En nuestra entrega de hoy, reproducimos el capítulo XI del libro Noches de Humo, de nuestra directora Olga Behar. @olgabehar1

Comenzaron a sentir el calor y la falta de oxígeno.
-Mi capitán, esto está ardiendo.
-¿Qué hacemos?
Como pudieron, acabaron de revisar el cuarto piso, en donde no quedaba nadie vivo. Salieron del área de oficinas para intentar bajar, pero un grupo de guerrilleros los recibió a bala en el tercer piso. Decidieron buscar la escalerilla que conduce a la azotea, que permanecía oculta por la puerta de metal que un rato antes habían destruido los efectivos del GOES para penetrar el cuarto piso. Ascendieron y, desde allí, los impresionó la dimensión del incendio, que consumía las entrañas de esa mole de mármol, cemento y madera, llamada Palacio de Justicia. Mientras los policías esperaban su evacuación, el fuego consumió parcialmente algunos cadáveres, entre ellos el del Presidente de la Corte, Alfonso Reyes Echandía, y los de los restantes integrantes de la Sala Penal, que habían compartido con él las once catastróficas horas finales de sus vidas.

Claudia no supo exactamente a qué hora empezó el incendio. Como estaba oscuro, era imposible calcular el tiempo y ella no miraba el reloj.

De pronto, empezaron a sentir un calor infernal, cada vez que abrían la puerta del baño se entraba un aire ardiente y se colaban los gases, como si estuvieran allí comprimidos.

‘Pedro’ le comentó al magistrado Gaona Cruz, que en una oficina cercana había una línea telefónica en funcionamiento.
Gaona se acercó a Almarales y le planteó:
-Quiero hablar por teléfono con amigos míos, que algo podrán hacer ante esta emergencia.
-¿Con quién piensa halar, doctor?
-Con Oscar Alarcón, compañero de oficina mío, y con el doctor Fernando Hinestrosa, el rector del Externado.
Almarales aceptó y decidió salir junto con Gaona y ‘Pedro’ hacia ese teléfono. Tardarían una media hora, después de la cual regresaron tiznados y sudorosos. Había tenido que arrastrarse para escapar a las ráfagas. Después de un penoso trayecto, habían podido entrar a la oficina, pero ya el teléfono estaba descompuesto. Emprendieron regreso al baño y llegaron ahogándose del calor y del humo, porque el incendio ya era muy intenso.

Un rato después, golpearon a la puerta. Claudia abrió y encañonó al que se presentaba. En ese momento entró un calor que le quemó todo el cuerpo. Quedó haber quedado envuelta en candela. Era inexplicable la forma como lo guerrilleros seguían aguantando afuera el endemoniado tropel. Como estaban justo encima de la cafetería, no veían las llamas, pero el incendio lo sofocaban.

Empezó a faltar el aire, la gente no podía respirar y se desesperaba. Los heridos y algunos civiles perdieron el sentido. Claudia seguía vigilando, de pie y, en un momento, se le cayó el fusil. Se asustó mucho, al igual que todos los demás. No sentía ni miedo ni cansancio, solo la angustia terrible de la falta de aire y pensaba que morirían asfixiados. Con dificultad, Claudia llenó dos cubos de agua, uno para los guerrilleros que seguían combatiendo y otro para mojar los pañuelos de los civiles. Al agacharse para humedecer uno de ellos, se fue encima de la gente, pues la debilidad ya no le permitía mantenerse en pie.
Trataba de sacar fuerzas de donde no las tenía. Otros civiles más perdían el sentido y Ariel, el mando militar de esta área, le propuso a Almarales dar la orden de salir del baño, para trasladarse a un piso más abajo. Ya Ariel Sánchez no cubría flanco, sino que controlaba esta área, porque estaba muy malherido. Claudia estaba tan agotada, que no pudo caminar, guardó el walkietalkie y el radio en el morral, que dejó en el piso, con la esperanza de poderlo recuperar después, y se arrastró con el resto de sobrevivientes.

En el trayecto, divisó una ventana. No pudo resistir la tentación de mirar a través de ella. Vio la Plaza de Bolívar. El cielo estaba oscuro, muy oscuro. Caía un aguacero torrencial y el agua, a borbotones, golpeaba la marquesina del Palacio de Justicia. No se veía tropa. Siguió avanzando, por los resquicios se veía el interior de algunos salones. El piso estaba completamente mojado.

Y llegó a sus ojos una imagen dantesca, que nunca lograría borrar de su mente: ‘Pedro’, fusil en una mano y una manguera en la otra, intentaba desesperadamente extinguir el fuego: cubría a todos los que pasaban con su fusil, mientras peleaba contra las inesperadas llamas. Vio su hermosa cara iluminada y a varios de sus compañeros completamente negros, empapados en sudor y sin una sola herida, batallando sin parar.

