. Los vidrios rotos cubrieron las calles, las fachadas ardieron, las familias corrieron buscando sobrevivir… y, sin embargo, horas después, Colombia volvió a su rutina. Las redes sociales hicieron su trabajo: indignación instantánea, minutos de tendencia, promesas de “nunca más”. Y al amanecer, la conversación era otra. Porque, en este país, hasta el horror tiene fecha de caducidad.
Con esta masacre, ya sumamos 50 en lo que va del año. Y me temo que no puedo jurar que será la última. Mientras tanto, el Estado parece atrapado en su propio laberinto burocrático. Se firman acuerdos, se anuncian negociaciones, se celebran pactos con grandes titulares. Pero en las zonas rurales, municipios y ciudades donde ocurre la mayoría de estas masacres, la presencia real del Estado es un mito. Allí manda quien tiene más armas, más dinero y menos escrúpulos. La ley no es la Constitución… es la pólvora.
Pero también debemos mirarnos a nosotros mismos. Somos un país que consume violencia como entretenimiento: la vemos en noticieros, series, memes y redes sociales. Nos indignamos en Twitter, pero no exigimos soluciones reales. Nos hemos acostumbrado tanto a la muerte que dejamos de preguntarnos quiénes eran esas personas, qué sueños tenían, por qué su vida terminó así. Y, al hacerlo, permitimos que el ciclo se repita.
Colombia necesita asumir una verdad incómoda: las masacres no son hechos aislados; son el síntoma de un problema estructural. Desigualdad, abandono estatal, corrupción, narcotráfico, ausencia de justicia. Mientras sigamos viendo la violencia como un paisaje inevitable, seguirá repitiéndose, una y otra vez, hasta que el país entero se convierta en su propia fosa común.
La indiferencia también mata. Si seguimos callando, las masacres seguirán escribiendo nuestra historia con sangre. Es hora de exigirle al Estado que cumpla, pero también de romper la comodidad de nuestro silencio. Porque un país que normaliza el horror está condenado a repetirlo… y, al ritmo que vamos, lo repetiremos hasta desaparecer.
Porque Colombia es un país que vive en luto.
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La indiferencia también mata. Si seguimos callando, las masacres seguirán escribiendo nuestra historia con sangre”.
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Juan Manuel Galán nació entre periodistas –sus padres Luis Carlos y Gloria Pachón-, pero le llegó la adolescencia en medio de campañas políticas y muchas dificultades de seguridad, derivadas del ataque frontal de su padre a fenómenos como el narcotráfico y la corrupción. Cuando apenas iba a terminar el bachillerato, tuvo que enfrentar el asesinato de su papá y huir del país con su mamá y dos hermanos menores, a Francia, donde el duelo, el nuevo idioma y una cultura diferentes marcaron –para bien, sobre todo- a los descendientes de Luis Carlos Galán.
Hoy, dos de ellos, Juan Manuel y Carlos Fernando, están dedicados a la política. Y en medio de la polarización que aqueja a Colombia, hay sectores que los responsabilizan de hechos de corrupción que ellos ruegan tajantemente, y les dan el calificativo de delfines, por el solo hecho de ser hijos de Galán.
Olga Behar conversó con Juan Manuel Galán sobre estos temas.
¿Cómo caracteriza Usted la figura del ‘delfín’ político y de qué manera ha funcionado en Colombia?
La palabra delfín viene del francés ‘le delfin’, que era, en las cortes francesas, el heredero del trono, el heredero del poder; por definición, un delfín es un heredero de poder. Y sobre todo de unas estructuras de poder político, de poder económico en general, en donde estas estructuras necesitan una solución de continuidad y buscar a quién dejarle esa herencia. Son unas estructuras construidas a base de clientelismo, a base de poder económico derivado de cooptar el Estado y el poder público a nivel local, a nivel regional y nivel nacional.
Y muchas de esas estructuras son fruto de lo que yo he llamado el narcotráfico en Colombia como un proyecto político. El narcotráfico en Colombia, para poder ser entendido realmente en su dimensión, no se puede reducir a la mirada de un simple proyecto criminal, un grupo de criminales que delinquen y que exportan cocaína, y que utilizan su poder para intimidar y para corromper. No, realmente, cuando hay dominio territorial y dominio poblacional, por definición estamos ante un proyecto político. Y eso es lo que ha sido el narcotráfico en nuestra historia, en las últimas décadas.
Pero además, el narcotráfico ha buscado financiar campañas políticas, con el fin de avanzar ese proyecto político. Y esas campañas se han financiado a todo nivel, desde un edil, que aspiran a una Junta Administradora Local en Bogotá, o en Santa Marta, o en Barranquilla, o en Cartagena, donde hay distritos y donde hay ediles; pasando por un concejal, pasando por diputados, pasando por representantes a la cámara y senadores. Lo mismo, alcaldes, gobernadores y presidente de la república, porque sistemáticamente, los dineros del narcotráfico han estado rondando y han estado circulando, sobre todo en efectivo, en campañas electorales.