Por fin llegaron al baño. Lo encontraron totalmente inundado, porque los muchachos intentaban apagar el fuego con las mangueras y mojaban todo el piso. Aunque había dejado los elementos indispensables para seguir buscando la comunicación, lo que la obsesionaba eran los heridos, a quienes no había podido jalar, debido a su propia debilidad física. No creía que pudieran sobreponerse allá, en el baño de arriba -desvalidos y solitarios- al drama del incendio.
Claudia se recostó contra la puerta, casi desmayada. ‘Bernardo’ entró y le pidió salir a reforzar una posición de combate. Le contestó:
-No puedo, me estoy cayendo.
Él le reclamó:
-Qué falta de colaboración-. Almarales intervino para hacerle caer en cuenta que Claudia no era físicamente capaz ni de pararse y mandó a ‘Natalia’. A los pocos minutos regresaba ‘Natalia’, encalambraba. Enseguida, llegó un guerrillero con el equipo de campaña de Claudia. Sacó el radio y el walkietalkie e intentó lograr comunicación. El radio estaba empapado y ya inservible. El walkietalkie sí funcionaba, pero nadie respondió.

Este baño estaba mucho más fresco y se podía respirar. Encontraron a otra gran cantidad de civiles, que habían sido reunidos por los guerrilleros hacía mucho rato. Se trataba de quienes, horas atrás, gritaban: “somos rehenes, no disparen”. Los magistrados les indicaron que sus voces se escuchaban desde el baño de arriba, seguidas de intensos rafagueos.

La gente se moría de sed y los guerrilleros que estaban combatiendo ya se habían comido las pocas naranjas que habían llegado a sus manos. Claudia no quería gastar la escasa agua destilada del equipo de primeros auxilios, pero los rehenes le decían:
-Mona, regáleme aunque sea una gotica de agua.

Sintió lástima y abrió una de las bolsas, que repartió entre los que pudo. Ella no tomó ni una gota, aunque no resistía la sed.

En el nuevo grupo estaba el magistrado Reinaldo Arciniegas. Al ver a sus colegas Humberto Murcia Ballén y Manuel Gaona, se puso feliz y los abrazó efusivamente, se dieron ánimo mutuamente, en un diálogo en el que resaltaba el tuteo familiar. Todos los presentes se fueron recuperando, pues allí no se sentían tan fuertemente las consecuencias del incendio.

Después de medianoche, dieron la orden de volver a subir.

El incendio había sido sofocado. La orden se debía a que ya el baño de arriba estaba en buenas condiciones y el de abajo era vulnerable a los tanques, que recorrían el primer piso, de lado a lado.

Al regresar, encontraron a los heridos, vivos, tendidos en los lavamanos, tal y como los habían dejado. Nadie se explicaba cómo sobrevivieron en ese cuarto hirviendo y sin oxígeno. Tal vez, al salir la mayoría de la gente, se despejó el ambiente y pudieron respirar mejor. Los reacomodaron en las largas mesas de mármol en las que estaban empotrados los lavamanos, les aplicaron inyecciones, los lavaron, les dieron a beber agua destilada y los muchachos se fueron recuperando. Ya los civiles se sentían mejor, también. Claudia recobraba las fuerzas, pero comenzó a hacerle mella el cansancio, se dormía parada. Para evitarlo, sacó el primer cigarrillo que quería fumar desde el inicio de los acontecimientos. Lo encendió nerviosamente, pero una de las aseadoras le pidió:
-Mona, por favor, apague ese cigarrillo, aunque ya pasó todo, todavía nos cuesta trabajo respirar, aquí no hay aire puro.

Claudia pidió disculpas y lo apagó.

***
El magistrado Hernando Tapias Rocha tomó por fin la decisión de salir de su despacho, ubicado en el costado norte del tercer piso. Si no fuera por el ahogo, producto del humo, y el calor incinerante, se hubiera quedado así, acostado sobre el tapete, a la espera del fin de los acontecimientos. Casi no se había movido en las crueles nueve horas de soledad cautiva, pero ahora tenía que gritar: “soy Hernando Tapias Rocha, magistrado de la Sala de Casación Civil de la Corte”. Tres guerrilleros lo recibieron en el pasillo y le dijeron:
-Vamos a llevarlo a un baño, en donde encontrará a varios colegas suyos y a un buen número de civiles. Vamos rápido doctor-. Segundos después, los hallaría en el baño de la muerte.
***
‘Rambo Criollo’ miró su reloj de nuevo. Eran las diez y cincuenta de la noche. De pronto comenzó el incendio. Soldados y policías iniciaron un vertiginoso descenso. Para ‘Rambo Criollo’, el fuego surgía en la esquina de la carrera séptima con doce. El capitán dijo: “Bueno, a bajarse todo el mundo”.
El teniente Mejía ordenó:
-Nosotros quedémonos aquí mientras pasa el incendio.
Había mucho humo y empezó el pánico colectivo:
-Manden bomberos, para que apaguen esta vaina- gritaban desesperados.
Lo que no podían ni imaginar es que los guerrilleros estaban cerca del sitio donde se había originado el incendio y comenzaron a escalar, al no poderlo apagar con los extinguidores. Subían empujados or el fuego. Cuando iban a bajar los últimos soldados –grupo en el cual se encontraba ‘Rambo Criollo’- se produjo el encuentro y fue un enfrentamiento brutal. Un capitán de la Policía cayó herido encima de ‘Rambo Criollo’, gritando “me despedazaron mi pierna”. ‘Rambo Criollo’ lo cargó en el hombro, ensangrentándose el chaleco antibalas. Además de izarlo, le quitó el fusil y comenzó a disparar, subiendo de nuevo a la azotea, con varios integrantes del Ejército y la Policía.
‘Rambo Criollo’ vociferaba, presa de la histeria: -Se nos van a subir, nos van a matar a todos-. No tenían munición y, además del oficial, había otros cuatro heridos.
De repente, sintieron un ruido como de polea. Se asomaron con mucha cautela y no menos miedo y vieron un carro de bomberos que elevaba una canasta. ‘Rambo Criollo’ intentó lanzarse, pues la canasta no alcanzaba a llegar hasta la terraza pero sintió que lo jalaban del chaleco. Era el capitán que comandaba el grupo del ejército de “infrarrojos”:
-Quítese.
Y se tiró a la canasta, dejando a su tropa acéfala en la azotea. Había cupo para cuatro más. ‘Rambo Criollo’ alzó al capitán herido y a otros cuatro. Desde el vehículo gritaban:
-Ya no más, porque no caben-. Pero finalmente, se llevaron a los seis.
Decidieron numerarse, para saber cuántos viajes tendría que hacer la canasta, para evacuarlos a todos. Eran 39. Cuando terminaban de hacerlo, comenzó la plomacera. Los guerrilleros habían abierto un vidrio del techo del cuarto piso. Alguien dijo:
-Esa es la cocina y allí hay tanques de gas-. Arreció entonces el pánico, porque si ocurría una explosión, no habría salvación para nadie.
El teniente Mejía ordenó al personal “tenderse”, ubicó a un soldado al inicio de las escaleras, para contener el posible ingreso de guerrilleros y dijo.
-Si subimos y nos tocó morirnos, pues nos morimos. Aquí no quiero cobardes. De aquí, o salimos todos, o nos morimos todos. Si ocurre lo segundo, no conoceré a mi hijo, que debe nacer de un momento al otro.

El incendio arreciaba. Se sentía un calor infernal. La plancha de concreto hervía. A los diez minutos, llegó un vehículo de bomberos, desde el cual elevaron una escalera, por la que bajó el personal, en orden, primero uno de la policía, enseguida uno del ejército, intercalados. Después de 37 descensos, ‘Rambo Criollo’ tuvo su turno. La operación fue cerrada por el teniente Mejía, quien había relevado al soldado de la contención de la escalera. Mejía caminó de espaldas, siempre apuntando hacia los escalones,. Hasta que la perdió de vista.

Abajo estaba la Cruz Roja. Al apearse de la canastilla, el teniente Mejía enfrentó al capitán que se había bajado con los heridos:
-¿Por qué no se quedó con nosotros?, ¿para no quemarse con todos?
Y enseguida dio la vuelta y ordenó:
-Vamos a meternos por debajo, porque por arriba no pudimos.
Al arrancar, ‘Rambo Criollo’ tropezó y se tronchó los dos pies, que estaban completamente hinchados. Se levantó y, como pudo, llegó hasta un muro, para recostarse. Entonces dijo:
-No puedo más, me voy para mi casa-. SE escondió detrás de la pared, para ponerse la chaqueta encima del chaleco antibalas, invirtiendo la posición original de la ropa. Escondió la pistola debajo del cinturón y se montó en un taxi que estaba estacionado muy cerca.
-¿Qué pasó allí?- le preguntó el taxista.
-Es que soy mensajero del Palacio de Justicia y acabo de salir, por favor, lléveme al Hospital Militar.
-Pero, cuando iban por la calle 26, rumbo al centro asistencial, le pidió que desviara hacia su casa, ubicada en el noroccidente de Bogotá, no muy lejos del Aeropuerto Internacional el Dorado.

***
La angustia aumentaba con el paso de las horas. En la noche, cuando desde su casa veía el fulgor del incendio del Palacio de Justicia en las imágenes de los noticieros de televisión, lo carcomía la sensación de impotencia. Umaña insistió por teléfono, para que la familia del magistrado Carlos Medellín siguiera presionando una solución para los civiles. No pudo conciliar el sueño hasta las cinco de la madrugada, cuando lo venció el cansancio.
***

Nadie durmió. Pero tampoco vieron televisión –deliberadamente evitaron que la esposa del penalista siguiera los hechos- y por la radio supieron que había llamas, pero nadie alcanzó a imaginar la magnitud del incendio. Apenas amaneció, Yesid se presentó en la oficina de Juan Guillermo Ríos. De allí siguió para Caracol. A las diez, cuando Reyes Echandía llevaba más de catorce horas muerto, Yamid Amat se comunicó con el director de la Policía y el hijo de Reyes Echandía, que desconocía la suerte de su padre, también le habló:
-General, ¿qué sabe de mi papá?
-No se preocupe, Yesid, acabo de hablar con él y me dijo que se encuentra bien. Pueden estar tranquilos.