Luis Carlos Galán, durante la campaña presidencial. Foto tomada de El Pilon.
} ¿El narcotráfico y la corrupción se han convertido, pues en elementos cruciales para el deterioro de la política en Colombia y para reproducir el dominio de esas castas gobernantes regionales?
Si. Por ejemplo, las masacres y la violencia también han sido un instrumento privilegiado por el narcotráfico, y lo que estamos viendo de esos asesinatos de jóvenes, esas masacres de jóvenes en Samaniego, en Antioquia y en varios departamentos del suroccidente del país, son masacres hechas con sevicia, como ejemplarizantes, para que la población entienda quién manda aquí, quién es el que ordena ya quién le tiene que hacer caso.
Entonces, ese es un tema importante para entender esa figura del llamado delfinazgo político, que es la política en cuerpo ajeno, y es que, a medida en que caen figuras políticas por sus vínculos con ese proyecto político del narcotráfico, con esa violencia tan atroz , y con tanta sevicia, necesitan buscar quién asuma esas estructuras clientelares, políticas, que han construido a lo largo de los años, porque ya terminan encartados en procesos judiciales y se ven inhabilitados para para continuar, entonces, para la supervivencia de esta estructura necesitan que asuma un miembro de la familia, una esposa, una hija, un hijo, una sobrina, un primo, una prima, y eso ha sido tradicionalmente la costumbre o la manera de actuar de esas estructuras.
De todas maneras, también hay una acción política que se ha ido pasando de generación en generación. Por ejemplo, Alfonso López Michelsen fue el heredero de las ideas de su padre, López Pumarejo; Álvaro Gómez Hurtado recibió un legado de su padre, Laureano Gómez. Y así vemos, en los partidos tradicionales, este fenómeno, para el cuál, los padres preparan a sus vástagos.
En el caso de personas que han crecido, se han formado dentro de un ambiente político, electoral, que han aprendido a querer el oficio, a querer incursionar en la política, pero porque sienten una vocación, inculcada directa o indirectamente por sus progenitores, recorren un camino de preparación, de formación intelectual, recorren un camino político, que les permite ir escalando unas posiciones de reconocimiento, con un desempeño para mostrar y unos resultados, que son los casos que tú has mencionado, de Alfonso López Michelsen y de otros, hasta el caso de Andrés Pastrana.
Creo, entonces, que habría que hacer una distinción muy clara entre estructuras ligadas al proyecto político del narcotráfico, a la corrupción, al clientelismo, a buscar apoderarse de la contratación pública, de privatizar criminalmente la contratista pública, para direccionarla hacia uno u otro contratista que representa el poder económico, para financiar la estructura clientelar, la estructura a nivel local y regional, asociada a intereses del narcotráfico; esto es una cosa. Y otra cosa es el delfinazgo de personas que han estado en la presidencia de la república y sus hijos deciden seguir el camino.
Carlos Fernando (izq.) Y Juan Manuel (der.), Dos de los hijos de Luis Carlos Galán que heredaron su pasión por la política. Foto tomada del medio Silla Vacía
Ese pudo haber sido el camino de ustedes, si a Galán no lo hubieran matado y hubiera podido llegar a la presidencia de Colombia. Pero como no fue así, ¿cuál podría ser la explicación de que los llamen también delfines?
En el caso nuestro y en el caso de muchas personas, que vieron asesinados a sus padres, por enfrentar precisamente ese proyecto político del narcotráfico y denunciar el clientelismo, en denunciar la corrupción y la manera como se aprovechaban de la contratación pública, se apoderaban de los cargos públicos para su beneficio personal o de grupo o del clan, pues es muy diferente. En el caso nuestro, más que delfines somos huérfanos, huérfanos de una esperanza que fue asesinada, y era la esperanza de toda una generación de colombianos, que se sintió representada, interpretada por Luis Carlos Galán, por su movimiento, el Nuevo Liberalismo, que representaba una amenaza para el statu quo, una amenaza para el establecimiento tradicional de la política colombiana ligada a ese proyecto político del narcotráfico, ligado a esas prácticas clientelistas.
Además, Luis Carlos Galán fue una amenaza aún mucho mayor que los grupos armados ilegales, porque el levantamiento en armas de algunos grupos guerrilleros que combatían también esas estructuras, de alguna manera perdía legitimidad, por ser un levantamiento violento a través de las armas. Pero lo que demostró mi papá es que se podía hacer por la vía de la no violencia, por la vía institucional, así el camino fuera de mucho más desigual, mucho más demorado, mucho más difícil, con muchos tropiezos y obstáculos.
Entonces, cuando él llegó a tener opción de poder, a finales de la década del ochenta, aproximándonos al año 89 y al año 90, se dieron cuenta de que políticamente no podría tenerlo, y por eso tomaron la decisión de asesinarlo, generando una gran frustración en esa generación de clase media profesional urbana, que no se sintió representada por las opciones tradicionales de los partidos liberal y conservador, pero tampoco le gustaban mucho los grupos de izquierda, todavía ligados todavía de una manera ambigua a la lucha armada. A pesar de que muchas de esas personas que integraban esos grupos de izquierda, eran personas genuinamente idealistas, que creían en la democracia y que querían luchar por esos ideales que defendía la guerrilla, pero en el escenario democrático, en el escenario legal nacional, y también terminaron siendo asesinados.
Entonces nosotros, lo que recibimos como herencia de mi padre, no fue un poder económico, porque mi papá nunca tuvo negocios, nunca tuvo propiedades, no tuvo fincas, no tuvo acciones, no tuvo empresas sino, simplemente, vivía de su quehacer, primero como periodista y luego como senador, como congresista; obviamente, con el apoyo de mi mamá, que con su labor periodística también contribuía al sostenimiento del hogar. Tampoco mi papá montó una estructura política clientelar, clientelista, el Nuevo Liberalismo tuvo representación política, sobre todo en Bogotá, donde fue muy activo y donde tuvo un apoyo del voto de opinión muy importante. Pero nunca esos cargos de representación política que tuvo el NL como partido fueron utilizados, como esas otras mafias, para sacar provecho de la contratación, para robar, para generar una dependencia indignante,
Entonces, lo que heredamos, realmente, fue un cariño, fue un aprecio de la gente, un reconocimiento que es extraordinario que en un país sin memoria, o de escasa memoria, como Colombia, después de 31 años aún perdure ese reconocimiento, ese cariño y ese afecto de la gente por lo que representaron Luis Carlos Galán, el NL y sus ideas políticas.
Dos de los tres hijos de LCG se decidieron por la política, en algunas etapas han estado en partidos diferentes -y controversiales- y ahora son más independientes. En todo caso, las críticas se fundamentan en la idea de que ustedes han utilizado esa imagen impecable de su padre, y que en ese sentido, son delfines. ¿Cómo ven ustedes esta crítica?
Nosotros decidimos que nuestras carreras iban a ser de servicio público, en el sector público y no solamente hemos estado en contiendas electorales, en donde democráticamente la gente ha podido determinar si nuestros perfiles, nuestra trayectoria, las ideas que hemos defendido, les gustan o no . Hemos tenido también experiencias en el Ejecutivo, como nombramientos en cargos públicos, pero además hemos desempeñado esos cargos con excelencia, con resultados. Desde que yo fui viceministro de la juventud, director del programa presidencial Colombia Joven y estuve de segundo en la embajada de Colombia en Londres, ahí están los resultados del trabajo, ahí están las realizaciones, y que además nunca hemos tenido escándalos o cuestionamientos, porque nunca hemos hecho negocios desde el sector público, nunca hemos querido enriquecernos,
Esa ética nos la enseñó mi papá y la hemos seguido, él decía que los negocios y la política son como el agua y el aceite. O uno se dedica a hacer política y al servicio público, y para poder defender el poder público y el interés general tiene que tener independencia de intereses particulares, privados, de negocio; o uno se dedica a los negocios, que también es absolutamente legítimo, porque los empresarios son necesarísimos en cualquier país, en cualquier democracia, para que generen empleo. Pero mezclar política con negocios, que es por ejemplo lo que tiene enredado a Donald Trump –además de muchas otras cosas de su personalidad y de su talante como gobernante-, lo que lo tiene enredado de fondo es esa mezcla entre negocios, intereses particulares, y política.
En Colombia tenemos varios casos, que tienen que ver con mezclar indebidamente los negocios y la política. Nosotros decidimos dedicar nuestra vida al servicio público, porque pensamos que tenemos vocación política y mi papá nunca hizo negocios, como lo mencioné antes, propiedades, acciones, riqueza, ni fincas, y menos, so pretexto de ser “emprendedor”, buscar por ejemplo volteo de tierras, o buscar zonas francas en ciertos sitios de la Sabana de Bogotá, para de esa manera y desde una posición privilegiada, utilizando el poder, o abusando del poder, lo cual es por definición corrupción –corrupción es ante todo abuso de poder – buscar hacer negocios particulares desde esa posición privilegiada.
Aquí, con sus padres, ambos periodistas. Foto tomada de el Espectador
Valle del Cauca destaca en cultivo de algodón con semillas genéticamente modificadas, aumentando productividad y tolerancia a plagas. La siembra de algodón en 2023 se realizó de febrero-abril, con cosecha esperada en octubre-noviembre. pic.twitter.com/Ie1joNyLZ9